domingo, 27 de octubre de 2013

Cuando las cosas eran números


Decíamos de Platón (427-347 a.C) que éste se sentía muy próximo a los pitagóricos pero ¿quiénes eran los pitagóricos?

De nuevo te propongo que hagamos un salto en el tiempo, esta vez hacia atrás, hacia el pasado, para hablar de Pitágoras de Samos (580-495 a.C.), uno de los primeros presocráticos. En su juventud, visitó al ya anciano Tales de Mileto (625-547 a.C.) y a su discípulo Anaximandro (610-546 a.C.), quienes le aconsejarían que viajara a Egipto para proseguir sus estudios. Y por lo visto, les hizo caso y se recorrió todo el mundo entonces conocido. Más tarde, el propio Pitágoras también respondería a la célebre pregunta que se hacían los filósofos de Mileto sobre cuál es la substancia que permanece en el cambio. Su repuesta puede que te sorprenda: los números. Ni el agua, ni el fuego, ni el aire,... Los pitagóricos creían que todas las cosas son, en esencia, números.

Aunque, paradójicamente, su punto fuerte era la geometría, y no tanto la aritmética.

Tal vez por ser desterrado o huyendo del tirano Polícrates, nuestro filósofo abandonó Samos y recaló finalmente en la lejana Crotona, en la Magna Grecia, al sur de la península itálica. Allí fue donde fundó la Hermandad Pitagórica, una especie de club religioso de carácter sectario que sometía a sus miembros a extrañas normas y prohibiciones. No comían carne ni habas. De hecho eran vegetarianos. No podían usar vestidos de lana, ni recoger lo que se había caído, ni atizar el fuego con un hierro, etc. Y, sobre todo, debían guardar secreto de cuanto allí se hablaba.

Se trataba de un estilo de vida en la que el misticismo y las matemáticas no eran ajenos entre sí, sino más bien factores indisociables. A Pitágoras le interesaba tanto la ciencia como el destino del alma. Estaba, sin duda, influido por el orfismo, una doctrina de salvación sobre el hombre, su alma, y su destino tras la muerte.

Los pitagóricos apuntaban que a los juegos olímpicos (que nacen en aquella época) asistían tres tipos de público: aquellos que participan en las pruebas; los que comercian; y los espectadores. Y ellos se veían a sí mismos como curiosos forasteros espectadores de la vida. Su modelo de vida era el bios teoretiós, o vida teorética. La dificultad de llevar una vida contemplativa reside en compaginarla con las necesidades del cuerpo. ¿Cómo resolvían esta dualidad que se les presentaba entre el cuerpo y el alma?

El cuerpo es una tumba, afirmaban los pitagóricos. Es preciso superarlo, aunque sin llegar a perderlo.
El cuerpo es la cárcel del alma, dirían más tarde los platónicos. Para alcanzar el mundo de las Ideas es preciso liberarse de él.

Pitágoras sostuvo que el alma es inmortal y que transmigra en otros animales.

Los pitagóricos no se limitaban a utilizar las matemáticas o la geometría para fines prácticos tales como cuantificar cosechas o levantar casas, sino para descubrir nuevos entes de naturaleza abstracta, eternos e inmutables. Tenían a la tetraktys por una figura sagrada, por ejemplo. Los hallazgos geométricos desvelaban un mundo misterioso. Lo mismo les ocurría con las relaciones de armonía entre los números, o con conceptos tales como la inconmensurabilidad. Y, por alguna razón, se esforzaban en mantener en secreto sus averiguaciones tanto sobre los números como sobre las formas geométricas.

Esto plantea una cuestión epistemológica. Podemos dudar de aquello que nuestros sentidos nos dicen, o de las ideas, innatas o no, que circulan por nuestra mente. Pero no dudamos, no podemos dudar del famoso teorema de Pitágoras, el que dice que «el cuadrado de la hipotenusa de un triángulo rectángulo es igual a la suma de los cuadrados de los catetos». Ni de que «la suma de los tres ángulos internos de cualquier triángulo siempre es igual a 180 grados». 
 
Este tipo de conocimiento no nos lo encontramos en la naturaleza, sino que hay que racionalizarlo para poder verlo. Pero está ahí. Y se cumple siempre. Las matemáticas o la geometría no permiten ninguna concesión al relativismo. Por el contrario, nos invitan a asombrarnos saboreando el poder alcanzar algún tipo de certeza.

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