martes, 29 de octubre de 2013

El buen gobierno del barco


Cuando comenzamos nuestra peculiar travesía a bordo del Aletheia lancé esta pregunta al aire: ¿Por qué las metáforas del barco son tan recurrentes cuando hablamos de epistemología?

La etimología, ésto es, la ciencia que estudia el origen de las palabras nos va a dar una pista. La palabra en griego para designar a quien dirige el barco es kubernetes, que en latín se tradujo como gubernare, gobernar. Así pues, la idea de la navegación queda muy próxima a la de dirigir una ciudad, una polis. Incluso sirve como metáfora para el autogobierno de uno mismo. Los seres humanos somos como una nave, tanto si se nos ve como individuos o como grupo.

No es de extrañar que Platón utilizase una alegoría del barco para explicar su particular punto de vista sobre la política. Y lo hace en 'La República', que es donde aparece el famoso relato mítico del que ya hablamos en 'El retorno a la caverna platónica'.

Ya que hemos empezado hablando de etimología, déjame decirte que 'La República' viene del latín, res publica, “la cosa pública”, y no del griego. Ello es debido a la traducción que se hizo del título que Platón le puso, que era Politeia, que en griego significa “gobierno de la polis”, o política.

¿Y en qué consiste esa alegoría del barco como un Estado, que Platón pone en boca de su maestro? ¿Qué nos dice Sócrates en la conocida como 'La nave de los locos'? Así lo describe Darin McNabb en uno de sus vídeos:
«Si alguna vez has escuchado el discurso de un candidato político, sabrás muy bien de qué habla Sócrates. Cuenta que el Estado es como un barco. El dueño del barco son todos los ciudadanos. En su conjunto, constituyen una fuerza potente, como un hombre muy alto y fuerte, pero es una fuerza inútil para navegar un barco. Rodeando al dueño son varios marineros, la tripulación. Estos son los políticos. Los marineros luchan entre sí, cada uno tratando de convencer al dueño dejar que él sea el piloto del barco. Si uno va ganando, los demás lo echan por la borda. Finalmente, varios de ellos drogan al dueño (léase, propaganda engañosa) y toman control del barco. El viaje se convierte en una orgía de los intereses nefastos de los que mandan. Mientras tanto, anda en la cubierta un hombre mirando las estrellas y haciendo cálculos. Es el filósofo, desde luego, que la sociedad considera extraño e inútil. A diferencia de los miembros de la tripulación, el filósofo no hace política para tratar y cuidar el cuerpo político de la misma manera que el médico no hace política para cuidar el cuerpo humano. Ojalá la sociedad viera que la política, al igual que la medicina y la navegación, es un arte cuyo objeto exige cierto tipo de conocimiento abstracto que puede parecer extraño». http://www.lafondafilosofica.com/la-republica-de-platon-pt-8/
Desde siempre, los filósofos han estado interesados en la política. De hecho, hay una disciplina cuyo nombre es filosofía política.

Es bien sabido que Platón no era partidario de la democracia. Entre otras razones por motivos personales: La experiencia de ver morir a su maestro cumpliendo la condena que sus conciudadanos votaron en el ágora, le hizo desconfiar del gobierno de la mayoría. Pero también tenía motivos epistemológicos: Su desconfianza en el conocimiento humano, queda reflejada en su visión de la caverna donde aparecemos como prisioneros de nuestros propios cuerpos condenados a interpretar como “reales” las sombras, ruidos y voces que perciben nuestros sentidos, mientras que sólo aquellos que logran liberarse pueden alcanzar el verdadero conocimiento.

Para Platón, sólo los filósofos están capacitados para llevar el timón del Estado. Son ellos quienes deberían gobernar, basando su criterio en el conocimiento (episteme) y no en la opinión (doxa), aunque ésta fuere la opinión de unos muchos.

Su postura es claramente conservadora, pero tampoco hay que confundirla con una justificación de la monarquía, ya que no hay garantías de que el monarca sea, a su vez, un filósofo, un amante de la sabiduría. La historia nos ha confirmado que estos casos se dan raramente y que, más bien, abunda lo contrario.

Pero, elegir el gobierno de los más sabios ¿es realmente lo mejor? ¿Lo mejor para quién?

Nuestro bienintencionado Platón confía en que los más sabios no se dejarán gobernar por sus pasiones o por sus intereses personales. La experiencia nos indica que no ocurre así necesariamente, sino que sólo pueden acceder a la sabiduría aquellos que tienen poder y dinero para dedicarse a teorizar. A ser espectadores. A pensar. Y tales personas provienen de una élite privilegiada.

Tal era el caso del propio Platón, que pertenecía a la aristocracia de Atenas.

Aún así, la historia también nos muestra que es de aquellos que se ilustran de quienes cabe esperar las ideas y acciones que promuevan los cambios sociales que mejoren el buen gobierno del estado.

Menuda paradoja. Como diría un buen amigo: «es complicado todo ésto».

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