miércoles, 30 de octubre de 2013

Democratizar el saber


He aquí la cuestión. Una cuestión que viene de antiguo. ¿Deberíamos poner el conocimiento al alcance de cualquiera? Es más, ¿deberíamos procurar que todo el mundo supiera? ¿Que todos (y todas) fueran ilustrados?

¿Tú que piensas?

Como buen filósofo (o filósofa) que eres, es más que probable que dirías que sí. Pero ni siquiera los filósofos han estado siempre de acuerdo. Los pitagóricos, por ejemplo, guardaban en secreto aquello que descubrían, como los poliedros regulares. Por revelar un secreto, concretamente el de la construcción del dodecaedro, Hipaso de Metaponto fue ahogado durante una travesía (o bien naufragó), castigado por los dioses.

Pasar de navegante a náufrago podría depender de la decisión de revelar o no un secreto. De poner en conocimiento de muchos lo que antes quedaba restringido a unos pocos. En definitiva, de democratizar el saber.

Podemos considerar como paradigmáticos los casos de Snowden o Manning. Cambian los temas y la tecnología, pero el problema sigue siendo el mismo. Los dioses nos castigan por compartir el conocimiento y nos premian cuando lo privatizamos, lo restringimos o lo ocultamos.

En el mundo presocrático, los recién llegados a la Hermandad Pitagórica quedaban separados del grupo de los iniciados por una cortina que llamaban teros. De ahí procede el esoterismo, que significa “desde dentro, interior, íntimo”. Un conocimiento esotérico es el conjunto de doctrinas, enseñanzas, prácticas, ritos, técnicas, símbolos, mitos o tradiciones de una corriente religiosa que son secretos, o de difícil acceso o comprensión, para los no iniciados.

Por contra, el conocimiento exotérico, que significa “fuera, exterior”, es de fácil acceso para el público profano y se trasmite de forma libre. Los 'Diálogos' de Platón se consideran exotéricos, mientras que sus enseñanzas a sus discípulos más cercanos serían de carácter esotérico.

¿Por qué se tomaban tantas molestias en ocultar el conocimiento siendo que ellos mismos predicaban que teníamos que liberarnos de la ignorancia? ¿No hay aquí una contradicción?

La explicación es que «conocimiento es poder», según el aforismo acuñado por Francis Bacon (1561-1626) dos mil años después, pero que era bien conocido desde siempre.

Y es que Platón estableció un dogma: sostuvo que era posible llegar a un saber definitivo, seguro, absoluto. Inventó la Verdad en la filosofía, dice Denise Najmanovich. La filósofa argentina señala a continuación que Francois Châtelet (1925-1985) ha recalcado que el recurso a la “verdad” es un modo de garantizar el sometimiento de los interlocutores. La conclusión de Najmanovich es que Platón y sus seguidores aplastaron el misterio de las preguntas con el peso de las respuestas.

Los sofistas fueron bastantes más humildes, según nuestra autora. No eran aristócratas y su labor como maestros debía ser recompensada económicamente. No pensaban que la verdad pudiera tener dueño. Su saber estaba al alcance de todos quienes quisieran cultivarlo (y pudieran pagarlo).

De un modo u otro, el conocimiento siempre acaba restringiéndose. Los sofistas decían ponerlo al alcance de todos, pero en realidad lo sometían al poder del dinero. No te sorprenderá que los ministros más conservadores pongan la educación al alcance sólo de las clases altas, subiendo el precio de las matrículas o elevando los requisitos para acceder a una beca. Ni te sorprenderá tampoco que además rebajen los contenidos de humanidades privilegiando sólo el saber de técnicas u oficios que no planteen dudas al sistema.

Y es que ya los atenienses de la época de Sócrates desconfiaban de los filósofos.

Con la red de redes, con Internet, podríamos pensar que la democratización del saber la tenemos al alcance de nuestros dedos, en nuestros teclados. Según unos, vivimos en la era de la información. Según otros, estamos en la era de la ignorancia.

La abundancia de información no aumenta nuestro conocimiento. Más bien lo anula. Nos distrae. Hoy ya no se nos tira por la borda como hicieron con Hipaso. No hace falta la censura. Hoy nos abren una vía de agua en el casco por donde nos inundan con propaganda, entretenimiento, pseudociencias, creencias y demás telebasura. Así, mientras nos ocupamos en achicar el agua ya no podemos dedicarnos a pensar. Ya no teorizamos. Ya no contemplamos la realidad ni la analizamos. Dejamos de ser peligrosos.

Por eso, es tan importante que desde pequeños se nos eduque en libertad y no se nos adoctrinen. Por eso hay tanto interés por parte de los poderosos en que sena los religiosos, y no los filósofos, quienes realicen esa misión. Para inundarnos con sus certezas antes incluso de que nos planteemos nuestras preguntas.

martes, 29 de octubre de 2013

El buen gobierno del barco


Cuando comenzamos nuestra peculiar travesía a bordo del Aletheia lancé esta pregunta al aire: ¿Por qué las metáforas del barco son tan recurrentes cuando hablamos de epistemología?

La etimología, ésto es, la ciencia que estudia el origen de las palabras nos va a dar una pista. La palabra en griego para designar a quien dirige el barco es kubernetes, que en latín se tradujo como gubernare, gobernar. Así pues, la idea de la navegación queda muy próxima a la de dirigir una ciudad, una polis. Incluso sirve como metáfora para el autogobierno de uno mismo. Los seres humanos somos como una nave, tanto si se nos ve como individuos o como grupo.

No es de extrañar que Platón utilizase una alegoría del barco para explicar su particular punto de vista sobre la política. Y lo hace en 'La República', que es donde aparece el famoso relato mítico del que ya hablamos en 'El retorno a la caverna platónica'.

Ya que hemos empezado hablando de etimología, déjame decirte que 'La República' viene del latín, res publica, “la cosa pública”, y no del griego. Ello es debido a la traducción que se hizo del título que Platón le puso, que era Politeia, que en griego significa “gobierno de la polis”, o política.

¿Y en qué consiste esa alegoría del barco como un Estado, que Platón pone en boca de su maestro? ¿Qué nos dice Sócrates en la conocida como 'La nave de los locos'? Así lo describe Darin McNabb en uno de sus vídeos:
«Si alguna vez has escuchado el discurso de un candidato político, sabrás muy bien de qué habla Sócrates. Cuenta que el Estado es como un barco. El dueño del barco son todos los ciudadanos. En su conjunto, constituyen una fuerza potente, como un hombre muy alto y fuerte, pero es una fuerza inútil para navegar un barco. Rodeando al dueño son varios marineros, la tripulación. Estos son los políticos. Los marineros luchan entre sí, cada uno tratando de convencer al dueño dejar que él sea el piloto del barco. Si uno va ganando, los demás lo echan por la borda. Finalmente, varios de ellos drogan al dueño (léase, propaganda engañosa) y toman control del barco. El viaje se convierte en una orgía de los intereses nefastos de los que mandan. Mientras tanto, anda en la cubierta un hombre mirando las estrellas y haciendo cálculos. Es el filósofo, desde luego, que la sociedad considera extraño e inútil. A diferencia de los miembros de la tripulación, el filósofo no hace política para tratar y cuidar el cuerpo político de la misma manera que el médico no hace política para cuidar el cuerpo humano. Ojalá la sociedad viera que la política, al igual que la medicina y la navegación, es un arte cuyo objeto exige cierto tipo de conocimiento abstracto que puede parecer extraño». http://www.lafondafilosofica.com/la-republica-de-platon-pt-8/
Desde siempre, los filósofos han estado interesados en la política. De hecho, hay una disciplina cuyo nombre es filosofía política.

