viernes, 15 de noviembre de 2013

El alma partida


Platón me parte el alma. Mi alma, la tuya, la suya, y la de todo ser humano queda partida en tres. Sí, he dicho en tres

Para Platón, tenemos un alma, pero se trata de un alma tripartita. Y cada parte recibe un nombre, tiene una función y ocupa un lugar determinado en nuestro cuerpo:
  1. El alma racional, de naturaleza divina, estaría en el cerebro. Utiliza la inteligencia para “conducir” al cuerpo por el buen camino, el camino que ha de llevarnos al mundo de las Ideas. Ésta es la parte del alma que, para Platón, es inmortal. Recuerda que el dualismo platónico consiste en la separación de alma y cuerpo, donde el segundo sería como una cárcel para la primera;
  2. El alma irascible, que es mortal, se encontraría en el tórax. Es fuente de pasiones nobles y su función consiste en seguir las órdenes que le manda la parte racional y en controlar los impulsos del alma concupiscible, que es la que sigue;
  3. El alma concupiscible o apetitiva la tendríamos en el abdomen. Es donde se sitúan nuestros apetitos y deseos más innobles, los más íntimos. Como la anterior, es inseparable del cuerpo y por lo tanto es mortal.
También sabemos que a Platón le gustaban las metáforas y para explicar mejor todo esto del alma tripartita nos dejó su alegoría del carro alado.

Imagínate un carro alado conducido por un áuriga, que es arrastrado por la fuerza de dos caballos, uno blanco y otro negro. El áuriga representa nuestra alma racional, mientras que el caballo blanco es el alma irascible y el negro, la concupiscible.

El avance del carro será armonioso cuando ambos caballos ejecuten sus movimientos de manera sincronizada respondiendo a las órdenes del conductor. Es decir, que nuestra alma se conducirá de un modo correcto cuando nuestra razón sea quien la guíe y nuestros deseos y pasiones más bajos queden reprimidos por la fuerza de nuestra voluntad.

O, dicho en otras palabras: de lo que se trata es de controlar que el caballo negro no se salga con la suya. De lo contrario, aparecerá el caos y el carro, nuestra alma, en lugar de elevarse hacia el mundo de las Ideas, descenderá al de las sombras.

Puede que te parezca una tontería pero esta idea ha dominado el pensamiento occidental desde entonces. Lo importante es, para Platón y quienes luego se considerarían neoplatonistas, que nos controlemos. Incluso que nos conformemos.

Dicha alegoría tiene implicaciones políticas que nuestro filósofo hace explícitas al relacionar cada parte del alma con las clases sociales de su época. De este modo, el alma tripartita serviría también para explicar una sociedad tripartita. Además de partirnos el alma, Platón nos partió la sociedad en tres categorías o clases:
  1. Habría una clase superior. Una élite que incluiría a los más sabios que, como magistrados, mandarían sobre las otras dos. Esta clase se corresponde con el alma racional y su virtud sería la justicia;
  2. Luego estaría la clase de los guardianes, cuya misión sería la de ejecutar las órdenes de los primeros y controlar las aspiraciones de los terceros. Esta clase quedaría asociada con el alma irascible. Su virtud se identifica con el valor;
  3. Finalmente, tendríamos a los campesinos y artesanos cuya única misión sería la de obedecer, y trabajar para mantener el sistema en marcha. Su clase está relacionada con el alma concupiscible, la de los apetitos y deseos más terrenales. La virtud que llevan asociada es la de la moderación, que yo traduciría por resignación.
Platón busca la estabilidad por encima de todo. Un estado armonioso sería aquél donde campesinos y artesanos dominan sus deseos, los guardianes desconocen la villanía, y los magistrados obedecen a la razón. La armonía es la justicia.

Se trata, no obstante, de una visión de la justicia muy conservadora. Muy de derechas, para entendernos. En esta visión platónica, «todo está en el lugar justo dentro de una jerarquía justa».

Resulta obvio que la visión clasista de Platón ha perdurado hasta nuestros días.


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