viernes, 31 de enero de 2014

Naufragio en el Paraíso

La curiosidad me lleva a preguntarte si deberíamos añorar ese 'Paraíso perdido' del que hablan los versos de John Milton (1608-1674) o, por el contrario, si sería mejor alejarse de él ¿Fueron nuestros (presuntos) primeros padres expulsados del Paraíso o, más bien, huyeron de allí?

Porque, al fin y al cabo, ¿qué demonios sabemos del Paraíso?

Los que tenemos más edad solemos caer en el error de pensar que los más jóvenes conocéis los mismos episodios de la Historia Sagrada que a nosotros nos obligaron a aprender en el colegio. Así que, por si acaso, te resumo lo que allí ocurrió, según mi propia versión del relato del 'Génesis'.
Vivía Adán en el Jardín del Edén, también llamado Paraíso, junto a los animales, los ríos y las plantas. Todo muy bonito. En el 'Génesis' no se nos explica, sin embargo, si leones, tigres o hienas, representaban o no un peligro para este presunto primer hombre que, además, andaba sólo, desnudo y desarmado. Bueno, andaba solo hasta que sus quejas fueron atendidas por el Creador que consintió en reparar su olvido añadiendo una hembra en el jardín, y de ese modo evitar el tedio del primero. A Eva la creó a partir de una costilla de Adán, lo cual no significa que sus (presuntos) descendientes varones nazcamos con una costilla de menos. De si Eva se aburría o no, nada se nos dice.
En el Paraíso todo estaba a disposición de la pareja escogida. Sólo había una prohibición: no les era permitido comer del árbol del conocimiento del bien y del mal. De ello cabe deducir que, en el principio, los humanos eran unos ignorantes totales. También se deduce que así es como los quería Dios.
No tardó mucho en aparecer el demonio [1] que, disfrazado de serpiente, tentó a la mujer para que probara la fruta del conocimiento, cosa que hizo. Luego, ella invitó a su pareja, que también comió.
Fue entonces cuando Dios montó en cólera y castigó a estos dos desobedientes a padecer la mortalidad, además de maldecirlos con el trabajo:
«Comerás el pan con el sudor de tu frente».
Y así, hasta hoy. Nos aseguran de él que era muy bondadoso, así que imagínate si llega a ser malvado.

Dirás que no es más que una fábula, pero durante siglos se ha tenido por una verdad de esas que era peligroso negar.

Esta ofensa primigenia al Creador recibe el nombre de “pecado original”. Y a este episodio sagrado, se le denomina como “la Caída”.

Para san Agustín (354-430) es obvio que nacemos con la mancha del Pecado Original y sostiene que sólo el Bautismo nos libra de ella. Por eso niños y niñas, tienen que ser bautizados apenas nacen. Hubo pues que buscar una explicación, harto complicada por cierto, para el destino de aquellos que morían sin haber recibido la gracia de este sacramento: el limbo. De quienes allí iban no se sabía si quedaban más cerca del infierno que del cielo, o viceversa. Ello provocaba un evidente desasosiego en los padres y familiares de la criatura fallecida que creían en la salvación y en la vida eterna.

El limbo impregnó la cultura cristiana desde las ocurrencias de san Agustín hasta el año 2007, cuando el Vaticano emitió un documento negando que eso del limbo fuera una verdad dogmática, y la rebajaba al rango de una hipótesis teológica. Estamos hablando de un retraso de mil quinientos años. Los teólogos se toman las cosas con calma.

Sobre el papel nefasto que la curiosidad tuvo en el origen del pecado, otro teólogo, el cardenal Newman se pronunció de esta manera:
«La curiosidad nos mueve extrañamente a la desobediencia, con el fin de lograr experiencia en el gusto de desobedecer. [...] Nos metemos así, de diversas maneras en lo prohibido: leyendo lo que no debemos leer, oyendo lo que no debemos oír, viendo lo que no debemos ver, yendo a lugares a donde no debemos ir, razonando con presunción y discutiendo cuando deberíamos prestar fe; actuando, en fin, como si fuéramos nuestros propios señores, cuando lo nuestro es obedecer». (Newman, John Henry: 'La curiosidad, una tentación para el pecado'. En catolicidad.com 17/05/2011)
Contundentes argumentos que parecen más propios de la etapa más oscura de la Edad Media, o de la más brillante del Renacimiento, cuando se dieron cita los horrores de las guerras de religión junto a las torturas y asesinatos de la Santa Inquisición. Y, sin embargo, no es el caso.

El inglés John Henry Newman (1801-1890) es una figura de mitades del siglo xix. Sus ideas fundamentalistas recibirían el respaldo ideológico de nuestros dos papas más recientes y también los más reaccionarios. Ambos iniciaron un proceso que concluyó con su beatificación en 2010. No en vano, tanto para Karol Wojtyla (1920-2005) como para Joseph Ratzinger (1927), el pecado original sigue siendo uno de los aspectos claves que sostienen la fe en el cristianismo, de la manera en que ellos lo entienden.

Volviendo a la pregunta inicial, uno diría que cualquier ser humano desearía llegar a disfrutar del Paraíso. Pero, en serio, ¿vale la pena? Quiero decir que nadie nos garantiza que todo siga igual por allí, como cuando Adán y Eva lo dejaron.

Podría darse el caso de que aquella estúpida norma que prohíbe adquirir conocimiento del árbol de la sabiduría siguiera vigente. ¿Te imaginas una existencia sin acceso al conocimiento? ¿Donde la curiosidad fuera un pecado? ¿Donde nos expulsaran por ser filósofos?

Tal vez, nuestros (presuntos) primeros padres huyeron del Paraíso sin ni siquiera esperar a ser expulsados.

No es que te esté invitando a que así lo creas. No se trata de un dogma, sino tan sólo de una hipótesis teológica. Tú también puedes lanzar la tuya. Pero ten bien presente que si ellos, Adán y Eva, no hubieran probado de aquél fruto, ahora mismo ni tú ni yo tendríamos conocimiento alguno. No estaríamos aquí, dialogando en esta bitácora. Y no tendría sentido que navegáramos a bordo del Aletheia. El horizonte no nos diría nada. Las estrellas tampoco.

Y eso sí que sería aburrido, ¿no te parece?



[1] La semana que viene hablaremos del demonio.

lunes, 27 de enero de 2014

Demostración de la existencia de Dios

 
Ya te habrás percatado que el rumbo del Aletheia resulta bastante errático. Nuestras escalas dependen de los vientos caprichosos que tan pronto nos acercan a Atenas, como nos alejan de Livorno, nos traen hasta Burdeos, nos devuelven a Königsberg o nos empujan hacia Londres. A bordo del Aletheia nos burlarnos también de los ejes cronológicos pues unas veces avanzamos en el tiempo para luego retroceder, o viceversa. Y eso cuando no nos da por navegar en círculos. Ya lo advertimos al subir a bordo, de todas formas.

Hace poco pusimos rumbo a Utopia, ¿recuerdas? No encontramos ninguna isla con ese nombre, pero el viaje resultó interesante. Algo parecido nos ocurrirá con el que emprendemos ahora. La isla de Gaunilo, un monje benedictino que vivió en el siglo xi, será todavía más grande y más perfecta que la que imaginó Tomás Moro (1478-1535) a comienzos del xvi. De ella hablaremos luego.

Entre ambos personajes transcurren casi cinco siglos. Y siendo Gaunilo anterior a Moro, nos toca, una vez más, retroceder en el tiempo, justo al comienzo de la Baja Edad Media, cuando se elevaban las catedrales y los primeros hombres comenzaban a pisar el paraninfo de las universidades recién creadas.

Para entender a Gaunilo de Marmoutiers, antes tendremos que conocer lo que su contemporáneo Anselmo de Canterbury (1033-1109) quiso decirnos con su argumento ontológico, que explicaré en breve.

