viernes, 18 de octubre de 2013

Como en una lluvia de átomos


La teoría de los átomos fue retomada por los epicúreos, de cuyas teorías sobre la felicidad hablaremos próximamente. Lo que ahora me interesa es resaltar que los seguidores de Epicuro de Samos (341-270 a.C.) coincidían con los atomistas en afirmar la existencia tanto de los cuerpos como del movimiento, así como del espacio vacío, siendo éste indispensable para que tales cuerpos, formados por átomos, puedan moverse.

Unos y otros estaban de acuerdo también en que cada átomo es indivisible e inmutable: los átomos son simples, no compuestos, y por eso tienen una naturaleza inalterable. Decían que éstos estaban en movimiento constante. Ahora bien, ¿cómo se mueven los átomos?

Los epicúreos imaginaron un primer movimiento vertical, como una lluvia de átomos. Pero esta explicación resultaba insuficiente ya que si cayeran en el vacío seguirían trayectorias paralelas y nunca se tocarían. Era preciso que los átomos interactuaran entre ellos para producir combinaciones o rechazos, en definitiva, para que pasara algo.

Por eso, introdujeron un segundo movimiento producido por una cierta indeterminación que les permitiría apartarse unos grados respecto de la vertical. Al ángulo resultante le llamaron clinamen.

La aparición del clinamen garantizaba que los átomos chocaran y rebotasen, pero también servía para introducir un cierto grado de indeterminación en el funcionamiento del cosmos y, concretamente, para explicar el libre albedrío de los humanos.

La filósofa Jeanne Hersch nos explica así la particular cosmología epicúrea:
«Como cada átomo tiene un clinamen distinto, la multitud de átomos, en su caída oblicua, se encuentra, choca y rebota en todas direcciones. Algunos se enganchan con otros formando combinaciones, una parte de las cuales es inestable y se disuelve muy de prisa, mientras que otras son estables y retienen un número de átomos cada vez mayor, engendrando así los seres reales que pueblan el mundo en que vivimos». (Hersch, 2010; 70)
Tengo que reconocer que la explicación del segundo movimiento me parece un hallazgo genial. Pero lo que la filósofa ginebrina no nos cuenta es cómo los epicúreos explicaban que los átomos cayeran de arriba abajo pues, ¿de dónde caían? ¿Es que rebotaban una vez que llegaban abajo? ¿Y en qué número caían, es decir, no habría un momento en el que ya habrían caído todos? ¿Llegaría un momento en el que sólo quedara la indeterminación? Pero entonces ya no sería respecto a la vertical. ¿Lo seguiríamos llamando clinamen?

En fin, es que no sé si imaginaban el número de átomos finito o infinito. Tal vez tú puedas explicármelo.

En esta concepción mecanicista del universo donde los átomos se mueven espontáneamente sin intención propia, no hay espacio para una finalidad. Supongo que ya imaginas los motivos que llevaron a Aristóteles (384-322 a.C.) a oponerse a esta teoría. Para el filósofo de Estagira sí había una causa final. Y lo mismo ocurriría más tarde con los escolásticos medievales.

Afirmar que existe una causa final no deja de ser un acto de fe. Pero tampoco podemos estar tan convencidos de que la teoría atómica resuelva todas las ecuaciones que se nos plantean.

Al fin y al cabo, ¿quién ha visto un átomo?

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