viernes, 29 de noviembre de 2013

La gran travesía del cerdito pirrónico

A todo navegante le llega la hora de enfrentarse a una tormenta de esas, con enormes olas, viento, lluvia, rayos y truenos. Es entonces cuando nos entra el miedo. ¿A quién no?

Pues lo que sorprendió a los tripulantes del Acatalepsia, fue encontrarse con que uno de ellos no parecía asustado en absoluto en medio de aquella galerna. Al contrario, el tipo aparentaba de lo más calmado. Y cuando le preguntaron por su actitud, éste les recordó un episodio protagonizado por Pirrón de Elis (360-270 a.C.) en la Antigüedad.

También su barco se vio atrapado en medio de una terrible tempestad. Pero mientras sus acompañantes temblaban de miedo, él se mantenía sereno observando cómo un cerdito seguía comportándose totalmente ajeno a lo que estaba pasando. A su manera de ver, el sabio ha de mantenerse imperturbable en cualquier circunstancia.
«¿De qué sirve el conocimiento de las cosas, si nos hace perder el descanso y la serenidad y si nos vuelve peores que el cochinillo de Pirrón?», se preguntaría Michel de Montaigne (1533-1592) en sus 'Ensayos' (libro i capítulo xiv), muchos siglos después.
El Acatalepsia es un barco gemelo al nuestro. Con él nos cruzamos de vez en cuando, pero siempre en sentido contrario. Es la nave de los escépticos. En griego, Acatalepsia es “lo que no puede ser comprendido”. Los escépticos más radicales, los pirrónicos, dudan de todo aquello que afirmamos conocer de una manera objetiva. La palabra skeptikoi sirve para designar a quien duda e investiga. Y cuando se duda de todo, resulta imposible emitir un juicio objetivo. Es por eso que Pirrón llegó a proponer:
«Suspender el juicio».
Tal actitud, según él, lleva a la paz del alma porque, al no creer en nada, no se entra en conflicto con nadie y no es preciso defender las opiniones puesto que no existen verdades objetivas. (Luego veremos que en este punto, la posición de los pirrónicos contrasta con la que adoptan los escépticos actuales).

¿Comprendes ahora por qué dije que el Acatalepsia y el Aletheia se cruzan pero siempre en sentido contrario? Nosotros nos hemos embarcado en un viaje que ha de llevarnos a desvelar la verdad que se nos oculta, mientras que ellos sostienen la imposibilidad de que dicha verdad pueda ser comprendida.

¿Quiere decir eso que quienes viajamos a bordo del Aletheia no somos escépticos? ¿Acaso somos dogmáticos?

No, nada de eso. Una buena dosis de escepticismo resulta de lo más saludable, pues como dice Gregorio Luri (1955) en El café de Ocata:
«La duda nos desliga del fanatismo y nos vacuna contra el dogmatismo».
Podemos dudar de la homeopatía, de los milagros, de que Dios exista, pero no podemos dudar del teorema de Pitágoras. Porque está demostrado. Tampoco podemos admitir, ni siquiera como una hipótesis, que dos más dos sean cinco. Sería absurdo.

Optar por la duda radical es, para entendernos, como meterse una sobredosis de escepticismo. Más o menos esa es la denuncia que Ignacio Sánchez-Cuenca hace al pirronismo actual, al que califica como el estadio superior del cretinismo:
«El pirronismo ha devenido sinónimo de espesura mental, falta de reflejos intelectuales, obcecación, impermeabilidad a los hechos, estado genérico de alelamiento, necedad, mala fe e incluso sinvergonzonería».
Quizás exagera.

A pesar de todo, el escepticismo es algo que a día de hoy muchos practican y los hay que se lo toman muy en serio. Tanto como para instituir el Círculo Escéptico. Ésta organización funciona como un grupo de presión que pretende erradicar las creencias basadas en el dogmatismo o la superstición. Ésto es lo que dicen:
«Somos escépticos y fomentamos la práctica del escepticismo, entendiendo por éste el pensamiento crítico y racional, luchamos contra las pseudociencias y las pseudomedicinas, cuestionamos los fundamentos espurios de la astrología, la homeopatía, las mancias y videncias, el tarot y el espiritismo, exponemos a los mercaderes de lo paranormal y promovemos el sentido crítico y la divulgación científica como herramientas indispensables para la comprensión del mundo y la toma de decisiones en la vida diaria ¡Házte socio!».
No dicen «¡házte socia!» pero supongo que no pondrán impedimentos a la entrada de mujeres. ¿O haríamos bien en dudarlo? (Hoy estoy un poco más pirrónico que de costumbre, como ves).

Si aceptas hacerte socio, o socia, te obligas a pagar una cuota anual de 25 euros, si es que vas a conformarte con ser un mero colaborador. Si pretendes ser socio, o socia, de número o de pleno derecho, la cuota se eleva a 60 euros.

No obstante sus buenos propósitos, no deja de resultar paradójico que quienes denuncian a los mercaderes de lo paranormal y las pseudociencias, acaben por reclamar un sitio en el mercado: ¿podemos decir que son los mercaderes de lo escéptico?

De hecho, puestos a ser coherentes, ¿no tendríamos que ser escépticos con los escépticos?

Dudo que esta vez sea el cerdito pirrónico quien nos ofrezca una respuesta.

miércoles, 27 de noviembre de 2013

La paradoja de Teseo, a día de hoy

Alguna vez he apuntado en esta bitácora que los barcos funcionan muy bien como metáforas para entender ciertos problemas epistemológicos. Es por eso que nos hallamos a bordo del Aletheia. La epistemología, ya sabes, es la teoría del conocimiento, esto es, el conocimiento del conocimiento.

A lo mejor ya te has dado cuenta: el diseño del Aletheia se corresponde con el del Santa Eulalia, un barco perteneciente al Museu Marítim de Barcelona (mmb.cat). Si te decides a visitarlo, está amarrado en el Moll de Fusta. Observarás en su interior una serie de cuadros que narran su peculiar historia a lo largo de casi cien años, los que han transcurrido desde su botadura en 1918.

Este paquebote fue construido en Torrevieja por encargo del armador Pascual Flores que lo bautizó como el Carmen Flores en honor a su hija. Pronto zarpó hacia Cuba, y resultó tan rentable el transporte que el beneficio superó el coste del barco, cifrado en unas 200.000 de las antiguas pesetas.

A partir de 1928 se había convertido en un motovelero de sólo dos mástiles.

En 1931 lo rebautizaron como Puerto de Palma y se dedicó al contrabando entre las islas Baleares y la península hasta que fue decomisado.

Lo adquirió la Naviera Mallorquina en 1936. Sin variar mucho de aspecto, había pasado a ser el Cala San Vicenç, y se le podía ver surcando las aguas de la costa mediterránea transportando cargas diversas. Ya se aprecia, no obstante, una cabina algo más grande en la popa.

Desde 1975 hasta 1997 llevó el nombre de Sayremar Uno. Pocos hubieran reconocido en el Sayremar el modelo original, pues sólo conservaba un mástil y una cabina trasera de un tamaño muy desproporcionado en relación a la silueta del barco. Su función era la de realizar trabajos auxiliares de submarinismo en el puerto de Barcelona.

En 1997, el barco fue adquirido por el Consorci de les Drassanes para ser restaurado. Aunque conservó el motor, volvieron los tres mástiles y con ello, el Santa Eulalia recuperaba el aspecto original del Carmen Flores.

Pero, ¿era el mismo barco? ¿O no lo era?

Según Roger Marcet:
«La mayoría de piezas han sido producidas artesanalmente. Alguna de ellas por especialistas que son únicos en su especialidad en todo el mundo». (Vidal, Jaume. «El Santa Eulalia vuelve al mar». El País. 23/05/2000)
Según me dijeron sus tripulantes, pocas piezas quedan del primer barco. Quizás ninguna. Y, sin embargo, esta última versión parece mucho más auténtica que las anteriores.

La historia del Santa Eulalia es un claro ejemplo de la paradoja de Teseo.

