lunes, 27 de enero de 2014

Demostración de la existencia de Dios

 
Ya te habrás percatado que el rumbo del Aletheia resulta bastante errático. Nuestras escalas dependen de los vientos caprichosos que tan pronto nos acercan a Atenas, como nos alejan de Livorno, nos traen hasta Burdeos, nos devuelven a Königsberg o nos empujan hacia Londres. A bordo del Aletheia nos burlarnos también de los ejes cronológicos pues unas veces avanzamos en el tiempo para luego retroceder, o viceversa. Y eso cuando no nos da por navegar en círculos. Ya lo advertimos al subir a bordo, de todas formas.

Hace poco pusimos rumbo a Utopia, ¿recuerdas? No encontramos ninguna isla con ese nombre, pero el viaje resultó interesante. Algo parecido nos ocurrirá con el que emprendemos ahora. La isla de Gaunilo, un monje benedictino que vivió en el siglo xi, será todavía más grande y más perfecta que la que imaginó Tomás Moro (1478-1535) a comienzos del xvi. De ella hablaremos luego.

Entre ambos personajes transcurren casi cinco siglos. Y siendo Gaunilo anterior a Moro, nos toca, una vez más, retroceder en el tiempo, justo al comienzo de la Baja Edad Media, cuando se elevaban las catedrales y los primeros hombres comenzaban a pisar el paraninfo de las universidades recién creadas.

Para entender a Gaunilo de Marmoutiers, antes tendremos que conocer lo que su contemporáneo Anselmo de Canterbury (1033-1109) quiso decirnos con su argumento ontológico, que explicaré en breve.

De Anselmo conviene anticipar que se trata de un personaje bastante importante. Murió siendo el arzobispo de Canterbury pero no era inglés, sino italiano, ya que nació en el valle de Aosta.

Su postura filosófica respecto a “la disputa de los universales” sería la de un realismo exagerado, según el cual, las cosas percibidas por los sentidos son lo que parecen ser. La postura del benedictino sigue la línea del pensamiento agustiniano que, como ya sabes, bebe en el neoplatonismo.

Observa, no obstante, que san Anselmo es muy posterior al propio san Agustín (354-430) que vivió antes del comienzo de la Edad Media. De Anselmo se nos ha dicho también que anticipó en un siglo la escolástica que luego desarrollaría santo Tomás de Aquino (1225-1274). En cualquier caso, toma nota de que todos éstos hombres fueron posteriormente canonizados, es decir que los hicieron santos, y que los tres serán, además, considerados como doctores de la Iglesia.

 

El argumento ontológico

Ya sea motu proprio o a requerimiento de sus colegas, el caso es que Anselmo de Canterbury quiso probar la existencia de Dios, esto es, empleando únicamente la razón. ¿Para convencer a los incrédulos o para dar argumentos a los religiosos? Más bien me parece lo segundo.

La prueba ontológica se resume así:
«Dios es perfecto: la perfección implica existencia».
Anselmo argumentaba que si Dios fuese perfecto pero no existiera, nos sería dado concebir a otro ser tan perfecto como él que además existiría.

Vale, ¿qué pasa? ¿Lo he resumido demasiado? A ver, déjame que busque. Anselmo, Anselmo, aquí está lo que él decía:
«Así, pues, ¡oh Señor!, Tú que das inteligencia a la fe, concédeme, cuanto conozcas que me sea conveniente, entender que existes, como lo creemos, y que eres lo que creemos. Ciertamente, creemos que Tú eres algo mayor que lo cual nada puede ser pensado.
Se trata de saber si existe una naturaleza que sea tal, porque el insensato ha dicho en su corazón: no hay Dios.
Pero cuando me oye decir que hay algo por encima de lo cual no se puede pensar nada mayor, este mismo insensato entiende lo que digo; lo que entiende está en su entendimiento, incluso aunque no crea que aquello existe». (Nieto Blanco, Carlos: 'Lecturas de historia de la filosofía'. Universidad de Cantabria. Santander, 2000; 133)
El insensato al que se refiere podrías ser tú mismo o tal vez yo, o cualquiera que no creyese las cosas en las que él creía. Y no se a ti, pero a mí me molesta un poco que hablen de mí a mis espaldas, aunque sea con Dios. Claro que no puedo hacer nada por evitarlo.

