lunes, 30 de diciembre de 2013

Los primeros [hombres] en pisar el paraninfo

El paraninfo es el salón de actos del alma mater. Por alma mater entendemos “alma nutricia” (que alimenta). Se trata de una metáfora, escrita en latín, que se usa para designar la universidad, el centro donde nuestras almas se proveen del alimento intelectual. Apuesto a que no serán muchos los universitarios que sepan que la palabra “matrícula” deriva de mater (madre).

Parece obvio que las universidades no existieron siempre. En algún momento hubo que crear la primera, y luego la segunda y así hasta llegar a nuestros días donde parece obligado que cada ciudad tenga la suya, y algunas hasta tienen dos o quizás más.

¿Quiénes fueron los primeros hombres en acceder a la universidad? ¿Y las primeras mujeres?

Vayamos por partes.

Ocurrió en la Edad Media, en 1088, en la ciudad de Bolonia, en lo que hoy es Italia. La escuela de los jurisconsultos boloñeses, o escuela de los glosadores, fue iniciada por Irnerius (1050-1130), gran renovador del conocimiento tradicional del sistema jurídico, que separó el derecho de la gramática y la retórica, dándole así una entidad y una autonomía propia.

Conocida oficialmente como Alma Mater Studiorum (madre nutricia de los estudios), la Università di Bologna sigue siendo una de las más prestigiosas universidades del mundo. Sus estatutos datan de 1317.

Por sus aulas pasaron poetas tales como Dante Alighieri (1265-1321) y Francesco Petrarca (1304-1374), o humanistas como Giovanni Pico della Mirandola (1463-1494), además de otros. El semiólogo y escritor italiano Umberto Eco (1932), autor de 'El nombre de la rosa' (1980), ha sido el titular de la cátedra de semiótica durante los últimos años.

Las universidades medievales sustituyeron a las escuelas palatinas, monásticas o episcopales que ya existían en la Alta Edad Media. No olvidemos que el marco político e ideológico de aquella época es el cristianismo, que entonces funcionaba como una teocracia. Así lo anotamos en esta bitácora, cuando hicimos el recorrido histórico 'De Heródoto a Maquiavelo'.

Después de Bolonia, surgieron más universidades en Oxford (1096); Palencia (1208); Cambridge (1209); Salamanca (1218); Padua (1222); Nápoles (1224); la Sorbona de París (1275), y así sucesivamente. Pronto colgaré un mapa para que puedas consultarlo.

Los primeros hombres en pisar el paraninfo tendrían poco más de catorce años. Estudiaban el Trivium (gramática, retórica y lógica) y el Quadrivium (aritmética, geometría, música y astronomía) hasta que alcanzaban el título de bachiller tras superar un examen de lectio y disputatio, (lectura y debate). Para entonces el estudiante había pasado seis años apretando los codos. Muchos abandonaban. El resto accedía a los estudios de nivel superior, en áreas tales como el derecho, la medicina o la teología. Si lograban el título de magister podían dedicarse a la enseñanza en cualquier universidad. Pero si aspiraban al título de doctor, tendrían que estar dispuestos a pasar otros seis o doce años más estudiando. O quince, si es que les daba por doctorarse en teología.

En cada uno de esos pasos, pero muy especialmente en el último, la barrera económica disuadía a muchos de seguir matriculándose. Sólo unos pocos hombres lo hacían, bien porque su familia podía pagar o bien porque encontraban a alguien dispuesto a financiarles. Muchos de ellos tendrían, además, que sufragarse parte de los gastos trabajando mientras estudiaban.

En el siglo xi, las mujeres no iban a la universidad. Tampoco lo harían en el xii, ni en el xiii, ni en los que siguen. Hubo que esperar hasta mediados del siglo xix para que algunas se atreviesen a rellenar las hojas de matrícula. Apenas hace cien años que la mujer pudo hacerlo en igualdad de condiciones con los hombres.
«La enseñanza del siglo xix, muy influenciada aún por la Iglesia a todos los niveles, sigue contemplando a la mujer en un papel secundario. La Iglesia católica tenía [o tiene] un concepto funcional de la mujer. Obedecía a su papel cohesionador al interior de la familia. El prototipo más frecuente fue el de perfecta casada, reina del hogar, piadosa, buena madre y buena esposa. Este concepto correspondía a un discurso ideológico sobre lo doméstico, y la Iglesia católica era [y sigue siendo] su más agresivo portavoz». (Los corchetes son míos). 'Mujer y educación en el siglo xix' Alma mater hispalense.
De hecho, en España llegaron a prohibirles la entrada poco después de que las primeras se atrevieran a pisar el paraninfo.
«Las pioneras de finales el siglo xix comenzaron a ir a la universidad aprovechando el vacío legal que existía. No estaba prohibido, al principio, porque simplemente nadie había pensado, jamás, en que una mujer quisiera estudiar y, mucho menos, que lo necesitara para ser una buena madre y esposa». '100 años de igualdad en la Universidad'. RTVE.es
Por fin, el 8 de marzo de 1910, se aprobó una real orden que autorizó “por igual la matrícula de alumnos y alumnas”.

Este ha sido un breve relato de cómo nació la universidad. De lo que pudo significar para los hombres desde el Medievo hasta el presente, y también de lo que significó para las mujeres, pues sólo pudieron acceder a ella durante el último siglo, en contraste con los novecientos años en los que quedaron fuera.

Dijimos que la universidad es el centro donde se imparte el conocimiento y, por ello, tiene mucho que ver con la filosofía y, más aún, con la epistemología, o teoría del conocimiento, que son los temas que tratamos en esta bitácora.

Así que, mientras podamos y nos dejen, seguiremos matriculándonos, aunque sólo sea de vez en cuando, hombres y mujeres por igual.

jueves, 26 de diciembre de 2013

De Heródoto a Maquiavelo


Hace unos días introdujimos la figura del historiador y hablamos de cómo emergió la historiografía entre los antiguos griegos. Siempre a bordo de nuestro Aletheia navegamos por la historia recalando en aquellos temas que nos parecen de interés filosófico o epistemológico.

Para orientarnos mejor en estas aguas turbulentas, te propongo hacer un recorrido entre dos ciudades: Halicarnaso (actual Bodrum) y Florencia. En la primera, muy cercana a Mileto, dejamos a nuestro amigo Heródoto de Halicarnaso (484-425 a.C.) y en la segunda nos recibirá Nicolás Maquiavelo (1469-1527), al que encontraremos escribiendo la que sería su mejor obra: 'Discursos sobre la Primera década de Tito Livio', un trabajo de historia política y filosófica que sería publicado unos años después de su muerte. Entre ambos personajes y entre ambas ciudades, son mil años que pasan. 

¿Podremos navegar a través de esos mil años de historia escribiendo tan solo un folio y poco más en nuestra bitácora? Apuesto a que sí.

Recordemos que los antiguos griegos se organizaron en polis, pequeñas ciudades-estado que se regían bajo diversos regímenes políticos, siendo la democracia uno de ellos. Las polis se extendieron por todo el mar Mediterráneo afianzando el poder económico y cultural de Grecia en aquella época.

Después llegó Roma, primero con la república y luego con el imperio. Por cierto, que si Platón (427-347 a.C.) escribió su 'República', también de una república, la romana, trata el libro que escribe Maquiavelo.