De Teseo encontrarás muchas historias, pero la que ahora nos importa es la que se refiere al barco. Así es como la recoge Mestrio Plutarco (50-120) en el epígrafe xxiii de sus 'Vidas paralelas':
«La nave de treinta remos en que con los mancebos navegó Teseo, y volvió salvo, la conservaron los Atenienses hasta la edad de Demetrio Falereo, quitando la madera gastada y poniendo y entretejiendo madera nueva; de manera que esto dio materia a los filósofos para el argumento que llaman aumentativo, y que sirve para los dos extremos, tomando por ejemplo esta nave, y probando unos que era la misma, y otros que no lo era».
El argumento aumentativo. ¿Cuántas piezas podemos cambiar de un barco sin que deje de ser el mismo barco? ¿Cuántas células pueden cambiar en nuestro cuerpo sin que dejemos de ser nosotros mismos? Si, como dicen, hemos cambiado todas nuestras células durante un periodo de siete años, ¿significa eso que nuestra identidad también ha cambiado?

Teniendo ésto en cuenta, volvamos a nuestro barco, al Aletheia, para encontrarnos con Aristóteles que pasea por cubierta esperando poder conversar sobre uno de sus temas favoritos. Para el filósofo de Estagira hay cuatro causas que describen una cosa:
  1. La causa formal es el diseño de la cosa. Se puede decir que el barco de Teseo sería el mismo barco ya que su diseño no hay cambiado. ¿Ha cambiado el diseño del Santa Eulalia? Recuerda que una vez fue el Sayremar y que apenas se le parecía;
  2. La causa material, es la materia de la que está hecho la cosa. Podemos decir que el Santa Eulalia sigue fiel a su causa material ya que siempre ha estado formado por madera, y velas, aunque ni son las mismas maderas, ni las mismas velas;
  3. La causa final, viene a ser el propósito previsto de una cosa. Transportar mercancías o seres humanos sería la causa final en la mayoría de los casos que nos ocupan, sin excluir el contrabando, pero durante un tiempo nuestro barco estuvo destinado al submarinismo y hoy es un símbolo del museo marítimo a la vez que un reclamo turístico;
  4. La causa eficiente, tiene que ver con el cómo y por quién se fabrica una cosa. No es lo mismo que el barco lo restaure un artesano o que esté resuelto mediante procesos industriales. Podemos afirmar que el Santa Eulalia sí cumple con esta causa eficiente.
Pero seguimos en las mismas. Unos dirán que básicamente el barco es el mismo a pesar de los avatares del tiempo, mientras que otros se mantendrán firmes en que el barco cambió a medida que le reemplazaron las piezas o le modificaron los usos.

La paradoja no queda limitada a los barcos. Por ejemplo, ¿cuantos granos hemos de quitar a un motón de arena para que deje de ser un montón de arena? Si sólo quitamos uno o dos, el montón sigue ahí. Y aunque quitemos mil o dos mil. Y mirándolo al revés, ¿cuántos granos de arena hacen un montón de arena? Es evidente que no bastan ni quince ni tan solo mil: necesitamos más.

Todo ésto nos lleva a considerar la importancia que tiene el lenguaje cuando se trata de definir algo que conocemos. Y también a considerar la importancia que tiene la cuestión de la identidad respecto a nosotros mismos: ¿qué es lo que nos define como españoles o europeos? ¿O como catalanes o valencianos?

El problema es tan complicado que me entra ahora otra duda: ¿el Aletheia es el mismo barco que el Santa Eulalia? ¿O es otro? ¿Porque le hemos cambiado el nombre?

¿O acaso piensas que el Aletheia ni siquiera es un barco? ¿Por qué? ¿Porque es un dibujo?

¿Es sólo un dibujo? ¿Estás seguro? ¿Estás segura?

La verdad está aún por ser desvelada.

lunes, 25 de noviembre de 2013

Volver a Platón rodeando las pirámides

Rodeando las pirámides

Hace unos 4.000 años que los antiguos egipcios construyeron sus pirámides utilizando el triángulo sagrado, un triángulo rectángulo de proporciones 3, 4, 5, para sus respectivos lados. En otras palabras, ellos ya utilizaban el llamado teorema de Pitágoras. Tales conocimientos se consideraban sagrados y eran mantenidos en secreto por una casta de sacerdotes. Este secretismo fue una práctica que continuaron los miembros de la hermandad pitagórica, muchos siglos después.

¿Por qué relacionamos las pirámides con Pitágoras siendo que éste nació en el año 580 a.C., o sea, casi dos mil años después de que se construyeran?

La respuesta es que él, o los pitagóricos, demostraron de un modo absoluto lo que los antiguos egipcios ya sabían: que el cuadrado de la hipotenusa es igual a la suma de los cuadrados de los catetos.

c2 = a2 + b2

Saber no es lo mismo que demostrar.

Los egipcios tenían un conocimiento que, a nivel práctico, les sirvió para levantar construcciones que ni siquiera hoy, con toda nuestra tecnología, parece probable que podamos igualar. Tenían el conocimiento, pero no lo demostraron.
«La verosimilitud del Teorema de Pitágoras no depende de un dibujo bien ilustrado sino que obedece por completo a un ejercicio intelectual puro alejado de lo sensorial –la deducción lógica–». (González Urbaneja, 2008)
De aquí su importancia. Llegamos a una verdad absoluta utilizando la razón de un modo exclusivo. No es algo que percibimos con los sentidos. Tampoco se precisa de la magia ni de una intervención divina. Simplemente, utilizamos nuestra mente. Inventamos las matemáticas puras.

Por su parte, el matemático Elisha Scott Loomis (1852-1940) resaltó que:
«Este teorema con la multitud de demostraciones del mismo ilustra de forma sorprendente el hecho de que hay muchas formas de alcanzar la misma verdad». (González Urbaneja, 2008)

Volver a Platón

En su libro 'El gran asombro', cuya primera edición data de 1981, Jeanne Hersch (1910-2000) sugería la necesidad de reivindicar el pensamiento pitagórico, o más exactamente el de Platón. La filósofa ginebrina entiende que nos hemos alejado mucho del uso de lo racional, de la certeza que nos dan las demostraciones matemáticas y de la belleza que experimentamos con la geometría.
«A sus ojos, [a los de Platón] el procedimiento de la prueba matemática era una acción purificadora». (Hersch, 2010; 33)
Volver a Platón significa, según ella:
  1. Esforzarnos en pensar con rigor;
  2. Estar dispuestos a abandonar una opinión precedente porque se ha demostrado que es falsa o incompleta.
En definitiva, someterse desde el principio a la verdad y mostrarse abierto al pensamiento ajeno. Pues, como dice Hersch:
«La búsqueda de la verdad es más importante que el éxito de una teoría, aunque sea la nuestra».
Desde entonces, me temo, aún nos hemos alejado más del camino sugerido por la pensadora suiza.

miércoles, 20 de noviembre de 2013

Los surcos del azar

Cada vez que acudo a popa, quedo fascinado por los trazos caprichosos y efímeros que va dibujando la estela de nuestro Aletheia. No puedo evitar que entonces vengan a mi memoria aquellas estrofas tan, por todos, conocidas:
«Caminante, son tus huellas
el camino, y nada más;
caminante, no hay camino:
se hace camino al andar.
Al andar se hace camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante, no hay camino,
sino estelas en la mar».
Estos versos de Antonio Machado (1875-1939) son toda una alegoría de la vida.

En nuestra bitácora ya dejamos apuntado que los filósofos tienen una tendencia muy marcada a buscar metáforas náuticas cuando hacen referencia a la propia materia de la que tratan: la filosofía. 

¿En qué consiste nuestra vida? En recorrerla como un camino que sólo existe al avanzar, al tiempo que envejecemos. Por un camino que ya no tiene vuelta atrás.

Bien, echemos pie a tierra.

Las metáforas del camino o del caminante son tan recurrentes en filosofía como las del barco o el navegante. De haber tenido alas en vez de piernas, velas o remos, seguro que el repertorio de tales metáforas se habría nutrido más abundantemente con imágenes de vuelo, pájaros o aviones.