De Anselmo conviene anticipar que se trata de un personaje bastante importante. Murió siendo el arzobispo de Canterbury pero no era inglés, sino italiano, ya que nació en el valle de Aosta.

Su postura filosófica respecto a “la disputa de los universales” sería la de un realismo exagerado, según el cual, las cosas percibidas por los sentidos son lo que parecen ser. La postura del benedictino sigue la línea del pensamiento agustiniano que, como ya sabes, bebe en el neoplatonismo.

Observa, no obstante, que san Anselmo es muy posterior al propio san Agustín (354-430) que vivió antes del comienzo de la Edad Media. De Anselmo se nos ha dicho también que anticipó en un siglo la escolástica que luego desarrollaría santo Tomás de Aquino (1225-1274). En cualquier caso, toma nota de que todos éstos hombres fueron posteriormente canonizados, es decir que los hicieron santos, y que los tres serán, además, considerados como doctores de la Iglesia.

 

El argumento ontológico

Ya sea motu proprio o a requerimiento de sus colegas, el caso es que Anselmo de Canterbury quiso probar la existencia de Dios, esto es, empleando únicamente la razón. ¿Para convencer a los incrédulos o para dar argumentos a los religiosos? Más bien me parece lo segundo.

La prueba ontológica se resume así:
«Dios es perfecto: la perfección implica existencia».
Anselmo argumentaba que si Dios fuese perfecto pero no existiera, nos sería dado concebir a otro ser tan perfecto como él que además existiría.

Vale, ¿qué pasa? ¿Lo he resumido demasiado? A ver, déjame que busque. Anselmo, Anselmo, aquí está lo que él decía:
«Así, pues, ¡oh Señor!, Tú que das inteligencia a la fe, concédeme, cuanto conozcas que me sea conveniente, entender que existes, como lo creemos, y que eres lo que creemos. Ciertamente, creemos que Tú eres algo mayor que lo cual nada puede ser pensado.
Se trata de saber si existe una naturaleza que sea tal, porque el insensato ha dicho en su corazón: no hay Dios.
Pero cuando me oye decir que hay algo por encima de lo cual no se puede pensar nada mayor, este mismo insensato entiende lo que digo; lo que entiende está en su entendimiento, incluso aunque no crea que aquello existe». (Nieto Blanco, Carlos: 'Lecturas de historia de la filosofía'. Universidad de Cantabria. Santander, 2000; 133)
El insensato al que se refiere podrías ser tú mismo o tal vez yo, o cualquiera que no creyese las cosas en las que él creía. Y no se a ti, pero a mí me molesta un poco que hablen de mí a mis espaldas, aunque sea con Dios. Claro que no puedo hacer nada por evitarlo.

 

La isla de Gaunilo

De Gaunilo apenas sabemos nada, salvo que era un monje, también benedictino, que andaba por allí y que se opuso al argumento ontológico esgrimido por Anselmo.

Gaunilo invitó a sus lectores a imaginar una isla que fuera la mayor y la más perfecta que se nos ocurriera. Una isla que probablemente no exista.

Pero si seguimos la argumentación propuesta por Anselmo, al imaginarla no estaríamos concibiendo la isla mayor y más perfecta posible, sino que esta isla existiría en la realidad con todos los atributos de perfección y grandeza que nos sea posible imaginar.

Sabemos, no obstante, que la isla no aparece ni en nuestras cartas de navegación, ni en nuestros atlas, ni en nuestro mundo. Según Gaunilo, el argumento de la isla perfecta es tan absurdo como lo es el de Anselmo.

 

El asombro de Watson

La filósofa Jeanne Hersch (1910-2000) le dedicó un capítulo a Anselmo en su libro 'El gran asombro'. Me imagino que ella misma sentiría cierto asombro por las ideas del santo, o simplemente quería rendir homenaje a una forma de pensar que tuvo gran repercusión en la época en que se escribió. De Gaunilo, sin embargo, ni una palabra.

En cambio, el asombro de Peter Watson (1943) se produce con la respuesta que Anselmo dio a Gaunilo. No tanto por la respuesta en sí, pues el santo no resuelve sino que empeora la falacia por petición de principio, al enredarse en nuevos argumentos circulares donde las premisas se basan en las conclusiones.

Según Watson:
«Lo interesante de este intercambio, sin embargo, es que Anselmo, una destacada figura en comparación con el monje, publicó la respuesta de Gaunilo junto a su propia réplica. El debate daba por hecho que era posible hablar acerca de Dios en téminos “razonables”, que Dios podía ser estudiado como cualquier otra cosa y que el rango no tenía ninguna relación con la autoridad. Esto era algo nuevo». (Watson, 2009; 579)
Tal como él dice, lo verdaderamente sorprendente (y novedoso) es que una autoridad como Anselmo se dignara en responder, y por escrito, a un insignifante monje que disfrutaba de sus escasos quince minutos de gloria. Con este acto se retoma el debate que había quedado suspendido durante toda la Alta Edad Media. Se empezaba a recuperar el ágora. Se vislumbraba la luz al final del túnel de la edad oscura.

En cierto modo, podemos afirmar que, en contra de las apariencias, el Renacimiento fue una época aún más “oscura” que la Baja Edad Media, pues supuso la reacción por parte del poder absoluto de los reyes y del clero contra la libertad del pensamiento que emergía en las universidades. La época de Maquiavelo, Moro y La Boétie será también la época en la que dan comienzo las guerras de religión.

Guerras que, sin embargo, no resolvieron la cuestión fundamental, pues aún seguimos a la espera de que alguien se suba a la tarima y nos demuestre la existencia de Dios.

sábado, 25 de enero de 2014

El discurso de la Boétie

 
Los jóvenes del Movimiento 15-M, y los no tan jóvenes, podrían muy bien inspirarse, y de hecho creo que ya lo hacen, en el 'Discours de la servitude volontaire ou le Contr'un' (Discurso sobre la servidumbre voluntaria o el Contra uno), que se publicó en 1576, trece años después de la muerte de su autor.

El discurso de la servidumbre voluntaria lo escribió Étienne de La Boétie (1530-1563) cuando apenas contaba 18 años de edad. De sus obras poco más sabemos. Se ve que tampoco le dio tiempo a escribir muchas más cosas ya que murió joven, al cumplir los 33, como consecuencia de la peste.

Desde 1553 trabajó como consejero del parlamento de Burdeos. Sus tres últimos años de vida los dedicó a intentar la paz entre católicos y protestantes, acompañando al veterano político Michel de l'Hôpital (1505-1573). Tales esfuerzos sin duda hacían falta como lo demuestra el hecho de que lo peor estaba aún por llegar. Me refiero a la matanza de hugonotes ocurrida en 1572, y a la que ya nos referimos al hablar de 'los papas de la era maquiavélica'.

En su 'Discurso', es bastante evidente que la Boétie ataca el poder absoluto del rey, que desde 1536 era Enrique II de Francia (1519-1559). Como vimos, este monarca contraería matrimonio con Catalina de Médici (1519-1589) quien, finalmente, sería la protagonista de la matanza de la Noche de San Bartolomé, a la que nos referíamos en el párrafo anterior.

Dice la Boétie:
«Por el momento, querría solamente comprender cómo puede ser que tantos hombres, burgos, ciudades y naciones soporten a veces a un único tirano que no tiene más poder que el que ellos le dan, que sólo puede perjudicarles porque ellos lo aguantan, que no podría hacerles ningún mal si no prefiriesen sufrirle a contradecirle». (Las negritas son mías).
Después de nuestra conversación con Maquiavelo (1469-1527) en 'Algo más que contarnos batallitas', el bordelés, nacido apenas tres años después de la muerte del florentino, nos sorprenderá al rechazar la violencia como medio para alcanzar el fin de que el pueblo se libere de su tirano.