Es bien sabido que Platón no era partidario de la democracia. Entre otras razones por motivos personales: La experiencia de ver morir a su maestro cumpliendo la condena que sus conciudadanos votaron en el ágora, le hizo desconfiar del gobierno de la mayoría. Pero también tenía motivos epistemológicos: Su desconfianza en el conocimiento humano, queda reflejada en su visión de la caverna donde aparecemos como prisioneros de nuestros propios cuerpos condenados a interpretar como “reales” las sombras, ruidos y voces que perciben nuestros sentidos, mientras que sólo aquellos que logran liberarse pueden alcanzar el verdadero conocimiento.

Para Platón, sólo los filósofos están capacitados para llevar el timón del Estado. Son ellos quienes deberían gobernar, basando su criterio en el conocimiento (episteme) y no en la opinión (doxa), aunque ésta fuere la opinión de unos muchos.

Su postura es claramente conservadora, pero tampoco hay que confundirla con una justificación de la monarquía, ya que no hay garantías de que el monarca sea, a su vez, un filósofo, un amante de la sabiduría. La historia nos ha confirmado que estos casos se dan raramente y que, más bien, abunda lo contrario.

Pero, elegir el gobierno de los más sabios ¿es realmente lo mejor? ¿Lo mejor para quién?

Nuestro bienintencionado Platón confía en que los más sabios no se dejarán gobernar por sus pasiones o por sus intereses personales. La experiencia nos indica que no ocurre así necesariamente, sino que sólo pueden acceder a la sabiduría aquellos que tienen poder y dinero para dedicarse a teorizar. A ser espectadores. A pensar. Y tales personas provienen de una élite privilegiada.

Tal era el caso del propio Platón, que pertenecía a la aristocracia de Atenas.

Aún así, la historia también nos muestra que es de aquellos que se ilustran de quienes cabe esperar las ideas y acciones que promuevan los cambios sociales que mejoren el buen gobierno del estado.

Menuda paradoja. Como diría un buen amigo: «es complicado todo ésto».

domingo, 27 de octubre de 2013

Cuando las cosas eran números


Decíamos de Platón (427-347 a.C) que éste se sentía muy próximo a los pitagóricos pero ¿quiénes eran los pitagóricos?

De nuevo te propongo que hagamos un salto en el tiempo, esta vez hacia atrás, hacia el pasado, para hablar de Pitágoras de Samos (580-495 a.C.), uno de los primeros presocráticos. En su juventud, visitó al ya anciano Tales de Mileto (625-547 a.C.) y a su discípulo Anaximandro (610-546 a.C.), quienes le aconsejarían que viajara a Egipto para proseguir sus estudios. Y por lo visto, les hizo caso y se recorrió todo el mundo entonces conocido. Más tarde, el propio Pitágoras también respondería a la célebre pregunta que se hacían los filósofos de Mileto sobre cuál es la substancia que permanece en el cambio. Su repuesta puede que te sorprenda: los números. Ni el agua, ni el fuego, ni el aire,... Los pitagóricos creían que todas las cosas son, en esencia, números.

Aunque, paradójicamente, su punto fuerte era la geometría, y no tanto la aritmética.

Tal vez por ser desterrado o huyendo del tirano Polícrates, nuestro filósofo abandonó Samos y recaló finalmente en la lejana Crotona, en la Magna Grecia, al sur de la península itálica. Allí fue donde fundó la Hermandad Pitagórica, una especie de club religioso de carácter sectario que sometía a sus miembros a extrañas normas y prohibiciones. No comían carne ni habas. De hecho eran vegetarianos. No podían usar vestidos de lana, ni recoger lo que se había caído, ni atizar el fuego con un hierro, etc. Y, sobre todo, debían guardar secreto de cuanto allí se hablaba.

Se trataba de un estilo de vida en la que el misticismo y las matemáticas no eran ajenos entre sí, sino más bien factores indisociables. A Pitágoras le interesaba tanto la ciencia como el destino del alma. Estaba, sin duda, influido por el orfismo, una doctrina de salvación sobre el hombre, su alma, y su destino tras la muerte.

Los pitagóricos apuntaban que a los juegos olímpicos (que nacen en aquella época) asistían tres tipos de público: aquellos que participan en las pruebas; los que comercian; y los espectadores. Y ellos se veían a sí mismos como curiosos forasteros espectadores de la vida. Su modelo de vida era el bios teoretiós, o vida teorética. La dificultad de llevar una vida contemplativa reside en compaginarla con las necesidades del cuerpo. ¿Cómo resolvían esta dualidad que se les presentaba entre el cuerpo y el alma?

El cuerpo es una tumba, afirmaban los pitagóricos. Es preciso superarlo, aunque sin llegar a perderlo.
El cuerpo es la cárcel del alma, dirían más tarde los platónicos. Para alcanzar el mundo de las Ideas es preciso liberarse de él.

Pitágoras sostuvo que el alma es inmortal y que transmigra en otros animales.

Los pitagóricos no se limitaban a utilizar las matemáticas o la geometría para fines prácticos tales como cuantificar cosechas o levantar casas, sino para descubrir nuevos entes de naturaleza abstracta, eternos e inmutables. Tenían a la tetraktys por una figura sagrada, por ejemplo. Los hallazgos geométricos desvelaban un mundo misterioso. Lo mismo les ocurría con las relaciones de armonía entre los números, o con conceptos tales como la inconmensurabilidad. Y, por alguna razón, se esforzaban en mantener en secreto sus averiguaciones tanto sobre los números como sobre las formas geométricas.

Esto plantea una cuestión epistemológica. Podemos dudar de aquello que nuestros sentidos nos dicen, o de las ideas, innatas o no, que circulan por nuestra mente. Pero no dudamos, no podemos dudar del famoso teorema de Pitágoras, el que dice que «el cuadrado de la hipotenusa de un triángulo rectángulo es igual a la suma de los cuadrados de los catetos». Ni de que «la suma de los tres ángulos internos de cualquier triángulo siempre es igual a 180 grados». 
 
Este tipo de conocimiento no nos lo encontramos en la naturaleza, sino que hay que racionalizarlo para poder verlo. Pero está ahí. Y se cumple siempre. Las matemáticas o la geometría no permiten ninguna concesión al relativismo. Por el contrario, nos invitan a asombrarnos saboreando el poder alcanzar algún tipo de certeza.

viernes, 25 de octubre de 2013

La aceptación del destino

 
Aceptar el destino, en eso consiste el estoicismo. Esta escuela, al igual que la de los epicúreos, tiene como objetivo la felicidad. También ellos nos dan una especie de manual filosófico que nos ayude a dirigir nuestros pasos hacia esta meta. Ambas escuelas son de inspiración socrática, en el sentido de hacer una filosofía cercana al individuo, una filosofía de la cotidianidad. Una filosofía moral.

El estoico de referencia es Zenón de Citio (333-264 a.C.). Citio es una ciudad situada en lo que hoy es Larnaka, la capital de Chipre. Tenemos que acostumbrarnos a mirar los mapas. De este modo, podrás relacionarlos con el iniciador de la escuela rival, Epicuro de Samos (341-270 a.C.) de quien ya hemos hablado en 'La ataraxia de los epicúreos'. A este Zenón no hay que confundirlo con Zenón de Elea (490-430 a.C.), el que fuera discípulo de Parménides, y de quien ya tuvimos noticia en 'Las flechas de Zenón'.

El grupo de Zenón se reunía en un pórtico que llamaban stoa, de cuyo nombre deriva la palabra estoicos. Para ellos, las percepciones sensibles son la fuente de todo nuestro saber. No aceptaban que tuviéramos ideas innatas, y eran contrarios a las Ideas platónicas.

