martes, 5 de noviembre de 2013

Un paseo desde la peripatética hasta la escolástica

Fue después de haber completado la instrucción del joven Alejandro de macedonia (356-323 a.C.), cuando Aristóteles de Estagira (384-322 a.C.) regresó a Atenas donde fundó el Liceo, en abierta competencia con la Academia de quien fuera su maestro, Platón (427-347 a.C.).

Aristóteles y sus seguidores dieron lugar a una corriente filosófica conocida como la escuela peripatética. Tal nombre parece estar relacionado con el de los portales cubiertos del propio Liceo: peripatoi. Y su significado viene a ser el de escuela ambulante o itinerante. En algún sitio leí que filosofaban mientras paseaban entre las columnas.

En la historia de la filosofía, Aristóteles marca un punto culminante. Este polímata transformó todas las áreas de conocimiento de la época, destacando su contribución a la lógica y la biología. Su prestigio fue tan grande que algunas de sus propuestas llegarían a ser indiscutibles incluso dos mil años después, aún siendo erróneas. Estoy pensando en la polémica entre geocentrismo y heliocentrismo, la misma que llevaría a Galileo Galilei (1564-1642) hasta los tribunales de la Inquisición y por poco le cuesta la vida. No obstante, muchas de las teorías aristotélicas continúan formando parte de nuestra forma de entender el mundo.

Del estagirista, Jeanne Hersch destaca el carácter sistemático de su obra. Según la filósofa ginebrina encontramos tres grandes síntesis para cada uno de los periodos históricos de la filosofía:
  1. En la Antigüedad, la del propio Aristóteles;
  2. En la Edad Media, sería la de Tomás de Aquino (1224-1274);
  3. Y en la Modernidad, la de Georg Hegel (1770-1831)
Los tres coincidieron en concebir sistemas. Rechazaron limitarse al estudio de problemas parciales o puntuales porque su reflexión necesitaba concluir en un todo. Para ellos, cualquier avance filosófico debería dar forma a una totalidad.

Tal punto de vista tiene sus detractores. De hecho, son muchos los filósofos que ven irreconciliable el carácter sistemático con «el perpetuo emerger de la reflexión desde la profundidad y con las repetidas rupturas que ello implica», en palabras de Jean Wahl (1888-1974). (Citado en Hersch, 2010; 48) Otro filósofo que también se opuso a cualquier indicio de sistema cerrado fue Immanuel Kant (1724-1804).
Y es que la unidad cerrada del sistema parece contradecir la idea de que la filosofía está siempre en camino y que nunca concluye. En cambio, la pretensión de Aristóteles, Aquino, y Hegel sería la de mostrarnos con claridad el camino que conduce al todo.

Los caminos a veces se tuercen, desaparecen y mueren, como las estelas en el mar. Resulta interesante comprobar que en la historia del conocimiento las cosas no siempre avanzaron siguiendo un camino recto, acumulativo y de progreso. Tras la caída del Imperio Romano, y durante gran parte de la Edad Media se perdió el rastro de Aristóteles, al menos por lo que se refiere a Occidente. Fue a través de los eruditos árabes que tuvimos la fortuna de recuperar su obra.

Hacia el siglo xiii, la creciente y poderosa influencia que las ideas aristotélicas iban cobrando entraron en conflicto con el pensamiento dominante, que era el del cristianismo. Fue Tomás de Aquino quien se propuso integrar ambos sistemas. Es lo que se conoce como la escuela escolástica. Aunque decir aquí “escuela” tal vez sea caer en una redundancia dado que scholasticus significa, precisamente, “aquél que pertenece a la escuela”. Lo que la escuela tomista pretendía era basarse en la coordinación entre fe y razón, pero subordinando siempre la segunda a la primera. Inevitablemente, tal postura conducía a una excesiva dependencia del argumento de autoridad e implicaba el abandono de las ciencias y el empirismo. Aún así, la escolástica supuso un incentivo para la especulación y el razonamiento. La fe necesitaba armarse de un rígido armazón lógico y una estructura esquemática que sostuviera su discurso para protegerlo ante las eventuales refutaciones que estaban por venir. La autoridad que Aristóteles tenía para la razón sirvió pues para que santo Tomás apuntalara la fe en el cristianismo.

No deberían pasarte desapercibidos los intentos de los últimos papas por reconciliar la fe con la razón. Hoy, la Iglesia sigue buscando ese respaldo de la razón que perdió con las revoluciones industrial, liberal y científica.

Dirás que navego a saltos. Pero ya te lo advertí al subir a bordo. No se trata sólo de comprender las ideas de Aristóteles, o las de Aquino, sino de encontrar la estela que el pensamiento humano ha ido trazando hasta llegar a donde estamos. Hasta el aquí y ahora.

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