martes, 17 de diciembre de 2013

Escala en Königsberg

Salimos del Mediterráneo y navegamos por el Atlántico para llegar al puerto de Königsberg donde hacemos escala. Allí nos reencontramos con el profesor Kant que hace su recorrido habitual. En vida de Immanuel Kant (1724-1804), Königsberg era la capital de la Prusia Oriental. Los avatares del siglo pasado, con dos guerras mundiales, hicieron que la ciudad pasase a ser parte de Rusia y que su nombre cambiara por el de Kaliningrado. 
 
En 1724, la ciudad no poseía una élite urbana, ni patricios, ni aristócratas. Georg Kant (1682-1746), el padre de Immanuel, era talabartero, esto es, un artesano que trabaja diversos artículos de cuero o guarniciones para caballerías, tales como sillas de montar, albardas, aparejos, aunque también empuñaduras y fundas de espadas. Georg se casó con Anna Regina Reuter (1697-1737) con quien tuvo nueve hijos, cuatro de los cuales no llegarían a la adolescencia.

Immanuel y sus hermanos crecieron en un ambiente muy pietista, que ponía el énfasis en una intensa devoción religiosa, en la humildad personal y en una interpretación literal de la Biblia. Se trataba pues de una educación estricta, punitiva y disciplinaria.

De inspiración luterana, el pietismo fue fundado por Philipp Jacob Spener (1635-1705), autor de 'Deseos piadosos' (1675), un libro muy influyente en aquella época. Los pietistas anteponen la conquista del corazón del oponente antes que su intelecto. No consideran la fe cristiana como un conjunto de proposiciones doctrinarias, sino como una relación activa con Dios. Una relación que incluye a los seglares. Para ellos, la “iglesia invisible” incluía a toda la humanidad. Eso sí, eran bastante fanáticos.

A pesar del respeto que tenía por las ideas espirituales que su madre le inculcó, el joven Immanuel llegaría a sentir desprecio por la versión oficial del pietismo que conoció en el colegio.
«Ninguna confesión de fe, ninguna apelación a nombres sagrados, ni ninguna observancia de ceremonias religiosas pueden ayudar a obtener la salvación».
De hecho, Kant consideraba la oración peticionaria como un intento de engatusar a Dios.

Una vez acabada la escuela, tuvo que elegir. La universidad de Königsberg estaba organizada en facultades superiores e inferiores. Las superiores eran tres: teología, derecho y medicina. La inferior era sólo una: filosofía. En el siglo xviii la filosofía era el área más dinámica e innovadora. Entre sus materias incluía la física, la geografía, la religión, la jurisprudencia, y la medicina. Tal vez fuera ésta la razón que llevó al joven Kant a decidirse por la filosofía. O quizás influyó que el ambiente familiar favoreciera el estudio del latín y la religión sobre las matemáticas y las ciencias.

Cumplidos los treinta, Kant se convirtió en profesor universitario. Daría clases de metafísica durante más de cuarenta años:
«He tenido el destino de enamorarme de la metafísica, aunque no puedo halagarme de haber recibido favores de ella».
Pero, ¿qué es la metafísica?

Como curiosidad te diré que el término proviene de Andrónico de Rodas (siglo i a.C.), filósofo peripatético, quien al ordenar las obras de Aristóteles para su primera edición colocó los libros que trataban las cuestiones filosóficas justo detrás de los ocho tomos que el fundador del Liceo escribiera sobre física. De ahí el nombre, que significa realmente “aquello que en el estante está después de la física”. Nombre que también interpretamos como “aquello que está más allá de la physis, o más allá de la naturaleza”.

En resumen, la metafísica se ocupa de:
  1. La filosofía de la naturaleza (física);
  2. La realidad como un todo (meta, que significa más allá de).
La metafísica es la rama de la filosofía que estudia la cuestión del ser: Ser qua Ser. El ser en cuanto al ser. Para Aristóteles, la cuestión del ser dependía de la noción de sustancia, que permanece a través del tiempo y el cambio, y que no se puede dividir y volver a unir, ni quebrar para formar más de la misma clase.
 
Lamentablemente, los paseos con el profesor Kant no duran eternamente, así que tendremos que dejarlo por hoy. Pero nos lo volveremos a encontrar, necesariamente.



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