De hecho, eran nominalistas. Según Hersch, el nominalismo es una concepción filosófica según la cual toda idea general no es más que una abstracción, un nombre, una palabra, nunca una realidad. Sólo es real lo concreto, lo particular.

Los estoicos decían:
«Veo el caballo, no la caballidad». (Hersch, 2010; 75)
Con ello querían decir que lo que encontramos en la naturaleza es un caballo determinado, pero no el concepto general de caballo. La generalidad del caballo, o la Idea del caballo es algo inventado, un nombre para que nos entendamos al hablar.

Recordemos que Platón sostenía justamente lo contrario, que la verdadera realidad está en las Ideas y no en las cosas concretas, no en las sombras de la caverna. A esta corriente de pensamiento la reencontraremos bajo el nombre de realismo y en constante oposición al nominalismo.

Los estoicos, por otra parte, retoman la idea del logos que mantiene el equilibrio en el universo, introducida por Heráclito. Para Zenón y los suyos, tiene que haber un alma universal que esté en constante comunicación con el alma del hombre, con “su fuego interior”. 

Esa alma universal, esa alma divina lo impregna todo. Todo es Dios y Dios es todo. A ésto se le llama panteísmo: la naturaleza y Dios son equivalentes. Una idea que reencontraremos a lo largo de la historia de la filosofía, siendo Baruch Spinoza (1632-1677) el más eminente y radical de los panteístas modernos. De hecho, el holandés es heredero del pensamiento estoico.

Si todo es de naturaleza divina, la conclusión es que el encadenamiento de las causas no pertenecerá al azar, como pensaban atomistas y epicúreos, sino a Dios.

Los estoicos adoran el orden natural y adoran el destino. El destino y la Providencia no se oponen, sino que convergen. Hay una causa final que genera las causas particulares que, a su vez, convergen en ella.

Los seres humanos tenemos que someternos a la razón cósmica. A ese logos que comunica su fuego interior y el que anima el universo, tal como lo expresó “el oscuro de Éfeso”. Libertad y sumisión coinciden en el estoico cuando se adhiere a lo mejor. La libertad consiste en reconocer esa razón superior y someterse a ella.

Para el estoico el mal existe, y vive en su interior. 

Pero si Dios lo abarca todo y es causa de todo, ¿es también la causa del mal?

Una vez más, los estoicos vuelven a Heráclito y su idea de los contrarios. El mal es necesario para que exista el bien. Sin la posibilidad del mal no habría valor. 

La aceptación del destino no supone una sumisión pasiva. Todo lo contrario, en los estoicos encontramos una ética activa que puede llevar incluso al heroísmo: «Que el mundo sea divino no le dispensa de ningún esfuerzo». (Hersch, 2010; 78)

La felicidad del estoico se encuentra en la aceptación de la ley divina, lo que conlleva la indiferencia hacia todos los demás bienes de los que podamos o no disponer. Desear lo que no depende de uno mismo implica la esclavitud de ese mismo deseo.

El ideal estoico de independencia interior e invulnerabilidad frente a los problemas externos aproxima a estoicos y a epicúreos. Quizás te ocurra que haya días que te sientas más cerca de los unos o de los otros. O quizás, como apunta Jeanne Hersch, hoy somos tan vulnerables que ya no queda espacio para ser ni estoico ni epicúreo.

jueves, 24 de octubre de 2013

El cuerpo como cárcel del alma


El dualismo platónico entre el mundo de las cosas sensibles y el de las Ideas le llevó a oponer lo material a lo espiritual. En los humanos supondría la separación de cuerpo y alma, siendo ésta última prisionera del primero. La metáfora del cuerpo como cárcel del alma proviene de Platón.

Por eso, en la alegoría de la caverna, Platón nos presentaba a unos prisioneros encadenados que no creen en otra cosa que en aquello que sus sentidos experimentan en forma de sombras. Unos prisioneros que, en definitiva, somos nosotros. Para alcanzar el mundo de las Ideas tendríamos que liberarnos del cuerpo y ascender penosamente hasta encontrar la luz.
  • Platón desvaloriza el mundo de la materia, el de las sombras, que es imperfecto, temporal, cambiante y corruptible.
  • Es en el mundo inteligible de las Ideas, eterno, inmutable, necesario, absoluto y trascendente, donde encontraremos la perfección.
En otro momento veremos que la principal diferencia entre Platón (427-347 a.C) y su discípulo Aristóteles (384-322 a.C.) estriba en qué es sustancia para cada uno. Para el filósofo de Atenas, la sustancia es la Idea, mientras que para el de Estagira, la sustancia primera es el individuo concreto, particular y sujeto al cambio o devenir.

Parece como si el pensamiento de los seres humanos tuviera desde siempre una tendencia natural a pensar en términos duales. Antes de Platón, encontramos dualismos en la cultura egipcia; en el taoísmo chino hallamos el yin y el yang; mientras que los persas introdujeron un dualismo teológico entre Ormuz, que era el bien, y Ahrimán, que representaba el mal. Podríamos encontrar aún más ejemplos, pero ya que estamos con los griegos reparemos en los dualismos matemáticos planteados por Pitágoras de Samos (580-495 a.C.), tales como la oposición entre límite e ilimitado, o entre par e impar. Y Platón era un pitagórico declarado. Tanto es así, que en el frontispicio de su Academia hizo grabar un rótulo que decía: «Nadie entre aquí que no sepa geometría». Pensaba, al igual que los pitagóricos, que las matemáticas servían para purificar el alma. [1]

En una entrada anterior dije que Platón es el filósofo de las Ideas. Él pensaba, como Sócrates, que los humanos tenemos ideas innatas, ésto es, que las tenemos antes de nacer, antes del tiempo. Ambos insistían en que, lo admitamos o no, hay un nivel de conocimiento que no proviene de la experiencia. [2]

Pero el discípulo dio un paso más que su maestro al afirmar que esas ideas innatas están en nuestra mente porque las recordamos. Con ello, Platón introduce un nuevo concepto, el de la reminiscencia de las Ideas. Según él, al nacer perdemos el recuerdo de las Ideas, aunque nos queda la nostalgia que impulsa a volver a buscarlas.

Y afirma algo más: que, en consecuencia, el alma es inmortal.
«Dado que el alma puede rememorar lo que ha contemplado antes del nacimiento, hay que admitir que no se extingue con la muerte». (Hersch, 2010; 40-41)
El alma no es una Idea, pero tampoco es una cosa sensible perteneciente al mundo empírico. No es una materia. No pertenece a la experiencia.

Para Platón, el alma tiene una historia. Si no la tuviera, el hombre (el ser humano) no sería libre. No existiría el bien y el mal. El alma puede elegir el mal, pero no puede elegir morir. Ni siquiera la culpa puede matarla.
En todo caso, sus ideas sobre el alma inmortal sí que hicieron historia. Especialmente, cuando el cristianismo las hizo suyas. [3]


[1] A modo de inciso, permíteme que haga un salto en el tiempo para anunciarte que con René Descartes (1596-1650) nos enfrentaremos al dualismo cartesiano, un tema de gran importancia que recuerda mucho al dualismo platónico. Descartes también creía en las ideas innatas. Pero de eso hablaremos otro día.
[2] Los empiristas, como John Locke (1636-1704) dirían justamente lo contrario: que sólo conocemos a través de lo que experimentamos. De hecho, la oposición entre empiristas y cartesianos es uno de los temas centrales de la epistemología.
[3] Decía el que luego sería considerado como “padre de la Iglesia”, Agustín de Hipona (354-430), que su conversión ocurrió tras conocer los escritos neoplatónicos.

miércoles, 23 de octubre de 2013

Retorno a la caverna platónica


Para Platón (427-347 a.C.), todo lo que existe en el mundo que vivimos (tanto si se trata de objetos físicos como de conceptos morales) tiene algún tipo de forma ideal de la que somos conscientes de algún modo. (Buckingham, 2012; 53) 

Eso serían las Ideas, con mayúscula.

