viernes, 25 de octubre de 2013

La aceptación del destino

 
Aceptar el destino, en eso consiste el estoicismo. Esta escuela, al igual que la de los epicúreos, tiene como objetivo la felicidad. También ellos nos dan una especie de manual filosófico que nos ayude a dirigir nuestros pasos hacia esta meta. Ambas escuelas son de inspiración socrática, en el sentido de hacer una filosofía cercana al individuo, una filosofía de la cotidianidad. Una filosofía moral.

El estoico de referencia es Zenón de Citio (333-264 a.C.). Citio es una ciudad situada en lo que hoy es Larnaka, la capital de Chipre. Tenemos que acostumbrarnos a mirar los mapas. De este modo, podrás relacionarlos con el iniciador de la escuela rival, Epicuro de Samos (341-270 a.C.) de quien ya hemos hablado en 'La ataraxia de los epicúreos'. A este Zenón no hay que confundirlo con Zenón de Elea (490-430 a.C.), el que fuera discípulo de Parménides, y de quien ya tuvimos noticia en 'Las flechas de Zenón'.

El grupo de Zenón se reunía en un pórtico que llamaban stoa, de cuyo nombre deriva la palabra estoicos. Para ellos, las percepciones sensibles son la fuente de todo nuestro saber. No aceptaban que tuviéramos ideas innatas, y eran contrarios a las Ideas platónicas.

De hecho, eran nominalistas. Según Hersch, el nominalismo es una concepción filosófica según la cual toda idea general no es más que una abstracción, un nombre, una palabra, nunca una realidad. Sólo es real lo concreto, lo particular.

Los estoicos decían:
«Veo el caballo, no la caballidad». (Hersch, 2010; 75)
Con ello querían decir que lo que encontramos en la naturaleza es un caballo determinado, pero no el concepto general de caballo. La generalidad del caballo, o la Idea del caballo es algo inventado, un nombre para que nos entendamos al hablar.

Recordemos que Platón sostenía justamente lo contrario, que la verdadera realidad está en las Ideas y no en las cosas concretas, no en las sombras de la caverna. A esta corriente de pensamiento la reencontraremos bajo el nombre de realismo y en constante oposición al nominalismo.

Los estoicos, por otra parte, retoman la idea del logos que mantiene el equilibrio en el universo, introducida por Heráclito. Para Zenón y los suyos, tiene que haber un alma universal que esté en constante comunicación con el alma del hombre, con “su fuego interior”. 

Esa alma universal, esa alma divina lo impregna todo. Todo es Dios y Dios es todo. A ésto se le llama panteísmo: la naturaleza y Dios son equivalentes. Una idea que reencontraremos a lo largo de la historia de la filosofía, siendo Baruch Spinoza (1632-1677) el más eminente y radical de los panteístas modernos. De hecho, el holandés es heredero del pensamiento estoico.

Si todo es de naturaleza divina, la conclusión es que el encadenamiento de las causas no pertenecerá al azar, como pensaban atomistas y epicúreos, sino a Dios.

Los estoicos adoran el orden natural y adoran el destino. El destino y la Providencia no se oponen, sino que convergen. Hay una causa final que genera las causas particulares que, a su vez, convergen en ella.

Los seres humanos tenemos que someternos a la razón cósmica. A ese logos que comunica su fuego interior y el que anima el universo, tal como lo expresó “el oscuro de Éfeso”. Libertad y sumisión coinciden en el estoico cuando se adhiere a lo mejor. La libertad consiste en reconocer esa razón superior y someterse a ella.

Para el estoico el mal existe, y vive en su interior. 

Pero si Dios lo abarca todo y es causa de todo, ¿es también la causa del mal?

Una vez más, los estoicos vuelven a Heráclito y su idea de los contrarios. El mal es necesario para que exista el bien. Sin la posibilidad del mal no habría valor. 

La aceptación del destino no supone una sumisión pasiva. Todo lo contrario, en los estoicos encontramos una ética activa que puede llevar incluso al heroísmo: «Que el mundo sea divino no le dispensa de ningún esfuerzo». (Hersch, 2010; 78)

La felicidad del estoico se encuentra en la aceptación de la ley divina, lo que conlleva la indiferencia hacia todos los demás bienes de los que podamos o no disponer. Desear lo que no depende de uno mismo implica la esclavitud de ese mismo deseo.

El ideal estoico de independencia interior e invulnerabilidad frente a los problemas externos aproxima a estoicos y a epicúreos. Quizás te ocurra que haya días que te sientas más cerca de los unos o de los otros. O quizás, como apunta Jeanne Hersch, hoy somos tan vulnerables que ya no queda espacio para ser ni estoico ni epicúreo.

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