 

La isla de Gaunilo

De Gaunilo apenas sabemos nada, salvo que era un monje, también benedictino, que andaba por allí y que se opuso al argumento ontológico esgrimido por Anselmo.

Gaunilo invitó a sus lectores a imaginar una isla que fuera la mayor y la más perfecta que se nos ocurriera. Una isla que probablemente no exista.

Pero si seguimos la argumentación propuesta por Anselmo, al imaginarla no estaríamos concibiendo la isla mayor y más perfecta posible, sino que esta isla existiría en la realidad con todos los atributos de perfección y grandeza que nos sea posible imaginar.

Sabemos, no obstante, que la isla no aparece ni en nuestras cartas de navegación, ni en nuestros atlas, ni en nuestro mundo. Según Gaunilo, el argumento de la isla perfecta es tan absurdo como lo es el de Anselmo.

 

El asombro de Watson

La filósofa Jeanne Hersch (1910-2000) le dedicó un capítulo a Anselmo en su libro 'El gran asombro'. Me imagino que ella misma sentiría cierto asombro por las ideas del santo, o simplemente quería rendir homenaje a una forma de pensar que tuvo gran repercusión en la época en que se escribió. De Gaunilo, sin embargo, ni una palabra.

En cambio, el asombro de Peter Watson (1943) se produce con la respuesta que Anselmo dio a Gaunilo. No tanto por la respuesta en sí, pues el santo no resuelve sino que empeora la falacia por petición de principio, al enredarse en nuevos argumentos circulares donde las premisas se basan en las conclusiones.

Según Watson:
«Lo interesante de este intercambio, sin embargo, es que Anselmo, una destacada figura en comparación con el monje, publicó la respuesta de Gaunilo junto a su propia réplica. El debate daba por hecho que era posible hablar acerca de Dios en téminos “razonables”, que Dios podía ser estudiado como cualquier otra cosa y que el rango no tenía ninguna relación con la autoridad. Esto era algo nuevo». (Watson, 2009; 579)
Tal como él dice, lo verdaderamente sorprendente (y novedoso) es que una autoridad como Anselmo se dignara en responder, y por escrito, a un insignifante monje que disfrutaba de sus escasos quince minutos de gloria. Con este acto se retoma el debate que había quedado suspendido durante toda la Alta Edad Media. Se empezaba a recuperar el ágora. Se vislumbraba la luz al final del túnel de la edad oscura.

En cierto modo, podemos afirmar que, en contra de las apariencias, el Renacimiento fue una época aún más “oscura” que la Baja Edad Media, pues supuso la reacción por parte del poder absoluto de los reyes y del clero contra la libertad del pensamiento que emergía en las universidades. La época de Maquiavelo, Moro y La Boétie será también la época en la que dan comienzo las guerras de religión.

Guerras que, sin embargo, no resolvieron la cuestión fundamental, pues aún seguimos a la espera de que alguien se suba a la tarima y nos demuestre la existencia de Dios.

2 comentarios:

  1. Hola, Plácido.
    Es que la gracia que tiene el ente Dios es que está fuera del entendimiento humano. Si un día Dios fuese demostrable se acabaría Dios o bien las ciencias al completo sufrirían un cambio de paradigma.
    De todas formas "demostración" y "fe" me recuerdan al agua y al aceite ;-)

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  2. Hola, José Luis,
    Pues esa es otra perspectiva. Nunca se me ocurrió qué pasaría con la ciencia si se llegara a demostrar la existencia de Dios. La diferencia está en que la ciencia lo aceptaría como un dato más y remodelaría sus teorías en función de ese nuevo paradigma.
    Lo contrario es imposible: si se demostrara la no existencia de Dios (lo cual ya de por sí es absurdo) lo más probable es que los creyentes negarían la validez del dato, y seguirían creyendo tal cual.
    Posiblemente, a los humanos nos gusten más los sabores míticos que la cocina lógica.

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