¿Qué es una Idea, con mayúscula?

Platón nos diría de coger dos hojas de un mismo árbol. Son iguales pero distintas. En tu cabeza hay una Idea de lo que es una hoja perfecta y es a ella a la que te remites constantemente. Lo mismo ocurre con dos caballos y la Idea de la caballidad. En el mundo de las Ideas, un triángulo es un triángulo perfecto, aunque en el mundo que nos rodea es imposible encontrar dos triángulos iguales.

En la epistemología platónica, la razón, y no los sentidos, es la que nos permite alcanzar el conocimiento.

Es más, para el director de la Academia la realidad está en el mundo de las Ideas, mientras que el mundo que nos rodea, el que percibimos con nuestros sentidos, no es más que una mera imitación. Para Platón:
«El conocimiento terrenal no es más que una sombra».
El ateniense recurre a un relato mítico que es uno de los pasajes más célebres de la filosofía: la alegoría de la caverna.

Más abajo, encontrarás su texto tal como apareció en su obra 'La República', pero ahora prefiero contártela a mi manera:

Tenemos que imaginar una profunda caverna con una amplia entrada. Al fondo están unos prisioneros atados por los pies y por el cuello, de modo que no pueden más que mirar al fondo de la caverna y nunca hacia la entrada. Están allí desde que nacieron.

A sus espaldas hay un muro y tras la luz de un fuego. Entre el fuego y el muro trascurren objetos y personas que se mueven y hablan. Los prisioneros sólo ven las sombras que éstos proyectan sobre el fondo de la caverna. Para Platón, nosotros somos esos prisioneros y creemos que las sombras son la realidad.

El relato continúa con un prisionero que es liberado y al que se le obliga a andar hacia la luz. Al principio, éste siente dolor en los ojos pero según va descubriendo con perplejidad la verdad que se le expone pondrá resistencia a admitir lo que está viendo y preferirá creer en las sombras que siempre contempló.

Finalmente, acabaría por acostumbrarse a la nueva realidad y disfrutaría con el espectáculo del mundo exterior a la caverna. Quedaría maravillado, sobre todo por el sol, «en su propio dominio y tal cual es en sí mismo». El sol, la esfera perfecta: ¿no te recuerda a Parménides?

Pasado un tiempo se comparecería de sus compañeros todavía prisioneros y volvería a anunciarles lo que ha descubierto. Ocurre, sin embargo, que al descender de nuevo en la oscuridad sus movimientos son torpes, no discrimina bien las sombras y los otros se ríen de él. Le dirían que por haber subido hasta lo alto se le han estropeado los ojos y que no vale la pena marchar hacia arriba. Y no le creerían cuando les contara lo que ha visto. Preferirían continuar con sus cadenas y sus sombras. Y si él intentara liberarlos y conducirlos hacia la luz, lo perseguirían y lo matarían.
«El camino hacia luz, cegadora, no es fácil. Estará lleno de dudas. Pero la recompensa es la más valiosa: el acceso a la verdad». (Najmanovich, 2008)
La alegoría o mito de la caverna nos remite a la polémica entre Parménides y Heráclito, decantándose Platón más por la parmenidea.

Por otra parte, también estaba dando su particular respuesta a la pregunta que se hacían en Mileto: ¿Cuál es la sustancia que persiste a través del cambio?: las Ideas.

En las cosas del mundo, todo es efímero, compuesto, y relativo.
En el mundo de las Ideas, éstas son eternas, simples, y absolutas.
Si son absolutas, no pueden ser relativas. De ahí su oposición al relativismo de Protágoras.

Por todo ello, no te extrañará que Platón sea "el filósofo de las Ideas".

El texto original:  
 
«Una morada subterránea en forma de caverna, que tiene la entrada abierta, en toda su extensión a la luz. En ella están unos hombres con las piernas y el cuello encadenados de modo que deben permanecer allí y mirar sólo delante de ellos, porque las cadenas les impiden girar en derredor las cabezas. Más arriba y más lejos se halla la luz de un fuego que brilla detrás de ellos: y entre el fuego y los prisioneros hay un tabique construido de lado a lado, como el biombo que los titiriteros levantan delate del público para mostrar, por encima del biombo, sus muñecos. Imagínate ahora que, del otro lado del tabique pasan sombras que llevan toda clase de utensilios y figurillas de hombres y otros animales, hechos en piedra y madera y de diversas clases: y entre los que pasan unos hablan y otros callan. […] Los prisioneros no tendrían por real otra cosa que las sombras de los objetos artificiales transportados». (Najmanovich, 2008)




martes, 22 de octubre de 2013

El relativismo de Protágoras


Fue en la época de esplendor de la Atenas de Pericles (445-429 a.C.), cuando Protágoras de Abdera (490-420 a.C.) llevó a juicio a Evatlo, a quien le dijo más o menos lo siguiente:
«Si gano, es preciso que, por haber ganado, me entregues los honorarios que te reclamo; Si ganas tú, también deberías pagarme por haberse cumplido la condición que pactamos».
Los honorarios que Evatlo se negaba a pagar a Protágoras eran por haber recibido instrucción y asesoramiento de éste en el arte de la retórica, arte que había que dominar si uno quería ganar un juicio. Como Evatlo perdía los suyos, decidió no pagar a Protágoras y fue por eso que éste último llevó a juicio a quien fuera su discípulo. La frase antes citada es lo que se conoce por la “paradoja de Protágoras”.

El de Abdera era lo más parecido a lo que hoy sería un abogado. Era un asesor profesional o sofista [1]. Los griegos de la Antigüedad tenían que defenderse a sí mismos si eran llamados a juicio en el ágora. La retórica era la técnica de expresarse de manera adecuada para lograr la persuasión del destinatario.

Para Protágoras, todos los argumentos son igualmente válidos. Lo que importa (en un juicio) no es tanto la veracidad de lo que se dice sino el grado de persuasión que se consigue.

Las implicaciones epistemológicas son evidentes: lo que uno cree es relativo. Es el hombre que mantiene una opinión o idea, por el que se mide la valía de la misma.

Por eso Protágoras sentenció:
«El hombre es la medida de todas las cosas».
[Por cierto que, en mi opinión, la utilización de “hombre” y no de “ser humano” está relacionado con la misoginia de la época. Los derechos de las mujeres quedaban, para los griegos, al mismo nivel que los que tenían los esclavos.]

Volviendo a Protágoras, te habrás dado cuenta de que con él se inicia el relativismo. Para el sofista, lo que resulta cierto para uno puede ser falso para otro, y ésto incluye valores morales como el bien y el mal.

Por su parte, Platón se dedicó a refutar esta idea del relativismo.

Y es que, en muchos aspectos, Protágoras estaba en las antípodas del director de la Academia. Al primero le preocupaban cuestiones prácticas, como ganar un juicio o cobrar sus honorarios, y no perder el tiempo en aquello que es incognoscible. Por ejemplo, especular sobre cuál es la materia de la que está hecha el cosmos o sobre la existencia o inexistencia de los dioses. Su postura era la de agnosticismo.

El relativismo es un concepto que nos ha acompañado hasta nuestros días. En su primer discurso como papa, Joseph Ratzinger (o Benedicto xvi), puso el acento en advertir a sus fieles sobre el avance «hacia la dictadura del relativismo». Lo cual no deja de ser también paradójico si tenemos en cuenta que la Iglesia, al igual que los sofistas, siempre dio gran importancia a la retórica haciendo prevalecer la persuasión sobre la veracidad de sus argumentos.