Después de la república, el imperio romano llegó a dominar política y militarmente el mundo hasta entonces conocido, que abarcaba las costas mediterráneas, Egipto, Asia menor, y una gran parte de Europa. Fue en aquellos días cuando apareció la figura de Jesús de Nazaret (0-33) en Palestina. Aunque su existencia real ha sido puesta en duda, lo cierto es que la repercusión del cristianismo en nuestra historia es incuestionable. Tanto es así que dividimos los años en antes y después de Cristo, y marcamos como cero el año en que supuestamente él nació.

El cristianismo se convirtió en la religión oficial del imperio a partir de 380, por orden de Teodosio (347-395).

En 395, a la muerte de Teodosio, el imperio se divide en dos: el de Oriente, con capital en Constantinopla, y el de Occidente, con capital en Roma. Ambos imperios tendrán un recorrido histórico muy diferente. El imperio de Occidente sucumbe ante las invasiones bárbaras en el año 476. El de Oriente, llamado también imperio bizantino, duró hasta 1453. La caída de Constantinopla se produce, de hecho, apenas una década antes de que naciera el personaje con el que hoy cerraremos nuestro viaje.

Los historiadores denominan como Edad Media al periodo histórico comprendido entre 476 y 1453, fechas que coinciden con las caídas de Roma y de Cosntantinopla, respectivamente. Aunque algunos prolongan este periodo hasta 1492, que es el año del descubrimiento del Nuevo Mundo por el navegante Cristóbal Colón (1436-1506).

Cuando hablamos del Medievo conviene distinguir dos periodos:
  • La Alta Edad Media, que se corresponde con la época que va desde el año de la caída del Imperio romano de Occidente, en 476, hasta el año 1000. Una figura muy influyente del pensamiento altomedieval fue Agustín de Hipona (354-430), al que le dedicamos una entrada que titulamos 'El hijo de las lágrimas de su madre', que tuvo su secuela en al menos dos entradas más;
  • La Baja Edad Media continúa desde el año 1000 hasta 1492, fecha del descubrimiento de América, aunque también se la hace coincidir con la invención de la imprenta por Johannes Gutemberg (1398-1468), con la caída del Imperio de Occidente (Bizancio) y con el final de la guerra de los Cien Años, ocurridas unos años antes. Del periodo bajomedival cabe destacar a Tomás de Aquino (1224-1274), otro gran pensador del cristianismo medieval, al que también le hemos dedicado al menos una entrada, cuando dimos 'Un paseo desde la peripatética hasta la escolástica'.
El comienzo de la Edad Media supuso una transición los siguientes ámbitos.
  1. En lo económico hay que resaltar el cambio de modelo de producción: pasamos de la esclavitud a la servidumbre feudal;
  2. En el ámbito social, desapareció el concepto de ciudadanía romana y se establecieron los tres estamentos medievales: nobleza, clero, y plebe. En este modelo tripartito, sólo el pueblo llano estaba sujeto a impuestos. La pertenencia a uno u otro estamento venía determinada por el nacimiento, no por la fortuna;
  3. En lo político, se pasó del centralismo imperial romano a la dispersión del poder en cada ciudad. En cierto modo, era como volver al modelo de las polis griegas;
  4. En lo ideológico, la cultura clásica quedaba relegada por los teocentrismos, ya sea el cristiano o el musulmán, según sus zonas de influencia. El centro del conocimiento ya no se encontraba en el espacio abierto del ágora, sino que quedaba al reguardo de los muros de los monasterios.
La gente vivía sobre todo en el medio rural, como campesinos o granjeros, pero dentro de las ciudades emergían los gremios de artesanos, el comercio y una cierta actividad bancaria. Es en este marco donde emergerán las universidades medievales, en torno al año 1080, que tendrán un capítulo a parte en esta bitácora.

Escapando del férreo control ideológico que imponían tanto la Iglesia como la Nobleza, surgió de sus aulas una nueva forma de pensar, el humanismo, que significaba una nueva concepción del hombre y del mundo. Dicha corriente artística e intelectual recuperaría el conocimiento de los clásicos. Era como un “renacer” de la cultura antigua y precisamente por eso se lo acabó conociendo como el Renacimiento.

Pero este resumen va llegando a su fin. Entramos en el puerto de Livorno. Desde allí aún nos queda un buen trecho hasta llegar a Florencia, donde Maquiavelo nos espera.

domingo, 22 de diciembre de 2013

Todo será para bien

 
Cuentan que en cierta ocasión, Cándido, el doctor Pangloss y Santiago el anabaptista, navegaban cerca de Lisboa cuando un terrible maremoto sacudió la nave de tal modo que Santiago cayó por la borda. Justo a continuación, el doctor impidió que Cándido se lanzara al mar para salvarlo. Pangloss adujo que la bahía de Lisboa había sido creada expresamente para que su compañero se ahogara en ella. E insistía:
«Todo será para bien».
Este relato resume un pasaje del 'Candide' (1759) de Voltaire (1694-1778) donde el doctor Pangloss viene a ser una caricatura del célebre filósofo de Hannover, el racionalista Gottfried Wilhelm von Leibniz (1646-1716) quien llegó a afirmar que:
«Vivimos en el mejor de los mundos posibles».
El alemán escribió su 'Ensayo de Teodicea. Acerca de la bondad de Dios, la libertad del hombre y el origen del mal' en 1710. La teodicea, o teología natural, tiene por objetivo la demostración racional de la existencia de Dios mediante la razón, así como la descripción de su naturaleza y atributos.

Para Leibnitz, nuestro mundo tiene que ser el mejor y más equilibrado de los mundos posibles, ya que fue creado por un Dios perfecto.

Un Dios perfecto que crea el mejor de los mundos posibles nos enfrenta a la paradoja del mal.

¿De dónde procede el mal? ¿Lo creó Dios?

Ésta era la pregunta que dejamos en suspenso cuando planteamos el problema del tiempo en 'Antes, después, ahora y siempre'. Si antes era la nada, ¿cuándo aparece el mal?

Empecemos por el principio: por el principio de los tiempos.

Los partidarios de la creatio ex nihilo (la creación a partir de la nada) sostienen que Dios ya estaba allí, en la nada, lo cual es bastante contradictorio. Es más, afirman que siempre estuvo allí, puesto que es eterno.

Si la Creación es producto de Dios, todo lo que existe es, por tanto, una criatura de Dios. El problema es que también existe el mal y, en buena lógica, tendría que haber sido creado por él, ¿o no?

Pues va a ser que no. Según argumenta Agustín de Hipona (354-430):
«El mal es, en cierto modo, el signo del carácter “creado” de la criatura, que, en cuanto creada, no puede tener la plenitud divina». (Hersch, 2010; 93)
El mal es una carencia que tenemos por ser seres creados. De hecho, solemos ponernos de acuerdo en que nadie es perfecto.

Recuerda que, tal como vimos en el 'Hijo de las lágrimas de su madre', el de Hipona bebe en el neoplatonismo. Según Platón (427-347 a.C.), el mal es aquello en lo que no participa de ninguna manera la idea del bien. Y siendo que el filósofo de Atenas entendía que las ideas son perfectas y positivas, todo lo malo será exclusivo del mundo sensible, esto es, del mundo de las cosas y los seres, que es el que percibimos a través de nuestros sentidos.