Eso pasó con el poema que narra las peripecias de Dédalo e Ícaro en 'Las metamorfosis' de Ovidio (43 a.C.-17 d.C). Y es lo que intentó Richard Bach (1936) en sus novelas 'Jonathan Livingston Seagull' (Juan Salvador Gaviota, 1970) e 'Illusions: The Adventures of a Reluctant Messiah' (Ilusiones, 1977) curiosos manuales de autoayuda para superarse a uno mismo dentro del marco cultural del individualismo y competitividad típicas del capitalismo.

Un capitalismo que, en 1944, transitaba por un “camino de servidumbre” según denunciaba Friedrich von Hayek (1899-1992). Para este gurú del neoliberalismo, cualquier modelo de organización colectiva sería incompatible con la libertad del individuo.

Tres décadas más tarde, los líderes políticos de Occidente dirigieron sus pasos en la dirección que Hayek les había indicado, convirtiendo nuestro camino en el infierno en el que ahora penamos.

A través del recorrido por la vida, el camino nos muestra continuas bifurcaciones. Podríamos pensar que los filósofos son quienes deben ayudarnos a encontrar cuál de ellas sería la que más nos conviene. Solemos olvidar, no obstante, que Hayek era un filósofo, como también lo fue su maestro Ludwig von Mises (1881-1973). Lo que demuestra que el hecho de hacernos más sabios no garantiza que nos hagamos más humanos, en contra de lo que pensaban Sócrates y Platón.

Las piedras del camino son inevitables, oirás decir. No hay un camino de rosas, sino que más bien recorremos un valle de lágrimas. Puestos a traer estrofas, ¿qué es lo que se reza en La Salve?:
«A ti suspiramos gimiendo y llorando en este valle de lágrimas».
El cristianismo apunta a una vida de sufrimiento como un camino de espinas. Un camino por el que todos estamos condenados a arrastrar nuestra cruz a cuestas. Eso sí, para muchos la cruz será enorme y para unos pocos, pequeña, muy pequeña. No es por casualidad que el libro de cabecera del Opus Dei lleve por título 'Camino'. Lo que su autor trataba de evitar es que nos perdamos en el camino o, peor aún, que elijamos un “camino de perdición”. Opino que para eso sirve la religión, para señalarnos quién es el “mal caminante” y apartarlo del bueno.

Al emprender una marcha siempre llega un momento en el que alguien lanza esta pregunta: «¿Vamos por buen camino?». O esta otra: «¿Falta mucho?». O quizás también: «¿No nos perderemos?». En mis tiempos de joven excursionista éstas eran bromas muy recurrentes.

Caminar, cansa. De hecho, los humanos parecemos mucho más interesados en el final del camino que en el propio camino en sí, y ello a pesar de la advertencia de Machado. No hay final del camino. No hay final de la historia. Lo único de lo que sí que podemos estar seguros es de que caminamos.

Y no importa tanto la bifurcación que elijamos, sino el modo en que nos dispongamos a hundir nuestros pasos en ella.

Una vez le escuché decir a Juan Carlos Monedero (1963) que hay que seguir estudiando como si la vida fuera eterna y vivir cada día como si se tratara del último.

Pienso que, al fin y al cabo, tampoco resultan tan relevantes las huellas que dejamos atrás.
«¿Para qué llamar caminos a los surcos del azar?».
Es lo que se preguntaba el poeta sevillano en otra de sus estrofas.

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(Si te ha interesado este artículo puede que te guste leer el de 'Sísifo, el héroe absurdo').


martes, 19 de noviembre de 2013

Cafés con Hegel

Antes de subir a bordo, ¿recuerdas?, nos tomamos un café con el profesor Kant. Ahora lo hacemos con Hegel.

Te parecerá que nos demoramos más con el filósofo de Stuttgart que con el de Könisgsberg pero ya verás que los encuentros con Immanuel Kant (1724-1804) son tan inevitables como necesarios para comprender la historia de la filosofía. Volveremos a él.

Con Georg Wilhelm Friedrich Hegel (1770-1831), más que tratar de la historia de la filosofía, hablaremos de filosofía de la historia.

Llenamos la cafetera y encendemos el fuego.

Vimos que la historia, como disciplina académica, emergió con Heródoto de Halicarnaso (484-425 a.C.). Allí tuvo su principio, ¿pero acaso tendrá un final? El profesor Kant contemplaba un final, pero era el de la historia de la filosofía. Mientras que Hegel, un filósofo poskantiano, piensa que el desarrollo de la historia es progresivo y que la historia tiene un final.

Sostiene Alexandre Kojève (1902-1968) que el final de la historia ya ocurrió. Y que coincidió, precisamente, con el momento en que las tropas invasoras de Napoleón Bonaparte desfilaron victoriosas por las calles de Jena, bajo la ventana del profesor Hegel. Para el filósofo moscovita, de orientación hegeliana y marxista, los triunfos militares de Napoleón I supusieron el avance de un nuevo orden jurídico a través de Europa y, por lo tanto, el consiguiente triunfo de la racionalización del derecho. En cierta manera era como si los valores de la Revolución francesa acabaran impregnando las mentalidades de los países conquistados, lo cual no deja de ser bastante paradójico siendo que llegaban de la mano de alguien que se había proclamado a sí mismo como emperador.

Lo que vendría después de 1806, y de ese supuesto fin de la historia, sería algo así como una continuación del mismo, nos dice Kojève. Cabe interpretar que desde entonces, y según él, permanecemos anclados en dicho final de la historia.

Los hechos que Hegel observaba con sus propios ojos parecían demostrarle que la historia permite la realización de la razón filosófica. Estaba convencido de que la historia progresa aprendiendo de sus propios errores, y de que tal progreso culminaría en un estado de ciudadanos libres regido por un gobierno racional que aplicase benévolamente los ideales revolucionarios de libertad e igualdad.[1] 

Mediante el estudio de nuestro pasado, nos dice Hegel, podemos observar las tendencias del desarrollo histórico. La historia no sólo nos da las claves para comprender la sociedad, sino que además se erige como tribunal para juzgar el mundo.

Para el pensador prusiano, encontramos la voluntad de Dios en todo. Es panteísta. Tal voluntad divina no consiste en otra cosa que conducirnos a la libertad. La sangre derramada y el dolor de las víctimas de la pobreza y las guerras es el precio que hay que pagar para lograr esa libertad. Esa es la ironía.

Recordemos que sea cual sea el tema tratado por Hegel, la estructura trinitaria se impone como esencial. Y que la contradicción está siempre en la raíz de todo movimiento. Que sólo aquello que encierra una contradicción es lo que se mueve.
«Hegel propuso que tanto la historia como el argumento lógico procedieran según líneas dialécticas. Los conflictos de la historia y las contradicciones internas de la filosofía (tesis / antítesis) se resuelven mediante un proceso de síntesis que él denominó Aufhebung (reserva). Lo que se supera también se preserva entro del modelo de la totalidad más grande en una espiral orgánica de acumulación». (Heath, 2006; 71)
Mientras conversamos, observo atentamente los dibujos que se forman sobre la superficie del líquido oscuro que contiene las tres tazas que acabamos de llenar. En cada una aprecio tres círculos. En cada círculo, otros tres. Hegel nos diría que cada estado de desarrollo contiene las semillas de más cuestionamiento y cambio, y por lo tanto es incompleto. Aún así, el espíritu del mundo o Weiltgeist progresa y tiene el potencial de una totalidad, de un fin de la historia. (Heath, 2006; 81)

Y, efectivamente, nuestra historia va llegando a su fin a medida que las tazas se vacían.


[1] Los ideales revolucionarios franceses se expresaban en esta célebre frase: «Liberté, égalité, et fraternité, ou la mort (Libertad, igualdad, y fraternidad, o la muerte)».


lunes, 18 de noviembre de 2013

Emerge Heródoto y con él, la historia

El capitán del Aletheia nos ha ordenado echar el ancla y nos sugiere que mantengamos una charla sobre el origen de la historia. Le hacemos caso porque es el capitán y porque ésta aún no se ha convertido en “la nave de los locos”, aunque algunos empiezan a pensar que sí.