Lo que la Boétie propone es algo totalmente distinto:
«No obstante, a tal tirano único no es preciso combatirle ni abatirle. Se descompondría por sí mismo, a condición de que el país no consienta en servirle. No se trata de quitarle nada, sino de no darle nada. No sería necesario que el país haga nada por sí mismo, a condición de no hacer nada en su propia contra. Son pues los pueblos los que se dejan, o, mejor dicho, se hacen maltratar, ya que para librarse de ello bastaría con que dejasen de servir».
¿Utópico o maquiavélico? En mi opinión, la Boétie es más maquiavélico que utópico en el sentido de que habla de un mundo real y no de un mundo deseado. Tampoco se limita a analizar lo que ocurre, sino que nos dice cuál es la manera de actuar para mejorar esa situación.
«Y, sin embargo, ese amo sólo tiene dos ojos, dos manos, un cuerpo, nada que no tenga el último de los habitantes de nuestras ciudades. Él sólo tiene de más aquello que vosotros le dais para que os destruya.¿De dónde saca todos esos ojos que os espían, sino de vosotros mismos? ¿Cómo tendría todas esas manos que os golpean, si no os las tomase en préstamo? Los pies con que pisotea vuestras ciudades, ¿no son vuestros? ¿Qué poder tiene sobre vosotros, salvo a vosotros mismos? ¿Cómo se atrevería a agrediros si no fuese porque lo hace de acuerdo con vosotros? ¿Qué mal podría haceros si no fuéseis los encubridores del ladrón que os roba, los cómplices del asesino que os mata, los traidores de vosotros mismos?».
Del discurso de la Boétie se ha dicho que viene a ser como un precedente del anarquismo:
«Tomad la resolución de no servir y seréis libres. No os pido que le empujéis y le hagáis tambalear, sino sólo que no le sostengáis. Entonces veríais como un gran coloso, al que se le ha roto su base, se derrumba por su propio peso y se destruye».
También puede interpretarse que está anticipando el liberalismo, dado que el tirano se identifica aquí con el estado y lo que se ensalza es la libertad por encima de todo. Sin embargo, en el párrafo que sigue verás cómo insiste en que todos somos iguales, o hermanos. Es decir, que la Boétie se adelanta también a los lemas de la Revolución de 1789: liberté, egalité, fraternité:
«Lo que es claro y evidente, de manera que nadie puede ignorarlo, es que la naturaleza, ministro de Dios, gobernante de los hombres, en cierto modo nos ha creado y vertido en el mismo molde, para mostrarnos que todos somos iguales o, mejor dicho, hermanos. Y si en la distribución que ha hecho de sus dones ha otorgado ciertas ventajas corporales o espirituales a algunos, no por ello ha querido colocarnos en este mundo como si nos encontrásemos en un campo de batalla, ni ha enviado aquí a los más fuertes o diestros para que actúen como bandoleros armados ocultos en un bosque para maltratar a los más débiles».
¿Y qué nos pasa hoy? ¿Al glorificar la libre competencia, no estamos diseñando un campo de batalla? ¿Acaso el mercado libre no maltrata a los ciudadanos, especialmente a los más débiles? ¿No es cierto que las grandes empresas actúan como bandoleros gracias a la complicidad de los gobiernos liberales?

En cuanto a la anarquía, ya sabes que tiene muy mala prensa en nuestra sociedad dominada por las grandes fortunas. Los medios de comunicación a su servicio identifican la anarquía con el caos.

Repara, no obstante, en esta frase que aparece en la novela gráfica de 'V de Vendetta':
«Anarquía significa “sin líderes”, no “sin orden”». (Moore, Alan; Lloyd, David: 'V de Vendetta'. Libro 3: «La Tierra de Haz Lo Que Quieras» Capítulo II: «Vervirrung». Entre 1981 y 1988)
En 'Rumbo a Utopia' vimos que Tomás Moro (1478-1535) nos dibujaba un mundo pacífico e ideal (y católico) donde no existía la propiedad privada y funcionaba el voto popular. Pero el inglés no ofrecía una hoja de ruta para llegar hasta él. Por otra parte, las preferencias de Maquiavelo se resolvían a favor de la república, según lo que vimos en 'El príncipe o la república'. El florentino estaba a favor de la propiedad privada, pero en un sistema que privilegiara el servicio público sobre los medios privados. Finalmente, la Boétie propone una sociedad sin líderes, regida por los principios de libertad, igualdad y fraternidad.

¿Utópico o maquiavélico?

jueves, 23 de enero de 2014

Algo más que contarnos batallitas

 
Hablar de la guerra con Nicolás Maquiavelo (1469-1527) es algo más que contarnos batallitas. Como sabes, el florentino escribió 'Dell'arte della guerra' (Del arte de la guerra) en 1520. Además de dar sus recomendaciones en cuanto a cómo prepararse para hacer la guerra y de cuándo es mejor hacerla y cuando evitarla, este libro nos explica por qué las guerras serán justas siempre y cuando éstas sean necesarias. Que lleguen a ser necesarias o no, es el soberano quien lo decide, por lo que la guerra, para Maquiavelo, será siempre una cuestión de estado. Lo que no hace es definirla.

¿Qué es una guerra?

Quizás la definición más acertada sea la que da Gaston Bouthoul (1896-1980), el fundador de la polemología, esto es, la ciencia que estudia la guerra.
«La guerra es la lucha armada y sangrienta entre dos grupos organizados».
Bouthoul parece coincidir con Maquiavelo en asociar la lógica de las armas como algo consustancial al género humano. El florentino decía que:
«Es ilógico suponer que un hombre armado obedecerá a uno inerme, o que uno inerme puede permanecer seguro si sus siervos están armados». (Curry, 2006; 64)
Considerar a los demás como enemigos potenciales parece harto prudente desde el momento en que constatamos que las guerras existen.

A nuestro alrededor vemos monumentos, estatuas, o pinturas, que representan a los héroes o las hazañas bélicas. Oímos marchas militares e himnos nacionales que las invocan. Nombramos las avenidas o plazas con los nombres de nuestros generales o nuestras victorias. Gran cantidad de películas, libros, cómics, etc. versan sobre la violencia y la guerra. Los niños recrean la guerra y sus papás les regalan pistolas, espadas, o videojuegos donde pueden matar o ser matados una y otra vez.

Pero, ¿las guerras han existido siempre?

En un artículo de la revista 'Historia' de la National Geographic, Manuel Molina escribía lo siguiente:
«Hace 4.500 años, las ciudades sumerias de Lagash y Umma se enfrentaron en una guerra que duró más de un siglo, la primera de la que tenemos testimonios escritos». (Molina, Manuel: 'Sumer, la primera guerra de la historia'. CSIC, Historia National Geographic nº103, julio de 2012)
El desarrollo de las armas parece estar muy relacionado con el mismo origen de la guerra. Se nos dice que allá por el año 12000 a.C. es cuando aparecen el arco, la maza y la honda. El hecho de poder lanzar un ataque a cierta distancia supondría una ventaja sobre la incertidumbre que se asocia al combate cuerpo a cuerpo. Apenas se han encontrado restos humanos de esta época que presenten huellas de haber sido heridos como consecuencia de un enfrentamiento armado. Se habla pues de que las guerras comienzan a aparecer hacia el año 4000 a.C., no antes.

El asombro viene ahora: los homo sapiens existen como especie desde hace 260.000 años. Y si consideramos los homo sapiens arcaicos, nos vamos a los 600.000 años de antigüedad. En otras palabras, los humanos habríamos estado en el planeta durante más de doscientos mil años sin conocer la guerra. ¿Es posible eso?