En la teodicea agustiniana, el mundo de las ideas es Dios. Pero mientras que los neoplatónicos recurrían a la figura de un semidiós, el demiurgo, para explicar la creación del mundo, el de Agustín será un Dios, creador único, perfecto, omnipotente, omnisciente, omnibenevolente y omnipresente que, aún así, no será responsable del mal o del sufrimiento.

A Dios lo tenemos en todas partes. Ve y oye todo lo que hacemos o decimos. Lo sabe todo. Todo lo puede. Con todos esos poderes en su haber, podría evitar el mal, pero no lo hace. A pesar de su bondad infinita, permanece quieto, como si no oyera, viera o supiera. Como si no pudiera o quisiera. Como si no existiera.

Para Agustín, la entrada del mal en el mundo empieza con la Caída: el momento en que Adán y Eva son castigados con la expulsión del Paraíso tras caer en el pecado original. Una culpa que heredamos en el momento de nacer. Somos pecadores por el hecho de haber nacido. Sólo podemos salvarnos tras limpiar esa mancha a través de una vida de obediencia a las leyes divinas que, no por casualidad, son interpretadas en exclusiva por la autoridad de la Iglesia.

Y, ¿en qué consiste el pecado original?

Según el mito biblíco, en el Jardín del Edén había una prohibición divina: la de no comer la fruta del árbol del conocimiento. La primera mujer fue tentada por el demonio, disfrazado de serpiente, y tanto ella como él acabaron por comer el fruto prohibido.

La curiosidad, esa maldita pasión del ser humano por conocerlo todo, por experimentarlo todo, está en el origen del mal. No ha de extrañarnos pues que Agustín nos previniese contra ella. Pero, entonces:

¿Era Agustín realmente un filósofo o no lo era?


NOTA: Sobre san Agustín he escrito varias entradas en esta bitácora. Por orden de aparición, son las que siguen:
  1. 'Hijo de las lágrimas de su madre';
  2. 'Antes, después, ahora y siempre';
  3. 'Todo será para bien'

sábado, 21 de diciembre de 2013

En la ruta del zen

Desde hace un tiempo la curiosidad me lleva a preguntarme (y a preguntaros) por el significado de esta palabra tan corta. Sobre el zen, los occidentales sabemos poco o nada.

Solemos decir que se trata de una "religión" o una "filosofía" oriental. Los hay que afinan más y lo relacionan con el budismo, de donde en efecto proviene. Pocos destacan que ciertas artes marciales, como el Kung-fu, nacieron del zen. Para unos cuantos más, el zen se traduce en tranquilidad, en meditación, en equilibrio o paz interior.

Podríamos hablar de que hay una moda zen que desde mediados del siglo pasado se instaló entre los occidentales. Los interioristas crean espacios zen y los paisajistas diseñan esos jardines que luego hay que rastrillar y cuidar con tanto esmero.

Pero el zen no es eso. Ni es una religión, ni una filosofía. Según Cicco es una forma de conocimiento basado en la meditación y la autodisciplina con el objetivo de alcanzar el estado de espíritu de un Buda. Un Buda que todos llevamos dentro, según afirman. Un estado del espíritu que no necesita estar sujeto a unas imágenes:

«Arriba, ni una teja para cubrir la cabeza; abajo, ni un centímetro de tierra donde asentar el pie». (Watts, 2005; 7)
El camino del zen no nos lleva hacia afuera, sino hacia dentro de nosotros mismos. Prescinde del lujo pero no requiere del ayuno. Buda vive en su interior como un rey, y en su exterior como un mendigo. Dice no gustar de los extremos pues optar por cualquiera de ellos conduce al desequilibrio.

El zen desprecia el conocimiento intelectual por ser un impedimento a la verdadera comprensión. Leer libros no nos convierte, dice Cicco, en buscadores espirituales. Nos convierte en filósofos.

Por eso, antes de emprender el camino se nos invita a quemar nuestra biblioteca: ¿lo harías tú?

Seguir el sendero del zen convertirá a cada discípulo en una nube flotando a sus anchas, libre de ataduras, libre de pasiones. De nuevo el equilibrio, alejado de los extremos, un camino medio al que Cicco denomina como el óctuple sendero donde:
  1. Todo se termina;
  2. Uno es lo que piensa;
  3. Has de limpiar el veneno de tu lengua;
  4. Se ha de actuar correctamente. Ser buena gente;
  5. Tener un trabajo honesto;
  6. Esforzarse por mejorar;
  7. Atender correctamente a tus pensamientos;
  8. Concentrarse en el presente.
La clave del zen está en observarse a uno mismo.

Esta ha sido nuestra primera incursión a una de las formas de pensamiento en Oriente. Más adelante volveremos a caminar por la ruta del zen, procurando no tropezar.

viernes, 20 de diciembre de 2013

Antes, después, ahora y siempre

Hay veces en que el tiempo parece que se detiene. Que desaparece, incluso. Son sensaciones que pueden ocurrirnos cuando visitamos un templo, un parque o un museo.
«El pasado ya no existe, el futuro aún no existe y el presente no es más que un límite abstracto; por tanto, el tiempo no existe». (Hersch, 2010; 96)
Tal sería el gran asombro de Agustín de Hipona (354-430), nos dice Hersch. Un misterio que nos enfrenta a la pregunta sobre el origen del mundo: ¿El mundo fue creado de la nada o ha existido siempre?

Pensar en una creatio ex nihilo (creación a partir de la nada) nos enfrenta a la lógica de Parménides:
«Nada se crea a partir de la nada».
Con Agustín nos enfrentamos, en cambio, con el dilema del tiempo, pues si la eternidad existe, el tiempo no existe. Pero si la eternidad no existe, tampoco existe el tiempo. Tales ideas nos confunden porque los seres humanos, al menos los occidentales, estamos acostumbrados a que las cosas tengan un principio y un final. Es decir, a que tengan una historia.

Imagina, por un momento, que el azar o la curiosidad, nos lleva ante una pintura que se encuentra en una de las salas del museo de arte de Los Angeles (Los Angeles County Museum of Art). Fue pintada por Philippe de Champaigne (1602-1674) allá por el año 1650. Es decir, ya tiene años, ya tiene historia. El cuadro representa a san Agustín, un personaje que vivió mil trescientos años antes que el propio Champaigne, y unos mil setecientos antes que nosotros.
Nosotros tenemos una historia pero Dios no la tiene, siempre según Agustín:
«La Providencia no es una planificación divina de la historia humana, sino un acto continuo de Dios, que no está situado en el tiempo sino que trasciende la temporalidad». (Hersch, 2010; 92)
Retomemos ahora aquello que decíamos al respecto de “la verdad” en Agustín, en el hijo de las lágrimas de su madre, cuando nos preguntábamos si era realmente un filósofo o no lo era.

Al comenzar sus 'Confesiones', el santo escribe lo siguiente:
«Ésta es una confesión de la verdad que Vos [Dios] amáis; y como el que sigue la verdad llega a conseguir la luz, yo quiero seguirla y practicarla, ya sea en la confesión que os hago en lo oculto de mi corazón, ya sea en la que hago públicamente con mi pluma delante de todo el mundo.»
Ahora, observemos el cuadro de Champaigne con curiosidad.

