lunes, 18 de noviembre de 2013

Emerge Heródoto y con él, la historia

El capitán del Aletheia nos ha ordenado echar el ancla y nos sugiere que mantengamos una charla sobre el origen de la historia. Le hacemos caso porque es el capitán y porque ésta aún no se ha convertido en “la nave de los locos”, aunque algunos empiezan a pensar que sí.

¿Cuándo emerge la figura del primer historiador ? Pregunta uno. ¿Y por qué no podría ser una historiadora?, añade otra. Y ¿dónde fue eso? ¿Cómo ocurrió? ¿Es de historia o de historiografía de lo que vamos a debatir? Todos levantan la mano a la vez. El capitán toma la palabra y nos aclara algunas cosas.

Para empezar no debemos confundir la historia con la historiografía. La historiografía es el registro escrito de la historia que emerge en el marco del logos de los griegos, en la Antigüedad.

No es lo mismo “hacer” historia que “escribir” la historia. La especie Homo sapiens comienza su andadura hace unos doscientos mil años, pero el primer ser humano que se dedicó a escribirla fue Heródoto de Halicarnaso (484-425 a.C.), unos dos mil quinientos años antes que nosotros.

Heródoto no fue el único historiador que emergió en las costas del mar Egeo: el filólogo alemán Felix Jacoby (1876-1959) llegaría a registrar hasta 856 historiadores o cronistas entre los pensadores griegos de la Antigüedad.

¿Y antes de ellos?

Antes, la historia no se escribía: se contaba. O, para ser más exactos: lo que se contaban eran relatos míticos, no historia. Se tenía una concepción circular del tiempo donde se producía un “eterno retorno”. El mundo se extingue una y otra vez para volver a crearse. Todo ha de volver al origen para que ocurra lo mismo una y otra vez. No se trata de una visión cíclica del tiempo, no es eso de que “la historia se repite”. En el discurso mítico, las cosas se repiten en el mismo orden, tal cual ocurrieron en el origen de los tiempos: in illo tempore. En el relato mítico no hay posibilidad de introducir una variación, al menos, no una sustancial. Los acontecimientos y quienes los protagonizan no tienen importancia. Lo importante no es la historia, sino la tradición.

Al soltar amarras comentamos que los antiguos griegos instauraron el logos, el discurso lógico que busca explicar el cosmos sin tener que recurrir a lo sobrenatural, a los dioses, a lo divino, contrariamente a lo que sí hace el discurso mítico.

En el marco del discurso lógico, los griegos también buscaron explicar la historia.

Así, los acontecimientos han de quedar registrados en un tiempo que es lineal, y no circular. Para el historiador es importante hacerse preguntas tales como: ¿Cuándo? ¿Dónde? ¿Quiénes? ¿Cómo? ¿Por qué? Algo muy parecido a lo que hacíamos los navegantes del Aletheia al inicio de este relato.

Para un historiador será imprescindible citar y valorar las fuentes de dónde se obtiene dicha información. Ya no vale la palabra transmitida oralmente de padres a hijos. La fuente de autoridad ya no es la tradición, sino el dato concreto. Tampoco es la palabra, sino la escritura.

Antes de levar anclas alguien nos hace una última observación:
«Sólo los seres humanos escriben sobre su pasado, aunque son pocos los que tienen curiosidad por conocerlo».
¿Tendrá razón?

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