[1] Los sofistas eran profesores itinerantes del derecho y la política.

domingo, 20 de octubre de 2013

Filósofos y perroflautas

Además de la epicúrea y la estoica, otra escuela que se inspiró en la cotidianidad filosófica de Sócrates fue la de los cínicos. Cínico es los mismo que decir perruno. Les llamaban así porque su estilo de vida se asemejaba al de estos animales.

El “filósofo perro” más conocido acabaría siendo Diógenes de Sínope (412-323 a.C.) aunque fue antes, en el Cinosargo, donde Antístenes de Atenas (444-365 a.C.) inició esta escuela. El Cinosargo era como un santuario o un gimnasio cuyo nombre significaba “perro ágil” y se piensa que ese es otro posible origen para que los denominaran cínicos.

Los cínicos criticaban los placeres materiales, las buenas maneras y la hipocresía de la sociedad. Eran, según Michel Onfray, antiplatónicos, lúdicos y subversivos. (Onfray, 2007; 131)

De Antístenes poco sabemos, salvo que era de inspiración eleática y que su dialéctica era despreciada tanto por Platón como por Aristóteles. Pese a ser nacido en Atenas, le consideraban un extranjero por ser sus padres oriundos de la Tracia. Aún así, quédate con esta frase suya, pues ya está anticipando el debate entre nominalistas y realistas que más tarde dará origen a la disputa de los universales:
«Quien conoce el nombre, conoce la cosa».
De su discípulo Diógenes, en cambio, sabemos bastante de sus andanzas y algo de sus ideas. Al igual que su maestro, vivió como un extranjero en Atenas, a donde llegó tras el exilio de su tierra natal. Vivía como un vagabundo, una especie de “perroflauta”, te dirás. Pero no te dejes engañar por las apariencias, pues los problemas filosóficos que Diógenes nos plantea son de gran importancia. Y lo son porque su punto de vista es uno de los más radicales.

Es célebre la imagen que tenemos de él caminando entre la multitud por las calles de Atenas o las de Corinto portando una linterna encendida a plena luz del día y clamando: «busco hombres». Te estarás preguntando dónde radica la dificultad de encontrarlos siendo que estaba rodeado por ellos. Cuando le preguntaban, el filósofo perro aclaraba que lo que buscaba era hombres “honestos”. Era todo un provocador este Diógenes.

Cuentan que otro día le encontraron masturbándose en el ágora. Cuando le recriminaron su conducta él les sorprendió con esta respuesta.: «¡Ojalá, frotándome el vientre, el hambre se extinguiera de una manera tan dócil!».

Ante estas ocurrencias, Platón llegó a tildarlo de “sócrates delirante”. Especialmente mal debió de sentarle al ateniense verse ridiculizado por el cínico por la respuesta que éste dio a su ocurrente definición del hombre. Platón había dicho que «el hombre es un bípedo sin plumas» y, al parecer, todo el mundo la asumió por buena. Pero a continuación, Diógenes desplumó un pollo y lo lanzó frente a él en la Academia al tiempo que decía: «He aquí un hombre». Consecuentemente, a la definición platónica se le añadió que las uñas tenían que ser planas.

Nuestro cínico polemizó también con Zenón de Elea, el creador de aporías. ¿Recuerdas 'Las flechas de Zenón'? Pues cuando el de Elea llegó a Atenas y comenzó su explicación de que movimiento no existe, Diógenes se levantó y empezó a caminar de un lado a otro.

Aún hay más anécdotas, y te invito a que seas tú quién me las cuente utilizando los comentarios. 

Observa que Diógenes, al contrario que otros filósofos, no teorizaba. Lo que hacía, más bien, era vivir como pensaba, sin incurrir en contradicción. Sin necesitar justificar privilegio alguno. Se preocupó menos de crear una escuela y más de llevar una vida recta con su desprecio a los usos y costumbres de la sociedad.

Te dirán que era un vago. Que no servía para nada.

Él no hubiera estado de acuerdo. Cuando fueron a venderlo como esclavo fue preguntado por lo qué sabía hacer. Diógenes dijo: «Mandar. Comprueba si alguien necesita un amo». Lo compró Xeniades de Corinto, quien le devolvió la libertad y le propuso ser el tutor de sus dos hijos. 

Para el día que le llegara la muerte, Diógenes dejó dicho:
«Echadme a los perros. Ya estoy acostumbrado».


sábado, 19 de octubre de 2013

La ataraxia de los epicúreos

Ante el dolor y ante la muerte, ¿qué actitud debemos adoptar? Algunos filósofos, como los Epicúreos, desarrollaron una teoría de orden moral, una especie de manual para ayudarnos a los humanos a navegar por la vida. El fin de la filosofía, para Epicuro de Samos (341-270 a.C.) y sus discípulos, era encontrar la felicidad.

¿Qué es la felicidad, en qué consiste?

Ah, me encanta hacer esta pregunta, y que me la hagan. E incluso yo me la hago a mí mismo de vez en cuando.

Estoy bastante de acuerdo con el sentido que ellos, los epicúreos, daban a la felicidad: se trataría de alcanzar una serenidad interior de paz, de calma. Lo llamaban ataraxia.

La ataraxia supone lograr una total independencia de nuestro mundo interior frente a las amenazas que nos vienen de fuera: «Todo lo que es exterior, y a lo que tenemos la tentación de someternos, puede sernos arrebatado». (Hersch, 2010; 68)

Lo que se opone a nuestra felicidad es el miedo. De hecho, los epicúreos identificaron dos temores esenciales:
  • El temor a los dioses;
  • El temor a la muerte.
¿Recuerdas lo que dijimos sobre su teoría del universo formado por átomos? Pues a raíz de ésta, los epicúreos establecieron un doble principio:
«Nada surge de la nada y nada se pierde en la nada».
El universo, para ellos, es una totalidad infinita y eterna. Luego nada puede perecer. 

Como vimos, sostienen una concepción mecanicista del mundo: todo deriva del movimiento de la caída de los átomos y de los choques que se producen entre ellos. No hay ninguna intención ni finalidad, sino puro azar.

En un mundo regido por el azar, ya no hay razón para temer a los dioses. Las cosas no ocurren en función de los caprichos de éstos, ni tampoco de sus buenas intenciones. O, según lo explica Jeanne Hersch,:
«No tenemos nada que temer de ellos [de los dioses], pero tampoco nada que esperar». (Hersch, 2010; 71)
Dicho de otra manera, «no existe nada bueno ni malo; es el pensamiento humano el que lo hace parecer así». La frase la pronunció el dramaturgo William Shakespeare (1564-1616), dos mil años después.

Tampoco la muerte puede parecerte ya tan temible desde el momento en que llegas a pensar como los epicúreos:
«La muerte es la dispersión radical de los átomos de los que estamos constituidos», decían.
Podemos pensar que la muerte nunca nos alcanza pues mientras estamos vivos ella no está con nosotros, y cuando aparece nosotros ya nos hemos ido.

La visión epicúrea de la historia de la humanidad es la del progreso. Es por lo tanto contraria al pensamiento antiguo que tenía tendencia a situar una edad de oro perdida en un remoto pasado. Según esta idea, a la humanidad sólo le cabría empeorar. Dos visiones opuestas: el mito del progreso y el de la edad de oro.

Desde hace tiempo, al pensamiento epicúreo se lo viene equiparando con el hedonismo y con el libertinaje , ¿pero son lo mismo?