El antropólogo estadounidense, Lawrence H. Keeley se opone a esta idea denunciando que la tendencia que existe en la academia a creer lo que él llama “el mito del salvaje pacífico”. En su libro 'War before civilization' (Guerra antes de la civilización) defiende que hubo guerras en la prehistoria. El dato que aporta, no obstante, es de hace 5.000 años, por lo que apenas contradice mi argumento anterior.

Aún así, persiste la duda: ¿hemos nacido para matarnos o estamos diseñados para colaborar los unos con los otros? Más adelante retomaremos esta cuestión cuando enfrentemos la teoría de Thomas Hobbes (1588-1679) con la de Jean-Jacques Rousseau (1712-1778). Y desarrollaremos también los argumentos de Keeley.

Pero ahora lo que me interesa es resaltar el papel que la historiografía ha tenido en la construcción del conocimiento que tenemos sobre la guerra. Reparemos en que desde que los humanos escriben su historia, son las batallas, las guerras, los guerreros, los héroes, los jefes y los reyes que acaparan toda la atención. Sólo recientemente, los historiadores comenzaron a ocuparse de la vida cotidiana de los humanos. ¿Qué hacían cuando no guerreaban? ¿Qué comían? ¿Cómo se vestían? ¿A qué se dedicaban? ¿En qué creían? ¿Qué pensaban? ¿Qué temían? ¿De qué se reían? ¿Cómo se organizaban? ¿Qué leían? ¿Qué sabían? Las historias de la ciencia, del arte, de la familia, de los medios de producción, del transporte, de la cultura, del pensamiento, etcétera, nos hablan de las cosas a las que los humanos nos hemos dedicado sin necesidad de recurrir a la violencia.

Ante este giro historiógrafico, algunos historiadores militares, como Victor Davis Hanson (1953), reivindican su lugar en la universidad. Los griegos clásicos, según él, no sólo filosofaban, sino que hacían la guerra. Algunos incluso empuñaron las armas. En las citas que preceden al texto de su libro 'Guerra. El origen de todo' (2011) nos da pistas de sus motivaciones a la hora de escribirlo. La primera es de Heráclito (535-484 a.C.), el oscuro de Éfeso, y dice así:
«La guerra es la madre de todo, la reina de todo».
La segunda es una dedicatoria suya:
«A los soldados del ejército estadounidense, por todo lo que hacen».
¿Por “todo” lo que hacen?

Veo que Maquiavelo se lleva las manos a la cabeza. Él decía que más valía ser temido que amado, pero que había que evitar a toda costa llegar a ser odiado. Justificar todos los abusos que cometen los soldados imperiales es muy irresponsable.

Y peligroso.


domingo, 19 de enero de 2014

Rumbo a Utopia

Es agradable conversar con Nicolás Maquiavelo (1469-1527), pero nosotros somos navegantes y no podemos permanecer mucho tiempo sobre tierra firme, aunque esa tierra sea la Florencia del Renacimiento. Volvemos pues a bordo de nuestro Aletheia y ponemos rumbo a Utopia.

Utopia es el nombre de una isla que ha de hallarse en algún lugar del Océano Atlántico, según sabemos por los relatos del explorador Raphael Hythlodaeus.

Ocurre, sin embargo, que se trata de una ficción. No existe dicho lugar. De hecho, Utopia sería traducida al castellano por Francisco de Quevedo (1580-1654) como un “no-lugar”, que es lo que en griego significa outopia. Otros, en cambio, han preferido leerlo como eutopia, que significa “lugar bueno”. Fíjate, que en ambos casos, el sufijo topos significa “lugar”.

Tampoco existió el tal Hythlodaeus. Se trata de un personaje imaginario que descubre un mundo imaginario. Ambos, el personaje y el lugar, son producto de la imaginación del inglés Tomás Moro (1478-1535), autor del 'Libellus vere aureus, nec minus salutaris quam festivus, de optimo rei publicae statu deque nova insula Utopia' (Libro del estado ideal de una república en la nueva isla de Utopia).

Al contrario de lo que vimos en Maquiavelo, el propósito de Moro será el de presentarnos la posibilidad de un mundo perfecto.

Del nombre que inventa para designar ese sitio, Utopia, deriva la palabra “utopía” (con acento en la i) que hoy usamos para definir cualquier representación de un mundo idealizado que se presente como alternativo al mundo realmente existente, mediante una crítica de éste. Recordemos que Maquiavelo nos mostraba el mundo tal como es. Moro, en cambio, nos dirá como el mundo debería ser.

Actualmente, decimos que algo es utópico cuando lo consideramos irrealizable, imposible de llevar a cabo. En cierta manera, el sentido peyorativo se impone aquí. Sugerir utopías vendrá a ser lo mismo que decir tonterías. Debemos guardarnos, pues, de quienes quieren cambiar el mundo. Debemos aceptar el mundo tal como está.

En Moro, la idea era otra. Al plantear una utopía, establece un objetivo. Tener un objetivo en mente sirve para que los humanos podamos tomar las decisiones que concuerden mejor con el camino que supuestamente nos acercará a la meta que nos hemos propuesto.

La utopía sirve como un modelo puro, una idea, cuya contemplación ha de guiar a la conciencia histórica. Recuerda que ya Platón escribió su 'República' que viene a ser un precedente de la 'Utopía' que ahora nos ocupa.

Según Gutiérrez Almeira (1971), la obra de Moro está inspirada por el pragmatismo ya que no la plantea de un modo susceptible de ser construida, sino para servir como inspiración de la acción política y religiosa.

Continúa el filósofo uruguayo diciendo que:
«[Una utopía es] la expresión de la capacidad humana de salirse mentalmente de las relaciones cerradas y dadas con su entorno para proyectarse en lo no dado y abierto de lo posible». (Gutiérrez Almeira, Fernando: 'La utopía de las leyes'. En http://fernandogutierrezalmeira.wordpress.com, 29/05/2012)
Podemos traer a colación la idea que Agustín de Hipona (354-430) logró imponer en el pensamiento occidental, según la cual:
«[...] debido a la Caída, los hombres y las mujeres venían al mundo para sufrir en él y su única esperanza real de alcanzar la felicidad estaba en el cielo». (Watson, 2009; 583)
Es decir, el objetivo en Agustín está fuera de este mundo y no es nuestra misión dedicarnos a mejorar las condiciones de nuestra vida terrenal, sino aceptar los inconvenientes que se nos presentan como pruebas que Dios nos envía para santificarnos, y así lograr nuestra salvación en la vida eterna.

En Moro, sí es posible mejorar este mundo. Veamos en que consistía su propuesta:
  • La paz reina en Utopia, en contraste con lo que ocurría en el mundo que le tocó vivir a Moro. Los habitantes de esta ínsula practican el pacifismo;
  • La paz reina en Utopia, donde se ha establecido la propiedad común de los bienes. Por el contrario, los conflictos crecen en aquellas sociedades que se rigen por un sistema de propiedad privada que son, en realidad, todas las sociedades contemporáneas a nuestro Tomás Moro;
  • La paz reina en Utopia, donde las autoridades son elegidas mediante el voto popular, a diferencia de lo que ocurre en las sociedades de comienzos de la Edad Moderna, en las que gobernaban príncipes tiranos o monarcas absolutistas.
Son recetas para vivir en un mundo en paz. Recetas que se parecen mucho a las dadas por Maquiavelo, enunciadas apenas unos años antes: evitar la guerra, promover lo público sobre lo privado y preferir la república sobre la tiranía. Sólo que las de Moro aún parecen más radicales, más utópicas, en el sentido de irrealizables.

Tal vez estés pensando que Moro era un tipo bastante iluso. ¿Acaso lo era?