Lo que sujeta en la mano izquierda es un corazón flamígero, el suyo. No es que el santo se lo haya arrancado, sino que simboliza su ardiente deseo por desvelar los misterios del conocimiento: esa “verdad”, esa luz, que le llega por la derecha y le ilumina la mente. Con las llamas que le salen del cráneo no creo que el autor esté sugiriendo un cerebro abrasado, de todas formas.
La estancia está rodeada de libros. Mientras unos andan desparramados por el suelo y son pisoteados por el pie derecho del santo, otros están sobre la mesa. Estos últimos son, me imagino, los que escribe con la pluma que sujeta en su mano derecha. Por cierto, Agustín escribió mucho. Reparemos, por fin, en el libro que se alza sobre un pedestal, a su derecha, justo por donde aparece la luz de la “verdad” (veritas): se trata de la verdad que se nos revela en la Biblia, la palabra de Dios mismo, en la que él cree.
Obviamente, los libros que quedan bajo sus pies son aquellos que escribieron los filósofos.

¿Era Agustín realmente un filósofo o no lo era?

Me tienta la curiosidad por saber cuáles eran los libros que rechazaba. La curiosidad, Agustín nos la definió como la concupiscencia de los ojos. Aclara, no obstante, que los ojos abarcan todos los demás sentidos. Es al comienzo del capítulo 35 de sus 'Confesiones', cuando Agustín nos advierte contra el peligro que representa la curiosidad:
«A todas éstas es preciso añadir otra especie de tentación, que es mucho más peligrosa. Además de aquella concupiscencia de la carne, que tiene por objeto el regalo de los sentidos y deleites, sirviendo y obedeciendo a la cual perecen los que se alejan de Vos, hay en el alma otra especie de concupiscencia vana y curiosa, disfrazada con el nombre de conocimiento y ciencia, que se vale y se sirve de los mismos sentidos corporales, no para que ellos perciban sus respectivos deleites, sino para que por medio de ellos consiga satisfacer su curiosidad y la pasión de saber siempre más y más. Como esta concupiscencia del alma pertenece al apetito de conocer y saber, y los ojos son los principales en el conocimiento de las cosas sensibles, por eso en la Sagrada Escritura se llama concupiscencia de los ojos». (Agustín, en 'Confesiones'; 270)
¿Era Agustín realmente un filósofo o no lo era?

Esta posición del “padre de la culpa”, la recogería la Iglesia como suya. Queda muy en evidencia en la película, o en la novela, que lleva por título 'El nombre de la rosa'. Si la has visto, recordarás que el padre Jorge castigaba a los frailes curiosos que se atrevían a leer los libros censurados. Los envenenaba. En la misma película, o en la novela, se levantan tres piras para quemar vivos a quienes la Inquisición encontraba como culpables de herejía o impiedad, tras torturarlos.

Mi gran asombro es que lo hacían con las mejores intenciones: para extirpar el mal. Pero, ¿cuál es el origen del mal? ¿Lo creó Dios?

Apuesto a que ya sientes curiosidad por saber qué dijo Agustín al respecto, y me siento tentado a decírtelo ahora, pero casi será mejor abordarlo dentro de unos días. El pasado (que dijo), el presente (decírtelo ahora) y el futuro (dentro de unos días), todo en una sola frase, todo se funde en un instante.

NOTA: Sobre san Agustín he escrito varias entradas en esta bitácora. Por orden de aparición, son las que siguen:
  1. 'Hijo de las lágrimas de su madre';
  2. 'Antes, después, ahora y siempre';
  3. 'Todo será para bien'


martes, 17 de diciembre de 2013

Escala en Königsberg

Salimos del Mediterráneo y navegamos por el Atlántico para llegar al puerto de Königsberg donde hacemos escala. Allí nos reencontramos con el profesor Kant que hace su recorrido habitual. En vida de Immanuel Kant (1724-1804), Königsberg era la capital de la Prusia Oriental. Los avatares del siglo pasado, con dos guerras mundiales, hicieron que la ciudad pasase a ser parte de Rusia y que su nombre cambiara por el de Kaliningrado. 
 
En 1724, la ciudad no poseía una élite urbana, ni patricios, ni aristócratas. Georg Kant (1682-1746), el padre de Immanuel, era talabartero, esto es, un artesano que trabaja diversos artículos de cuero o guarniciones para caballerías, tales como sillas de montar, albardas, aparejos, aunque también empuñaduras y fundas de espadas. Georg se casó con Anna Regina Reuter (1697-1737) con quien tuvo nueve hijos, cuatro de los cuales no llegarían a la adolescencia.

Immanuel y sus hermanos crecieron en un ambiente muy pietista, que ponía el énfasis en una intensa devoción religiosa, en la humildad personal y en una interpretación literal de la Biblia. Se trataba pues de una educación estricta, punitiva y disciplinaria.

De inspiración luterana, el pietismo fue fundado por Philipp Jacob Spener (1635-1705), autor de 'Deseos piadosos' (1675), un libro muy influyente en aquella época. Los pietistas anteponen la conquista del corazón del oponente antes que su intelecto. No consideran la fe cristiana como un conjunto de proposiciones doctrinarias, sino como una relación activa con Dios. Una relación que incluye a los seglares. Para ellos, la “iglesia invisible” incluía a toda la humanidad. Eso sí, eran bastante fanáticos.

A pesar del respeto que tenía por las ideas espirituales que su madre le inculcó, el joven Immanuel llegaría a sentir desprecio por la versión oficial del pietismo que conoció en el colegio.
«Ninguna confesión de fe, ninguna apelación a nombres sagrados, ni ninguna observancia de ceremonias religiosas pueden ayudar a obtener la salvación».
De hecho, Kant consideraba la oración peticionaria como un intento de engatusar a Dios.

Una vez acabada la escuela, tuvo que elegir. La universidad de Königsberg estaba organizada en facultades superiores e inferiores. Las superiores eran tres: teología, derecho y medicina. La inferior era sólo una: filosofía. En el siglo xviii la filosofía era el área más dinámica e innovadora. Entre sus materias incluía la física, la geografía, la religión, la jurisprudencia, y la medicina. Tal vez fuera ésta la razón que llevó al joven Kant a decidirse por la filosofía. O quizás influyó que el ambiente familiar favoreciera el estudio del latín y la religión sobre las matemáticas y las ciencias.

Cumplidos los treinta, Kant se convirtió en profesor universitario. Daría clases de metafísica durante más de cuarenta años:
«He tenido el destino de enamorarme de la metafísica, aunque no puedo halagarme de haber recibido favores de ella».
Pero, ¿qué es la metafísica?

Como curiosidad te diré que el término proviene de Andrónico de Rodas (siglo i a.C.), filósofo peripatético, quien al ordenar las obras de Aristóteles para su primera edición colocó los libros que trataban las cuestiones filosóficas justo detrás de los ocho tomos que el fundador del Liceo escribiera sobre física. De ahí el nombre, que significa realmente “aquello que en el estante está después de la física”. Nombre que también interpretamos como “aquello que está más allá de la physis, o más allá de la naturaleza”.

