viernes, 11 de octubre de 2013

Todo fluye para el oscuro de Éfeso


Al igual que Tales, Heráclito y Parménides fueron dos filósofos de los llamados presocráticos, es decir que vivieron (y filosofaron) antes de Sócrates.

Ambos, Heráclito y Parménides, eran contemporáneos y representan dos escuelas diferentes y opuestas: la jónica y la eleática. Tan opuestas que, según Jeanne Hersch, el dilema que les enfrentaba lo encontraremos a través de toda la historia de la filosofía.

Todo gira alrededor de dos preguntas que, a su vez, están relacionadas:
  • ¿Cuál es el problema de lo uno y lo múltiple?;
  • ¿Cuál es el problema entre lo permanente y lo efímero?
En palabras de Hersch:
«Si se quiere nombrar lo que es, lo que no es cambiante ni efímero, se habla de lo Eterno o de lo Uno. Lo eterno y lo Uno son lo que no cambia».
Según esta filósofa, «nuestro intelecto funciona sometiéndose a un esquema de lo idéntico, llamado principio de identidad, cuyo corolario es el principio de no contradicción».

Fíjate que durante una discusión, cada adversario se esfuerza en mostrar que el otro se contradice en sus argumentos con el fin de que los suyos sean los ganadores.

¿Recuerdas la pregunta que se hacían los filósofos de Mileto?: «¿Qué es lo que persiste a través del cambio?». Pues la respuesta que dio Heráclito, el oscuro, fue la siguiente: «El mismo cambio».
«El ente deviene y todo se transforma en un proceso de continuo nacimiento y destrucción al que nada escapa».
Para Heráclito de Éfeso, (535-484 a.C.) «todo fluye».

Es célebre su observación de que «nunca nos bañamos dos veces en el mismo río», precisamente porque el agua ha cambiado, siguió su camino río abajo.

No sólo eso, sino que Heráclito puso el acento en los contrarios. Para que algo pueda existir, los contrarios deben unirse, decía. La tensión o lucha que se produce entre los contrarios es lo que engendra la realidad. Observa que esto tiene mucho que ver con la dialéctica que primero Hegel y después Marx plantearán en el siglo xix.

Y como dijimos, Heráclito también tiene su contrario en Parménides. Pero de él hablaremos más tarde.

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