¿Cuándo emerge la figura del primer historiador ? Pregunta uno. ¿Y por qué no podría ser una historiadora?, añade otra. Y ¿dónde fue eso? ¿Cómo ocurrió? ¿Es de historia o de historiografía de lo que vamos a debatir? Todos levantan la mano a la vez. El capitán toma la palabra y nos aclara algunas cosas.

Para empezar no debemos confundir la historia con la historiografía. La historiografía es el registro escrito de la historia que emerge en el marco del logos de los griegos, en la Antigüedad.

No es lo mismo “hacer” historia que “escribir” la historia. La especie Homo sapiens comienza su andadura hace unos doscientos mil años, pero el primer ser humano que se dedicó a escribirla fue Heródoto de Halicarnaso (484-425 a.C.), unos dos mil quinientos años antes que nosotros.

Heródoto no fue el único historiador que emergió en las costas del mar Egeo: el filólogo alemán Felix Jacoby (1876-1959) llegaría a registrar hasta 856 historiadores o cronistas entre los pensadores griegos de la Antigüedad.

¿Y antes de ellos?

Antes, la historia no se escribía: se contaba. O, para ser más exactos: lo que se contaban eran relatos míticos, no historia. Se tenía una concepción circular del tiempo donde se producía un “eterno retorno”. El mundo se extingue una y otra vez para volver a crearse. Todo ha de volver al origen para que ocurra lo mismo una y otra vez. No se trata de una visión cíclica del tiempo, no es eso de que “la historia se repite”. En el discurso mítico, las cosas se repiten en el mismo orden, tal cual ocurrieron en el origen de los tiempos: in illo tempore. En el relato mítico no hay posibilidad de introducir una variación, al menos, no una sustancial. Los acontecimientos y quienes los protagonizan no tienen importancia. Lo importante no es la historia, sino la tradición.

Al soltar amarras comentamos que los antiguos griegos instauraron el logos, el discurso lógico que busca explicar el cosmos sin tener que recurrir a lo sobrenatural, a los dioses, a lo divino, contrariamente a lo que sí hace el discurso mítico.

En el marco del discurso lógico, los griegos también buscaron explicar la historia.

Así, los acontecimientos han de quedar registrados en un tiempo que es lineal, y no circular. Para el historiador es importante hacerse preguntas tales como: ¿Cuándo? ¿Dónde? ¿Quiénes? ¿Cómo? ¿Por qué? Algo muy parecido a lo que hacíamos los navegantes del Aletheia al inicio de este relato.

Para un historiador será imprescindible citar y valorar las fuentes de dónde se obtiene dicha información. Ya no vale la palabra transmitida oralmente de padres a hijos. La fuente de autoridad ya no es la tradición, sino el dato concreto. Tampoco es la palabra, sino la escritura.

Antes de levar anclas alguien nos hace una última observación:
«Sólo los seres humanos escriben sobre su pasado, aunque son pocos los que tienen curiosidad por conocerlo».
¿Tendrá razón?

viernes, 15 de noviembre de 2013

El alma partida


Platón me parte el alma. Mi alma, la tuya, la suya, y la de todo ser humano queda partida en tres. Sí, he dicho en tres

Para Platón, tenemos un alma, pero se trata de un alma tripartita. Y cada parte recibe un nombre, tiene una función y ocupa un lugar determinado en nuestro cuerpo:
  1. El alma racional, de naturaleza divina, estaría en el cerebro. Utiliza la inteligencia para “conducir” al cuerpo por el buen camino, el camino que ha de llevarnos al mundo de las Ideas. Ésta es la parte del alma que, para Platón, es inmortal. Recuerda que el dualismo platónico consiste en la separación de alma y cuerpo, donde el segundo sería como una cárcel para la primera;
  2. El alma irascible, que es mortal, se encontraría en el tórax. Es fuente de pasiones nobles y su función consiste en seguir las órdenes que le manda la parte racional y en controlar los impulsos del alma concupiscible, que es la que sigue;
  3. El alma concupiscible o apetitiva la tendríamos en el abdomen. Es donde se sitúan nuestros apetitos y deseos más innobles, los más íntimos. Como la anterior, es inseparable del cuerpo y por lo tanto es mortal.
También sabemos que a Platón le gustaban las metáforas y para explicar mejor todo esto del alma tripartita nos dejó su alegoría del carro alado.

Imagínate un carro alado conducido por un áuriga, que es arrastrado por la fuerza de dos caballos, uno blanco y otro negro. El áuriga representa nuestra alma racional, mientras que el caballo blanco es el alma irascible y el negro, la concupiscible.

El avance del carro será armonioso cuando ambos caballos ejecuten sus movimientos de manera sincronizada respondiendo a las órdenes del conductor. Es decir, que nuestra alma se conducirá de un modo correcto cuando nuestra razón sea quien la guíe y nuestros deseos y pasiones más bajos queden reprimidos por la fuerza de nuestra voluntad.

O, dicho en otras palabras: de lo que se trata es de controlar que el caballo negro no se salga con la suya. De lo contrario, aparecerá el caos y el carro, nuestra alma, en lugar de elevarse hacia el mundo de las Ideas, descenderá al de las sombras.

Puede que te parezca una tontería pero esta idea ha dominado el pensamiento occidental desde entonces. Lo importante es, para Platón y quienes luego se considerarían neoplatonistas, que nos controlemos. Incluso que nos conformemos.

Dicha alegoría tiene implicaciones políticas que nuestro filósofo hace explícitas al relacionar cada parte del alma con las clases sociales de su época. De este modo, el alma tripartita serviría también para explicar una sociedad tripartita. Además de partirnos el alma, Platón nos partió la sociedad en tres categorías o clases:
  1. Habría una clase superior. Una élite que incluiría a los más sabios que, como magistrados, mandarían sobre las otras dos. Esta clase se corresponde con el alma racional y su virtud sería la justicia;
  2. Luego estaría la clase de los guardianes, cuya misión sería la de ejecutar las órdenes de los primeros y controlar las aspiraciones de los terceros. Esta clase quedaría asociada con el alma irascible. Su virtud se identifica con el valor;
  3. Finalmente, tendríamos a los campesinos y artesanos cuya única misión sería la de obedecer, y trabajar para mantener el sistema en marcha. Su clase está relacionada con el alma concupiscible, la de los apetitos y deseos más terrenales. La virtud que llevan asociada es la de la moderación, que yo traduciría por resignación.
Platón busca la estabilidad por encima de todo. Un estado armonioso sería aquél donde campesinos y artesanos dominan sus deseos, los guardianes desconocen la villanía, y los magistrados obedecen a la razón. La armonía es la justicia.

Se trata, no obstante, de una visión de la justicia muy conservadora. Muy de derechas, para entendernos. En esta visión platónica, «todo está en el lugar justo dentro de una jerarquía justa».

Resulta obvio que la visión clasista de Platón ha perdurado hasta nuestros días.


martes, 12 de noviembre de 2013

Hegel impone su ritmo ternario

De Hegel, ya nos decía Jeanne Hersch que es él quien construye el tercer sistema monumental, después de los de Aristóteles, en la Antigüedad, y Tomás de Aquino, en la Edad Media.

El filósofo de Stuttgart dividió su filosofía en tres grandes partes. Cada una consta de tres obras y cada obra de tres libros. A su vez, cada libro está dividido en tres partes, y en cada una de ellas hay tres capítulos. El número tres continúa apareciendo de un modo invariable en cada una de sus argumentaciones. Curiosamente, hasta su apellido suele venir precedido por sus tres nombres de pila: Georg Wilhelm Fiedrich Hegel (1770-1831), lo que no resulta habitual cuando se trata de otros filósofos.

