miércoles, 4 de diciembre de 2013

Sísifo, el héroe absurdo

 
Al final de 'Los surcos del azar' apareció un comentario de José Luis en el que contraponía el castigo de Sísifo con la idea de los surcos que abrimos en el mar.

He ido preguntando por ahí y casi nadie oyó hablar del tal Sísifo. Ni saben que se trata de un personaje de la mitología griega citado en la 'Odisea' de Homero, ni tampoco ha pasado por sus manos 'El mito de Sísifo' que Albert Camus (1913-1960) escribió en 1942, más o menos hacia la mitad de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). Bueno, quizás no sea tan importante. Ya me dirás.

La historia de Sísifo se resume en que engañó a los dioses con una estratagema para escapar de la muerte. Lo hizo conviniendo previamente con su mujer que al llegarle la hora ésta no ofreciera los ritos mortuorios por él. Así pudo quejarse a Hades de que tenía que volver al mundo de los vivos para vengarse de ella. Hades se lo concedió y nuestro héroe volvió pero con la intención de no regresar jamás al inframundo de los muertos. Tras varios años disfrutando de esa nueva vida, los dioses le obligaron a retornar por la fuerza y fue castigado a subir una roca hasta lo alto de una montaña que invariablemente caería cuesta abajo justo al llegar a la cima teniendo así que repetir el esfuerzo de subirla una y otra vez por toda la eternidad. Además, lo dejaron ciego.

En cierta manera, todos somos Sísifo. Todos buscamos la manera de engañar a la muerte y disfrutar de una vida larga y buena y por ello somos condenados a llevar una carga tan pesada como absurda, día tras día.

Para Camus se trata de una metáfora del esfuerzo inútil e incesante del ser humano. Él lo definía como la filosofía del absurdo.

Podemos imaginarnos el tiempo de la existencia humana con dos figuras geométricas contrapuestas:
  1. Por un lado, la línea recta. Ésta se relaciona con las metáforas del camino y las estelas en la mar que trazamos como caminantes o como navegantes. Son recorridos que normalmente hacemos pensando que hay un final como antes hubo un principio. Si bien la línea recta es una construcción geométrica que se prolonga al infinito: no tiene principio ni fin. De tenerlo sería un segmento, no una recta;
  2. Y luego está el círculo. La metáfora de Sísifo se construye de manera circular. El final coincide con el principio. El momento destacado por Camus es cuando el héroe absurdo contempla cómo su esfuerzo ha sido en vano y que tiene que volver a comenzar una y otra vez, en un eterno retorno.
A los occidentales nos resulta más familiar la idea de que nuestra vida transcurre por una línea recta. Solemos dibujar una línea de tiempo o timeline para representar un periodo histórico o la vida de una persona. Y tal vez por eso más de un filósofo ha propuesto que la historia tendría una finalidad. Recuerda aquellos cafés con Hegel, cuando nos decía que la historia progresa hacia un final, aprendiendo de sus propios errores.

Pero antes del discurso lógico, antes del logos de los antiguos griegos, toda la humanidad se regía por alguna forma de discurso mítico. Y este tipo de relatos son circulares.

Es más, el mito del eterno retorno está mucho más extendido de lo que los occidentales solemos pensar. Según esta forma de concebir el espacio y el tiempo lo que hay es una repetición del mundo en donde éste se extingue para volver a crearse. El mundo es vuelto a su origen por medio de la conflagración, donde todo arde en fuego. El origen pagano de las Fallas de mi Valencia natal sería un buen ejemplo de lo que queda de ésto. Una vez quemado, todo se reconstruye para que los mismos actos ocurran una vez más en él, en el mismo orden, tal cual ocurrieron, sin ninguna posibilidad de variación.

El caso es que vivimos en un “eterno retorno” que nos encadena al absurdo. Podemos entender la vida como una serie de repeticiones inútiles, carentes de sentido, que realizamos por seguir la costumbre, la tradición o por inercia, y no por que sean coherentes y lógicas.

El absurdismo es escéptico ante el intento de organizar la vida según unos principios universales de la existencia humana. Y se opone a toda ideología que proponga una finalidad de la historia. Es más, señala que tales ideologías pueden llegar a ser terriblemente destructivas.

Sea la vida una línea o un círculo, ¿vale o no la pena ser vivida? Para Camus, ésta es la cuestión fundamental de la filosofía. Basamos nuestra vida en la esperanza de un mañana, aún cuando el mañana nos acerca más al momento de nuestra muerte. Si la vida carece de sentido, si es absurda la existencia, ¿deberíamos pues considerar el suicidio como una opción?

El absurdo es una creación humana, nos dice Camus. No está ni en el cosmos ni en la naturaleza humana, sino que aparece cuando tratamos de encontrar un significado absoluto y de unidad a un mundo que se muestra irreductible a ser explicado por la razón. El suicido debe ser rechazado, concluye Camus. Debemos aceptar la contradicción entre la razón y sus límites. Debemos confrontar el absurdo. Con rebeldía, con libertad, con pasión.

De hecho, en otra de sus obras, en 'El hombre rebelde' (1951), Camus trataba sobre cómo y por qué a lo largo de la historia el hombre se levanta contra el Dios o el Amo.

Cierro esta entrada con la misma cita de Píndaro con la que el filósofo francés abría su ensayo sobre Sísifo:
«No te afanes, alma mía, por una vida inmortal, pero agota el ámbito de lo posible».


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