Ellos nos invitan a la búsqueda del placer, pero como dijimos al principio de estas líneas, la ataraxia consistía en que aprendiéramos a dominar deseos y placeres y a seguir siendo dueños de nuestras elecciones. No se trata de abandonarnos a los placeres y a la indiferencia. La ataraxia no consiste en una huida del aburrimiento o del esfuerzo.

Es evidente que la independencia interior unida a la falta de temor a los dioses y a la muerte perturban a quienes ven la sociedad como un sistema jerarquizado donde la gran mayoría debe obedecer a una pequeña élite privilegiada, que dice ocupar el poder por estar legitimada por derecho divino.

Posiblemente, hoy quedan pocos epicúreos mientras que abundan los hedonistas.

viernes, 18 de octubre de 2013

Como en una lluvia de átomos


La teoría de los átomos fue retomada por los epicúreos, de cuyas teorías sobre la felicidad hablaremos próximamente. Lo que ahora me interesa es resaltar que los seguidores de Epicuro de Samos (341-270 a.C.) coincidían con los atomistas en afirmar la existencia tanto de los cuerpos como del movimiento, así como del espacio vacío, siendo éste indispensable para que tales cuerpos, formados por átomos, puedan moverse.

Unos y otros estaban de acuerdo también en que cada átomo es indivisible e inmutable: los átomos son simples, no compuestos, y por eso tienen una naturaleza inalterable. Decían que éstos estaban en movimiento constante. Ahora bien, ¿cómo se mueven los átomos?

Los epicúreos imaginaron un primer movimiento vertical, como una lluvia de átomos. Pero esta explicación resultaba insuficiente ya que si cayeran en el vacío seguirían trayectorias paralelas y nunca se tocarían. Era preciso que los átomos interactuaran entre ellos para producir combinaciones o rechazos, en definitiva, para que pasara algo.

Por eso, introdujeron un segundo movimiento producido por una cierta indeterminación que les permitiría apartarse unos grados respecto de la vertical. Al ángulo resultante le llamaron clinamen.

La aparición del clinamen garantizaba que los átomos chocaran y rebotasen, pero también servía para introducir un cierto grado de indeterminación en el funcionamiento del cosmos y, concretamente, para explicar el libre albedrío de los humanos.

La filósofa Jeanne Hersch nos explica así la particular cosmología epicúrea:
«Como cada átomo tiene un clinamen distinto, la multitud de átomos, en su caída oblicua, se encuentra, choca y rebota en todas direcciones. Algunos se enganchan con otros formando combinaciones, una parte de las cuales es inestable y se disuelve muy de prisa, mientras que otras son estables y retienen un número de átomos cada vez mayor, engendrando así los seres reales que pueblan el mundo en que vivimos». (Hersch, 2010; 70)
Tengo que reconocer que la explicación del segundo movimiento me parece un hallazgo genial. Pero lo que la filósofa ginebrina no nos cuenta es cómo los epicúreos explicaban que los átomos cayeran de arriba abajo pues, ¿de dónde caían? ¿Es que rebotaban una vez que llegaban abajo? ¿Y en qué número caían, es decir, no habría un momento en el que ya habrían caído todos? ¿Llegaría un momento en el que sólo quedara la indeterminación? Pero entonces ya no sería respecto a la vertical. ¿Lo seguiríamos llamando clinamen?

En fin, es que no sé si imaginaban el número de átomos finito o infinito. Tal vez tú puedas explicármelo.

En esta concepción mecanicista del universo donde los átomos se mueven espontáneamente sin intención propia, no hay espacio para una finalidad. Supongo que ya imaginas los motivos que llevaron a Aristóteles (384-322 a.C.) a oponerse a esta teoría. Para el filósofo de Estagira sí había una causa final. Y lo mismo ocurriría más tarde con los escolásticos medievales.

Afirmar que existe una causa final no deja de ser un acto de fe. Pero tampoco podemos estar tan convencidos de que la teoría atómica resuelva todas las ecuaciones que se nos plantean.

Al fin y al cabo, ¿quién ha visto un átomo?

jueves, 17 de octubre de 2013

Hasta lo indivisible

Hemos visto que la filosofía empieza con una pregunta, la que se hizo Tales en Mileto, ¿la recuerdas?: ¿Cuál es la sustancia que persiste a través del cambio?

Sus colegas de la escuela jónica lanzaron varias recetas, digo respuestas: el agua, el fuego, el aire, e incluso el infinito.

Desde Éfeso, el oscuro Heráclito dijo que la respuesta sería "el propio cambio", pues "todo fluye". Y al mismo tiempo, desde la lejana Elea, Parménides estaría diciendo justo lo contrario: que "todo lo real debe ser eterno e inmutable y debe tener una unidad indivisible".

Algo más tarde, Leucipo de Mileto (s. v a.C.) y Demócrito de Abdera (460-370 a.C.) proporcionaron una respuesta bastante distinta: que el universo estaba constituido por combinaciones de pequeñas partículas indivisibles, a las cuales llamaban átomos. En griego, átomo significa que no se puede dividir.

Se trataba de una concepción mecanicista y materialista que explicaba todos los fenómenos naturales en términos de números, forma y tamaño de los átomos.

El éxito del atomismo consistió en que, de algún modo, daba la razón tanto a jónicos como a eleáticos. Había movimiento en el universo, el de los átomos que se movían en el vacío y había cambio, como resultado de las combinaciones que éstos formaban entre sí. Pero también los átomos eran únicos e indivisibles. Y permanecían, no cambiaban.

A los atomistas se les opuso Aristóteles (384–322 a.C.) que no podía estar de acuerdo con un sistema de átomos moviéndose en el vacío donde no se daba la continuidad que él defendía.

Y luego en la Edad Media, esa oposición sería radicalmente continuada por los escolásticos, por ser ellos mismos aristotélicos y también por ser una teoría mecanicista que haría a Dios innecesario para explicar el cosmos.

Hoy podemos decir que lo que tan sólo eran hipótesis en el siglo v antes de Cristo, se confirmaron por la vía de la experimentación a comienzos del siglo xviii, que fue cuando el científico inglés John Dalton (1766-1844) elaboró su teoría atómica.

Pero antes de dar estos saltos en el tiempo que tanto me gustan, hablaremos de los epicúreos, pues también ellos abrazaron las tesis atomistas y llegaron a conclusiones aún más atractivas. Eso sí, lo haremos en una próxima entrada.

miércoles, 16 de octubre de 2013

Las flechas de Zenón


Discípulo directo de Parménides fue Zenón de Elea (490-430 a.C.) que no elaboró una teoría original pero sí un amplio arsenal conceptual con el que defendió las tesis de su maestro.

Fue un especialista en elaborar paradojas irresolubles o aporías, especialmente aquellas que niegan la existencia del movimiento o la pluralidad del ser. En línea con su maestro, Zenón intentaba probar que el ser tiene que ser único y eterno. En consecuencia, el espacio no puede estar formado por elementos discontinuos sino que el cosmos es una unidad única.

Sus aporías están diseñadas contra la pluralidad, la validez del espacio, la realidad del movimiento y del trascurrir del tiempo.

Está considerado como el primero en utilizar la demostración llamada ad absurdum (reducción al absurdo).

La paradoja del arquero, o de la flecha, es una de sus aporías más conocidas. Cuando la flecha sale del arco, ocupa en cada momento una posición específica. Si analizamos uno de esos momentos comprobamos que a la flecha no le queda espacio para moverse y podemos afirmar que durante ese mínimo instante ésta se halla en reposo. Por ese mismo motivo, en los otros periodos de tiempo la flecha también está en reposo. Y si la flecha siempre está en reposo concluimos que no se mueve, es decir que el movimiento no existe.

