miércoles, 1 de enero de 2014

La disputa de los universales

Los filósofos medievales discutían sobre temas tales como la relación entre fe y razón, la naturaleza y existencia de Dios, los límites del conocimiento, la libertad del hombre, la divisibilidad e indivisibilidad de las sustancias, y el problema de los universales.

Hablemos de este último. Hablemos de los universales.

No se sabe quien pudo iniciar la disputa de los universales pero todo apunta a que fue Heráclito (355-484 a.C.) cuando introdujo aquello de que nunca entramos dos veces en el mismo río, porque éste cambia a cada instante. Todo fluye para el oscuro de Éfeso, apuntamos en nuestra bitácora. Y es que seguimos viendo el río, aunque ya no sea el mismo río.

La idea de lo que es un río está en la mente de cada uno. Es una idea general. A las ideas generales las llamamos universales. Pero, ¿podemos afirmar que la idea universal de un río es más real que las aguas del río Merced fluyendo a través del parque Yosemite?

Lo mismo ocurre con la idea de caballo en contraposición a los caballos concretos a los cuales distinguimos incluso por sus nombres propios. Nombres tales como Furia, Rocinante, Jolly Jumper o Imperioso.

Vimos como los estoicos, que eran nominalistas, harían suya la frase que el cínico Antístenes (444 -365 a.C.) dirigió al director de la Academia, el autor de la alegoría de la caverna:
«Veo el caballo, no la caballidad».
Esto es, veo un individuo que es un caballo, blanco o negro, pero no la noción de caballo o caballidad que comprende a todos los caballos de mundo, tanto en el presente, como en el pasado o en el futuro y que incluiría a su vez a los creados por artistas, poetas, cineastas o dibujantes de cómics.

Por cierto que Jeanne Hersch (1910-2000) resaltó el gran asombro que le produjo observar que todas las palabras, salvo los nombres propios, tengan un significado general mientras que en la experiencia sólo encontramos seres singulares. Hay aquí una extraña inadecuación del lenguaje:
«No hay nada en el lenguaje que corresponda a esa singularidad, la cual propiamente no puede ser dicha. En la experiencia, en cambio, nada corresponde a los términos generales de la lengua». (Hersch, 2010; 102)
Este problema, el de los universales, también enfrentó a Aristóteles (384-322 a.C.) con su maestro. Mientras Platón (427-347 a.C.) afirmaba la realidad ontológica de las ideas, su aventajado alumno ponía de manifiesto las funciones lógicas de las ideas generales. El mundo de las ideas platónicas o de los universales separados del mundo físico pero interactuando con éste, era para Aristóteles algo muy difícil de comprender, o de creer. Él prefería centrarse en explicar este mundo en el que vivimos.

De hecho, la disputa de los universales enfrenta a nominalistas contra realistas. Es más, el nominalismo surgió como una reacción al problema de los universales.

El nominalismo es una doctrina filosófica según la cual todo lo que existe son particulares. Se afirma en oposición a los realistas que sostienen la existencia de los universales o las entidades abstractas.

Unos estarían más cerca del materialismo y los otros del idealismo, o del espiritualismo. No olvidemos que la corriente del neoplatonismo sirvió para que Agustín de Hipona (354-430) identificara el mundo de las ideas con el mismísimo Dios. Si tenemos en cuenta la serie de persecuciones, torturas, asesinatos y guerras que trajo la intolerancia religiosa a lo largo de la Edad Media y la Edad Moderna, es probable que nos inclinemos en favor del nominalismo y en contra del realismo.

Pero la cosa no es tan fácil.

Imagina una escena donde un hombre y una mujer atraviesan a lomos de sus caballos el río Merced. Olvida por un momento el río, los caballos y el paisaje y centrémonos en las personas.

Un nominalista te dirá que ve un hombre y una mujer. De distintas edades, distintos pesos, tamaños, y color de ojos. Puede que hasta distinga su color de piel. Quizás sean de nacionalidades contrarias e ideologías antagónicas. Cada cual tendrá su propia historia, su propia educación y su propia fortuna. Hablarán en su propia lengua. Y persiguirán metas distintas. En cierto modo estamos ante la afirmación del individualismo. Actualmente, como consecuencia de cuatro décadas de individualismo posesivo, vivimos y padecemos la crisis de un modelo capitalista totalmente deshumanizado.

Un realista, en cambio, insistirá en que ese hombre y esa mujer participan de una idea común: la humanidad. Ambos son seres humanos. Pertenecen a la misma especie y comparten un número enorme de características que les hacen iguales. Mirándolo así, es extraño pensar en normas o disposiciones que perjudiquen a unos y privilegien a otros. Desde esta perspectiva, nos acercamos a una posición que nos lleva a afirmar la libertad, la igualdad y la fraternidad.

Como ves, siempre estamos cruzando el río. ¿El mismo río?

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