viernes, 8 de noviembre de 2013

La gran cadena del ser

Hay niños, y niñas, que desde bien temprano muestran gran interés por los animales, plantas, o minerales que encuentran. No se trata de que los vean como mascotas o juguetes, que también, sino que los observan con una curiosidad y una paciencia que podríamos calificar de pseudocientífica.

Yo me imagino a Aristóteles como uno de esos niños, agazapado sobre una charca para atrapar renacuajos, o bien, persiguiendo mariposas, recolectando semillas u hojas de los árboles, escarbando tras el rastro de las lombrices, capturando pájaros, cuidando gallinas, pescando, montando a caballo, etc.

Dichas actividades le llevarían a proponer un sistema de categorías para clasificar todos los seres del planeta. Para ello, siguió un método basado en colocar en un primer escalón a los más simples e inertes, continuando con las plantas en otro, los animales invertebrados, luego los peces, reptiles, aves, mamíferos, para culminar en el hombre. Ante esta escala de la naturaleza (scala naturae), algunas feministas se preguntarían, con razón, por la posición que le reservaba a la mujer.

La scala naturae es un sistema de representación jerarquizado. Para Aristóteles, el orden de la misma era ascendente. La naturaleza avanzaba lineal y progresivamente de menos a más, tal cual como si subiéramos una escalera. Cada peldaño se correspondía con el topos, o lugar, o sitio, que ha de ocupar cada ser. La metáfora de la escalera también podía ser vista como una cadena: la gran cadena del ser.

El éxito de dicho concepto sería notable en la Edad Media, con la única diferencia de que ahora el último escalón lo ocupaba Dios. Recuerda que la escolástica de Tomás de Aquino recogía la razón aristotélica pero subordinándola a la fe del cristianismo.

Más tarde, en la Edad Moderna, Gottfried Leibnitz (1646-1716) diría que «la naturaleza no hace saltos», en coherencia con el cálculo infinitesimal por él mismo inventado. Y célebres naturalistas que vinieron luego, como el conde de Buffon (1707-1788), Carolus Linnæus (1707-1778), Charles Bonnet (1720-1793) y Jean-Baptiste Lamarck (1744-1829), continuarían dando crédito a la idea aristotélica de la gran cadena del ser.

Hasta que llegó Charles Darwin (1809-1882) para demostrar no sólo que la naturaleza sí que avanza a saltos, sino que además, no evolucionamos siguiendo una línea recta y progresiva, sino que a veces incluso se retrocede. Los cambios en la evolución ocurren debidos al azar. La imagen de una escalera jerárquicamente ordenada ya no tendría sentido. En su dibujo, Darwin sustituía la gran cadena del ser por una serie de ramificaciones: su gran árbol de la vida iba a ser, a partir de entonces, el nuevo paradigma.

Pero de nuevo avanzo muy deprisa y me dejo cosas en el tintero. Volvamos a la Academia. Hagamos un salto hacia atrás en el tiempo para reencontrarnos con un Aristóteles de Estagira (384-322 a.C.) que todavía asiste como estudiante a las clases de Platón. Su maestro también esbozó una escala, pero en su caso era descendente. Para el filósofo de las Ideas, los hombres vivimos en un mundo imperfecto y decadente del que tenemos que liberarnos. Por el contrario, como vimos antes, su discípulo pensaba en un orden ascendente donde los hombres ocupamos el escalón más alto. Así pues, uno bajaba la escalera mientras que el otro la subía.

En cuanto a la cosmología, sus puntos de vista diferían notablemente. En Platón hay un único ámbito divino, que él identifica con la luz, con el sol, tal como lo expresó en su alegoría de la caverna. Para Aristóteles, existe una jerarquía de realidades, con un motor inmóvil como causa inicial de todo movimiento, cambio o transformación en el universo. Tal primer motor (primum mobile) sería pensamiento puro, inmutable, e inmortal. Sería, al mismo tiempo, pensador y pensamiento.

No me referí al primum mobile cuando escribí sobre la bóveda de las estrellas fijas. Aprovecho ahora para aclararte que Aristóteles lo situaba en el exterior de la misma, circundándolo todo.

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