Las ideas de Zenón resultan aún más chocantes si consideramos que mucho más tarde, veinticinco siglos después, el filósofo parisino Henri Bergson (1859-1941), premio Nobel de Literatura en 1927, observó que «siempre pensamos el movimiento con la ayuda de inmovilidades». (Hersch, 2010; 21) 

Para entonces, la fotografía y el cine ya estaban inventados. También los cómics.
Y es que tal vez no haya pasado tanto tiempo desde que Zenón lanzó su flecha. Tal vez ésta siga ahí, inmóvil en su viñeta o fotograma correspondiente. Pues, en la historia de la humanidad ¿qué son veinticinco siglos?

Apenas un instante.

lunes, 14 de octubre de 2013

Siempre es bueno tener un mapa a mano

Desde que zarpamos a bordo del Aletheia hemos ido mencionando diversos lugares donde los filósofos de la Antigüedad vivieron, pensaron y murieron: Mileto, Atenas, Éfeso, Elea, Siracusa,... y aún mencionaremos otros, como Estagira, Roma, Alejandría,...¿Pero dónde están esos lugares?

Cuando navegamos, aunque sea por los mares del conocimiento y de la historia de la filosofía, siempre es bueno tener un mapa a mano: el mapa de la Antigüedad, en este caso.

Cuando estés frente a él, observa que hay una larga distancia entre Éfeso y Elea, por poner un ejemplo. Así que aunque dijimos que Heráclito y Parménides vivieron en la misma época, no debemos inferir que se reunían para tomar el té y discutir sus teorías, tal como podrían hacerlo hoy en día en el caso de que ambos así lo desearan. No, pensaron por separado, separados por más de 1.000 km. Y llegaron a conclusiones muy distintas sobre lo que cambia y lo que permanece, sobre lo efímero y lo eterno, sobre lo uno y lo múltiple.

El espacio y el tiempo son dos cuestiones que siempre han preocupado a los pensadores.

Pero llegados a este punto me gustaría que reflexionemos juntos sobre un aspecto que a veces pasamos por alto.

En la Antigüedad, los seres humanos no conocían la extensión real del mundo ni su forma. Aún no podían. Estaban inventando la Geografía (y la Astronomía), es cierto, pero quedaban limitados al Mediterráneo y poco más. Y ésto era así por razones obvias, tales como la dificultad para desplazarse a través de montañas, bosques, mares o desiertos. Apenas contaban con sus pies para hacer camino. Podían utilizar carros con tracción animal pero tampoco eso les llevaba muy lejos. Algunos, muchos, seres humanos jamás abandonarían la tierra que les vio nacer.

Me dirás que podían navegar. Pues sí, y por eso se movieron más rápido por mar que por tierra colonizando toda la costa mediterránea. Pero es preciso observar que lo hacían sin brújula, con lo que era muy arriesgado alejarse mar adentro.

Pensemos lo que el descubrimiento del continente americano supuso para las ideas del mundo occidental que nunca antes pensó que pudiera existir un mundo del que la Biblia no hacía mención. Para conocer del nuevo mundo los humanos tuvimos que esperar hasta el año 1492. Son casi mil quinientos años desde el nacimiento de Cristo. A los que hay que sumarle quinientos más si queremos situarnos en la época de Heráclito y Parménides.

En cuanto al espacio, confío que el mapa del mundo clásico ayudará a que puedas orientarte mejor y situar a cada filósofo en su lugar correspondiente.

Por lo que se refiere al tiempo, ya habrás observado que detrás de cada nombre propio suelo poner, entre paréntesis, dos fechas: la de su nacimiento y la de su muerte. Cuando añado a.C. significa que se trata de una fecha anterior a Cristo, del mismo modo que no poner nada, o poner d.C. significará lo contrario. Recuerda que en la cultura occidental datamos así debido al papel preponderante que alcanzó el cristianismo en el orden político y social a partir de que Constantino (272-337) la declarase religión oficial del Imperio Romano.

No obstante, siempre es complicado recordar las fechas y relacionarlas, y más si contamos hacia atrás como ocurre con la mayoría de los clásicos. Estoy trabajando en una línea de tiempos, un timeline, para que sea más comprensible. En breve espero tenerlo.

Mientras tanto nuestro Aletheia sigue dibujando estelas en la mar.


sábado, 12 de octubre de 2013

El que no puede ser nombrado


Fondeamos ahora en Elea, en la Magna Grecia, una colonia situada al sur de la península itálica.

Aquí nació Parménides que fue contemporáneo de Heráclito de Éfeso, (535-484 a.C.)

El pensamiento de Parménides de Elea (515-445 a.C.) se funda en las exigencias de la lógica. Tenía claras influencias de Pitágoras de Samos (570-495 a.C.) Para el de Elea, las imposibilidades lógicas son al mismo tiempo imposibilidades ontológicas.

Aclaro que la ontología es el conocimiento del ser. Es la parte de la metafísica que trata del ser en cuanto ser. Es decir, de la realidad independientemente de nosotros mismos.

En palabras de Parménides:
«Yo puedo decir “el ser es”, pero no “el no-ser es”. ¿Por qué? Porque sería una contradicción, sería contradecirme». (Hersch, 2010; 16)
Es más, esta frase te gustará, sobre todo si eres lector o lectora de las novelas de J.K. Rowling:
«El no-ser no debe ser nombrado».
Algo que existe no puede no existir simultáneamente, pues sería una contradicción lógica. Y en un estado en el que nada existe es imposible. Entonces, algo no puede proceder de la nada y debe haber existido siempre en alguna forma. Y ese algo, además, no puede cambiar, porque lo que es permanente no se puede transformar en otra cosa sin dejar de ser permanente. Por lo que el cambio esencial resulta imposible.

Para Parménides todo lo real debe ser eterno e inmutable y debe tener una unidad indivisible:
«Todo es uno».
Como ves, sus conclusiones son opuestas al pensamiento de Heráclito, para quien todo en el universo está en un estado de transformación constante.

Según Parménides existen dos formas de conocimiento:
  1. Por un lado está la ciencia, como conocimiento verdadero del ser en su inmutable identidad;
  2. Por otro, el conocimiento del mundo exterior en el que vivimos y al que llama doxa, que significa opinión. Este concepto lo encontramos en palabras tales como heterodoxo, ortodoxo,...
La doxa no alcanza la verdad pero, como dice Hersch, puede resultar muy útil:
«La opinión [o doxa] es un modo de acercarse a la verdad que, en general, basta para que los hombres puedan vivir la práctica cotidiana, para que se comuniquen entre ellos u organicen el estado». (Hersch, 2010; 17)
De hecho, ¿te imaginas lo incómodo e ineficiente que sería posponer nuestras decisiones hasta que nuestro conocimiento fuera comprobado?

Para Parménides, la verdad lógica prevalece sobre el conocimiento empírico, la racionalidad sobre la experiencia. Será importante recordar que el eleático demostró que nuestra percepción del mundo es errónea y abunda en contradicciones. Percibimos el cambio, pero la razón nos dice que éste es imposible.

Ya sabes que a los filósofos les encantan las metáforas. Parménides encontró la suya en la esfera: es ahí donde encontramos el ser perfecto que se basta a sí mismo. Porque toda su superficie equidista del centro. Porque la distancia al centro desde cualquier punto de su superficie no puede ser mayor ni menor por lo que cada "ente" permanece idéntico a sí mismo y dentro de sus límites. Porque la esfera es aquella figura que contiene a todas las otras, la más perfecta y semejante a sí misma.

