miércoles, 8 de enero de 2014

La metáfora del túnel

Tal como decía Basilio de Cesarea (330-379), el ágora había dejado de utilizarse en su época. No es sólo que ya no se debatiera, es que tampoco había lugar para muchas risas.

Al comienzo de la Edad Media hubo una gran hostilidad hacia la risa por parte de los Padres de la Iglesia. Para san Juan Crisóstomo (347-407), «el mundo no era un teatro hecho para reír». El patriarca de Constantinopla añadía lo siguiente:
«No se nos ha colocado aquí [en el mundo] para reírnos a carcajadas, sino para llorar por nuestros pecados». (Verdon, 2001; 18)
Según el pensamiento común a los doctores de la Patrística, no es Dios quien nos da la ocasión de reír, sino el diablo. E insistían en que todo buen cristiano ha de esforzarse en imitar a Jesús, para añadir que éste jamás se rió, según se desprende de la lectura de los 'Evangelios'.

Lo dicho anteriormente procede del historiador Jean Verdon (1937) autor de 'Rire au Moyen Age' (Reír en la Edad Media). En su introducción, el medievalista retoma las palabras que el personaje Jorge de Burgos pronuncia en 'El nombre de la rosa' (1980), aquellas en las que se opone a la risa.

Haré yo algo parecido recogiendo el siguiente diálogo:

Burgos: -La risa es un viento diabólico, que deforma las facciones de la cara y hace que los hombres parezcan monos.
Baskervile: -Los monos no ríen. La risa es propia del hombre. 
Burgos: -Como el pecado.

La risa se la tomaban muy en serio, como ves.

Después de nuestro 'Retorno a la oscura Edad Media', será menester contar cómo se salió de ella. Puestos a buscar metáforas, te propongo recorrer en metro el tiempo que media entre el mundo Clásico y el Renacimiento. Será un largo viaje, de unos mil años, a través de la Europa medieval con paradas en estaciones que llevarán por nombre el de los pensadores de cada momento. Eso sí, no será el túnel de la risa, ¿o sí lo será? [1] ¿Te atreves?

Así, a mitad del siglo v, nos subimos en san Agustín (354-430), donde alguno de los viajeros nos advierte que si nos dejamos absorber por los intereses terrenales pondremos en peligro nuestra entrada en la Nueva Jerusalén. (Watson, 2009; 628) 

En otras palabras, que demasiada lealtad hacia la Ciudad del Hombre podría ser castigada como una traición ante las puertas de la Ciudad de Dios. Es por eso que las gentes del medievo andaban mucho más pendientes de las recompensas o castigos que les reservaba el más allá que en preocuparse por la vida que les había tocado pasar aquí.

Llegan otras estaciones, las que llevan los nombres de santo Tomás (1224-1274), Dante (1265-1321), Duns Scoto (1266-1308), Ockham (1280-1349) entre otros. De éstos algo sabemos, aunque sólo sea por haberlo leído en esta bitácora.

Los viajeros que se suben en Ockham, o en la parada que le sigue, nos hablan de un panorama desolador: el de la gran hambruna de 1315; las grandes compañías de bandoleros que galopan y saquean a sus anchas; el inicio, en 1337, de la Guerra de los Cien Años (que en realidad fueron 116); la Peste Negra, que llega en 1347; y el Cisma de Aviñón, que a partir de 1378 está desligitimando aún más el entramado ideológico de un clero ya muy corrompido. Todos estos desastres se suman a, o se engloban en, la crisis bajomedieval, una crisis socio-económica que algunos dicen que acabará con el sistema.

La próxima parada es Petrarca. Es harto conocida su pasión por Laura y los hay que la comparan a la que Dante sentía por Beatriz. Nos informan, además, que Francesco Petrarca (1304-1374) no oculta su desdén por los filósofos que le precedieron y que, en cambio, muestra un gran aprecio por los clásicos. De él sabemos que además de ser uno de los primeros humanistas renacentistas también está comprometido con el cristianismo.

Sólo empezamos a ver la luz al final del túnel según nos vamos acercando a Boccaccio. No sólo nos llega la luz, sino también las risas, las sonrisas, y algo más.

Pero la metáfora del túnel no se acaba aquí. Continúa en la siguiente entrada.

[1] Túnel de la risa es el nombre con el que se conoce a los túneles ferroviarios de Madrid (España) que con orientación sur-norte unen las estaciones de Atocha (cabecera sur) y Chamartín (cabecera norte), las más importantes de la capital de España en cuanto a número de viajeros. (Wikipedia)

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