miércoles, 23 de octubre de 2013

Retorno a la caverna platónica


Para Platón (427-347 a.C.), todo lo que existe en el mundo que vivimos (tanto si se trata de objetos físicos como de conceptos morales) tiene algún tipo de forma ideal de la que somos conscientes de algún modo. (Buckingham, 2012; 53) 

Eso serían las Ideas, con mayúscula.

¿Qué es una Idea, con mayúscula?

Platón nos diría de coger dos hojas de un mismo árbol. Son iguales pero distintas. En tu cabeza hay una Idea de lo que es una hoja perfecta y es a ella a la que te remites constantemente. Lo mismo ocurre con dos caballos y la Idea de la caballidad. En el mundo de las Ideas, un triángulo es un triángulo perfecto, aunque en el mundo que nos rodea es imposible encontrar dos triángulos iguales.

En la epistemología platónica, la razón, y no los sentidos, es la que nos permite alcanzar el conocimiento.

Es más, para el director de la Academia la realidad está en el mundo de las Ideas, mientras que el mundo que nos rodea, el que percibimos con nuestros sentidos, no es más que una mera imitación. Para Platón:
«El conocimiento terrenal no es más que una sombra».
El ateniense recurre a un relato mítico que es uno de los pasajes más célebres de la filosofía: la alegoría de la caverna.

Más abajo, encontrarás su texto tal como apareció en su obra 'La República', pero ahora prefiero contártela a mi manera:

Tenemos que imaginar una profunda caverna con una amplia entrada. Al fondo están unos prisioneros atados por los pies y por el cuello, de modo que no pueden más que mirar al fondo de la caverna y nunca hacia la entrada. Están allí desde que nacieron.

A sus espaldas hay un muro y tras la luz de un fuego. Entre el fuego y el muro trascurren objetos y personas que se mueven y hablan. Los prisioneros sólo ven las sombras que éstos proyectan sobre el fondo de la caverna. Para Platón, nosotros somos esos prisioneros y creemos que las sombras son la realidad.

El relato continúa con un prisionero que es liberado y al que se le obliga a andar hacia la luz. Al principio, éste siente dolor en los ojos pero según va descubriendo con perplejidad la verdad que se le expone pondrá resistencia a admitir lo que está viendo y preferirá creer en las sombras que siempre contempló.

Finalmente, acabaría por acostumbrarse a la nueva realidad y disfrutaría con el espectáculo del mundo exterior a la caverna. Quedaría maravillado, sobre todo por el sol, «en su propio dominio y tal cual es en sí mismo». El sol, la esfera perfecta: ¿no te recuerda a Parménides?

Pasado un tiempo se comparecería de sus compañeros todavía prisioneros y volvería a anunciarles lo que ha descubierto. Ocurre, sin embargo, que al descender de nuevo en la oscuridad sus movimientos son torpes, no discrimina bien las sombras y los otros se ríen de él. Le dirían que por haber subido hasta lo alto se le han estropeado los ojos y que no vale la pena marchar hacia arriba. Y no le creerían cuando les contara lo que ha visto. Preferirían continuar con sus cadenas y sus sombras. Y si él intentara liberarlos y conducirlos hacia la luz, lo perseguirían y lo matarían.
«El camino hacia luz, cegadora, no es fácil. Estará lleno de dudas. Pero la recompensa es la más valiosa: el acceso a la verdad». (Najmanovich, 2008)
La alegoría o mito de la caverna nos remite a la polémica entre Parménides y Heráclito, decantándose Platón más por la parmenidea.

Por otra parte, también estaba dando su particular respuesta a la pregunta que se hacían en Mileto: ¿Cuál es la sustancia que persiste a través del cambio?: las Ideas.

En las cosas del mundo, todo es efímero, compuesto, y relativo.
En el mundo de las Ideas, éstas son eternas, simples, y absolutas.
Si son absolutas, no pueden ser relativas. De ahí su oposición al relativismo de Protágoras.

Por todo ello, no te extrañará que Platón sea "el filósofo de las Ideas".

El texto original:  
 
«Una morada subterránea en forma de caverna, que tiene la entrada abierta, en toda su extensión a la luz. En ella están unos hombres con las piernas y el cuello encadenados de modo que deben permanecer allí y mirar sólo delante de ellos, porque las cadenas les impiden girar en derredor las cabezas. Más arriba y más lejos se halla la luz de un fuego que brilla detrás de ellos: y entre el fuego y los prisioneros hay un tabique construido de lado a lado, como el biombo que los titiriteros levantan delate del público para mostrar, por encima del biombo, sus muñecos. Imagínate ahora que, del otro lado del tabique pasan sombras que llevan toda clase de utensilios y figurillas de hombres y otros animales, hechos en piedra y madera y de diversas clases: y entre los que pasan unos hablan y otros callan. […] Los prisioneros no tendrían por real otra cosa que las sombras de los objetos artificiales transportados». (Najmanovich, 2008)




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