lunes, 6 de enero de 2014

Otro camino, otra verdad, otra vida

Te guste más o te guste menos, Saulo de Tarso (5-67) es uno de esos personajes cuya influencia en la historia del pensamiento, y de la cristiandad, es tal que no se puede soslayar. A este ciudadano romano es posible que también lo conozcas como Pablo, o como san Pablo. Alguna universidad lleva su nombre, como ocurre con el CEU San Pablo, perteneciente al Opus Dei. Y varios fueron los papas que eligieron llamarse como él.

Sobre las epístolas paulinas se edificó el cristianismo que finalmente trascendió fuera del ámbito judío a todos los pueblos. Es por eso que a Pablo se le ha llamado “el apóstol de los gentiles”, término que usaban los judíos para referirse a las personas o comunidades que profesaban otra religión.
 
La obra de Pablo recibió grandes elogios de los padres de la Iglesia, especialmente por parte de Juan Crisóstomo (347-407) y Agustín de Hipona (354-430). Pasada la Edad Media, ya metidos en el siglo xvi, las interpretaciones que de sus escritos harían tanto Martín Lutero (1483-1546) como Juan Calvino (1509-1564) tendrían gran influencia en los movimientos protestantes que surgieron con la Reforma.
 
Tres siglos después, la opinión que de Pablo tenían quienes lucharon por la independencia de los Estados Unidos, distaba mucho de ser favorable. Así, Thomas Jefferson (1743-1826), el tercer presidente de dicho país, diría de éste que fue «el primer corruptor de las doctrinas de Jesús». Mientras que para Thomas Paine (1737-1809), el apóstol de los gentiles había creado «una religión de pompa y beneficio, en una supuesta imitación de una persona [Jesús] cuya vida era humildad y pobreza». [1]
 
En el continente europeo, desde Dinamarca, el filósofo Søren Kierkegaard (1813-1855) resaltaría que en vida de Jesús de Nazaret (0-33), él era el modelo a seguir, mientras que luego, Pablo introdujo una alteración básica, pues «quita la atención de la imitación y la fija decididamente en la muerte de Cristo el expiador», esto es, el que borra la culpa por medio de su sacrificio.
Al dublinés George Bernard Shaw (1856-1950), debemos este análisis sobre el éxito que tuvo el paulismo:
«En verdad, nunca ha sido perpetrada una imposición más monstruosa, que la imposición del alma de Pablo sobre el alma de Jesús... Ya es fácil entender cómo el cristianismo de Jesús fracasó completamente en establecerse política y socialmente y fue con facilidad suprimido por la policía y la iglesia, mientras que el paulismo invadió todo el mundo civilizado occidental que era en aquel tiempo el Imperio Romano y que lo adoptó como su fe oficial».
Por su parte, el antropólogo escocés James George Frazer (1854-1941), autor de 'La rama dorada' (1890), sostendría lo siguiente:
«Si el cristianismo debía conquistar al mundo, no podía hacerlo sino aflojando un poco los principios demasiado rígidos de su fundador».
En línea con los anteriores, Herbert George Wells (1866-1946), autor de 'La máquina del tiempo' (1895) y 'La guerra de los mundos' (1898), sostuvo que Pablo y sus seguidores lograron que las revolucionarias enseñanzas de Jesús fueran sustituidas por una salvación que se podía obtener en gran parte por credo y formalidades, sin ningún cambio serio de los hábitos ordinarios y ocupaciones del creyente.
 
Llegados a este punto, cualquiera dudaría de que el cristianismo de Pablo tuviera en realidad algo que ver con el mensaje de Jesús. Y en efecto, tal será el argumento lanzado por Mark Twain (1835-1910) con contundencia:
«Si Cristo estuviera aquí hoy en día, hay algo en particular que no sería: un cristiano».
Tremenda paradoja. De ella también se haría eco el escritor y filósofo español Miguel de Unamuno (1864-1936) al sostener que:
«En vida de Cristo no se le hubiese adherido ningún Pablo».
Era otro camino, otra verdad, otra vida.
 
En un tono más neutro, el también filósofo español José Ortega y Gasset (1883-1955) retomaría el papel teológico de Pablo en los siguientes términos:
«San Pablo fue el primer teólogo; es decir, el primer hombre que del Jesús real, concreto, individualizado, habitante de tal pueblo, con acento y costumbres genuinas, hizo un Jesús posible, racional, apto, por tanto, para que los hombres todos y no sólo los judíos, pudieran ingresar en la nueva fe. En términos filosóficos, san Pablo objetiva a Jesús».
Del sermón de la montaña, lo que sabemos no nos viene dado a través de Pablo, sino de Mateo. Según este evangelista, dijo Jesús entonces: «Cuidaos de profetas falsos, quienes vienen a vosotros vestidos de oveja, pero interiormente son lobos voraces» (Mt.vii.15). Esta frase llevó a Gerald Friedlander (1871-1923) a preguntase si no podría ser una advertencia contra Pablo y sus seguidores. ¿Lo era?, me pregunto yo también.

Añade a todo ésto, que según John Langdon-Davies (1897-1971) fue «por medio de [san Pablo] que la actitud ofensiva hacia las mujeres se expresó por fin en la Iglesia Católica».
 
Entre las notas que nos dejó el filósofo Ludwig Wittgenstein (1889-1951) encontramos esta interesante observación:
«En los evangelios -tal como me parece a mí- todo es menos pretencioso, más humilde, más sencillo. Allí encontráis chozas; en Pablo una iglesia. Allí todos los humanos son iguales y Dios mismo es un humano; en Pablo ya hay como una jerarquía».
Quizás todo se resuma en la idea que expresó Joseph Gedaliah Klausner (1874-1958): que el tal Pablo distaba mucho de ser un santo.
 
Y, sin embargo, el camino por él trazado fue el que el cristianismo siguió y no ha abandonado desde entonces.


[1] Para esta cita y las que siguen puedes consultar esta web: http://www.metalog.org/files/p_pablo1.html

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