El londinense, además de destacar como teólogo, humanista, poeta y traductor, fue profesor de leyes, juez de negocios y abogado. Ejerció también la política, llegando a ser nada menos que Lord Canciller del rey Enrique VIII (1491-1547), a quien citamos brevemente en 'Los papas de la era maquiavélica'.

Como vimos, la “cuestión real” aparece cuando Enrique VIII solicita el divorcio de Catalina de Aragón (1485-1536) y el papa Clemente VII (1478-1534) no se lo concede. El principal motivo para no hacerlo es que el papa, tras el Sacco di Roma, se había convertido en “prisionero” del sobrino de Catalina, o sea, de Carlos V (1500-1558), emperador del Sacro Imperio Romano Germánico y rey de todas las Españas.

En consonancia con su beligerancia contra Martín Lutero y su Reforma protestante, Moro se opuso al divorcio de Enrique y Catalina. Más tarde, renunciaría a su cargo para no verse obligado a aceptar el Acta de Supremacía que declaraba al rey de Inglaterra como cabeza de la nueva Iglesia anglicana. Pero con sus silencios logró irritar a éste y, tras ser acusado de alta traición, fue declarado culpable y encerrado en la Torre de Londres. El 6 de julio de 1535 se le decapitó. Para los católicos se trata de un mártir, y un santo.

Lo que sí quedó fuera de toda duda es su gran estoicismo. ¿Valió la pena? Podríamos pensar que en realidad, Moro no murió en defensa de un “lugar bueno” aquí en la tierra, sino de un “no lugar” allá en cielo. De hecho, si fuera al contrario, ¿le habrían hecho santo?

Nosotros seguimos dando vueltas a bordo del Aletheia, en busca de una utopía que sea un buen lugar. Quizás no logremos alcanzarla, pero la única manera de acercarnos será navegando en la dirección que nos lleva a ella, no remando en contra.

Por otra parte, si eres de los que aún piensan que las utopías nunca se alcanzan, te invito a reflexionar un poco sobre ésto: un sistema socio-político basado en el liberalismo, en la época de Moro, era también una utopía.

miércoles, 15 de enero de 2014

Los papas de la era maquiavélica

 
Nueve fueron los papas que hubo durante los cincuenta y ocho años que duró la vida de Nicolás Maquiavelo (1469-1527). Todos ellos tuvieron que lidiar con la amenaza turca que se cernía sobre el mundo cristiano, controlado por ellos. Pero no me extenderé sobre ese tema y, en cambio, sí que resaltaré los aspectos más relevantes de sus políticas en el continente. No podemos perder de vista que, además de papas, eran príncipes.

Empezamos con Pietro Barbo (1417-1471), que fue proclamado papa cinco años antes de que Maquiavelo viniera al mundo, y murió cuando éste apenas había cumplido sus dos primeros años de vida.

Barbo quiso utilizar el nombre de Formoso II (Formoso, en latín, significa hermoso), por estar convencido de su belleza, pero le convencieron de que optara mejor por llamarse Pablo II. El retrato que de él nos hace el cronista Stefano Infessura (1435-1500) es el de alguien opuesto a los humanistas, pero amante del esplendor y de las diversiones populares. Pablo II introdujo el carnaval en Roma. Los rumores que se desataron tras su muerte hablan de que ésta fue causada por un infarto mientras era sodomizado por un paje.

Así que, en 1471, le sustituye el genovés Francesco della Rovere (1414-1484), que tomó el nombre de Sixto IV. Como otros muchos papas, Sixto IV incurrió en el nepotismo. Esto es, nombró en cargos de autoridad y de ingresos a más de veinticinco sobrinos y parientes suyos. Uno de ellos, estuvo involucrado en la Conspiración de los Pazzi, un fracasado intento de golpe de estado en Florencia. No consiguieron dar muerte a Lorenzo el Magnífico (1449-1492) pero que sí lograron asesinar a su hermano Juliano de Médici (1453-1478).

Durante el pontificado de Sixto IV se construyó la Capilla Sixtina. Y se instituyó la celebración del día de la Inmaculada Concepción de la Virgen María el 8 de diciembre.

En 1484, será otro genovés el elegido como nuevo papa: Giovanni Battista Cybo (1434-1492) que optó por llamarse Inocencio VIII.

Con Cybo se iniciará la caza de brujas. Dos de sus inquisidores, Heinrich Kramer (1430-1505) y Jacob Sprenger (1435-1495), serían los coautores del tristemente célebre 'Malleus Maleficarum' (Martillo de brujas), publicado en 1486, cuando Maquiavelo tenía 26 años.

Este texto serviría de guía a los inquisidores para determinar quiénes eran brujas, y quiénes no. Si te designaban como bruja, se incautarían de todos sus bienes, procederían con sesiones de tortura, y acabarían atándote a una pira a la que prenderían fuego.

Ese mismo año, Inocencio VIII prohibiría leer las obras de Pico della Mirandola (1463-1494), por considerarlas plagadas de herejías.

Con estos antecedentes, no ha de extrañarnos que, en 1487, nombrara a Tomás de Torquemada como gran inquisidor para España.

También sería Inocencio VIII, quien concedería el título de “Católica Majestad” a Isabel I de Castilla (1451-1504) y a Fernando II de Aragón (1452-1517), convirtiéndolos así en los Reyes Católicos.

El siguiente papa fue un paisano mío. En efecto, Rodrigo de Borja (1431-1503), nació en Xàtiva (Corona de Aragón) y se convirtió en el papa Alejandro VI, en 1492. Su carrera dentro de la curia empezó, siendo aún muy joven, gracias al nepotismo de su tío, el papa Calixto III (1378-1458). Sin embargo, Rodrigo de Borja intrigaría aún más, si cabe, hasta lograr que la Casa de Borgia se alzara en lo más alto del poder internacional de la época.

El talento militar de uno de sus cuatro hijos, César Borgia (1475-1507) sería destacado por Maquiavelo. en 'El príncipe'.

Un episodio que tuvo lugar durante el papado de Alejandro VI fue el de su enfrentamiento con Savonarola, a quien le dedicamos una entrada cuyo título era: 'Donde queman libros, quemarán personas'.

Este papa tendría mucho que ver con el reparto del Nuevo Mundo que se hizo entre los reinos de Castilla y Portugal.

Muerto Alejandro VII en extrañas circunstancias, le sucede, en 1503, Francesco Nanni Todeschini Piccolomini (1439-1503), que fue nombrado papa como Pío III. Sería éste un papado breve que duró tan sólo veintiséis días. Aún así, le dio tiempo para encarcelar a César Borgia.

Quien le sucede, fue Giulano della Rovere (1443-1513), conocido como el papa Julio II. Este genovés, al igual que ocurría con Alejandro VI, fue lanzado en su carrera eclesiástica por el nepotismo de su tío Sixto IV, a quien vimos al comienzo de este artículo. Y también como el setabense, fue padre de varios hijos.

Por otra parte, Julio II fue mecenas y protector de grandes artistas, como Michelangelo Buonarroti (1475-1564) y Rafael Sanzio (1483-1520). Un inciso: tienes que ver la película 'El tormento y el éxtasis' (1965) donde se narra como se realizaron las pinturas de la Capilla Sixtina.

Amigo de las armas, Julio II emprendió la guerra contra Venecia, y posteriormente contra Francia, que había sido su aliado hasta entonces.

En 1513, llega al papado Giovanni de Lorenzo de Médici (1475-1521), que será conocido como León X. Era florentino, por supuesto. Con las cuentas exiguas por los enormes gastos que suponía la construcción de la basílica de San Pedro, en Roma, León X publicó una bula en la que solicitaba donativos para sufragar éstos. La bula se interpretó como una venta de indulgencias, esto es, la promesa de obtener beneficios en el más allá a cambio de una cantidad de dinero cuya entrega se hace en el más acá.

