viernes, 31 de enero de 2014

Naufragio en el Paraíso

La curiosidad me lleva a preguntarte si deberíamos añorar ese 'Paraíso perdido' del que hablan los versos de John Milton (1608-1674) o, por el contrario, si sería mejor alejarse de él ¿Fueron nuestros (presuntos) primeros padres expulsados del Paraíso o, más bien, huyeron de allí?

Porque, al fin y al cabo, ¿qué demonios sabemos del Paraíso?

Los que tenemos más edad solemos caer en el error de pensar que los más jóvenes conocéis los mismos episodios de la Historia Sagrada que a nosotros nos obligaron a aprender en el colegio. Así que, por si acaso, te resumo lo que allí ocurrió, según mi propia versión del relato del 'Génesis'.
Vivía Adán en el Jardín del Edén, también llamado Paraíso, junto a los animales, los ríos y las plantas. Todo muy bonito. En el 'Génesis' no se nos explica, sin embargo, si leones, tigres o hienas, representaban o no un peligro para este presunto primer hombre que, además, andaba sólo, desnudo y desarmado. Bueno, andaba solo hasta que sus quejas fueron atendidas por el Creador que consintió en reparar su olvido añadiendo una hembra en el jardín, y de ese modo evitar el tedio del primero. A Eva la creó a partir de una costilla de Adán, lo cual no significa que sus (presuntos) descendientes varones nazcamos con una costilla de menos. De si Eva se aburría o no, nada se nos dice.
En el Paraíso todo estaba a disposición de la pareja escogida. Sólo había una prohibición: no les era permitido comer del árbol del conocimiento del bien y del mal. De ello cabe deducir que, en el principio, los humanos eran unos ignorantes totales. También se deduce que así es como los quería Dios.
No tardó mucho en aparecer el demonio [1] que, disfrazado de serpiente, tentó a la mujer para que probara la fruta del conocimiento, cosa que hizo. Luego, ella invitó a su pareja, que también comió.
Fue entonces cuando Dios montó en cólera y castigó a estos dos desobedientes a padecer la mortalidad, además de maldecirlos con el trabajo:
«Comerás el pan con el sudor de tu frente».
Y así, hasta hoy. Nos aseguran de él que era muy bondadoso, así que imagínate si llega a ser malvado.

Dirás que no es más que una fábula, pero durante siglos se ha tenido por una verdad de esas que era peligroso negar.

Esta ofensa primigenia al Creador recibe el nombre de “pecado original”. Y a este episodio sagrado, se le denomina como “la Caída”.

Para san Agustín (354-430) es obvio que nacemos con la mancha del Pecado Original y sostiene que sólo el Bautismo nos libra de ella. Por eso niños y niñas, tienen que ser bautizados apenas nacen. Hubo pues que buscar una explicación, harto complicada por cierto, para el destino de aquellos que morían sin haber recibido la gracia de este sacramento: el limbo. De quienes allí iban no se sabía si quedaban más cerca del infierno que del cielo, o viceversa. Ello provocaba un evidente desasosiego en los padres y familiares de la criatura fallecida que creían en la salvación y en la vida eterna.

El limbo impregnó la cultura cristiana desde las ocurrencias de san Agustín hasta el año 2007, cuando el Vaticano emitió un documento negando que eso del limbo fuera una verdad dogmática, y la rebajaba al rango de una hipótesis teológica. Estamos hablando de un retraso de mil quinientos años. Los teólogos se toman las cosas con calma.

Sobre el papel nefasto que la curiosidad tuvo en el origen del pecado, otro teólogo, el cardenal Newman se pronunció de esta manera:
«La curiosidad nos mueve extrañamente a la desobediencia, con el fin de lograr experiencia en el gusto de desobedecer. [...] Nos metemos así, de diversas maneras en lo prohibido: leyendo lo que no debemos leer, oyendo lo que no debemos oír, viendo lo que no debemos ver, yendo a lugares a donde no debemos ir, razonando con presunción y discutiendo cuando deberíamos prestar fe; actuando, en fin, como si fuéramos nuestros propios señores, cuando lo nuestro es obedecer». (Newman, John Henry: 'La curiosidad, una tentación para el pecado'. En catolicidad.com 17/05/2011)
Contundentes argumentos que parecen más propios de la etapa más oscura de la Edad Media, o de la más brillante del Renacimiento, cuando se dieron cita los horrores de las guerras de religión junto a las torturas y asesinatos de la Santa Inquisición. Y, sin embargo, no es el caso.

El inglés John Henry Newman (1801-1890) es una figura de mitades del siglo xix. Sus ideas fundamentalistas recibirían el respaldo ideológico de nuestros dos papas más recientes y también los más reaccionarios. Ambos iniciaron un proceso que concluyó con su beatificación en 2010. No en vano, tanto para Karol Wojtyla (1920-2005) como para Joseph Ratzinger (1927), el pecado original sigue siendo uno de los aspectos claves que sostienen la fe en el cristianismo, de la manera en que ellos lo entienden.

Volviendo a la pregunta inicial, uno diría que cualquier ser humano desearía llegar a disfrutar del Paraíso. Pero, en serio, ¿vale la pena? Quiero decir que nadie nos garantiza que todo siga igual por allí, como cuando Adán y Eva lo dejaron.

Podría darse el caso de que aquella estúpida norma que prohíbe adquirir conocimiento del árbol de la sabiduría siguiera vigente. ¿Te imaginas una existencia sin acceso al conocimiento? ¿Donde la curiosidad fuera un pecado? ¿Donde nos expulsaran por ser filósofos?

Tal vez, nuestros (presuntos) primeros padres huyeron del Paraíso sin ni siquiera esperar a ser expulsados.

No es que te esté invitando a que así lo creas. No se trata de un dogma, sino tan sólo de una hipótesis teológica. Tú también puedes lanzar la tuya. Pero ten bien presente que si ellos, Adán y Eva, no hubieran probado de aquél fruto, ahora mismo ni tú ni yo tendríamos conocimiento alguno. No estaríamos aquí, dialogando en esta bitácora. Y no tendría sentido que navegáramos a bordo del Aletheia. El horizonte no nos diría nada. Las estrellas tampoco.

Y eso sí que sería aburrido, ¿no te parece?



[1] La semana que viene hablaremos del demonio.

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