domingo, 22 de diciembre de 2013

Todo será para bien

 
Cuentan que en cierta ocasión, Cándido, el doctor Pangloss y Santiago el anabaptista, navegaban cerca de Lisboa cuando un terrible maremoto sacudió la nave de tal modo que Santiago cayó por la borda. Justo a continuación, el doctor impidió que Cándido se lanzara al mar para salvarlo. Pangloss adujo que la bahía de Lisboa había sido creada expresamente para que su compañero se ahogara en ella. E insistía:
«Todo será para bien».
Este relato resume un pasaje del 'Candide' (1759) de Voltaire (1694-1778) donde el doctor Pangloss viene a ser una caricatura del célebre filósofo de Hannover, el racionalista Gottfried Wilhelm von Leibniz (1646-1716) quien llegó a afirmar que:
«Vivimos en el mejor de los mundos posibles».
El alemán escribió su 'Ensayo de Teodicea. Acerca de la bondad de Dios, la libertad del hombre y el origen del mal' en 1710. La teodicea, o teología natural, tiene por objetivo la demostración racional de la existencia de Dios mediante la razón, así como la descripción de su naturaleza y atributos.

Para Leibnitz, nuestro mundo tiene que ser el mejor y más equilibrado de los mundos posibles, ya que fue creado por un Dios perfecto.

Un Dios perfecto que crea el mejor de los mundos posibles nos enfrenta a la paradoja del mal.

¿De dónde procede el mal? ¿Lo creó Dios?

Ésta era la pregunta que dejamos en suspenso cuando planteamos el problema del tiempo en 'Antes, después, ahora y siempre'. Si antes era la nada, ¿cuándo aparece el mal?

Empecemos por el principio: por el principio de los tiempos.

Los partidarios de la creatio ex nihilo (la creación a partir de la nada) sostienen que Dios ya estaba allí, en la nada, lo cual es bastante contradictorio. Es más, afirman que siempre estuvo allí, puesto que es eterno.

Si la Creación es producto de Dios, todo lo que existe es, por tanto, una criatura de Dios. El problema es que también existe el mal y, en buena lógica, tendría que haber sido creado por él, ¿o no?

Pues va a ser que no. Según argumenta Agustín de Hipona (354-430):
«El mal es, en cierto modo, el signo del carácter “creado” de la criatura, que, en cuanto creada, no puede tener la plenitud divina». (Hersch, 2010; 93)
El mal es una carencia que tenemos por ser seres creados. De hecho, solemos ponernos de acuerdo en que nadie es perfecto.

Recuerda que, tal como vimos en el 'Hijo de las lágrimas de su madre', el de Hipona bebe en el neoplatonismo. Según Platón (427-347 a.C.), el mal es aquello en lo que no participa de ninguna manera la idea del bien. Y siendo que el filósofo de Atenas entendía que las ideas son perfectas y positivas, todo lo malo será exclusivo del mundo sensible, esto es, del mundo de las cosas y los seres, que es el que percibimos a través de nuestros sentidos.

En la teodicea agustiniana, el mundo de las ideas es Dios. Pero mientras que los neoplatónicos recurrían a la figura de un semidiós, el demiurgo, para explicar la creación del mundo, el de Agustín será un Dios, creador único, perfecto, omnipotente, omnisciente, omnibenevolente y omnipresente que, aún así, no será responsable del mal o del sufrimiento.

A Dios lo tenemos en todas partes. Ve y oye todo lo que hacemos o decimos. Lo sabe todo. Todo lo puede. Con todos esos poderes en su haber, podría evitar el mal, pero no lo hace. A pesar de su bondad infinita, permanece quieto, como si no oyera, viera o supiera. Como si no pudiera o quisiera. Como si no existiera.

Para Agustín, la entrada del mal en el mundo empieza con la Caída: el momento en que Adán y Eva son castigados con la expulsión del Paraíso tras caer en el pecado original. Una culpa que heredamos en el momento de nacer. Somos pecadores por el hecho de haber nacido. Sólo podemos salvarnos tras limpiar esa mancha a través de una vida de obediencia a las leyes divinas que, no por casualidad, son interpretadas en exclusiva por la autoridad de la Iglesia.

Y, ¿en qué consiste el pecado original?

Según el mito biblíco, en el Jardín del Edén había una prohibición divina: la de no comer la fruta del árbol del conocimiento. La primera mujer fue tentada por el demonio, disfrazado de serpiente, y tanto ella como él acabaron por comer el fruto prohibido.

La curiosidad, esa maldita pasión del ser humano por conocerlo todo, por experimentarlo todo, está en el origen del mal. No ha de extrañarnos pues que Agustín nos previniese contra ella. Pero, entonces:

¿Era Agustín realmente un filósofo o no lo era?


NOTA: Sobre san Agustín he escrito varias entradas en esta bitácora. Por orden de aparición, son las que siguen:
  1. 'Hijo de las lágrimas de su madre';
  2. 'Antes, después, ahora y siempre';
  3. 'Todo será para bien'

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