viernes, 3 de enero de 2014

Atentos a la navaja de Ockham

Siendo aún discípulo de Duns Scoto en la universidad de Oxford, el franciscano Guillermo de Ockham (1280-1349) ya dio mucho que hablar con sus escritos. Pero así como el Doctor Sutil era un realista, de Ockham se ha llegado a decir que fue “el mayor nominalista que jamás vivió”.

A Ockham se le conoce también como el Venerabilis Inceptor, «apodo tal vez debido o bien a que solamente tuvo el título de bachiller o bien a que, reuniendo los requisitos para el magisterio, nunca lo ejerció, posiblemente por lo discutido de sus doctrinas», según cuenta su biógrafo. (Merino, José Antonio: 'Historia de la filosofía franciscana'. BAC. Madrid, 1993. En Franciscanos.org)

Sus oponentes serían los escolásticos, seguidores de Tomás de Aquino (1224-1274). Se supone que de entre ellos partió la acusación de que enseñaba herejías. Una herejía es un concepto que entra en conflicto con el dogma establecido dentro de un mismo sistema de creencias, lo cual ocurre normalmente dentro de una misma religión.

Por otra parte, Ockham se involucró en la querella sobre la pobreza de Cristo y los apóstoles, que oponía a franciscanos con tomistas, los cuales contaban con el apoyo del papa. En 'El nombre de la rosa' (1980) se recoge dicha polémica y, de hecho, Umberto Eco (1932) se inspiró en la figura de nuestro franciscano para “dibujar” a su protagonista, Guillermo de Baskerville. Los franciscanos sostenían que Jesús de Nazaret (0-33) predicaba la pobreza mientras que los dominicos defendían el derecho del clero a acumular riquezas.

En 1330, Ockham se refugió en Alemania, bajo la protección del excomulgado emperador Luís IV de Baviera (1282-1347), y defendió los derechos de éste frente al papa Juan XXII (1249-1334). En su exilio le acompañaban Marsilio de Padua (1275-1343) y Miguel de Cesena (1270-1342), también franciscanos. La actitud de Ockham contrasta con la de su colega Duns Scoto, que siempre se posicionó a favor del papa. En la biografía de Merino, se insinúa que al final de su vida, Ockham pudo buscar la reconciliación con el papa Clemente IV (1291-1352) tras quedarse él como único superviviente de su grupo y habiendo muerto también su protector. Poco se sabe de las circunstancias de su muerte aunque todo apunta a que pudo ser causada por la peste negra.

Nuestro pensador popularizó el principio de parsimonia, también conocido como “la navaja de Ockham”, donde se sostiene que “en igualdad de condiciones, la explicación más sencilla suele ser la correcta”.

Conviene aclarar que el nominalismo, tal como nos advierte Ramón Alcoberro (1957), conduce de forma inevitable al solipsismo. El solipsismo afirma por un lado que la realidad externa sólo es comprensible a través del yo, ya que éste es la única realidad tangible; y por otro, que es imposible conocer la realidad objetiva, si es que ésta existe.

En el marco de la disputa de los universales, Guillermo de Ockham sostendrá que los universales son producto de la abstracción por parte de la mente humana y que no tienen existencia fuera de ella. Según él, un concepto universal no es una “substancia” sino una “intención” del alma (de la mente), es decir, una manera de comprender o de expresarse. El empirismo, movimiento filosófico que vendría a continuación, afirmará que todo lo que conocemos nos viene a través de la experiencia de nuestros sentidos, tesis que se halla prefigurada en el nominalismo.

Los puntos de vista sobre la responsabilidad monárquica expuestos en su 'Dialogus' (1332-1347) tuvieron gran influencia en el movimiento conciliar y ayudaron al surgimiento de ideologías democráticas liberales.

La teoría nominalista se aleja del derecho natural. Según ésta, dado que no se puede establecer con certeza la esencia de un ser, y tampoco de un ser humano, resulta imposible desprender derechos de ella. Filósofos como Thomas Hobbes (1588-1679) y John Locke (1632-1704) serán herederos ideológicos del nominalismo de Ockham. Ellos concebirán lo social como algo externo al individuo, a lo que éste se orienta por necesidad y no por naturaleza.

El individualismo radical alcanzó su máxima expresión política con Margaret Thatcher (1925-2013) cuando llegó a afirmar que:
«[...] no existe tal cosa como la sociedad. Hay individuos, hombres y mujeres, y hay familias. Ningún gobierno puede hacer nada si no es a través de la gente, y la gente primero debe cuidar de sí misma».
En otro momento, Thatcher añadiría que:
«Todos somos distintos. Nadie, gracias a Dios, es idéntico a otro a pesar de lo mucho que los socialistas intenten pretender lo contrario. Creemos que todo ser humano tiene el derecho a ser desigual, pero igualmente digno e importante». (Frases que puedes encontrar en la Wikiquote).
Puede que te resulte extraña la coincidencia ideológica entre esta heroína del neoliberalismo, y por tanto de los ricos, y aquel franciscano que llegó a arriesgar su vida por defender la pobreza de Cristo.
La Dama de Hierro se encargaría de poner las cosas en su sitio:
«Nadie se acordaría del Buen Samaritano si sólo hubiera tenido buenas intenciones. También tenía dinero».
De donde se deduce que para ser bueno, previamente hay que tener dinero. Para los neocon, los pobres no tienen opción de ejercer como bienhechores. El recurso a la caridad resulta muy útil para justificar la tendencia del individualismo posesivo a enriquecerse ilimitadamente. Tendencia que tiene su origen en ese nominalismo radical defendido por nuestro Venerabilis Inceptor.

Supongo que Ockham se llevaría las manos a la cabeza si viera en que ha derivado su teoría.

NOTA: La imagen de Thatcher sentada sobre un Lotus de Fórmula 1 me ha surgido leyendo este artículo: http://www.motor.es/noticias/dama-de-hierro-margaret-thatcher-y-su-apuesta-perdedora-por-el-coche-de-regreso-al-futuro-201313300.php 

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