Fue el detonante para que Martín Lutero (1483-1546) se decidiera a clavar sus 95 tesis en la puerta de la Iglesia del Palacio de Wittenberg. A partir de ese momento se inicia la Reforma protestante, que dividiría el cristianismo en dos.

En 1522, el favorito para suceder a un Médici era otro Médici, pero un error de estrategia por parte de las dos facciones que se presentaban dio como resultado la elección por sorpresa de Adrian Florisz Boeyens (1459-1523). Boeyens tomaría el nombre de Adriano VI. Había nacido en Utrech, en los Países Bajos (Holanda). Su reinado duró poco.

Y llegamos al “más desgraciado de los papas” según expresión de Ferdinand Gregorovius (1821-1891). Aquél cuyo nombre secular era Julio de Médici (1478-1534). Aquél que tenía que haber sido el elegido un año antes. El mismo que encargara a Maquiavelo la 'Historia de Florencia', antes de su marcha a Roma.

Julio de Médici fue nombrado papa en 1523, como Clemente VII.
Su torpeza e indecisión harían de él un pésimo estratega. Quizás le hubiera ido bien leerse 'El príncipe', ¿quién sabe?

El 6 de mayo de 1527, tuvo lugar el Sacco di Roma (Saqueo de Roma), llevado a cabo por los ejércitos de Carlos V (1500-1558), rey de las Españas y emperador del Sacro Imperio Germánico. Como consecuencia de tales avatares, Clemente VII acabaría siendo un rehén de los deseos de Carlos V.

Más tarde, al no conceder el divorcio a Enrique VIII de Inglaterra, acabó provocando el cisma anglicano. Cisma que aún perdura.

No se puede decir que su papado fuera un éxito, precisamente.

Además, planeó y logró casar a su sobrina Catalina de Médici (1519-1589) con el futuro rey de Francia, Enrique II (1519-1559). Y ya como reina regente, Catalina sería la protagonista de la terrible Noche de San Bartolomé, la gran matanza de los protestantes, llamados hugonotes, que tendría lugar en 1572.

Pero nos hemos olvidado de Maquiavelo que murió el 21 de junio de 1527, pocas semanas después del Sacco di Roma, y seis años antes de que se acabara el triste papado de Clemente VI.

Ahora me queda una duda. Todos estos papas, ¿eran maquiavélicos o no lo eran?

lunes, 13 de enero de 2014

El príncipe o la república

Hay dos cosas que no pueden darse al mismo tiempo: ser monárquico y ser republicano.

Sin embargo, Nicolás Maquiavelo (1469-1527) es el autor de 'El príncipe' como también lo es de los 'Discursos sobre la primera década de Tito Livio'. La primera obra viene a ser un manual de instrucciones para el buen gobierno de un príncipe o un monarca, mientras que la segunda ofrece los consejos pertinentes para que los ciudadanos puedan gobernar con éxito una república.

Sabemos que Maquiavelo era un republicano auténtico. Lo demuestra el hecho, entre otras cosas, de que lo apresaran y torturaran precisamente porque sospechaban que andaba conspirando contra los Médici tras haber perdido su puesto como canciller de la ex-república.

Fue estando preso, en 1513, cuando empezó a escribir 'El príncipe', con la intención de influir favorablemente sobre Lorenzo II de Médici (1492-1519). De hecho es a él a quien se lo dedica y a quien se lo envía. Pero, al parecer, Lorenzo II nunca llegó a leerlo. Además, el libro no se publicaría en vida del autor..

Tuvieron que pasar otros siete años más, para que Julio de Médici (1478-1534) le encargara escribir la 'Historia de Florencia'. Nuestro historiador acabó el encargo cinco años después, siéndole preciso acudir a Roma para presentarlo pues el tal Julio era ahora, y desde 1523, el papa Clemente VII. (Por cierto que ya te anuncio mi intención de escribir una entrada a la que pondré por título 'Lospapas de la era maquiavélica').

Por todo ello, podemos estar seguros de que su obra más querida no era 'El príncipe', sino los 'Discursos'.

El hecho de observar que, de estas dos obras, la más nombrada sea siempre la primera en detrimento de la segunda, debería hacernos sospechar. Lo que quiero decir es que nuestra atención está siendo dirigida hacia 'El príncipe' y desviada de los 'Discursos', de un modo que probablemente es intencionado. Al demonizar la primera, tendemos a ignorar la segunda.

¿Y ésto por qué? Pues porque Maquiavelo, en 'El príncipe' ofrece consejos a los gobernantes para tener un estado seguro, en tanto que en los 'Discursos' ofrece consejos a los ciudadanos para tener un estado libre. Tienen distintos fines.

Por otra parte, más de una vez habrás oído el siguiente aforismo:
«El fin justifica los medios».
Algunos te dirán que fue él quien lo dijo, y otros que la expresión, cum finis est licitus, etiam media sunt licita (cuando el fin es lícito, también los medios son lícitos) apareció por primera vez en la Medulla theologiae moralis, facili ac perspicua methodo resolvens casus conscientiae (1645), un compendio de las clases de teología que el jesuita Hermann Busenbaum (1600-1668) daba en la universidad de Colonia.

Yo, de todas formas, sí diría que Maquiavelo estaba de acuerdo con que el fin, "cuando éste es bueno", justifica las acciones que sean necesarias para lograrlo. De hecho, el propio Aristóteles planteó una ética orientada hacia fines, es decir, una ética teleológica: télos, en griego, significa “fin” u “objetivo” que perfecciona a quien lo alcanza. La diferencia entre el griego y el florentino es que uno hablaba de objetivos personales, mientras que el otro lo hacía refiriéndose a fines políticos.

¿Y qué es lo que hace “bueno” a un fin?, te preguntarás.

Para Maquiavelo, un fin será bueno cuando su objeto no sea el interés personal egoísta, sino el bienestar de todos los ciudadanos.

En eso consiste la virtud republicana, o el republicanismo cívico. Y eso es lo que realmente molesta de su teoría.

No obstante, la disyuntiva entre 'El príncipe' y los 'Discursos' no se limita a elegir entre monarquía y república, como veremos a continuación.

El principal enemigo de la virtud republicana era, según Maquiavelo, que, o bien un individuo poderoso, o bien pequeñas facciones, sigan su propio curso de acción a expensas del interés colectivo. (Curry, 2006; 94)

Que es justo lo que que nos ocurre hoy en día.

Por otra parte, Maquiavelo advertía que el interés personal trata siempre de presentarse como una actividad técnicamente racional. En rigor, es irracional, tal como señala Patrick Curry (1951), sobre todo porque no está sujeta a ninguna norma ética.

De la lectura del párrafo anterior, podemos interpretar que Maquiavelo nos estaba alertando contra los riesgos del individualismo posesivo justo en el momento que se creaban las bases de un nuevo sistema basado en el capitalismo.

Así que la disyuntiva entre sus dos obras más conocidas quedaría también establecida entre los intereses privados y el interés de lo público, de aquello que afecta a todos los ciudadanos por igual.

Es más, Maquiavelo veía un gran peligro en el hecho de que el criterio para evaluar la reputación de los ciudadanos provenga de sus medios privados, en lugar de basarse en sus servicios públicos.

En su libro sobre Maquiavelo, Patrick Curry apunta a otro gran desafío: el de redefinir el trabajo como una contribución de todos, y no como un asunto puramente vinculado al progreso personal.

De todo ello se concluye que la recompensa por los servicios públicos tiene que ser mayor que la de los servicios privados.