En resumen, la metafísica se ocupa de:
  1. La filosofía de la naturaleza (física);
  2. La realidad como un todo (meta, que significa más allá de).
La metafísica es la rama de la filosofía que estudia la cuestión del ser: Ser qua Ser. El ser en cuanto al ser. Para Aristóteles, la cuestión del ser dependía de la noción de sustancia, que permanece a través del tiempo y el cambio, y que no se puede dividir y volver a unir, ni quebrar para formar más de la misma clase.
 
Lamentablemente, los paseos con el profesor Kant no duran eternamente, así que tendremos que dejarlo por hoy. Pero nos lo volveremos a encontrar, necesariamente.



lunes, 16 de diciembre de 2013

Hijo de las lágrimas de su madre

Cuenta una leyenda medieval que un teólogo paseaba por la playa cuando se encontró con un hermoso niño dedicado a sacar agua del mar con un cubo para vaciarlo en un agujero que había hecho en la arena. Su pretensión consistía, según dijo, en vaciar toda el agua del mar en dicho hoyo. Cuando el hombre le dijo que eso era imposible, el pequeño le respondió que su pretensión de comprender el misterio de la Santísima Trinidad aún lo era más.

La tradición católica ha querido identificar a dicho teólogo con Agustín de Hipona (354-430) uno de los llamados padres de la Iglesia, quizás el más conocido de todos ellos.[1] Supongo que para reforzar esa imagen paternal, nos lo suelen representar como un hombre mayor, delgado, de barba larga y espesa. Lo visten de obispo con ropas que, sospecho, no se corresponden con las de su época ni con las de su región geográfica. Y se refieren a él como san Agustín.

Tal vez nos convenga recordar que todo padre fue antes un hijo de su madre y Agustín fue, según su propia confesión, el hijo de las lágrimas de la suya. Luego veremos por qué.

Dicen de Agustín que era un filósofo, pero ¿lo era?
«Habrá quien apresuradamente objete que el estudio de una obra espiritual no es trabajo de un filósofo, pero la objeción nos parece banal en cuanto depende de una concepción de la filosofía que excluye a priori una dimensión de la realidad que en el caso del hombre es esencial, a saber, su relación con lo Absoluto».
Así es como lo ve Jorge Olaechea, sacerdote sodálite, en su introducción a las 'Confesiones' de Agustín. Este religioso peruano recoge una frase del obispo de Hipona en la que decía:
«Piérdase todo y dejemos todas estas cosas vanas y vacías y démonos por entero a la sola investigación de la verdad». (Olaechea, Jorge: 'Interioridad y encuentro en las Confesiones de San Agustín'. Asociación Católica de Psicología (ACAP))
Pero, ¿qué clase de verdad era esa que Agustín nos proponía investigar? ¿Se trataba de una verdad filosófica? ¿Tenía algo que ver con nuestra búsqueda a bordo del Aletheia? ¿O se refería, más bien, a la verdad revelada?

La relación entre fe y razón ha sido un problema común a todos los pensadores cristianos desde que existe el cristianismo. Según Jeanne Hersch (1910-2000) se trata de una relación incómoda pues la razón no tolera que se la obligue a interrumpir sus interrogaciones y no reconoce ninguna autoridad externa a ella. La fe, por el contrario, privilegia el conocimiento obtenido por medio de la revelación sobre cualquier argumento racional. Quizás sea obvio explicar que la revelación es aquello que Dios nos ha dicho directamente. Y que a Dios no le puedes contradecir, aún cuando la razón esté de tu parte.

Explica Hersch que, en Agustín, la fe precede a la razón y al entendimiento: ¿Cómo interpretar la célebre frase credo, ut intelligam? No se trata de un “creo, aunque comprenda”, ni de un “creo pero quiero comprender”, sino más bien de un “creo para comprender”. Creer precede a comprender, la fe es antes que la razón, aunque en Agustín la fe también busque la comprensión: fides quaerens intellectum. (Hersch, 2010; 85)

Para Agustín y sus seguidores, la razón por sí sola no consigue alcanzar la verdad salvo que antes le sea dado el alimento de la fe. Más que ante un filósofo-teólogo estaríamos ante un teólogo-filósofo: Primero creo, después pienso. Y aquello que piense nunca podrá contradecir mis creencias.

El de Hipona retoma la fórmula antigua “creo porque es absurdo”. Para él, la lógica es esencialmente humana. Lo divino está más allá de lo humano y por eso no puede someterse a las reglas de la lógica. Aquello que es divino sólo puede ser pensado a través de las contradicciones, a través del absurdo.

Agustín es de los primeros pensadores occidentales que se enfrenta al problema del tiempo. Los humanos dividimos el tiempo en pasado, presente y futuro. Y, sin embargo, el tiempo pasado ya no está y el futuro aún no existe, mientras que el presente sería tan sólo un punto de intersección entre ambos. ¿Existe pues el tiempo? ¿No te recuerda todo ésto a la célebre aporía de Zenón sobre el arco y la flecha?

El tiempo es la materia de la historia y todos tenemos la nuestra. Agustín también la suya. Su madre sufría viendo como su vástago se descarriaba del camino de castidad por ella trazado. Sufría y rezaba sin parar mientras su hijo triunfaba en el mundo de la farándula al tiempo que se entregaba a todo tipo de vicios y pasiones carnales. Aunque, eso sí, sin dejar de interesarse por la filosofía, siendo influenciado por Marco Tullio Cicerón (106-43 a.C.) y sobre todo por Platón (427-347 a.C.), a través de los escritos del filósofo neoplatónico Plotino (205-270).

Por su abnegación, los católicos consideran que a Mónica de Hipona (332-387) le correspondería el título de “mujer cristiana” por antonomasia. Su perseverancia logró su objetivo. Finalmente, su hijo Agustín terminó por convertir su vida en toda una contradicción, ya que, al cumplir los 33 años, acabó con su naufragio y amarró el timón de la nave del cristianismo convirtiéndose en el “padre de la culpa” y, también, en el azote de los homosexuales. 

En la web de los cristianos gays se lamentan por ello:
«No hay como probar tú las cosas y prohibírselo a los demás… ¡Cuánto daño ha hecho esta manera de proceder, y encima diciendo que es la opinión de Dios! ¡Pensar en un Dios castigador, que le había castigado por sus sentimientos homosensibles, sí que es un pecado horroroso…!». http://www.cristianosgays.com/2011/09/17/agustin-de-hipona-un-santo-gay-o-como-salir-del-armario-y-querer-meter-a-los-demas/#sthash.AyDLojus.dpuf
Por otra parte, las autodenominadas “mujeres despechadas”, Caroline Selmes y Laura Torné, autoras del libro 'Muerte a los hombres que piensan', dedican un capítulo a san Agustín y lo concluyen con esta frase:
«Muerte a los filósofos que se pasaron a santos cansados de ser demonios».
Personalmente, dudo que fuera tan demonio antes, o de que dejara de serlo después.


