domingo, 19 de enero de 2014

Rumbo a Utopia

Es agradable conversar con Nicolás Maquiavelo (1469-1527), pero nosotros somos navegantes y no podemos permanecer mucho tiempo sobre tierra firme, aunque esa tierra sea la Florencia del Renacimiento. Volvemos pues a bordo de nuestro Aletheia y ponemos rumbo a Utopia.

Utopia es el nombre de una isla que ha de hallarse en algún lugar del Océano Atlántico, según sabemos por los relatos del explorador Raphael Hythlodaeus.

Ocurre, sin embargo, que se trata de una ficción. No existe dicho lugar. De hecho, Utopia sería traducida al castellano por Francisco de Quevedo (1580-1654) como un “no-lugar”, que es lo que en griego significa outopia. Otros, en cambio, han preferido leerlo como eutopia, que significa “lugar bueno”. Fíjate, que en ambos casos, el sufijo topos significa “lugar”.

Tampoco existió el tal Hythlodaeus. Se trata de un personaje imaginario que descubre un mundo imaginario. Ambos, el personaje y el lugar, son producto de la imaginación del inglés Tomás Moro (1478-1535), autor del 'Libellus vere aureus, nec minus salutaris quam festivus, de optimo rei publicae statu deque nova insula Utopia' (Libro del estado ideal de una república en la nueva isla de Utopia).

Al contrario de lo que vimos en Maquiavelo, el propósito de Moro será el de presentarnos la posibilidad de un mundo perfecto.

Del nombre que inventa para designar ese sitio, Utopia, deriva la palabra “utopía” (con acento en la i) que hoy usamos para definir cualquier representación de un mundo idealizado que se presente como alternativo al mundo realmente existente, mediante una crítica de éste. Recordemos que Maquiavelo nos mostraba el mundo tal como es. Moro, en cambio, nos dirá como el mundo debería ser.

Actualmente, decimos que algo es utópico cuando lo consideramos irrealizable, imposible de llevar a cabo. En cierta manera, el sentido peyorativo se impone aquí. Sugerir utopías vendrá a ser lo mismo que decir tonterías. Debemos guardarnos, pues, de quienes quieren cambiar el mundo. Debemos aceptar el mundo tal como está.

En Moro, la idea era otra. Al plantear una utopía, establece un objetivo. Tener un objetivo en mente sirve para que los humanos podamos tomar las decisiones que concuerden mejor con el camino que supuestamente nos acercará a la meta que nos hemos propuesto.

La utopía sirve como un modelo puro, una idea, cuya contemplación ha de guiar a la conciencia histórica. Recuerda que ya Platón escribió su 'República' que viene a ser un precedente de la 'Utopía' que ahora nos ocupa.

Según Gutiérrez Almeira (1971), la obra de Moro está inspirada por el pragmatismo ya que no la plantea de un modo susceptible de ser construida, sino para servir como inspiración de la acción política y religiosa.

Continúa el filósofo uruguayo diciendo que:
«[Una utopía es] la expresión de la capacidad humana de salirse mentalmente de las relaciones cerradas y dadas con su entorno para proyectarse en lo no dado y abierto de lo posible». (Gutiérrez Almeira, Fernando: 'La utopía de las leyes'. En http://fernandogutierrezalmeira.wordpress.com, 29/05/2012)
Podemos traer a colación la idea que Agustín de Hipona (354-430) logró imponer en el pensamiento occidental, según la cual:
«[...] debido a la Caída, los hombres y las mujeres venían al mundo para sufrir en él y su única esperanza real de alcanzar la felicidad estaba en el cielo». (Watson, 2009; 583)
Es decir, el objetivo en Agustín está fuera de este mundo y no es nuestra misión dedicarnos a mejorar las condiciones de nuestra vida terrenal, sino aceptar los inconvenientes que se nos presentan como pruebas que Dios nos envía para santificarnos, y así lograr nuestra salvación en la vida eterna.

En Moro, sí es posible mejorar este mundo. Veamos en que consistía su propuesta:
  • La paz reina en Utopia, en contraste con lo que ocurría en el mundo que le tocó vivir a Moro. Los habitantes de esta ínsula practican el pacifismo;
  • La paz reina en Utopia, donde se ha establecido la propiedad común de los bienes. Por el contrario, los conflictos crecen en aquellas sociedades que se rigen por un sistema de propiedad privada que son, en realidad, todas las sociedades contemporáneas a nuestro Tomás Moro;
  • La paz reina en Utopia, donde las autoridades son elegidas mediante el voto popular, a diferencia de lo que ocurre en las sociedades de comienzos de la Edad Moderna, en las que gobernaban príncipes tiranos o monarcas absolutistas.
Son recetas para vivir en un mundo en paz. Recetas que se parecen mucho a las dadas por Maquiavelo, enunciadas apenas unos años antes: evitar la guerra, promover lo público sobre lo privado y preferir la república sobre la tiranía. Sólo que las de Moro aún parecen más radicales, más utópicas, en el sentido de irrealizables.

Tal vez estés pensando que Moro era un tipo bastante iluso. ¿Acaso lo era?

El londinense, además de destacar como teólogo, humanista, poeta y traductor, fue profesor de leyes, juez de negocios y abogado. Ejerció también la política, llegando a ser nada menos que Lord Canciller del rey Enrique VIII (1491-1547), a quien citamos brevemente en 'Los papas de la era maquiavélica'.

Como vimos, la “cuestión real” aparece cuando Enrique VIII solicita el divorcio de Catalina de Aragón (1485-1536) y el papa Clemente VII (1478-1534) no se lo concede. El principal motivo para no hacerlo es que el papa, tras el Sacco di Roma, se había convertido en “prisionero” del sobrino de Catalina, o sea, de Carlos V (1500-1558), emperador del Sacro Imperio Romano Germánico y rey de todas las Españas.

En consonancia con su beligerancia contra Martín Lutero y su Reforma protestante, Moro se opuso al divorcio de Enrique y Catalina. Más tarde, renunciaría a su cargo para no verse obligado a aceptar el Acta de Supremacía que declaraba al rey de Inglaterra como cabeza de la nueva Iglesia anglicana. Pero con sus silencios logró irritar a éste y, tras ser acusado de alta traición, fue declarado culpable y encerrado en la Torre de Londres. El 6 de julio de 1535 se le decapitó. Para los católicos se trata de un mártir, y un santo.

Lo que sí quedó fuera de toda duda es su gran estoicismo. ¿Valió la pena? Podríamos pensar que en realidad, Moro no murió en defensa de un “lugar bueno” aquí en la tierra, sino de un “no lugar” allá en cielo. De hecho, si fuera al contrario, ¿le habrían hecho santo?

Nosotros seguimos dando vueltas a bordo del Aletheia, en busca de una utopía que sea un buen lugar. Quizás no logremos alcanzarla, pero la única manera de acercarnos será navegando en la dirección que nos lleva a ella, no remando en contra.

Por otra parte, si eres de los que aún piensan que las utopías nunca se alcanzan, te invito a reflexionar un poco sobre ésto: un sistema socio-político basado en el liberalismo, en la época de Moro, era también una utopía.

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