Que es justo lo contrario de lo que ocurre hoy en día.

domingo, 12 de enero de 2014

Allá donde Maquiavelo nos espera

El inicio de esta entrada parte de dos finales: el de la entrada anterior, donde las llamas calcinaban el cuerpo de Savoranola, aquella que lleva por título 'Donde queman libros, quemarán personas'; y otra que titulamos como 'De Heródoto a Maquiavelo', cuyo final nos dejaba en camino hacia el encuentro con éste último.

Y es que donde Maquiavelo nos espera es precisamente donde Savoranola nos deja, en la Piazza della Signoria, en Florencia.

Señalemos desde ya, que la palabra “maquiavélico” ha quedado como sinónimo de cinismo, inmoralidad y crueldad. Sus contrarios se referían a él como “Lucifer” o “Satán”. Para los jesuítas, el filósofo florentino era «socio del Demonio en el delito». Y no te rías, pero de ellos, de los jesuítas, lo protestantes decían que eran “maquiavélicos”.

Maquiavelo ha sido admirado por gente tan dispar como el empirista Francis Bacon (1561-1626) o el fascista Benito Mussolini (1883-1945). Y aunque Henri Kissinger (1923) negara ser “maquiavélico”, toda su gestión al frente de los asuntos exteriores de los Estados Unidos es un ejemplo muy recurrente de lo que este término significa.

¿Qué hizo Maquiavelo pues para generar tanto odio en su contra? La respuesta está en 'El Príncipe', su obra más conocida. Su pecado, dicen, consistió en desligar la política del dominio de la moral y la religión cristiana. Pero:
«En rigor, es más exacto decir -como señaló Isaiah Berlin (1909-1997)- que su obra provocó rechazo no porque fuese amoral o inmoral, sino porque se basaba en una moralidad totalmente distinta o contraria: la del paganismo clásico, con su énfasis en el mundo más que en el alma, y en este mundo más que en el otro». (Curry, 2006; 77)
Contrasta ésto con lo que apuntamos en esta misma bitácora, que «las gentes del medievo andaban mucho más pendientes de las recompensas o castigos que les reservaba el más allá que en preocuparse por la vida que les había tocado pasar aquí». (En 'La metáfora del túnel')

Vayamos por partes.

Además de escritor y filósofo, Niccolò di Bernardo dei Machiavelli (1469-1527) fue diplomático de la República de Florencia, en el período inmediatamente posterior al final de Savonarola. En calidad de canciller, visitaría a los otros reinos y repúblicas, lo que le daría una perspectiva global para analizar las diferentes políticas de su época.

Una de sus propuestas como político en activo fue la de reclutar un ejército de milicianos en lugar de recurrir a los mercenarios como era tradición en Florencia. Y obtuvo el éxito esperado en Pisa: allí donde antes fracasaron los mercenarios, el ejército de los milicianos salió victorioso.

Pero el confaloniero Piero Soderini (1450-1522), primer ministro de la Signoria, no hizo caso a su canciller cuando éste le advirtió que debía cambiar sus alianzas estratégicas y prefirió mantenerse fiel a su política pro-francesa. Como resultado, las fuerzas del papa Julio II (1443-1513), aliadas a las del rey de Aragón sitiaron la ciudad y la conquistaron, tal como predijo Maquiavelo.

En 1513, las fuerzas invasoras impusieron un nuevo gobierno de los Médici, poniendo fin a la república. Además de perder su puesto como canciller, Maquiavelo fue torturado, unos meses más tarde, como sospechoso de estar conspirando contra los Médici. La muerte del papa y el nombramiento de Juan de Médici como su sucesor en la Santa Sede, le valió recuperar la libertad gracias a una amnistía general.

Fue en el exilio campesino, en su granja de Sant'Andrea, cuando Maquiavelo se dedicó a escribir. Aparte de una obra de teatro, 'La mandrágora', el grueso de su obra tratará de ciencia política o politología.

Podemos decir que Maquiavelo fue un politólogo, el primer politólogo de la historia.

Cierto es que antes que él hubo otros, como Platón, Aristóteles o Cicerón, que escribieron sobre filosofía política. Y que también los habría después de él, como ocurriría con Hobbes, Locke, Rousseau, etcétera. Pero más que filosofía política lo que Maquiavelo hace es ciencia política en sentido estricto. Para analizar las relaciones de poder que se dan en una sociedad, el florentino recurre a la observación y descripción de las actitudes tanto de políticos como de ciudadanos. Es decir, su método es un método empírico.

Su realismo, o su falta de sentimentalismo, las justificaba él mismo aduciendo que lo que le interesaba era examinar las cosas como son y no como se imaginan idealmente o como se quiere que sean. (Curry, 2006; 65)

En mi opinión, a Maquiavelo se le ha malinterpretado en buena medida. Puede que intencionadamente. Pero eso lo iremos viendo en próximas entradas.

sábado, 11 de enero de 2014

Donde queman libros, quemarán personas

Te propongo continuar con el viaje que iniciamos en 'La metáfora del túnel' y que continuamos en 'Reír a túnel pasado'. El trayecto trascurre ahora a plena luz del día, a la luz del Renacimiento. Nuestro tren dejó atrás la oscuridad de ese largo túnel medieval en la historia intelectual de la humanidad. Las estaciones por las que pasamos llevan los nombres de Brunelleschi (1377-1446), Masaccio (1401-1428), Alberti (1404-1472), della Francesca (1415-1492), Ficino (1433-1499), Bramante (1444-1512), Botticelli (1445-1510), Lorenzo de Médici (1449-1492), da Vinci (1452-1519), y Savonarola (1452-1498).

En esta última, nos obligan a bajar del tren. Afuera, de nuevo todo está oscuro.

En la Piazza della Signoria encienden un gran fuego. Nos dicen que se trata de “la hoguera de las vanidades”. En ella se consumen joyas, espejos, ropas, pinturas, libros. Queman las obras de Dante, Petrarca y Boccaccio. Algún cuadro de Botticelli. ¿Qué está pasando?

Ocurre que la llegada del Renacimiento no fue del gusto de todos. El fraile dominico Girolamo Maria Francesco Matteo Savonarola (1452-1498) se había hecho con el poder en Florencia, al ofrecer su apoyo al rey de Francia que había invadido con sus tropas el país, en 1494. Este predicador fundamentalista tuvo éxito en su misión gracias a su fogosidad y palabra convincente que mezclaba con la moral y la religión. Sus sermones eran apocalípticos. Predicaba y practicaba una austeridad extrema. Fue todo un populista:
«Cuando consiguió llegar al poder espiritual de Florencia, una vez expulsados los Medici, elaboró una Constitución de fuertes tintes religiosos, reformó la justicia, persiguió los vicios, suprimió la usura y proclamó la amnistía general de los condenados por la anterior familia reinante». Royo, Alberto: '¿Santo o rebelde agitador?'.11/03/2010
Para Girolamo Savonarola, el Renacimiento había traído el lujo, la depravación, y la sodomía. Estaba convencido que Florencia sería el punto de partida para la regeneración tanto de Italia como de la Iglesia.
Fray Girolamo estaba «convencido de que Dios le había enviado para ayudar a la reforma interior del pueblo italiano, impulsó la regeneración de la Iglesia en una serie de jeremiadas, en las que advertía de los terribles males que desencadenarían si no se producía si no se producía un reforma íntima, inmediata y total». (Watson, 2009; 1181)
Sin embargo, me queda la duda de contra quién estaba realmente el tal Savoranola. ¿Contra el humanismo renacentista o contra la corrupción de la Iglesia? ¿Acaso lo sabía él mismo?

