jueves, 24 de octubre de 2013

El cuerpo como cárcel del alma


El dualismo platónico entre el mundo de las cosas sensibles y el de las Ideas le llevó a oponer lo material a lo espiritual. En los humanos supondría la separación de cuerpo y alma, siendo ésta última prisionera del primero. La metáfora del cuerpo como cárcel del alma proviene de Platón.

Por eso, en la alegoría de la caverna, Platón nos presentaba a unos prisioneros encadenados que no creen en otra cosa que en aquello que sus sentidos experimentan en forma de sombras. Unos prisioneros que, en definitiva, somos nosotros. Para alcanzar el mundo de las Ideas tendríamos que liberarnos del cuerpo y ascender penosamente hasta encontrar la luz.
  • Platón desvaloriza el mundo de la materia, el de las sombras, que es imperfecto, temporal, cambiante y corruptible.
  • Es en el mundo inteligible de las Ideas, eterno, inmutable, necesario, absoluto y trascendente, donde encontraremos la perfección.
En otro momento veremos que la principal diferencia entre Platón (427-347 a.C) y su discípulo Aristóteles (384-322 a.C.) estriba en qué es sustancia para cada uno. Para el filósofo de Atenas, la sustancia es la Idea, mientras que para el de Estagira, la sustancia primera es el individuo concreto, particular y sujeto al cambio o devenir.

Parece como si el pensamiento de los seres humanos tuviera desde siempre una tendencia natural a pensar en términos duales. Antes de Platón, encontramos dualismos en la cultura egipcia; en el taoísmo chino hallamos el yin y el yang; mientras que los persas introdujeron un dualismo teológico entre Ormuz, que era el bien, y Ahrimán, que representaba el mal. Podríamos encontrar aún más ejemplos, pero ya que estamos con los griegos reparemos en los dualismos matemáticos planteados por Pitágoras de Samos (580-495 a.C.), tales como la oposición entre límite e ilimitado, o entre par e impar. Y Platón era un pitagórico declarado. Tanto es así, que en el frontispicio de su Academia hizo grabar un rótulo que decía: «Nadie entre aquí que no sepa geometría». Pensaba, al igual que los pitagóricos, que las matemáticas servían para purificar el alma. [1]

En una entrada anterior dije que Platón es el filósofo de las Ideas. Él pensaba, como Sócrates, que los humanos tenemos ideas innatas, ésto es, que las tenemos antes de nacer, antes del tiempo. Ambos insistían en que, lo admitamos o no, hay un nivel de conocimiento que no proviene de la experiencia. [2]

Pero el discípulo dio un paso más que su maestro al afirmar que esas ideas innatas están en nuestra mente porque las recordamos. Con ello, Platón introduce un nuevo concepto, el de la reminiscencia de las Ideas. Según él, al nacer perdemos el recuerdo de las Ideas, aunque nos queda la nostalgia que impulsa a volver a buscarlas.

Y afirma algo más: que, en consecuencia, el alma es inmortal.
«Dado que el alma puede rememorar lo que ha contemplado antes del nacimiento, hay que admitir que no se extingue con la muerte». (Hersch, 2010; 40-41)
El alma no es una Idea, pero tampoco es una cosa sensible perteneciente al mundo empírico. No es una materia. No pertenece a la experiencia.

Para Platón, el alma tiene una historia. Si no la tuviera, el hombre (el ser humano) no sería libre. No existiría el bien y el mal. El alma puede elegir el mal, pero no puede elegir morir. Ni siquiera la culpa puede matarla.
En todo caso, sus ideas sobre el alma inmortal sí que hicieron historia. Especialmente, cuando el cristianismo las hizo suyas. [3]


[1] A modo de inciso, permíteme que haga un salto en el tiempo para anunciarte que con René Descartes (1596-1650) nos enfrentaremos al dualismo cartesiano, un tema de gran importancia que recuerda mucho al dualismo platónico. Descartes también creía en las ideas innatas. Pero de eso hablaremos otro día.
[2] Los empiristas, como John Locke (1636-1704) dirían justamente lo contrario: que sólo conocemos a través de lo que experimentamos. De hecho, la oposición entre empiristas y cartesianos es uno de los temas centrales de la epistemología.
[3] Decía el que luego sería considerado como “padre de la Iglesia”, Agustín de Hipona (354-430), que su conversión ocurrió tras conocer los escritos neoplatónicos.

1 comentario:

  1. Muy en linea con el pensamiento gnostico. El espíritu como parte divina prisionero de la materia y que solo desea escapar para reunirse con el Dios supremo. Este mundo material está creado por un falso dios, el Demiurgo, que nos aprisiona y esclaviza en este infierno. Se puede hablar mucho del tema. Un saludo.

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