jueves, 7 de noviembre de 2013

La medida del mundo


Ahora mismo, con sólo dos clicks en tu teclado, puedes acceder a Google Maps o a Google Earth, aplicaciones que te permiten navegar hasta el último rincón de nuestro planeta y echar un vistazo, como si allí estuvieras, sin levantarte de tu asiento. Es más, puedes elegir hacerlo como si fueras un ave que nos sobrevuela a gran distancia o descender a ras de tierra y, con el Street View, obtener una visión panorámica girando tu punto de vista en un ángulo de 360º. No se trata de un mundo imaginado, sino que tú sabes que es real. Nadie duda que las fotografías las hicieron in situ o mediante uno de los satélites que pasaba por allí. Y lo más sorprendente de todo es que no hay asombro. Lo hemos asimilado como algo normal.

Hoy sabemos lo que la Tierra mide. Pero ya te habrás dado cuenta de la dificultad que tendría imaginar su tamaño para alguien que hubiera nacido en la Antigüedad.

Para Tales de Mileto (624-546 a.C.) la Tierra era plana y flotaba sobre el agua. El aire que la envolvía, que él pensaba que era vapor de agua, formaba una gran bóveda donde los cuerpos celestes brillaban al recoger e inflamar las excreciones terrestres. La misma explicación le serviría para el Sol. El filósofo de Mileto imaginaba que el movimiento de los astros se debía a que éstos fluían en el firmamento.

Sin embargo, el modelo cósmico propuesto por Tales significaba un gran paso para librarse del discurso mítico que hasta entonces recurría a seres sobrenaturales para explicar el universo. Su visión era errónea, pero por primera vez alguien trataba de dar una explicación basada exclusivamente en los elementos físicos.

Cuando te hablé de la bóveda de las estrellas fijas, dejé una pregunta en el aire: ¿Un mundo finito o infinito?

Uno de los primeros mapas del mundo está en el British Museum de Londres y procede de la Babilonia de hace 2.500 años. Lo encontraron en 1899 cerca del rio Éufrates, en Irak, que por aquel entonces era una colonia británica. Al observarlo, comprobamos que los antiguos babilonios pensaban en una Tierra plana sin límites conocidos.

Ésta era una visión muy diferente a la que tenían quienes vivían más al oriente. En la mitología hindú, llegaron a imaginar el mundo como un enorme disco apoyado en los lomos de cuatro elefantes gigantes que a su vez se erigían sobre el caparazón de una tortuga, de un tamaño aún más descomunal, que nadaba majestuosa por el espacio. Nada se nos dice del tamaño de ese mundodisco, pero su representación nos sugiere que hay un borde, un límite donde el mundo se acaba. Se trata de un mundo finito, en este caso.

Un discípulo de Tales, fue Anaximandro de Mileto (610-546 a.C.) quien imaginaría una Tierra curvada hacia el Norte y hacia el Sur, es decir, una tierra cilíndrica. No estábamos tan lejos de que alguien la propusiera esférica. De hecho, podemos suponer que tanto Pitágoras de Samos (580-495 a.C.) como Parménides de Elea (530-515 a.C.) la imaginaron redonda, aunque sólo sea por coherencia con sus propias teorías sobre la perfección geométrica de la esfera.

Con Aristóteles de Estagira (384-322 a.C.) llegaron argumentos más sólidos que demostraban la esfericidad de nuestro planeta. Señaló, por ejemplo, que la sombra que nuestro planeta proyecta sobre la superficie lunar durante los eclipses es claramente redondeada. O que los barcos desaparecen poco a poco en el horizonte lo que no ocurriría si fuera plana. Recordemos, por otra parte, que en su cosmología, el mundo quedaba encerrado por la bóveda de las estrellas fijas y era por lo tanto un mundo finito.

Un siglo después, Eratóstenes de Cirene (276-194 a.C.) obtendría un cálculo bastante exacto del tamaño de la Tierra. Para lograrlo tuvo que recorrerse en un carro la distancia que separa la ciudad de Siena (hoy, Asuán) de la de Alejandría. Algo más de 1.000 km. El mundo se hacía medible, paso a paso.

Te habrás dado cuenta de la dificultad de medir la Tierra cuando apenas se tenían medios para desplazarse por ella. El arte de dibujar mapas exactos del territorio que pisamos tiene su historia. Esa historia es la de la Cartografía, una disciplina que iniciaron, ¡cómo no!, nuestros filósofos de la Grecia antigua.

El oficio de astrónomo es, sin embargo, muy anterior. Hay quienes piensan que se trata de una de las actividades más antiguas emprendidas por el ser humano. De los cielos podían obtenerse mapas precisos sin necesidad de desplazarse. Dada su inmutabilidad, conocer la situación de las estrellas se convirtió en algo imprescindible para orientarse en el mar o en los desiertos. Los navegantes de la Antigüedad no usaban (no tenían) ni mapas ni brújulas, sino que recurrían a observar las estrellas. Éstas no les fallaban, siempre estaban ahí. Salvo cuando las nubes lo impedían.

El conocimiento de la inalcanzable bóveda de las estrellas fijas resultó ser mucho más asequible que el determinar la medida del territorio que los humanos podían recorrer con sus pies y su mirada.

Puede que ahora nos ocurra justo lo contrario: que las estrellas hayan dejado de interesarnos. Pero somos nosotros quienes nos alejamos. Ellas permanecen.

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