Quien sí parece saberlo es Alfonso Bailly-Bailliere, miembro del Opus Dei y profesor de Comunicación Institucional de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz en Roma para quien Savonarola podría acabar proclamado como santo:
«Su desobediencia al Papa es censurable. A su favor está la atenuante de haber querido reaccionar contra el nuevo paganismo de la época». Bailly-Bailliere, Alfonso: 'Girolamo Savonarola: un fraile incómodo para su época'. Revista Palabra. Septiembre de 1997
¿Quizás fue demasiado “imprudente” al enfrentarse al papa? Me lo pregunto no sólo por el enorme poder que entonces tenían los vicarios de Cristo, sino porque Alejandro VI era un papa bastante peculiar. El setabense Rodrigo de Borja (1431-1503) pasaría a la historia por ser uno de los políticos más intrigantes y falto de escrúpulos de la historia. Sus hijos (ilegítimos), Juan, César, Lucrecia y Jofre, también participaron en sus maquinaciones políticas.

El papa dictó la excomunión para Savoranola y éste reaccionó aumentando sus críticas contra él.

Pero el azar lo cambia todo. O Dios, si es que prefieres llamarlo así. El 7 de abril de 1498 falleció Carlos VIII (1470-1498), el rey de Francia que había sido hasta entonces valedor de Savonarola.

Al día siguiente, una parte del ejército del papa entraba en Florencia. Los ciudadanos se muestran muy dispuestos a entregar al fraile. Junto a sus partidarios, éste intentó esconderse, pero fue descubierto y apresado. Por orden del papa fue torturado durante cuarenta y dos días. Finalmente firmó su arrepentimiento con el brazo derecho. Los torturadores ya se preocupaban de no dañar este miembro para que el reo pudiese firmar.

No tardaron mucho en llevarlos a él y a algunos de sus seguidores hasta el cadalso donde fueron estrangulados y sus cuerpos quemados. Justo donde las hogueras de las vanidades tuvieron lugar, en la Piazza della Signoria, en el centro de Florencia. Donde queman libros, quemarán personas, dicen.

El intento de este fraile dominico por retroceder la mentalidad renacentista hasta la de los tiempos de la Edad Media nos muestra (creo que a todas luces) hasta qué punto ésta fue una etapa oscura en la historia del pensamiento.

Aunque, por otra parte, la forma de proceder del papa Alejandro VI nos da pistas de la crueldad y decadencia con la que el cristianismo enfrentaría la era del Renacimiento.

En cierto modo, Savonarola fue un precedente de Martin Lutero (1483-1546) que en 1517 iniciaría la Reforma protestante al clavar en la puerta de la iglesia de Wittenberg sus 95 tesis.

Seguimos en la Piazza donde las llamas se prolongarán durante varias horas. El papa Alejandro VI había ordenado que no quedase ni un resto del fraile susceptible de convertirse en reliquia. No pudo evitar, sin embargo, que una placa conmemorativa señale hoy a los turistas el lugar exacto de la ejecución. O del crimen.

jueves, 9 de enero de 2014

Reir a túnel pasado

Sigo donde lo dejamos en 'La metáfora del túnel'.

Me pregunto qué hubiera sido de Giovanni Boccaccio (1313-1375) si hubiera nacido tan solo unos años antes. Dicho de otro modo, ¿Estaba Boccaccio aún dentro de ese oscuro túnel con el que hemos descrito la Edad Media o ya lo había dejado atrás?

Boccaccio escribió sobre la peste en el momento en que esta diezmaba la población de Florencia. Lo hizo al inicio de 'El Decamerón', describiendo un mundo horrible y oscuro del que sus protagonistas huyen. Huyen hacia otro mundo mucho más bello donde reina el buen humor, las bonitas historias de amor, sensualidad y muerte. Esta última siempre presente, a veces como liberadora.

Dicho viaje, el de sus protagonistas, bien podría ser una alegoría del paso entre un mundo oscuro y aburrido a uno bello y divertido. Un viaje que, al igual que nuestra metáfora del túnel, estaría reflejando el cambio de mentalidad que hubo entre una “triste” Edad Media y un Renacimiento “liberado”, que es la tesis que defendería el historiador ruso Mijaíl Bajtín o Bakhtine (1895-1975), por ejemplo.

En su obra, Boccacio dibujó unos personajes que contradecían el espíritu medieval cuyo ideal había sido el del héroe con características propias de su ser, o sea, la fuerza o la belleza, asociadas siempre a la nobleza o la divinidad.

Por el contrario, Boccacio se adelanta a su época con una concepción profana del hombre, con una burla de lo fantástico o lo mítico y con un texto profundamente humanista.

Sobre su propio sentido del humor, él mismo concluye del siguiente modo:
«Y no dudo que haya quienes digan que las cosas contadas están demasiado llenas de chistes y de bromas, y que no es propio de un hombre grave y de peso haber así escrito. A éstas debo darles las gracias, y se las doy, porque, movidas por bondadoso celo, se preocupan tanto de mi fama. Pero a su objeción voy a responder así: confieso que hombre de peso soy y que muchas veces lo he sido en mi vida; y por ello, hablando a aquellas que no conocen mi peso, afirmo que no soy grave sino que soy tan leve que me sostengo en el agua; y considerando que los sermones echados por los frailes para que los hombres se corrijan de sus culpas, la mayoría llenos de frases ingeniosas y de bromas y de bufonadas se encuentran, juzgué que las mismas no estarían mal en mis novelas, escritas para apartar la melancolía de las mujeres».
De hecho, Bocaccio decía que escribió 'El Decamerón' pensando en agradar a las mujeres pues entendía que los hombres tenían muchas oportunidades de distraer sus mentes, mientras que ellas no tenían tantas:
«Por consiguiente, para que al menos por mi parte se enmiende el pecado de la fortuna que, donde menos obligado era, tal como vemos en las delicadas mujeres, fue más avara de ayuda, en socorro y refugio de las que aman (porque a las otras les es bastante la aguja, el huso y la devanadera) entiendo contar cien novelas, o fábulas o parábolas o historias, como las queramos llamar, narradas en diez días, como manifiestamente aparecerá, por una honrada compañía de siete mujeres y tres jóvenes, en los pestilentes tiempos de la pasada mortandad, y algunas canciones cantadas a su gusto por las dichas señoras. En las cuales novelas se verán casos de amor placenteros y ásperos, así como otros azarosos acontecimientos sucedidos tanto en los modernos tiempos como en los antiguos; de los cuales, las ya dichas mujeres que los lean, a la par podrán tomar solaz en las cosas deleitosas mostradas y útil consejo, por lo que podrán conocer qué ha de ser huido e igualmente qué ha de ser seguido: cosas que sin que se les pase el dolor no creo que puedan suceder».
Aún así, parece que su libro tuvo un gran éxito entre los hombres del clero. No debe extrañarnos habida cuenta que eran éstos quienes sabían leer y tenían además acceso a los libros, lo que no ocurría con la mayoría de la gente, ni siquiera en una ciudad como Florencia.

Con respecto al erotismo, la mujer en Boccaccio es ahora sujeto y no solo objeto. No ocurre ni siquiera como en Dante Aligueri (1265-1321) o en Francesco Petrarca (1304-1374) quienes nos la presentan como una idea sobre la que proyectan su amor platónico. En Boccaccio son seres humanos, lo cual representa un avance radical en la historia de la literatura y del pensamiento.

La Iglesia católica tuvo este libro es su radar y lo controló a través de la Inquisición. Llegó a estar incluido en su 'Index librorum prohibitorum', aunque sus editores parece que acabaron por aceptar las recomendaciones que les hicieron en el sentido de sustituir aquellos personajes que suponían una mofa del clero.

Cuando uno tiene 'El Decamerón' en sus manos, diría que en aquella época los humanos entrábamos en un mundo mucho mejor que lo que fue esa “oscura” Edad Media. Pero en las próximas entradas veremos que no fue todo tan bonito en el Renacimiento.

Pero lo dicho, eso será en las próximas entradas.