miércoles, 20 de noviembre de 2013

Los surcos del azar

Cada vez que acudo a popa, quedo fascinado por los trazos caprichosos y efímeros que va dibujando la estela de nuestro Aletheia. No puedo evitar que entonces vengan a mi memoria aquellas estrofas tan, por todos, conocidas:
«Caminante, son tus huellas
el camino, y nada más;
caminante, no hay camino:
se hace camino al andar.
Al andar se hace camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante, no hay camino,
sino estelas en la mar».
Estos versos de Antonio Machado (1875-1939) son toda una alegoría de la vida.

En nuestra bitácora ya dejamos apuntado que los filósofos tienen una tendencia muy marcada a buscar metáforas náuticas cuando hacen referencia a la propia materia de la que tratan: la filosofía. 

¿En qué consiste nuestra vida? En recorrerla como un camino que sólo existe al avanzar, al tiempo que envejecemos. Por un camino que ya no tiene vuelta atrás.

Bien, echemos pie a tierra.

Las metáforas del camino o del caminante son tan recurrentes en filosofía como las del barco o el navegante. De haber tenido alas en vez de piernas, velas o remos, seguro que el repertorio de tales metáforas se habría nutrido más abundantemente con imágenes de vuelo, pájaros o aviones.

Eso pasó con el poema que narra las peripecias de Dédalo e Ícaro en 'Las metamorfosis' de Ovidio (43 a.C.-17 d.C). Y es lo que intentó Richard Bach (1936) en sus novelas 'Jonathan Livingston Seagull' (Juan Salvador Gaviota, 1970) e 'Illusions: The Adventures of a Reluctant Messiah' (Ilusiones, 1977) curiosos manuales de autoayuda para superarse a uno mismo dentro del marco cultural del individualismo y competitividad típicas del capitalismo.

Un capitalismo que, en 1944, transitaba por un “camino de servidumbre” según denunciaba Friedrich von Hayek (1899-1992). Para este gurú del neoliberalismo, cualquier modelo de organización colectiva sería incompatible con la libertad del individuo.

Tres décadas más tarde, los líderes políticos de Occidente dirigieron sus pasos en la dirección que Hayek les había indicado, convirtiendo nuestro camino en el infierno en el que ahora penamos.

A través del recorrido por la vida, el camino nos muestra continuas bifurcaciones. Podríamos pensar que los filósofos son quienes deben ayudarnos a encontrar cuál de ellas sería la que más nos conviene. Solemos olvidar, no obstante, que Hayek era un filósofo, como también lo fue su maestro Ludwig von Mises (1881-1973). Lo que demuestra que el hecho de hacernos más sabios no garantiza que nos hagamos más humanos, en contra de lo que pensaban Sócrates y Platón.

Las piedras del camino son inevitables, oirás decir. No hay un camino de rosas, sino que más bien recorremos un valle de lágrimas. Puestos a traer estrofas, ¿qué es lo que se reza en La Salve?:
«A ti suspiramos gimiendo y llorando en este valle de lágrimas».
El cristianismo apunta a una vida de sufrimiento como un camino de espinas. Un camino por el que todos estamos condenados a arrastrar nuestra cruz a cuestas. Eso sí, para muchos la cruz será enorme y para unos pocos, pequeña, muy pequeña. No es por casualidad que el libro de cabecera del Opus Dei lleve por título 'Camino'. Lo que su autor trataba de evitar es que nos perdamos en el camino o, peor aún, que elijamos un “camino de perdición”. Opino que para eso sirve la religión, para señalarnos quién es el “mal caminante” y apartarlo del bueno.

Al emprender una marcha siempre llega un momento en el que alguien lanza esta pregunta: «¿Vamos por buen camino?». O esta otra: «¿Falta mucho?». O quizás también: «¿No nos perderemos?». En mis tiempos de joven excursionista éstas eran bromas muy recurrentes.

Caminar, cansa. De hecho, los humanos parecemos mucho más interesados en el final del camino que en el propio camino en sí, y ello a pesar de la advertencia de Machado. No hay final del camino. No hay final de la historia. Lo único de lo que sí que podemos estar seguros es de que caminamos.

Y no importa tanto la bifurcación que elijamos, sino el modo en que nos dispongamos a hundir nuestros pasos en ella.

Una vez le escuché decir a Juan Carlos Monedero (1963) que hay que seguir estudiando como si la vida fuera eterna y vivir cada día como si se tratara del último.

Pienso que, al fin y al cabo, tampoco resultan tan relevantes las huellas que dejamos atrás.
«¿Para qué llamar caminos a los surcos del azar?».
Es lo que se preguntaba el poeta sevillano en otra de sus estrofas.

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(Si te ha interesado este artículo puede que te guste leer el de 'Sísifo, el héroe absurdo').


2 comentarios:

  1. Hola Plácido.

    Personalmente, cada día estoy más convencido que más que abrir surcos frescos sobre el horizonte marino, somos como aquél Sísifo, castigado por los dioses a empujar una enorme piedra colina arriba, para ver cómo cae por la ladera contraria cada vez que consigue la cima. Esto lo plantea Albert Camus en el Mito de Sísifo y apoyado en las novelas El extranjero y La peste. Denuncia lo absurdamente que nos enfrentamos al día a día, pretendiendo siempre ordenar nuestra existencia, sin tener en cuenta lo errático de nuestra condición natural.

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  2. Hola, José Luis,

    Me alegra verte por aquí. Gracias por el apunte. Lo utilizaré para una de las próximas entradas.

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