jueves, 12 de diciembre de 2013

Paseos por el inframundo

De niño escuché por primera vez la palabra “cancerbero” mientras radiaban un partido de fútbol. Aprendí que esa era una de las muchas maneras de nombrar al jugador que se pone bajo los palos y trata de evitar que el balón entre en la portería.

Mucho más tarde supe que debía leerla por separado: can Cerbero. Y que tenía relación con la mitología griega. Cerbero (Kérberos) era el perro guardián del inframundo de los muertos.

No era un perro cualquiera. Lo describen con tres cabezas, aunque a veces se ha dicho que eran cincuenta. Por cola tenía una serpiente. Cerbero era un monstruo implacable que pocos han conseguido burlar. Que yo sepa, Orfeo lo consiguió al dormirle con su lira. Y también Heracles logró dominarle o vencerle, según versiones.

Para entender a los antiguos griegos, su filosofía, su teatro, será preciso que conozcamos algo sobre sus creencias respecto a la muerte.

Lo primero será decir que los vivos colocaban un óbolo bajo la lengua, o sobre los párpados, de sus difuntos. Un óbolo es una pequeña moneda cuyo valor era la sexta parte de un dracma. No era mucho, pero ya te puedes imaginar las dificultades que los pobres, o quienes carecían de familiares o amigos, tendrían para entrar en los dominios de Hades.

El óbolo servía para que las sombras pagaran el pasaje a Caronte, el barquero que les transportaría a través del río Aqueronte, dicen unos, o de la laguna Estigia, dicen otros. Quienes no pagaban se quedaban en tierra a la espera de que Caronte accediera a llevarlos gratis, pero esto no ocurriría antes de pasados cien años.

Al otro lado del río les esperaba Cerbero, el can que franqueaba o defendía la entrada al Hades. Una vez dentro, las almas atraviesan los Campos de Asfódelos, una llanura donde crecen los gamones (asphodelus). Son acompañados por Hermes hasta el tribunal que juzgará la vida que han llevado. Tres eran los jueces: Minos, Eáco y Radamantis y tres los veredictos posibles:
  1. Las almas malvadas o impías irán a parar al Tártaros, un sitio infernal rodeado por un foso profundo donde fluye un río de fuego, el Flegetonte. Los cristianos suelen ver ese lugar como análogo a su infierno. Allí encontraremos personajes conocidos, como Sísifo, eternamente condenado a subir la piedra a lo alto de la montaña. Castigos inútiles y eternos que no dicen mucho a favor de unos dioses bastantes caprichosos, en mi opinión;
  2. Quienes tuvieron una vida virtuosa o heroica accederán a los Campos Elíseos. Se trata de la sección paradisíaca del Hades y es lo más parecido al cielo de los cristianos. Como aliciente, las almas pueden retornar al mundo de los vivos, si bien pocos lo harán. No muy lejos debe quedar la Isla de los Bienaventurados o el Jardín de las Hespéridas, destinos para aquellos que destacaron por encima de los demás, como Aquiles, por ejemplo. Los Elíseos son praderas libres de pecado, maldad y deseos terrenales, lo cual pinta bastante aburrido. ¿Te imaginas pasar así toda la eternidad?;
  3. Las almas de quienes no destacaron ni por su maldad ni por su bondad son devueltas a los Campos de Asfódelos, que es algo así como una zona neutra. Dicen que antes de eso las sombras bebían las aguas del río Lete, el del olvido, y en consecuencia perdían su identidad. Una condena por su mediocridad, supongo. Aunque este asunto bien podría estar relacionado con el reclutamiento militar. Se creía que aquellos que empuñaban las armas alcanzarían los Campos Elíseos de una manera segura mientras que los que optaban por una vida civil corrían el riesgo de acabar comiendo gamones para el resto de la eternidad.
No he encontrado un mapa fiable pero puedo afirmar que en la geografía del inframundo abundaban los ríos o lagos, no sé por qué. Al Aqueronte se le relaciona con la pena. Al Estigia con el odio. El río Cocito es el de los lamentos. El Lete es el del olvido. Y el Flegetonte es el río de lava o fuego que rodea el Tártaro.

Parece que éstos discurrían en círculos, o al menos eso se deduce al leer 'La divina comedia' de Dante Alighieri (1265-1321), una obra donde se expone la transición del pensamiento en la Edad Media (teocentrista) al renacentista (antropocentrista).

El teocentrismo coloca a Dios (teo, en latín) como centro del universo. En el antropocentrismo, dicho lugar lo ocupa el ser humano (anthropos). Para los medievales todo fue creado por Dios, es dirigido por Dios y no existe ninguna razón que pueda contradecir los deseos de Dios sobre la vida humana. Los renacentistas, en cambio, sitúan al ser humano como medida de todas las cosas, y son sus intereses morales y éticos los que deben prevalecer sobre cualquier otra cosa.

La 'Divina Comedia', por cierto, se estructura en tres partes: Infierno, Purgatorio y Paraíso. Se escribe en tercetos y se ordena siempre en función del número tres como evocación del equilibrio y la estabilidad del triángulo que, a su vez, simboliza la Santísima Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Los personajes principales también son tres: Dante, que personifica la humanidad; Beatriz, que representa la fe; y Virgilio, que interpreta el papel de la razón.

En esta bitácora también vimos como, siglos después, Hegel (1770-1831) impondría un ritmo tripartito a su obra, aunque distara mucho en sus intenciones de las que inspiraron al escritor renacentista. En aquella ocasión utilicé una viñeta con tres futbolistas, todos ellos con el dorsal tres a la espalda.

A todo ésto, algo debe tener el número tres que se me escapa.

De hecho, ¿cuántas cabezas tenía el can Cerbero? ¿Y cuántas tiene un cancerbero?

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