lunes, 16 de diciembre de 2013

Hijo de las lágrimas de su madre

Cuenta una leyenda medieval que un teólogo paseaba por la playa cuando se encontró con un hermoso niño dedicado a sacar agua del mar con un cubo para vaciarlo en un agujero que había hecho en la arena. Su pretensión consistía, según dijo, en vaciar toda el agua del mar en dicho hoyo. Cuando el hombre le dijo que eso era imposible, el pequeño le respondió que su pretensión de comprender el misterio de la Santísima Trinidad aún lo era más.

La tradición católica ha querido identificar a dicho teólogo con Agustín de Hipona (354-430) uno de los llamados padres de la Iglesia, quizás el más conocido de todos ellos.[1] Supongo que para reforzar esa imagen paternal, nos lo suelen representar como un hombre mayor, delgado, de barba larga y espesa. Lo visten de obispo con ropas que, sospecho, no se corresponden con las de su época ni con las de su región geográfica. Y se refieren a él como san Agustín.

Tal vez nos convenga recordar que todo padre fue antes un hijo de su madre y Agustín fue, según su propia confesión, el hijo de las lágrimas de la suya. Luego veremos por qué.

Dicen de Agustín que era un filósofo, pero ¿lo era?
«Habrá quien apresuradamente objete que el estudio de una obra espiritual no es trabajo de un filósofo, pero la objeción nos parece banal en cuanto depende de una concepción de la filosofía que excluye a priori una dimensión de la realidad que en el caso del hombre es esencial, a saber, su relación con lo Absoluto».
Así es como lo ve Jorge Olaechea, sacerdote sodálite, en su introducción a las 'Confesiones' de Agustín. Este religioso peruano recoge una frase del obispo de Hipona en la que decía:
«Piérdase todo y dejemos todas estas cosas vanas y vacías y démonos por entero a la sola investigación de la verdad». (Olaechea, Jorge: 'Interioridad y encuentro en las Confesiones de San Agustín'. Asociación Católica de Psicología (ACAP))
Pero, ¿qué clase de verdad era esa que Agustín nos proponía investigar? ¿Se trataba de una verdad filosófica? ¿Tenía algo que ver con nuestra búsqueda a bordo del Aletheia? ¿O se refería, más bien, a la verdad revelada?

La relación entre fe y razón ha sido un problema común a todos los pensadores cristianos desde que existe el cristianismo. Según Jeanne Hersch (1910-2000) se trata de una relación incómoda pues la razón no tolera que se la obligue a interrumpir sus interrogaciones y no reconoce ninguna autoridad externa a ella. La fe, por el contrario, privilegia el conocimiento obtenido por medio de la revelación sobre cualquier argumento racional. Quizás sea obvio explicar que la revelación es aquello que Dios nos ha dicho directamente. Y que a Dios no le puedes contradecir, aún cuando la razón esté de tu parte.

Explica Hersch que, en Agustín, la fe precede a la razón y al entendimiento: ¿Cómo interpretar la célebre frase credo, ut intelligam? No se trata de un “creo, aunque comprenda”, ni de un “creo pero quiero comprender”, sino más bien de un “creo para comprender”. Creer precede a comprender, la fe es antes que la razón, aunque en Agustín la fe también busque la comprensión: fides quaerens intellectum. (Hersch, 2010; 85)

Para Agustín y sus seguidores, la razón por sí sola no consigue alcanzar la verdad salvo que antes le sea dado el alimento de la fe. Más que ante un filósofo-teólogo estaríamos ante un teólogo-filósofo: Primero creo, después pienso. Y aquello que piense nunca podrá contradecir mis creencias.

El de Hipona retoma la fórmula antigua “creo porque es absurdo”. Para él, la lógica es esencialmente humana. Lo divino está más allá de lo humano y por eso no puede someterse a las reglas de la lógica. Aquello que es divino sólo puede ser pensado a través de las contradicciones, a través del absurdo.

Agustín es de los primeros pensadores occidentales que se enfrenta al problema del tiempo. Los humanos dividimos el tiempo en pasado, presente y futuro. Y, sin embargo, el tiempo pasado ya no está y el futuro aún no existe, mientras que el presente sería tan sólo un punto de intersección entre ambos. ¿Existe pues el tiempo? ¿No te recuerda todo ésto a la célebre aporía de Zenón sobre el arco y la flecha?

El tiempo es la materia de la historia y todos tenemos la nuestra. Agustín también la suya. Su madre sufría viendo como su vástago se descarriaba del camino de castidad por ella trazado. Sufría y rezaba sin parar mientras su hijo triunfaba en el mundo de la farándula al tiempo que se entregaba a todo tipo de vicios y pasiones carnales. Aunque, eso sí, sin dejar de interesarse por la filosofía, siendo influenciado por Marco Tullio Cicerón (106-43 a.C.) y sobre todo por Platón (427-347 a.C.), a través de los escritos del filósofo neoplatónico Plotino (205-270).

Por su abnegación, los católicos consideran que a Mónica de Hipona (332-387) le correspondería el título de “mujer cristiana” por antonomasia. Su perseverancia logró su objetivo. Finalmente, su hijo Agustín terminó por convertir su vida en toda una contradicción, ya que, al cumplir los 33 años, acabó con su naufragio y amarró el timón de la nave del cristianismo convirtiéndose en el “padre de la culpa” y, también, en el azote de los homosexuales. 

En la web de los cristianos gays se lamentan por ello:
«No hay como probar tú las cosas y prohibírselo a los demás… ¡Cuánto daño ha hecho esta manera de proceder, y encima diciendo que es la opinión de Dios! ¡Pensar en un Dios castigador, que le había castigado por sus sentimientos homosensibles, sí que es un pecado horroroso…!». http://www.cristianosgays.com/2011/09/17/agustin-de-hipona-un-santo-gay-o-como-salir-del-armario-y-querer-meter-a-los-demas/#sthash.AyDLojus.dpuf
Por otra parte, las autodenominadas “mujeres despechadas”, Caroline Selmes y Laura Torné, autoras del libro 'Muerte a los hombres que piensan', dedican un capítulo a san Agustín y lo concluyen con esta frase:
«Muerte a los filósofos que se pasaron a santos cansados de ser demonios».
Personalmente, dudo que fuera tan demonio antes, o de que dejara de serlo después.


[1] En mis tiempos de estudiante, la religión era obligatoria. Uno se aprendía, y luego olvidaba, la lista de los padres de la Iglesia. Los más importantes eran ocho, cuatro griegos y cuatro latinos. Los griegos fueron: Atanasio de Alejandría (296-373), Basilio el Grande (330-379), Gregorio Nacianceno (329-389) y Juan Crisóstomo (347-407), todos ellos santos y obispos respectivamente de Alejandría, Cesárea, Costantinopla y Antioquía. Mientras que los latinos incluyen a Ambrosio de Milán (340-397), Agustín de Hipona (354-430), Jerónimo de Estridón (340-420) y Gregorio Magno (540-604), todos ellos nombrados santos.

NOTA: Sobre san Agustín he escrito varias entradas en esta bitácora. Por orden de aparición, son las que siguen:
  1. 'Hijo de las lágrimas de su madre';
  2. 'Antes, después, ahora y siempre';
  3. 'Todo será para bien'

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