De haber sido futbolista en vez de filósofo, apuesto a que hubiera acabado jugando en tres equipos diferentes, eso sí, llevando siempre el dorsal 3 a la espalda.

Y ya que me he permitido la licencia de pisar el césped permíteme que me la juegue a que tales equipos serían el VfB Stuttgart, el FC Carl Zeiss Jena y, digamos, la Deutscher Fußball-Bund (la selección alemana de fútbol). El primero por ser el de la ciudad donde nació, la capital del ducado de Wurtenberg; el segundo, como negación del anterior, pues es el equipo de la ciudad en cuya universidad ejerció como profesor y que le supuso cambiar de estado, pues Jena pertenece a Turingia; y el tercero, que sería el del equipo que afirma su pertenencia a una entidad superior, la del estado prusiano, con capital en Berlín, y que vendría a ser la síntesis de los anteriores, o una negación de la negación.

Demasiadas licencias:
  1. Me dirás que en tiempos de Hegel, ni se jugaba la Bundesliga y ni siquiera existía Alemania como tal.[1] Y que aunque Hegel muriera en la capital de Prusia, esta nación no puede ser confundida con Alemania. Tienes razón;
  2. Me reprocharás que mezcle el pensamiento de un tipo cuya vida trascurrió entre finales del siglo xviii y principios del xix, con el de un Aquino (1224-1274) que le es anterior en unos quinientos años, o el de un Aristóteles (384-322 a.C.) que vivió hace más de dos mil años. Aquí, no estoy tan de acuerdo, pero se admite la protesta;
  3. Me objetarás que se puede ser futbolista y filósofo a la vez. Sí, hasta eso es posible. O al menos así lo pensaban los de Monty Phyton.[2]
Pero no dejemos que lo absurdo de las metáforas nos rompa el ritmo ternario con el habíamos comenzado nuestro juego.

Supongo que ya sabes que tesis, antítesis y síntesis constituyen las tres partes de las que consta el método dialéctico de Hegel. Decimos que su sistema es ternario porque siempre está formado por ternas de este tipo. Un sistema que Hersch cataloga como panlógico (donde pan significa “todo”), es decir, que está todo él basado en la lógica, en lo racional. La máxima hegeliana decía así:
«Todo lo real es racional y todo lo racional es real». (Hersch, 2010; 234)
Todo ésto es tan panlógico que nos suena a Parménides, ¿a que sí?

Sin embargo, la escena de la viñeta que precede a estas líneas representa algo absurdo, fuera de toda lógica. Que yo sepa, nunca se ha jugado un partido de fútbol que enfrentara a tres equipos distintos a la vez. La dibujé a propósito porque quería resaltar que Hegel coloca la contradicción en el centro mismo de su sistema.

Y ¿quién era ese otro presocrático que decía que el logos nace de la lucha de los contrarios? En efecto, era el Oscuro de Éfeso. La filosofía de Hegel está mucho más cerca de Heráclito de Éfeso (535-484 a.C.) que de Parménides de Elea (530-515 a.C.), como veremos a continuación.

Según el filósofo de Elea, no se puede afirmar “el ser es” y “el no-ser es” al mismo tiempo. La contradicción no se admite en la escuela eleática. Para ellos, nada cambia, todo permanece.

Pues bien, precisamente Hegel comienza su primera terna proponiendo como tesis que “el ser es”.

A continuación, con la antítesis se produce la negación de la tesis: “el no-ser es”. Según las reglas de la lógica de Aristóteles el partido se acabaría aquí, con el resultado de empate.

Pero jugamos según la dialéctica hegeliana y así llegamos a la prórroga, momento en el que se va a producir la antítesis: el devenir.

El devenir es al mismo tiempo “ser” y “no ser” pues, de hecho, significa pasar del “ser” al “no-ser”, o viceversa. Algo cambia. Todo fluye.

Ha sido Heráclito el autor del gol. Bajo las redes, es Parménides quien recoge el balón, el esférico,... su esfera.

Mientras se dirige a los vestuarios seguro que piensa, como tú y como yo, que ésto no se acaba aquí: habrá una revancha.


[1] El estado alemán no se fundaría hasta 1870. Hasta entonces, existían un buen número de pequeños estados independientes como los tres mencionados y otros que también te sonarán como Baviera, Renania, etc.
[2] En 1972, el grupo cómico británico Monty Python rodó una pieza que representa un partido de fútbol entre filósofos alemanes y griegos, con Platón, Sócrates y Aristóteles, en el equipo griego, y Heidegger, Marx y Nietzsche, en el alemán. Los filósofos jugaban pensando (filosofando) describiendo círculos en el rectángulo de juego pero sin tocar bola. No te lo pierdas: http://www.youtube.com/watch?v=n2jT6BBoutc Por cierto, el único futbolista “de verdad” era Franz Beckenbauer, quien no era filósofo. ¿O sí lo era?

lunes, 11 de noviembre de 2013

A vueltas con el primer motor


En la entrada anterior, que titulé 'La gran cadena del ser', introduje el concepto aristotélico de primum mobile o primer motor.

Aristóteles observaba que todo movimiento ha de tener una causa, un motor, y éste a su vez es movido por otro y así sucesivamente. Siguiendo esa cadena de móviles nos encontraríamos, según él, con un primer motor, o una causa primera, que no estaría movido por ningún otro. En la lógica aristotélica, es una necesidad que algo o alguien tiene que iniciar el movimiento.

En la Edad Media, santo Tomás de Aquino continuaría la idea aristótelica para acabar identificando el primum mobile de la razón con la fe en la existencia del Creador:
«Es necesario llegar a aquel primer motor al que nadie mueve. En éste, todos reconocen a Dios».
De Aquino ya hablamos en 'Un paseo desde la peripatética hasta laescolástica'. Para hacer más visual la idea del primum mobile, dibujé a una niña que utilizaba la thermomix de su madre para representar el primer motor de su particular gran cadena del ser.

Las preguntas que Diógenes le haría, si es que pasara por allí, se resumirían más o menos de esta manera:
«Y ¿quién hizo la thermomix, o quién la inventó? ¿No hizo falta otro motor que la pusiera allí, en lo alto de la cadena? Y si admitiéramos que ese hubiera sido siempre su sitio, su topos, ¿cómo es que la thermomix se puso en marcha a sí misma, sin ayuda de nadie?».
Vaya fastidio con este Diógenes, siempre incordiando.

Eso pensaría Platón, sin duda. Los cínicos eran ¿filósofos o perroflautas?

El filósofo de las Ideas estaba convencido de la existencia de un demiurgo, un dios o semidiós que impulsa el universo. Con el tiempo, esta idea se transformaría en la metáfora del maestro supremo artesano, el Hacedor o el Creador. A comienzos de la Edad Moderna, se concretaría en la figura de un gran relojero. Podemos comprobar en qué medida la profesión de moda de cada época ocupa nuestras mentes cuando observamos que un diseñador ocupa ahora el sitio del viejo relojero. Es la postura que promueven los del diseño inteligente, un movimiento que, de algún modo, continúa la fe en el creacionismo frente a la teoría de la evolución de Darwin.

Este es un buen momento para que Diógenes preguntara:
«Y al diseñador, ¿quién lo diseña?».
Cuando los defensores del diseño inteligente se ven acosados con preguntas como ésta recurren a la metafísica de Aristóteles. Es necesario un primum mobile, te dirán. Y cuando se les insiste en que expliquen las incoherencias que observamos en la naturaleza responden que no es posible conocer los motivos del diseñador.

Es complicado todo ésto, ¿verdad?

viernes, 8 de noviembre de 2013

La gran cadena del ser

Hay niños, y niñas, que desde bien temprano muestran gran interés por los animales, plantas, o minerales que encuentran. No se trata de que los vean como mascotas o juguetes, que también, sino que los observan con una curiosidad y una paciencia que podríamos calificar de pseudocientífica.

Yo me imagino a Aristóteles como uno de esos niños, agazapado sobre una charca para atrapar renacuajos, o bien, persiguiendo mariposas, recolectando semillas u hojas de los árboles, escarbando tras el rastro de las lombrices, capturando pájaros, cuidando gallinas, pescando, montando a caballo, etc.