[1] En mis tiempos de estudiante, la religión era obligatoria. Uno se aprendía, y luego olvidaba, la lista de los padres de la Iglesia. Los más importantes eran ocho, cuatro griegos y cuatro latinos. Los griegos fueron: Atanasio de Alejandría (296-373), Basilio el Grande (330-379), Gregorio Nacianceno (329-389) y Juan Crisóstomo (347-407), todos ellos santos y obispos respectivamente de Alejandría, Cesárea, Costantinopla y Antioquía. Mientras que los latinos incluyen a Ambrosio de Milán (340-397), Agustín de Hipona (354-430), Jerónimo de Estridón (340-420) y Gregorio Magno (540-604), todos ellos nombrados santos.

NOTA: Sobre san Agustín he escrito varias entradas en esta bitácora. Por orden de aparición, son las que siguen:
  1. 'Hijo de las lágrimas de su madre';
  2. 'Antes, después, ahora y siempre';
  3. 'Todo será para bien'

jueves, 12 de diciembre de 2013

Paseos por el inframundo

De niño escuché por primera vez la palabra “cancerbero” mientras radiaban un partido de fútbol. Aprendí que esa era una de las muchas maneras de nombrar al jugador que se pone bajo los palos y trata de evitar que el balón entre en la portería.

Mucho más tarde supe que debía leerla por separado: can Cerbero. Y que tenía relación con la mitología griega. Cerbero (Kérberos) era el perro guardián del inframundo de los muertos.

No era un perro cualquiera. Lo describen con tres cabezas, aunque a veces se ha dicho que eran cincuenta. Por cola tenía una serpiente. Cerbero era un monstruo implacable que pocos han conseguido burlar. Que yo sepa, Orfeo lo consiguió al dormirle con su lira. Y también Heracles logró dominarle o vencerle, según versiones.

Para entender a los antiguos griegos, su filosofía, su teatro, será preciso que conozcamos algo sobre sus creencias respecto a la muerte.

Lo primero será decir que los vivos colocaban un óbolo bajo la lengua, o sobre los párpados, de sus difuntos. Un óbolo es una pequeña moneda cuyo valor era la sexta parte de un dracma. No era mucho, pero ya te puedes imaginar las dificultades que los pobres, o quienes carecían de familiares o amigos, tendrían para entrar en los dominios de Hades.

El óbolo servía para que las sombras pagaran el pasaje a Caronte, el barquero que les transportaría a través del río Aqueronte, dicen unos, o de la laguna Estigia, dicen otros. Quienes no pagaban se quedaban en tierra a la espera de que Caronte accediera a llevarlos gratis, pero esto no ocurriría antes de pasados cien años.

Al otro lado del río les esperaba Cerbero, el can que franqueaba o defendía la entrada al Hades. Una vez dentro, las almas atraviesan los Campos de Asfódelos, una llanura donde crecen los gamones (asphodelus). Son acompañados por Hermes hasta el tribunal que juzgará la vida que han llevado. Tres eran los jueces: Minos, Eáco y Radamantis y tres los veredictos posibles:
  1. Las almas malvadas o impías irán a parar al Tártaros, un sitio infernal rodeado por un foso profundo donde fluye un río de fuego, el Flegetonte. Los cristianos suelen ver ese lugar como análogo a su infierno. Allí encontraremos personajes conocidos, como Sísifo, eternamente condenado a subir la piedra a lo alto de la montaña. Castigos inútiles y eternos que no dicen mucho a favor de unos dioses bastantes caprichosos, en mi opinión;
  2. Quienes tuvieron una vida virtuosa o heroica accederán a los Campos Elíseos. Se trata de la sección paradisíaca del Hades y es lo más parecido al cielo de los cristianos. Como aliciente, las almas pueden retornar al mundo de los vivos, si bien pocos lo harán. No muy lejos debe quedar la Isla de los Bienaventurados o el Jardín de las Hespéridas, destinos para aquellos que destacaron por encima de los demás, como Aquiles, por ejemplo. Los Elíseos son praderas libres de pecado, maldad y deseos terrenales, lo cual pinta bastante aburrido. ¿Te imaginas pasar así toda la eternidad?;
  3. Las almas de quienes no destacaron ni por su maldad ni por su bondad son devueltas a los Campos de Asfódelos, que es algo así como una zona neutra. Dicen que antes de eso las sombras bebían las aguas del río Lete, el del olvido, y en consecuencia perdían su identidad. Una condena por su mediocridad, supongo. Aunque este asunto bien podría estar relacionado con el reclutamiento militar. Se creía que aquellos que empuñaban las armas alcanzarían los Campos Elíseos de una manera segura mientras que los que optaban por una vida civil corrían el riesgo de acabar comiendo gamones para el resto de la eternidad.
No he encontrado un mapa fiable pero puedo afirmar que en la geografía del inframundo abundaban los ríos o lagos, no sé por qué. Al Aqueronte se le relaciona con la pena. Al Estigia con el odio. El río Cocito es el de los lamentos. El Lete es el del olvido. Y el Flegetonte es el río de lava o fuego que rodea el Tártaro.

Parece que éstos discurrían en círculos, o al menos eso se deduce al leer 'La divina comedia' de Dante Alighieri (1265-1321), una obra donde se expone la transición del pensamiento en la Edad Media (teocentrista) al renacentista (antropocentrista).

El teocentrismo coloca a Dios (teo, en latín) como centro del universo. En el antropocentrismo, dicho lugar lo ocupa el ser humano (anthropos). Para los medievales todo fue creado por Dios, es dirigido por Dios y no existe ninguna razón que pueda contradecir los deseos de Dios sobre la vida humana. Los renacentistas, en cambio, sitúan al ser humano como medida de todas las cosas, y son sus intereses morales y éticos los que deben prevalecer sobre cualquier otra cosa.

La 'Divina Comedia', por cierto, se estructura en tres partes: Infierno, Purgatorio y Paraíso. Se escribe en tercetos y se ordena siempre en función del número tres como evocación del equilibrio y la estabilidad del triángulo que, a su vez, simboliza la Santísima Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Los personajes principales también son tres: Dante, que personifica la humanidad; Beatriz, que representa la fe; y Virgilio, que interpreta el papel de la razón.

En esta bitácora también vimos como, siglos después, Hegel (1770-1831) impondría un ritmo tripartito a su obra, aunque distara mucho en sus intenciones de las que inspiraron al escritor renacentista. En aquella ocasión utilicé una viñeta con tres futbolistas, todos ellos con el dorsal tres a la espalda.

A todo ésto, algo debe tener el número tres que se me escapa.

De hecho, ¿cuántas cabezas tenía el can Cerbero? ¿Y cuántas tiene un cancerbero?

miércoles, 11 de diciembre de 2013

Inmersos en un mar de Midas

 
Alguna vez habrás oído hablar de un tal Midas, aquel rey que todo lo que tocaba se convertía en oro. Del rey, y esto es menos sabido, al que le crecieron orejas de burro.

¿Por dónde empezamos? ¿Por las orejas o por el oro?

Seguiré los pasos de Mary Shelley (1797-1851) que empezó a escribir su obra para teatro 'Midas' (1820) explicando de donde procedían aquellas orejas.

La escritora británica nos transporta a la mitología griega, la de Hesíodo, y nos cuenta que hubo un concurso musical entre la lira de Apolo, un dios del Olimpo, y la flauta de Pan, un semidios muy venerado por los pastores de la Arcadia. El juez dio como ganador al primero, pero el perdedor recurrió al buen gusto de Midas quien, finalmente, expresó sus preferencias por el sonido de la flauta.

