lunes, 30 de septiembre de 2013

Soltando amarras

Mientras nos disponemos a abandonar las aguas tranquilas del puerto, cabría que nos preguntáramos por dónde vamos a empezar. Por Grecia, me dirás. Pues quizás, sí. La historia del pensamiento nos remite una y otra vez a la época clásica donde los antiguos griegos opusieron por primera vez la idea del logos a la idea del mito. Y es que los griegos de hace unos 2.500 años se organizaron políticamente en ciudades-estado, o polis. En ellas, había un espacio para reunirse y debatir, al que llamaban ágora. Se puede decir que aquellos hombres inventaron la democracia, aunque no era una democracia perfecta: a las mujeres y los esclavos no se les permitía participar, y tampoco a los extranjeros.
 
Lo importante es darse cuenta de que en el ágora ya no hay una palabra indiscutible, ya sea divina, sagrada, o soberana. Tampoco hay un saber garantizado, pues la palabra entre iguales no obliga y no puede exigir obediencia.

Es por eso que la palabra de unos y otros tiene el mismo valor y se hace preciso utilizarla bien para que nuestro discurso quede o no legitimado por la comunidad.

Antes de que todo ésto ocurriera, los seres humanos tenían un pensamiento mítico. Las cosas ni se discutían ni se argumentaban. Ocurrían como siempre había ocurrido in illo tempore (desde el comienzo de los tiempos). La tradición y los ritos eran los que marcaban los comportamientos.
Cuando los seres humanos comenzaron a adquirir la conciencia del logos dieron lugar a debates contradictorios.

Logos proviene de legein, que significa hablar, decir, narrar, dar sentido, recoger o reunir. Dentro del significado que damos a logos encontramos la palabra, la razón, el pensamiento, la inteligencia, el concepto,...

Ya te habrás dado cuenta que “lógica” deriva de logos.
El sufijo “logia” sirve para designar el estudio o conocimiento de aquello que le antecede: así, la geología estudia la tierra (geo), la antropología estudia al ser humano (anthropos) y la epistemología es el estudio del conocimiento (episteme), o es el conocimiento del conocimiento, como algunos prefieren decir.

Los antiguos griegos, quizás no todos, querían saber. Por eso decimos que eran filósofos, que significa amantes de la sabiduría.

No obstante, te bastará una mirada a tu alrededor para darte cuenta de que la mayoría de la gente no está tan interesada en querer saber.

De hecho, aún son muchos quienes se rigen por un pensamiento mítico.
 
Mientras tanto hemos soltado las amarras y zarpamos.

martes, 24 de septiembre de 2013

Subir a bordo

Lo que a uno le sorprende cuando se aproxima a la teoría del conocimiento es que quienes escriben sobre ella consideren que están haciendo un viaje a través de los océanos a bordo de una nave. De una nave que ya nunca se para.

Lo que intuyes cuando te embarcas rumbo a los mares del conocimiento es que estás a punto de emprender una aventura no exenta de riesgos. Hay quien dice que llega a marearse frente al pirronismo, la mayéutica, el dualismo, la hermenéutica, o el neopositivismo, por poner algunos ejemplos.

Los filósofos aman el saber. Pero, ¿cómo sabemos lo que sabemos? ¿Cómo llegamos al conocimiento? ¿Cuándo podemos afirmar que estamos frente a una verdad? En eso consiste la teoría del conocimiento, en eso consiste la epistemología.

Definiciones de "verdad" hay unas cuantas. De momento, me interesa destacar la forma en la que se referían a ella en la Grecia Clásica: Aletheia.

La aletheia significa la verdad que desvela, aquella que descubrimos cuando acertamos a quitarle el velo de ignorancia.

Aletheia es también, creo que ya lo supones, el nombre del navío en el que estamos a punto de embarcarnos.