Dichas actividades le llevarían a proponer un sistema de categorías para clasificar todos los seres del planeta. Para ello, siguió un método basado en colocar en un primer escalón a los más simples e inertes, continuando con las plantas en otro, los animales invertebrados, luego los peces, reptiles, aves, mamíferos, para culminar en el hombre. Ante esta escala de la naturaleza (scala naturae), algunas feministas se preguntarían, con razón, por la posición que le reservaba a la mujer.

La scala naturae es un sistema de representación jerarquizado. Para Aristóteles, el orden de la misma era ascendente. La naturaleza avanzaba lineal y progresivamente de menos a más, tal cual como si subiéramos una escalera. Cada peldaño se correspondía con el topos, o lugar, o sitio, que ha de ocupar cada ser. La metáfora de la escalera también podía ser vista como una cadena: la gran cadena del ser.

El éxito de dicho concepto sería notable en la Edad Media, con la única diferencia de que ahora el último escalón lo ocupaba Dios. Recuerda que la escolástica de Tomás de Aquino recogía la razón aristotélica pero subordinándola a la fe del cristianismo.

Más tarde, en la Edad Moderna, Gottfried Leibnitz (1646-1716) diría que «la naturaleza no hace saltos», en coherencia con el cálculo infinitesimal por él mismo inventado. Y célebres naturalistas que vinieron luego, como el conde de Buffon (1707-1788), Carolus Linnæus (1707-1778), Charles Bonnet (1720-1793) y Jean-Baptiste Lamarck (1744-1829), continuarían dando crédito a la idea aristotélica de la gran cadena del ser.

Hasta que llegó Charles Darwin (1809-1882) para demostrar no sólo que la naturaleza sí que avanza a saltos, sino que además, no evolucionamos siguiendo una línea recta y progresiva, sino que a veces incluso se retrocede. Los cambios en la evolución ocurren debidos al azar. La imagen de una escalera jerárquicamente ordenada ya no tendría sentido. En su dibujo, Darwin sustituía la gran cadena del ser por una serie de ramificaciones: su gran árbol de la vida iba a ser, a partir de entonces, el nuevo paradigma.

Pero de nuevo avanzo muy deprisa y me dejo cosas en el tintero. Volvamos a la Academia. Hagamos un salto hacia atrás en el tiempo para reencontrarnos con un Aristóteles de Estagira (384-322 a.C.) que todavía asiste como estudiante a las clases de Platón. Su maestro también esbozó una escala, pero en su caso era descendente. Para el filósofo de las Ideas, los hombres vivimos en un mundo imperfecto y decadente del que tenemos que liberarnos. Por el contrario, como vimos antes, su discípulo pensaba en un orden ascendente donde los hombres ocupamos el escalón más alto. Así pues, uno bajaba la escalera mientras que el otro la subía.

En cuanto a la cosmología, sus puntos de vista diferían notablemente. En Platón hay un único ámbito divino, que él identifica con la luz, con el sol, tal como lo expresó en su alegoría de la caverna. Para Aristóteles, existe una jerarquía de realidades, con un motor inmóvil como causa inicial de todo movimiento, cambio o transformación en el universo. Tal primer motor (primum mobile) sería pensamiento puro, inmutable, e inmortal. Sería, al mismo tiempo, pensador y pensamiento.

No me referí al primum mobile cuando escribí sobre la bóveda de las estrellas fijas. Aprovecho ahora para aclararte que Aristóteles lo situaba en el exterior de la misma, circundándolo todo.

jueves, 7 de noviembre de 2013

La medida del mundo


Ahora mismo, con sólo dos clicks en tu teclado, puedes acceder a Google Maps o a Google Earth, aplicaciones que te permiten navegar hasta el último rincón de nuestro planeta y echar un vistazo, como si allí estuvieras, sin levantarte de tu asiento. Es más, puedes elegir hacerlo como si fueras un ave que nos sobrevuela a gran distancia o descender a ras de tierra y, con el Street View, obtener una visión panorámica girando tu punto de vista en un ángulo de 360º. No se trata de un mundo imaginado, sino que tú sabes que es real. Nadie duda que las fotografías las hicieron in situ o mediante uno de los satélites que pasaba por allí. Y lo más sorprendente de todo es que no hay asombro. Lo hemos asimilado como algo normal.

Hoy sabemos lo que la Tierra mide. Pero ya te habrás dado cuenta de la dificultad que tendría imaginar su tamaño para alguien que hubiera nacido en la Antigüedad.

Para Tales de Mileto (624-546 a.C.) la Tierra era plana y flotaba sobre el agua. El aire que la envolvía, que él pensaba que era vapor de agua, formaba una gran bóveda donde los cuerpos celestes brillaban al recoger e inflamar las excreciones terrestres. La misma explicación le serviría para el Sol. El filósofo de Mileto imaginaba que el movimiento de los astros se debía a que éstos fluían en el firmamento.

Sin embargo, el modelo cósmico propuesto por Tales significaba un gran paso para librarse del discurso mítico que hasta entonces recurría a seres sobrenaturales para explicar el universo. Su visión era errónea, pero por primera vez alguien trataba de dar una explicación basada exclusivamente en los elementos físicos.

Cuando te hablé de la bóveda de las estrellas fijas, dejé una pregunta en el aire: ¿Un mundo finito o infinito?

Uno de los primeros mapas del mundo está en el British Museum de Londres y procede de la Babilonia de hace 2.500 años. Lo encontraron en 1899 cerca del rio Éufrates, en Irak, que por aquel entonces era una colonia británica. Al observarlo, comprobamos que los antiguos babilonios pensaban en una Tierra plana sin límites conocidos.

Ésta era una visión muy diferente a la que tenían quienes vivían más al oriente. En la mitología hindú, llegaron a imaginar el mundo como un enorme disco apoyado en los lomos de cuatro elefantes gigantes que a su vez se erigían sobre el caparazón de una tortuga, de un tamaño aún más descomunal, que nadaba majestuosa por el espacio. Nada se nos dice del tamaño de ese mundodisco, pero su representación nos sugiere que hay un borde, un límite donde el mundo se acaba. Se trata de un mundo finito, en este caso.

Un discípulo de Tales, fue Anaximandro de Mileto (610-546 a.C.) quien imaginaría una Tierra curvada hacia el Norte y hacia el Sur, es decir, una tierra cilíndrica. No estábamos tan lejos de que alguien la propusiera esférica. De hecho, podemos suponer que tanto Pitágoras de Samos (580-495 a.C.) como Parménides de Elea (530-515 a.C.) la imaginaron redonda, aunque sólo sea por coherencia con sus propias teorías sobre la perfección geométrica de la esfera.

Con Aristóteles de Estagira (384-322 a.C.) llegaron argumentos más sólidos que demostraban la esfericidad de nuestro planeta. Señaló, por ejemplo, que la sombra que nuestro planeta proyecta sobre la superficie lunar durante los eclipses es claramente redondeada. O que los barcos desaparecen poco a poco en el horizonte lo que no ocurriría si fuera plana. Recordemos, por otra parte, que en su cosmología, el mundo quedaba encerrado por la bóveda de las estrellas fijas y era por lo tanto un mundo finito.

Un siglo después, Eratóstenes de Cirene (276-194 a.C.) obtendría un cálculo bastante exacto del tamaño de la Tierra. Para lograrlo tuvo que recorrerse en un carro la distancia que separa la ciudad de Siena (hoy, Asuán) de la de Alejandría. Algo más de 1.000 km. El mundo se hacía medible, paso a paso.

Te habrás dado cuenta de la dificultad de medir la Tierra cuando apenas se tenían medios para desplazarse por ella. El arte de dibujar mapas exactos del territorio que pisamos tiene su historia. Esa historia es la de la Cartografía, una disciplina que iniciaron, ¡cómo no!, nuestros filósofos de la Grecia antigua.