La intromisión de Midas en los asuntos de los dioses fue castigada por Apolo haciéndole crecer orejas de burro. Orejas que Midas logró ocultar durante algún tiempo modificando el diseño de su corona.

Más tarde, el dios Dionisio quiso premiar la hospitalidad de Midas concediéndole aquello que él más deseara. El rey pudo escoger recuperar sus orejas, pero prefirió que todo aquello que él tocara se convirtiera en oro.

Deseo que le fue concedido.

Poco tardó Midas en darse cuenta de su error. Los alimentos que se llevaba a la boca no podía comerlos ya que éstos se convertían en el preciado metal.

Así que solicitó a Dionisio que le vistiera con harapos y que le dejara comer al menos algunos mendrugos de pan si con ello desaparecía la pesadilla de ver convertido en oro todo lo que tocaba.

El dios le dijo que bastaba con que se bañase en el río, cosa que hizo, pero de aquí que algunos empezaran a sospechar que algo se escondía bajo su corona ya que ni siquiera esta vez se la quitó para entrar en el agua. Pero no voy a contarte el final de esa historia.

Dejemos la mitología de Hesíodo y el teatro de Shelley y vayamos a la filosofía económica de Aristóteles de Estagira (384-322 a.C.)

Según una conocida paradoja expuesta por el filósofo de Estagira, el hierro es mucho más útil que el oro pero el precio de éste es mucho mayor. Ello es debido a que los bienes escasos, (y el oro lo es), tienen un mayor precio, aunque su valor intrínseco pueda ser menor.

La ciencia económica asume que los bienes son escasos y las necesidades ilimitadas.

Para Aristóteles, la riqueza (ploutos) y la acumulación de bienes (chrémata) son dos cosas que conviene diferenciar: no es lo mismo tener que disfrutar. Precisamente, la paradoja del rey Midas le sirve como ejemplo.

El dinero era visto por Aristóteles como algo útil, ya que facilitaba el intercambio de bienes. En el trueque, el intercambio se realiza sin recurrir al dinero, lo que puede resultar bastante incómodo cuando se trata de cambiar ovejas por zapatos.

Los economistas neoliberales de nuestros días suelen insistir en presentarnos a Aristóteles como un defensor de la propiedad privada y a su maestro Platón como un “pseudo-comunista” por negársela a las clases dirigentes y los guardianes de su 'República'.

Olvidan explicarnos, no obstante, que Aristóteles consideraba antinatural prestar dinero con interés. El dinero es estéril, decía, pues no se puede crear dinero a partir de dinero. Al pretenderlo incurrimos en una ganancia ilegítima.
De hecho, hasta el siglo xix, la Iglesia Católica rechazó el préstamo de dinero con interés. Aquellos eran los tiempos de la escolástica instaurada por Tomás de Aquino (1224-1274), con una clara inspiración aristotélica.

De alguna manera, hoy estamos inmersos en un mar de Midas. Vivimos las consecuencias, me temo, de que unos pocos conviertan en oro todo lo que tocan, acumulando para sí gran cantidad de bienes, a costa de dejar a los demás con poco o nada.

Ante estas quejas oirás decir a más de uno:
«Es la economía, estúpido».
Y no. No estoy de acuerdo.

Conviene recordar que la economía, para Aristóteles, se define como la ciencia que se ocupa de administrar los recursos existentes con el fin de satisfacer las necesidades que tienen las personas y los grupos humanos. No se ocupa de satisfacer los apetitos de unos individuos en concreto, ni los privilegios de una clase determinada. Eso no es la economía. Eso será otra cosa.

Dejemos de soñar con convertirnos en Midas e imaginemos, por el contrario, que un mundo mejor es posible. Para todos.

domingo, 8 de diciembre de 2013

Lennon después de Lennon

Hoy, 8 de diciembre, leerás en más de un sitio que hace 33 años que John Winston Lennon (1840-1980) murió por los disparos de un tal Mark David Chapman (1955) que, según se ha dicho, quería de ese modo alcanzar la fama.

Dice el periodista Carlos Polimeni:
«Chapman asesinó a Lennon pero no lo mató: cambió su estatus con la vida, apenas. Las canciones de su etapa con Los Beatles y la mayoría de sus canciones solistas siguen hablando en su nombre». (Polimeni, Carlos: «Lo que nunca se aclaró sobre el asesinato de John Lennon». Miradas al Sur. Año 3, número 134. 12/12/2010)
Tanto Polimeni, como Josu Lapresa en el Rolling Stone, recogen la idea de que el asesino solitario pudo actuar inducido por el FBI u otras agencias de inteligencia de Estados Unidos. Es un tema interesante, sin duda, pero no lo abordaremos ahora. (Lapresa, Josu: «Misterios del rock: ¿Ordenó la CIA el asesinato de Lennon?». Rolling Stone. Número 116. 07/08/2011)

Sostengo que Lennon fue un filósofo y un humanista, a su manera. No sólo porque componía e interpretaba canciones, y escribía y dibujaba, sino porque a través de su actividad artística y sus acciones públicas se involucraba e influía en la problemática socio-política más relevante de su época.

A la administración de Richard Nixon (1913-1994) le resultó un quebradero de cabeza contrarrestar el activismo del británico en contra de la guerra de Vietnam.

Para los fundamentalistas cristianos, y no olvidemos que Chapman era uno de ellos, Lennon era algo así como el anticristo. Hubo quema de discos y amenazas de muerte cuando en 1965 el de Liverpool dijo, medio en broma medio en serio, que en ese momento los Beatles eran más famosos que Jesús. Estaba convencido del declive del cristianismo y de que éste terminaría por desaparecer.
Finalmente, fueron las amenazas del Ku Klux Klan las que llevaron al grupo a cancelar la gira americana que estaba prevista.

A partir de 1970, una vez consumada la disolución del grupo, Paul McCartney (1942), George Harrison (1943-2001), Ringo Starr (1940) y el propio John Lennon, comenzarían una nueva carrera musical por separado, teniendo que competir con el recuerdo de The Beatles.

