miércoles, 6 de noviembre de 2013

La bóveda de las estrellas fijas

De vez en cuando, seguro que te has quedado mirando fijamente una estrella mientras que pensabas que quizás ésta estuviera fuera de sitio, o bien que se hacía más grande, o que brillaba más que las otras. Se trataría de un planeta, con toda probabilidad. La palabra “planeta” quiere decir vagabundo o errante. Los griegos les llamaban así porque contradecían de algún modo el movimiento circular del modelo cosmológico de Aristóteles de Estagira (384-322 a.C.)

Como vimos en la entrada sobre la escuela peripatética, el prestigio de Aristóteles sirvió, entre otras cosas, para que la suya fuera la visión predominante durante dos mil años. Dicho modelo, continuaba la tesis homocéntrica de Eudoxo de Cnido (390-337 a.C.) que situaba la Tierra en el centro del universo y, por eso, decimos que es geocéntrico. (Fíjate que, en griego, geo significa Tierra y homo quiere decir igual: homocéntrico es que tienen el mismo centro).

Pero Aristóteles materializa las esferas, que en su colega eran abstracciones geométricas, para convertirlas en esferas cristalinas que encierran un universo esférico y finito. Tales esferas serían homocéntricas, es decir, tendrían el mismo centro. Y es allí, justo en el centro del universo donde nuestro filósofo situó la Tierra. Todo se mueve a su alrededor mientras que ella permanece quieta. Los movimientos de los planetas y del Sol quedan sujetos a sus respectivas esferas. Y envolviéndolo todo encontramos la esfera de las estrellas fijas. Es la región de la perfección, no sometida al deterioro ni a la fragilidad de las cosas terrestres.

Los peripatéticos pensaban que las estrellas eran puntos de luz fijos engarzados a modo de diamantes en una bóveda esférica que giraba eterna e inmutablemente alrededor de la Tierra. Era la bóveda de las estrellas fijas o “firmamento”, donde los astros, de naturaleza perfecta, estaban formados por una substancia que identificaban como “eter” o “quintaesencia”, ajena al mundo terrestre donde las substancias eran tierra, agua, aire y fuego.

La cosmología aristotélica se fundamentó en las ideas de otros filósofos:
  1. De los pitagóricos, recogió la noción de armonía;
  2. De Parménides, la perfección de la esfera;
  3. De Platón, el que privilegiara el movimiento circular.
Recordemos también que fue Parménides quien dividió el mundo entre lo aparente y lo real. Siendo lo aparente lo imperfecto, lo cambiante, lo diverso, es decir, el mundo que todos conocemos. Y el mundo real, el inmóvil, eterno y perfecto.

Por su parte, Platón exigió que las observaciones del movimiento de las estrellas fueran explicadas sólo con movimientos circulares perfectos, algo que logró su discípulo Eudoxo al proponer su sistema homocéntrico de esferas, como hemos visto más arriba.

Sin embargo, a Aristóteles no le satisfacían las Ideas abstractas de su maestro y es por ello que propuso la materialización de las esferas. Dejo esta pregunta en el aire:
¿Un universo finito o infinito? ¿Un universo cerrado o abierto?
Unos cuatrocientos años más tarde, Claudio Ptolomeo (100-170) se dedicaría a refinar el cosmos aristotélico, proponiendo un modelo que tendría aún mayor éxito pero que, en lo esencial, no introducía cambios substanciales respecto al del filósofo de Estagira. Su modelo seguiría pues vigente hasta el giro dado por Nicolás Copérnico (1473-1543) y un poco más allá.

Haz memoria: dijimos que el discurso de la razón propuesto por Aristóteles fue utilizado por la escolástica para sostener los argumentos de la fe del cristianismo. Pero cuando el sistema heliocéntrico se impuso al geocéntrico, nuestro filósofo y muchas de las teorías que se sustentaban en su prestigio fueron sacudidas por el ridículo.

Algunos filósofos como Alexandre Koyré (1892-1964) y Thomas S. Kuhn (1922-1996) han salido recientemente en defensa de Aristóteles, reclamando identificar el sentido de cada texto en cada época histórica, lo que equivale a aplicar la hermenéutica.

Si hacemos el esfuerzo mental de situarnos en aquella época, podremos considerar que efectivamente Aristóteles y los que le siguieron basaron sus propuestas cosmológicas sobre datos que podían observar e incluso medir con los instrumentos que contaban.

La asombro aparece cuando reparamos en que otros griegos, menos célebres, hicieron propuestas más cercanas al modelo heliocéntrico. A modo de precedente tenemos la idea esbozada por Heráclides Póntico (390-310 a.C.), según la cual los planetas girarían en torno al Sol, si bien éste lo haría en torno a la Tierra. Y algo más tarde, Aristarco de Samos (310-230 a.C.) sostendría que el Sol, y no la Tierra, era el centro del universo: ¡Bingo!

No obstante, no se produjo un cambio de paradigma: no hubo ningún cambio en los supuestos básicos dentro de la teoría dominante.

Cabe preguntarse por qué se dejaron de lado estas ideas más simples y lógicas para optar, en cambio, por un modelo complejo e inconsistente. El modelo geocéntrico exigía complicadas argucias para explicar el desordenado movimiento de los planetas. Un desorden que habría desaparecido fácilmente de colocar el Sol en el centro del cosmos en vez de empeñarse en que ese lugar correspondía a la Tierra. Es decir, si se hubiera optado por el modelo heliocéntrico.

Pero eso hubiera supuesto que el hombre ya no estaría en el centro del universo y entonces eso era impensable. De hecho, en la mentalidad jerárquicamente ordenada que Aristóteles tenía del mundo, cada cosa tiene su sitio, su lugar, su topos.

Pero eso ya lo veremos cuando abordemos “la gran cadena del ser”.

No hay comentarios:

Publicar un comentario