El oficio de astrónomo es, sin embargo, muy anterior. Hay quienes piensan que se trata de una de las actividades más antiguas emprendidas por el ser humano. De los cielos podían obtenerse mapas precisos sin necesidad de desplazarse. Dada su inmutabilidad, conocer la situación de las estrellas se convirtió en algo imprescindible para orientarse en el mar o en los desiertos. Los navegantes de la Antigüedad no usaban (no tenían) ni mapas ni brújulas, sino que recurrían a observar las estrellas. Éstas no les fallaban, siempre estaban ahí. Salvo cuando las nubes lo impedían.

El conocimiento de la inalcanzable bóveda de las estrellas fijas resultó ser mucho más asequible que el determinar la medida del territorio que los humanos podían recorrer con sus pies y su mirada.

Puede que ahora nos ocurra justo lo contrario: que las estrellas hayan dejado de interesarnos. Pero somos nosotros quienes nos alejamos. Ellas permanecen.

miércoles, 6 de noviembre de 2013

La bóveda de las estrellas fijas

De vez en cuando, seguro que te has quedado mirando fijamente una estrella mientras que pensabas que quizás ésta estuviera fuera de sitio, o bien que se hacía más grande, o que brillaba más que las otras. Se trataría de un planeta, con toda probabilidad. La palabra “planeta” quiere decir vagabundo o errante. Los griegos les llamaban así porque contradecían de algún modo el movimiento circular del modelo cosmológico de Aristóteles de Estagira (384-322 a.C.)

Como vimos en la entrada sobre la escuela peripatética, el prestigio de Aristóteles sirvió, entre otras cosas, para que la suya fuera la visión predominante durante dos mil años. Dicho modelo, continuaba la tesis homocéntrica de Eudoxo de Cnido (390-337 a.C.) que situaba la Tierra en el centro del universo y, por eso, decimos que es geocéntrico. (Fíjate que, en griego, geo significa Tierra y homo quiere decir igual: homocéntrico es que tienen el mismo centro).

Pero Aristóteles materializa las esferas, que en su colega eran abstracciones geométricas, para convertirlas en esferas cristalinas que encierran un universo esférico y finito. Tales esferas serían homocéntricas, es decir, tendrían el mismo centro. Y es allí, justo en el centro del universo donde nuestro filósofo situó la Tierra. Todo se mueve a su alrededor mientras que ella permanece quieta. Los movimientos de los planetas y del Sol quedan sujetos a sus respectivas esferas. Y envolviéndolo todo encontramos la esfera de las estrellas fijas. Es la región de la perfección, no sometida al deterioro ni a la fragilidad de las cosas terrestres.

Los peripatéticos pensaban que las estrellas eran puntos de luz fijos engarzados a modo de diamantes en una bóveda esférica que giraba eterna e inmutablemente alrededor de la Tierra. Era la bóveda de las estrellas fijas o “firmamento”, donde los astros, de naturaleza perfecta, estaban formados por una substancia que identificaban como “eter” o “quintaesencia”, ajena al mundo terrestre donde las substancias eran tierra, agua, aire y fuego.

La cosmología aristotélica se fundamentó en las ideas de otros filósofos:
  1. De los pitagóricos, recogió la noción de armonía;
  2. De Parménides, la perfección de la esfera;
  3. De Platón, el que privilegiara el movimiento circular.
Recordemos también que fue Parménides quien dividió el mundo entre lo aparente y lo real. Siendo lo aparente lo imperfecto, lo cambiante, lo diverso, es decir, el mundo que todos conocemos. Y el mundo real, el inmóvil, eterno y perfecto.

Por su parte, Platón exigió que las observaciones del movimiento de las estrellas fueran explicadas sólo con movimientos circulares perfectos, algo que logró su discípulo Eudoxo al proponer su sistema homocéntrico de esferas, como hemos visto más arriba.

Sin embargo, a Aristóteles no le satisfacían las Ideas abstractas de su maestro y es por ello que propuso la materialización de las esferas. Dejo esta pregunta en el aire:
¿Un universo finito o infinito? ¿Un universo cerrado o abierto?
Unos cuatrocientos años más tarde, Claudio Ptolomeo (100-170) se dedicaría a refinar el cosmos aristotélico, proponiendo un modelo que tendría aún mayor éxito pero que, en lo esencial, no introducía cambios substanciales respecto al del filósofo de Estagira. Su modelo seguiría pues vigente hasta el giro dado por Nicolás Copérnico (1473-1543) y un poco más allá.

Haz memoria: dijimos que el discurso de la razón propuesto por Aristóteles fue utilizado por la escolástica para sostener los argumentos de la fe del cristianismo. Pero cuando el sistema heliocéntrico se impuso al geocéntrico, nuestro filósofo y muchas de las teorías que se sustentaban en su prestigio fueron sacudidas por el ridículo.

Algunos filósofos como Alexandre Koyré (1892-1964) y Thomas S. Kuhn (1922-1996) han salido recientemente en defensa de Aristóteles, reclamando identificar el sentido de cada texto en cada época histórica, lo que equivale a aplicar la hermenéutica.

Si hacemos el esfuerzo mental de situarnos en aquella época, podremos considerar que efectivamente Aristóteles y los que le siguieron basaron sus propuestas cosmológicas sobre datos que podían observar e incluso medir con los instrumentos que contaban.

La asombro aparece cuando reparamos en que otros griegos, menos célebres, hicieron propuestas más cercanas al modelo heliocéntrico. A modo de precedente tenemos la idea esbozada por Heráclides Póntico (390-310 a.C.), según la cual los planetas girarían en torno al Sol, si bien éste lo haría en torno a la Tierra. Y algo más tarde, Aristarco de Samos (310-230 a.C.) sostendría que el Sol, y no la Tierra, era el centro del universo: ¡Bingo!

No obstante, no se produjo un cambio de paradigma: no hubo ningún cambio en los supuestos básicos dentro de la teoría dominante.

Cabe preguntarse por qué se dejaron de lado estas ideas más simples y lógicas para optar, en cambio, por un modelo complejo e inconsistente. El modelo geocéntrico exigía complicadas argucias para explicar el desordenado movimiento de los planetas. Un desorden que habría desaparecido fácilmente de colocar el Sol en el centro del cosmos en vez de empeñarse en que ese lugar correspondía a la Tierra. Es decir, si se hubiera optado por el modelo heliocéntrico.

Pero eso hubiera supuesto que el hombre ya no estaría en el centro del universo y entonces eso era impensable. De hecho, en la mentalidad jerárquicamente ordenada que Aristóteles tenía del mundo, cada cosa tiene su sitio, su lugar, su topos.

Pero eso ya lo veremos cuando abordemos “la gran cadena del ser”.

martes, 5 de noviembre de 2013

Un paseo desde la peripatética hasta la escolástica

Fue después de haber completado la instrucción del joven Alejandro de macedonia (356-323 a.C.), cuando Aristóteles de Estagira (384-322 a.C.) regresó a Atenas donde fundó el Liceo, en abierta competencia con la Academia de quien fuera su maestro, Platón (427-347 a.C.).

Aristóteles y sus seguidores dieron lugar a una corriente filosófica conocida como la escuela peripatética. Tal nombre parece estar relacionado con el de los portales cubiertos del propio Liceo: peripatoi. Y su significado viene a ser el de escuela ambulante o itinerante. En algún sitio leí que filosofaban mientras paseaban entre las columnas.

En la historia de la filosofía, Aristóteles marca un punto culminante. Este polímata transformó todas las áreas de conocimiento de la época, destacando su contribución a la lógica y la biología. Su prestigio fue tan grande que algunas de sus propuestas llegarían a ser indiscutibles incluso dos mil años después, aún siendo erróneas. Estoy pensando en la polémica entre geocentrismo y heliocentrismo, la misma que llevaría a Galileo Galilei (1564-1642) hasta los tribunales de la Inquisición y por poco le cuesta la vida. No obstante, muchas de las teorías aristotélicas continúan formando parte de nuestra forma de entender el mundo.