Esa perfección le lleva a afirmar que el ser es algo profundamente divino, pero sin personificación. La idea de un dios personal o de un dios creador les era totalmente ajena a los filósofos de Elea. Ideas similares a éstas las encontraremos más adelante en otros filósofos, como en Spinoza, en el siglo xvii.

Al parecer, en lo único que Parménides coincidía con su colega Heráclito era en que ambos eran monistas. El monismo ya lo vimos cuando hablamos de Tales: es la idea de que todo en el universo puede reducirse a una única substancia.

Si al de Éfeso le llamaban "el oscuro", ¿dirías que el de Elea te lo ha dejado todo más claro? ¿O tampoco?

viernes, 11 de octubre de 2013

Todo fluye para el oscuro de Éfeso


Al igual que Tales, Heráclito y Parménides fueron dos filósofos de los llamados presocráticos, es decir que vivieron (y filosofaron) antes de Sócrates.

Ambos, Heráclito y Parménides, eran contemporáneos y representan dos escuelas diferentes y opuestas: la jónica y la eleática. Tan opuestas que, según Jeanne Hersch, el dilema que les enfrentaba lo encontraremos a través de toda la historia de la filosofía.

Todo gira alrededor de dos preguntas que, a su vez, están relacionadas:
  • ¿Cuál es el problema de lo uno y lo múltiple?;
  • ¿Cuál es el problema entre lo permanente y lo efímero?
En palabras de Hersch:
«Si se quiere nombrar lo que es, lo que no es cambiante ni efímero, se habla de lo Eterno o de lo Uno. Lo eterno y lo Uno son lo que no cambia».
Según esta filósofa, «nuestro intelecto funciona sometiéndose a un esquema de lo idéntico, llamado principio de identidad, cuyo corolario es el principio de no contradicción».

Fíjate que durante una discusión, cada adversario se esfuerza en mostrar que el otro se contradice en sus argumentos con el fin de que los suyos sean los ganadores.

¿Recuerdas la pregunta que se hacían los filósofos de Mileto?: «¿Qué es lo que persiste a través del cambio?». Pues la respuesta que dio Heráclito, el oscuro, fue la siguiente: «El mismo cambio».
«El ente deviene y todo se transforma en un proceso de continuo nacimiento y destrucción al que nada escapa».
Para Heráclito de Éfeso, (535-484 a.C.) «todo fluye».

Es célebre su observación de que «nunca nos bañamos dos veces en el mismo río», precisamente porque el agua ha cambiado, siguió su camino río abajo.

No sólo eso, sino que Heráclito puso el acento en los contrarios. Para que algo pueda existir, los contrarios deben unirse, decía. La tensión o lucha que se produce entre los contrarios es lo que engendra la realidad. Observa que esto tiene mucho que ver con la dialéctica que primero Hegel y después Marx plantearán en el siglo xix.

Y como dijimos, Heráclito también tiene su contrario en Parménides. Pero de él hablaremos más tarde.

miércoles, 9 de octubre de 2013

La pregunta de Tales


Los vientos nos han sido favorables y pronto arribamos frente a la península de Anatolia, un país que actualmente conocemos como Turquía. En aquella época estas costas estaban habitadas por polis griegas.

En esa zona del Mediterráneo, entre el 2500 y el 900 a.C. existieron la civilización minoica en Creta y posteriormente la micénica en Grecia. Tanto en la una como en la otra, los fenómenos físicos eran explicados, a través de la religión, como el resultado del capricho de los dioses.

En el 700 a.C., apareció la Teogonía, donde el poeta griego Hesíodo describía cómo los dioses habían creado el mundo.

Aquí se inició un cambio cuando sus habitantes oyeron pronunciar por primera vez que «todo es agua». Fue Tales de Mileto (624-546 a.C.) quien lo dijo aunque, antes que él, la cosmogonía babilónica ya describía el estado primitivo del mundo como una masa acuosa. Escrito en escritura cuneiforme, más o menos hacia 1100 a.C., es decir, unos cinco siglos antes, el Enûma Elish comenzaba así:
«Cuando en lo alto del cielo no
había sido nombrado,
no había sido llamada con
un nombre abajo la tierra
firme».
Pero fue a partir de la observación, y no de la tradición, como Tales dedujo que las cosechas eran consecuencia de las condiciones determinadas por el clima y no de la intervención divina. De hecho, dicen que se hizo rico al poder predecir cuándo se produciría una buena cosecha lo que le permitió anticiparse a comprar los molinos y alquilarlos luego para beneficiarse del aumento del la demanda.

El caso es que Tales inaugura una forma nueva de pensamiento que busca explicaciones naturales y racionales a los cambios que observaba que ocurren constantemente a todas las cosas.

La pregunta que se hicieron los pensadores de Mileto fue: «¿Cuál es el elemento básico del cosmos?». Pregunta que la filósofa Jeanne Hersch cree que demos plantear de otro modo:
«¿Cuál es la substancia que persiste a través del cambio?». 
La idea de Tales era que todo en el universo puede reducirse a una única substancia. A esta forma de pensar la denominamos monismo.

Dicha substancia única o materia primordial tendría que cumplir con los siguientes requisitos:
  1. Ser algo a partir de lo que pueda formarse todo;
  2. Ser esencial para la vida;
  3. Tener capacidad de movimiento;
  4. Y ser algo que se transforma.
La conclusión de Tales fue que toda materia, independientemente de sus propiedades evidentes, tenía que ser agua en algún estado de transformación. Pero otro decía que era el aire. Un tercero que era el fuego. Y un cuarto que el infinito. No se ponían de acuerdo.

Bien, tal vez te parezcan ingenuos nuestros filósofos de Mileto, pero debemos tratar de ponernos en su época y pensar como ellos lo harían.

Como dice Jeanne Hersch, lo que importa es el problema planteado, mucho más que su solución.


lunes, 7 de octubre de 2013

Del tábano a la cicuta

Fue Sócrates (470-399 aC) el autor del célebre aforismo «sólo sé que no sé nada».

A este filósofo de la antigua Grecia sus conciudadanos le apodaron "el tábano de Atenas" pues no paraba de incordiarles con preguntas y más preguntas. Hay quienes dudan de la ironía socrática en el sentido de que tuviera poco que ver con su humildad y fuera más bien un rasgo de su arrogancia que dejaba en evidencia la incongruencia de sus contertulios.

A esto de preguntar y preguntar escudándose en una pretendida ignorancia se lo conoce como la mayeútica. Este método inductivo le permitía a Sócrates llevar a sus alumnos a que resolvieran los problemas a través de sus propias conclusiones y no a través del conocimiento aprendido. La mayéutica supone la idea de que la verdad está oculta en el interior de uno mismo. ¿Recuerdas el significado de aletheia? La verdad es algo que se nos desvela, es decir, que podemos ver sólo cuando retiramos el velo que nos la oculta.

Tan convencido estaba Sócrates de la bondad de su método que no escribió ninguna obra porque creía que cada uno debía desarrollar sus propias ideas. Desconfiaba de la palabra escrita pero paradójicamente conocemos de sus pensamientos a trvés de sus discípulos.

Si de entre todos los filósofos griegos he elegido empezar a hablarte de Sócrates, es porque fue el protagonista de uno de los episodios más trágicos de la historia de la filosofía,... y de la democracia.

A los 70 años de edad, nuestro filósofo fue juzgado y declarado culpable de no reconocer a los dioses y corromper a la juventud. La condena era la pena de muerte. Pudo eludirla, según Platón, si partía hacia el destierro. Pero Sócrates eligió acatarla y tomó la cicuta que era el método elegido por el tribunal que le juzgó.

La muerte de Sócrates fue una decisión democrática, lo que marcó la desconfianza de Platón hacia dicho sistema. Pero eso ya es otra historia.