viernes, 20 de diciembre de 2013

Antes, después, ahora y siempre

Hay veces en que el tiempo parece que se detiene. Que desaparece, incluso. Son sensaciones que pueden ocurrirnos cuando visitamos un templo, un parque o un museo.
«El pasado ya no existe, el futuro aún no existe y el presente no es más que un límite abstracto; por tanto, el tiempo no existe». (Hersch, 2010; 96)
Tal sería el gran asombro de Agustín de Hipona (354-430), nos dice Hersch. Un misterio que nos enfrenta a la pregunta sobre el origen del mundo: ¿El mundo fue creado de la nada o ha existido siempre?

Pensar en una creatio ex nihilo (creación a partir de la nada) nos enfrenta a la lógica de Parménides:
«Nada se crea a partir de la nada».
Con Agustín nos enfrentamos, en cambio, con el dilema del tiempo, pues si la eternidad existe, el tiempo no existe. Pero si la eternidad no existe, tampoco existe el tiempo. Tales ideas nos confunden porque los seres humanos, al menos los occidentales, estamos acostumbrados a que las cosas tengan un principio y un final. Es decir, a que tengan una historia.

Imagina, por un momento, que el azar o la curiosidad, nos lleva ante una pintura que se encuentra en una de las salas del museo de arte de Los Angeles (Los Angeles County Museum of Art). Fue pintada por Philippe de Champaigne (1602-1674) allá por el año 1650. Es decir, ya tiene años, ya tiene historia. El cuadro representa a san Agustín, un personaje que vivió mil trescientos años antes que el propio Champaigne, y unos mil setecientos antes que nosotros.
Nosotros tenemos una historia pero Dios no la tiene, siempre según Agustín:
«La Providencia no es una planificación divina de la historia humana, sino un acto continuo de Dios, que no está situado en el tiempo sino que trasciende la temporalidad». (Hersch, 2010; 92)
Retomemos ahora aquello que decíamos al respecto de “la verdad” en Agustín, en el hijo de las lágrimas de su madre, cuando nos preguntábamos si era realmente un filósofo o no lo era.

Al comenzar sus 'Confesiones', el santo escribe lo siguiente:
«Ésta es una confesión de la verdad que Vos [Dios] amáis; y como el que sigue la verdad llega a conseguir la luz, yo quiero seguirla y practicarla, ya sea en la confesión que os hago en lo oculto de mi corazón, ya sea en la que hago públicamente con mi pluma delante de todo el mundo.»
Ahora, observemos el cuadro de Champaigne con curiosidad.

Lo que sujeta en la mano izquierda es un corazón flamígero, el suyo. No es que el santo se lo haya arrancado, sino que simboliza su ardiente deseo por desvelar los misterios del conocimiento: esa “verdad”, esa luz, que le llega por la derecha y le ilumina la mente. Con las llamas que le salen del cráneo no creo que el autor esté sugiriendo un cerebro abrasado, de todas formas.
La estancia está rodeada de libros. Mientras unos andan desparramados por el suelo y son pisoteados por el pie derecho del santo, otros están sobre la mesa. Estos últimos son, me imagino, los que escribe con la pluma que sujeta en su mano derecha. Por cierto, Agustín escribió mucho. Reparemos, por fin, en el libro que se alza sobre un pedestal, a su derecha, justo por donde aparece la luz de la “verdad” (veritas): se trata de la verdad que se nos revela en la Biblia, la palabra de Dios mismo, en la que él cree.
Obviamente, los libros que quedan bajo sus pies son aquellos que escribieron los filósofos.

¿Era Agustín realmente un filósofo o no lo era?

Me tienta la curiosidad por saber cuáles eran los libros que rechazaba. La curiosidad, Agustín nos la definió como la concupiscencia de los ojos. Aclara, no obstante, que los ojos abarcan todos los demás sentidos. Es al comienzo del capítulo 35 de sus 'Confesiones', cuando Agustín nos advierte contra el peligro que representa la curiosidad:
«A todas éstas es preciso añadir otra especie de tentación, que es mucho más peligrosa. Además de aquella concupiscencia de la carne, que tiene por objeto el regalo de los sentidos y deleites, sirviendo y obedeciendo a la cual perecen los que se alejan de Vos, hay en el alma otra especie de concupiscencia vana y curiosa, disfrazada con el nombre de conocimiento y ciencia, que se vale y se sirve de los mismos sentidos corporales, no para que ellos perciban sus respectivos deleites, sino para que por medio de ellos consiga satisfacer su curiosidad y la pasión de saber siempre más y más. Como esta concupiscencia del alma pertenece al apetito de conocer y saber, y los ojos son los principales en el conocimiento de las cosas sensibles, por eso en la Sagrada Escritura se llama concupiscencia de los ojos». (Agustín, en 'Confesiones'; 270)
¿Era Agustín realmente un filósofo o no lo era?

Esta posición del “padre de la culpa”, la recogería la Iglesia como suya. Queda muy en evidencia en la película, o en la novela, que lleva por título 'El nombre de la rosa'. Si la has visto, recordarás que el padre Jorge castigaba a los frailes curiosos que se atrevían a leer los libros censurados. Los envenenaba. En la misma película, o en la novela, se levantan tres piras para quemar vivos a quienes la Inquisición encontraba como culpables de herejía o impiedad, tras torturarlos.

Mi gran asombro es que lo hacían con las mejores intenciones: para extirpar el mal. Pero, ¿cuál es el origen del mal? ¿Lo creó Dios?

Apuesto a que ya sientes curiosidad por saber qué dijo Agustín al respecto, y me siento tentado a decírtelo ahora, pero casi será mejor abordarlo dentro de unos días. El pasado (que dijo), el presente (decírtelo ahora) y el futuro (dentro de unos días), todo en una sola frase, todo se funde en un instante.

NOTA: Sobre san Agustín he escrito varias entradas en esta bitácora. Por orden de aparición, son las que siguen:
  1. 'Hijo de las lágrimas de su madre';
  2. 'Antes, después, ahora y siempre';
  3. 'Todo será para bien'


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