Del estagirista, Jeanne Hersch destaca el carácter sistemático de su obra. Según la filósofa ginebrina encontramos tres grandes síntesis para cada uno de los periodos históricos de la filosofía:
  1. En la Antigüedad, la del propio Aristóteles;
  2. En la Edad Media, sería la de Tomás de Aquino (1224-1274);
  3. Y en la Modernidad, la de Georg Hegel (1770-1831)
Los tres coincidieron en concebir sistemas. Rechazaron limitarse al estudio de problemas parciales o puntuales porque su reflexión necesitaba concluir en un todo. Para ellos, cualquier avance filosófico debería dar forma a una totalidad.

Tal punto de vista tiene sus detractores. De hecho, son muchos los filósofos que ven irreconciliable el carácter sistemático con «el perpetuo emerger de la reflexión desde la profundidad y con las repetidas rupturas que ello implica», en palabras de Jean Wahl (1888-1974). (Citado en Hersch, 2010; 48) Otro filósofo que también se opuso a cualquier indicio de sistema cerrado fue Immanuel Kant (1724-1804).
Y es que la unidad cerrada del sistema parece contradecir la idea de que la filosofía está siempre en camino y que nunca concluye. En cambio, la pretensión de Aristóteles, Aquino, y Hegel sería la de mostrarnos con claridad el camino que conduce al todo.

Los caminos a veces se tuercen, desaparecen y mueren, como las estelas en el mar. Resulta interesante comprobar que en la historia del conocimiento las cosas no siempre avanzaron siguiendo un camino recto, acumulativo y de progreso. Tras la caída del Imperio Romano, y durante gran parte de la Edad Media se perdió el rastro de Aristóteles, al menos por lo que se refiere a Occidente. Fue a través de los eruditos árabes que tuvimos la fortuna de recuperar su obra.

Hacia el siglo xiii, la creciente y poderosa influencia que las ideas aristotélicas iban cobrando entraron en conflicto con el pensamiento dominante, que era el del cristianismo. Fue Tomás de Aquino quien se propuso integrar ambos sistemas. Es lo que se conoce como la escuela escolástica. Aunque decir aquí “escuela” tal vez sea caer en una redundancia dado que scholasticus significa, precisamente, “aquél que pertenece a la escuela”. Lo que la escuela tomista pretendía era basarse en la coordinación entre fe y razón, pero subordinando siempre la segunda a la primera. Inevitablemente, tal postura conducía a una excesiva dependencia del argumento de autoridad e implicaba el abandono de las ciencias y el empirismo. Aún así, la escolástica supuso un incentivo para la especulación y el razonamiento. La fe necesitaba armarse de un rígido armazón lógico y una estructura esquemática que sostuviera su discurso para protegerlo ante las eventuales refutaciones que estaban por venir. La autoridad que Aristóteles tenía para la razón sirvió pues para que santo Tomás apuntalara la fe en el cristianismo.

No deberían pasarte desapercibidos los intentos de los últimos papas por reconciliar la fe con la razón. Hoy, la Iglesia sigue buscando ese respaldo de la razón que perdió con las revoluciones industrial, liberal y científica.

Dirás que navego a saltos. Pero ya te lo advertí al subir a bordo. No se trata sólo de comprender las ideas de Aristóteles, o las de Aquino, sino de encontrar la estela que el pensamiento humano ha ido trazando hasta llegar a donde estamos. Hasta el aquí y ahora.

lunes, 4 de noviembre de 2013

Un golpe de timón

Giramos a babor y nos quedamos, por un momento, con la proa apuntando al Este. Te propongo que tratemos ahora de ver, de pensar, un poco como los de allá, pues Oriente también existe. ¿Lo hacían los griegos, escuchaban a los que venían de Oriente? Posiblemente, sí.

Un filósofo presocrático, nacido muy cerca de Éfeso y Mileto, fue Anaxágoras de Clazómenes (500-482 a.C.), el primer extranjero que se instaló en Atenas. Allí tuvo por alumnos nada menos que al gobernante Pericles, a Arquelao, a Protágoras de Abdera, a Tucídides, al dramaturgo griego Eurípides, y hasta puede que a Demócrito y a Sócrates. Algunos de estos nombres te sonarán pues ya hemos hablado de ellos en esta bitácora.

Tres décadas más tarde, nuestro filósofo tuvo que abandonar la ciudad tras ser acusado de impío por sugerir que el Sol era una masa de hierro candente y que la Luna era una roca, desprendida de la Tierra, que reflejaba la luz del Sol. La acusación de impiedad equivalía a ser acusado de ateo y ello era motivo suficiente para condenar a alguien al exilio, o a la muerte. Recuerda lo que pasó con Sócrates.

Solemos considerar el ateísmo como algo moderno sin reparar en el riesgo que corrían ya desde la Antigüedad y hasta nuestros días quienes pensaban de esa manera.

Dice Peter Watson que Anaxágoras es el primer ateo de la historia intelectual de la humanidad, del que tengamos noticia. Pero lo relaciona con “la tradición alternativa”, una idea introducida por James Thrower en su libro 'Western Atheism' (1999). Dicho autor vincula las ideas de Oriente con las de Occidente, y en especial las de pensadores indios y chinos con las de los griegos jónicos del siglo v antes de Cristo. Thrower denuncia lo siguiente:
«El acercamiento al mundo natural que prescinde de las fuerzas sobrenaturales constituye una cadena de pensamiento a la que los historiadores no han prestado suficiente atención». (Watson, 2009; 815)
Lo que Thrower sugiere es que los casos de ateísmo no eran tan aislados e individualizados, sino que había una corriente de pensamiento en este sentido que estaría contradiciendo el discurso mítico antes incluso de la llegada del discurso lógico (logos) de los griegos.

Para ilustrarlo con un ejemplo, nos habla de Purana Kassapa, un filósofo oriental del siglo v o iv a.C., que sostenía lo siguiente:
«No existe el más allá y la moral es un fenómeno natural cuyo único propósito es el de ayudar a la vida aquí en la tierra». (Watson, 2009; 814)
Pero volviendo a Anaxágoras habrá que decir de él que era un pluralista y, por lo tanto, no un monista. Los monistas, como sus vecinos de Mileto, buscaban una sola sustancia. La explicación que daba Anaxágoras de que todas las cosas estarían formadas por partículas semejantes recuerda mucho a la idea que luego desarrollarían los atomistas, con Demócrito al frente. A esas partículas, el filósofo de Clazómenes las llamó spermata (semillas) y, más tarde, Aristóteles de Estagira se referiría a ellas como homeomerías (partes semejantes).

Buen conocedor de las enseñanzas de Heráclito, para quien «todo fluye», Anaxágoras introdujo la noción de nous (mente o pensamiento) como elemento fundamental de su cosmología. Según él, el nous es un “fluido” tan sutil que se filtra por entre los recovecos de la materia, a la que anima con su movimiento. Un fluido que penetra unas cosas sí y otras no, dando lugar a objetos animados o inertes, según el caso.

A Platón, el filósofo de las Ideas, le gustó la idea (valga la redundancia) de que el nous fuera la causa de todo y que condujera al orden y la armonía, pero no estaba nada de acuerdo con la visión materialista de Anaxágoras. Algo parecido ocurrió con Aristóteles quien también criticó la visión que tenía éste respecto del origen materialista del nous. Si para el de Clazómenes, el ser humano pudo hacerse inteligente gracias a que tenía manos, para el de Estagira éstas las recibió debido a que tenía inteligencia.

Dicho ésto, ¿no te estarás preguntando, como yo, sobre la razón por la cuál Platón y Aristóteles son tan conocidos en la cultura occidental, mientras que el pensamiento de Anaxágoras y el de los epicúreos queda silenciado? ¿No tendrá algo que ver con la denuncia que Thrower hacía unas líneas más arriba en el sentido de que no se ha prestado la debida atención a una corriente de pensamiento materialista anterior incluso al logos de los griegos?

Hummm... Con este golpe de timón, el viento dominante se nos ha puesto en contra, me temo.