Con sus canciones, John Lennon, junto a Yoko Ono (1933), reivindicaron algunos de esos temas que políticos, religiosos, algunos filósofos y casi todos los medios de comunicación procuran que no lleguen a nuestros oídos. Te pongo varios ejemplos:
  • De 1970, es 'God', una canción donde más que decirnos en que dioses tendríamos que creer, lo que hace es enfrentarnos a una larga lista de aquellos en quienes él no cree, incluidos los Beatles, para concluir que sólo cree en sí mismo (y en Yoko), y que el sueño quedó atrás. Nos anunciaba su apuesta decidida a tomar partido por la realidad;
  • De ese mismo año es 'Working Class Hero' (1970) donde se reivindica al héroe de la clase obrera;
  • En 1971, con 'Power to the People' retoma el argumento de la lucha de clases donde viene a decir: «Un millón de trabajadores trabajando a cambio de nada. Mejor que les des lo que les pertenece. Vamos a derribarte cuando entremos en la ciudad»;
  • En septiembre de 1971 sale su álbum 'Imagine' que incluye la canción homónima, quizás la más conocida de la historia del pop. También es una de las más versionadas. En 'Imagine' se nos pide que imaginemos un mundo mejor, sin fronteras, sin guerras, sin hambre, sin propiedad, sin religión: «sin una razón por la que matar o por la que morir»;
  • Para las navidades de ese mismo año, John y Yoko lanzaron una campaña de publicidad en vallas donde se decía: «La guerra ha acabado (si así lo deseas)». Por un lado se promocionaba la canción 'Happy Xmas (War Is Over)', pero por otro se trataba de un alegato pacifista que ponía contra las cuerdas a la Casa Blanca que seguía empeñada en seguir la guerra en Vietnam;
  • Mientras que 'Woman is the Nigger of the World' (1972) es una protesta contra el papel tradicional e inferior de la mujer. En la inmensa mayoría de las culturas, «la mujer es la esclava de los esclavos», dice una de sus estrofas.
Dicen que a Lennon lo asesinaron por ser un cantante famoso. ¿No sería por decir esas cosas tan incómodas? La respuesta puede que la encuentres si te planteas que fue a él a quien dispararon. ¿Le hubiera ocurrido lo mismo de haberse limitado a cantar "canciones tontas de amor"?

El caso es que el 9 de octubre de 1980, coincidiendo con su cuarenta cumpleaños, Lennon volvía a lanzar un disco después de varios años dedicado en exclusiva a la vida en familia. Era '(Just Like) Starting Over)', como volver a empezar. Era sólo una (preciosa) canción de amor.

En la letra decía: «I know time flies so quickly».

Sólo dos meses después se oyeron cinco disparos junto a Central Park.

Lennon después de Lennon: las canciones del británico aún suenan a día de hoy, mientras que la balas del tejano ya no se escuchan, aunque, eso sí, sirvieron para que un idiota tuviera su entrada en la Wikipedia.

El tiempo pasa volando.

miércoles, 4 de diciembre de 2013

Sísifo, el héroe absurdo

 
Al final de 'Los surcos del azar' apareció un comentario de José Luis en el que contraponía el castigo de Sísifo con la idea de los surcos que abrimos en el mar.

He ido preguntando por ahí y casi nadie oyó hablar del tal Sísifo. Ni saben que se trata de un personaje de la mitología griega citado en la 'Odisea' de Homero, ni tampoco ha pasado por sus manos 'El mito de Sísifo' que Albert Camus (1913-1960) escribió en 1942, más o menos hacia la mitad de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). Bueno, quizás no sea tan importante. Ya me dirás.

La historia de Sísifo se resume en que engañó a los dioses con una estratagema para escapar de la muerte. Lo hizo conviniendo previamente con su mujer que al llegarle la hora ésta no ofreciera los ritos mortuorios por él. Así pudo quejarse a Hades de que tenía que volver al mundo de los vivos para vengarse de ella. Hades se lo concedió y nuestro héroe volvió pero con la intención de no regresar jamás al inframundo de los muertos. Tras varios años disfrutando de esa nueva vida, los dioses le obligaron a retornar por la fuerza y fue castigado a subir una roca hasta lo alto de una montaña que invariablemente caería cuesta abajo justo al llegar a la cima teniendo así que repetir el esfuerzo de subirla una y otra vez por toda la eternidad. Además, lo dejaron ciego.

En cierta manera, todos somos Sísifo. Todos buscamos la manera de engañar a la muerte y disfrutar de una vida larga y buena y por ello somos condenados a llevar una carga tan pesada como absurda, día tras día.

Para Camus se trata de una metáfora del esfuerzo inútil e incesante del ser humano. Él lo definía como la filosofía del absurdo.

Podemos imaginarnos el tiempo de la existencia humana con dos figuras geométricas contrapuestas:
  1. Por un lado, la línea recta. Ésta se relaciona con las metáforas del camino y las estelas en la mar que trazamos como caminantes o como navegantes. Son recorridos que normalmente hacemos pensando que hay un final como antes hubo un principio. Si bien la línea recta es una construcción geométrica que se prolonga al infinito: no tiene principio ni fin. De tenerlo sería un segmento, no una recta;
  2. Y luego está el círculo. La metáfora de Sísifo se construye de manera circular. El final coincide con el principio. El momento destacado por Camus es cuando el héroe absurdo contempla cómo su esfuerzo ha sido en vano y que tiene que volver a comenzar una y otra vez, en un eterno retorno.
A los occidentales nos resulta más familiar la idea de que nuestra vida transcurre por una línea recta. Solemos dibujar una línea de tiempo o timeline para representar un periodo histórico o la vida de una persona. Y tal vez por eso más de un filósofo ha propuesto que la historia tendría una finalidad. Recuerda aquellos cafés con Hegel, cuando nos decía que la historia progresa hacia un final, aprendiendo de sus propios errores.

Pero antes del discurso lógico, antes del logos de los antiguos griegos, toda la humanidad se regía por alguna forma de discurso mítico. Y este tipo de relatos son circulares.

Es más, el mito del eterno retorno está mucho más extendido de lo que los occidentales solemos pensar. Según esta forma de concebir el espacio y el tiempo lo que hay es una repetición del mundo en donde éste se extingue para volver a crearse. El mundo es vuelto a su origen por medio de la conflagración, donde todo arde en fuego. El origen pagano de las Fallas de mi Valencia natal sería un buen ejemplo de lo que queda de ésto. Una vez quemado, todo se reconstruye para que los mismos actos ocurran una vez más en él, en el mismo orden, tal cual ocurrieron, sin ninguna posibilidad de variación.

El caso es que vivimos en un “eterno retorno” que nos encadena al absurdo. Podemos entender la vida como una serie de repeticiones inútiles, carentes de sentido, que realizamos por seguir la costumbre, la tradición o por inercia, y no por que sean coherentes y lógicas.

El absurdismo es escéptico ante el intento de organizar la vida según unos principios universales de la existencia humana. Y se opone a toda ideología que proponga una finalidad de la historia. Es más, señala que tales ideologías pueden llegar a ser terriblemente destructivas.

Sea la vida una línea o un círculo, ¿vale o no la pena ser vivida? Para Camus, ésta es la cuestión fundamental de la filosofía. Basamos nuestra vida en la esperanza de un mañana, aún cuando el mañana nos acerca más al momento de nuestra muerte. Si la vida carece de sentido, si es absurda la existencia, ¿deberíamos pues considerar el suicidio como una opción?

El absurdo es una creación humana, nos dice Camus. No está ni en el cosmos ni en la naturaleza humana, sino que aparece cuando tratamos de encontrar un significado absoluto y de unidad a un mundo que se muestra irreductible a ser explicado por la razón. El suicido debe ser rechazado, concluye Camus. Debemos aceptar la contradicción entre la razón y sus límites. Debemos confrontar el absurdo. Con rebeldía, con libertad, con pasión.

De hecho, en otra de sus obras, en 'El hombre rebelde' (1951), Camus trataba sobre cómo y por qué a lo largo de la historia el hombre se levanta contra el Dios o el Amo.

Cierro esta entrada con la misma cita de Píndaro con la que el filósofo francés abría su ensayo sobre Sísifo:
«No te afanes, alma mía, por una vida inmortal, pero agota el ámbito de lo posible».