lunes, 24 de febrero de 2014

El martirio de los lolardos

En Inglaterra, gran número de lolardos acabaron en la hoguera por leer y distribuir la 'Biblia de Wycliffe'. Durante la Edad Media estaba prohibido traducir las sagradas escrituras a las lenguas vernáculas. Y eso fue lo que, en 1382, hizo John Wycliffe (1320-1384), traducir la 'Vulgata' al inglés. Recuerda que la 'Vulgata' fue durante mil años la única versión autorizada de la Biblia por la Iglesia católica, tal como vimos en 'Humanistas y reformistas'.

El profesor Wycliffe, o Wickliffe, (o Juan Wiclef, en versión españolizada), daba clases en la universidad de Oxford. Los lollards (lolardos) era el nombre por el que se conocía a sus seguidores. Se trataba de un movimiento anticatólico que proponía unas reformas centradas en la Biblia. De hecho, los lolardos son precursores de la Reforma protestante que un siglo más tarde lideraría Martin Lutero (1483-1546), en lo que hoy es Alemania. La influencia de Wycliffe es significativa en Jan Hus (1370-1415) y el movimiento husita que se formó tras la ejecución de éste.

El líder de los lolardos no sólo se mostraba contrario a la ideología transmitida por el catolicismo, sino que además se oponía al poder temporal del clero y abogaba por la secularización de las propiedades de la Iglesia. Ten en cuenta que en aquellos tiempos la institución que decía tener a Jesús de Nazaret (0-33) como modelo, se había convertido en la mayor propietaria de tierras en el continente europeo.

Para Wycliffe, el papa y el anticristo venían a ser lo mismo.

Ya en 1377, el papa Gregorio XI (1336-1378) publicó numerosas bulas acusando a Wycliffe de herejía. Pero gracias a sus contactos en la corte inglesa puedo evitar ser procesado. De hecho, contaba con la protección y el apoyo de Juan de Gante, I duque de Lancaster (1340-1399), uno de los hijos del rey Eduardo III (1312-1377).

Todo se quedaba en meras reprimendas o alguna pequeña sanción. Un año después, Wycliffe, negaría la transubstanciación en la eucaristía, lo cual provocó un gran escándalo. Tanto, que fue expulsado de la corte y también de su cátedra en la universidad. La transsubstanciación es la doctrina que afirma que el pan y el vino consagrados durante la eucaristía se transforman realmente en el cuerpo y la sangre de Cristo.

Los autoproclamados como los “pobres predicadores” de Wycliffe se dedicaron a propagar su doctrina por los pueblos de Inglaterra. Allá donde llegaban obtenían una gran audiencia. Entre otras cosas:
  1. Afirmaban que el laico devoto tenía la facultad de ejecutar los mismos ritos y funciones que un sacerdote pues, según ellos, la autoridad religiosa provenía de la devoción y no de la jerarquía eclesiástica;
  2. Enseñaban una cierta forma de predestinación;
  3. Creían que los niños se salvan si mueren sin bautizarse;
  4. Buscaban eliminar las leyes que limitaban el salario de los campesinos;
  5. Abogaban por la pobreza apostólica;
  6. Exigían la tasación de las propiedades de la Iglesia;
En 1381, hubo una rebelión campesina que muy probablemente se inspiraba en las ideas del movimiento wyclifista.

 

Las doce conclusiones

En febrero de 1395, once años después de la muerte de John Wycliffe, un grupo de lolardos dirigió al Parlamento una petición con doce conclusiones que fueron fijadas en las puertas de Westminster Hall.

En ellas se recogían los puntos ya mencionados. Se denunciaban la acumulación de riquezas por el clero, ya que esto lleva a la codicia y a despreocuparse de lo religioso. Se oponían a que los religiosos ejercieran el poder temporal secular, por constituir un conflicto de intereses entre los asuntos del espíritu y los del estado. Señalaban lo absurdo de reverenciar las imágenes de los santos. Rechazaban el celibato obligatorio de los religiosos. Sostenían que el clero deben rendir cuentas a las leyes civiles. Se oponían a la pena de muerte y estaban en contra de las guerras, la violencia y el aborto.

En los años que siguieron, por orden del rey Enrique IV de Inglaterra (1367-1413), los lolardos fueron perseguidos por subvertir el orden de la Iglesia. Las 'Biblias de Wycliffe' quedaron prohibidas y la pena para quienes las poseyeran era la de ser quemados en la hoguera. As usual.

Al fin y al cabo, el término lollard bien podría proceder del latín lolium que significa “hierba dañina”. De ser así, habría que reconocer, una vez más, la eficacia propagandística de la iglesia católica al compararlos con la cizaña que crece entre el grano en la parábola de Jesús de Nazaret. ('Parábola del trigo y la cizaña'. En biblegateway.com)

Pues dime, ¿qué hace un agricultor con las hierbas que arranca de su campo? ¿Acaso no hará bien de quemarlas?

sábado, 22 de febrero de 2014

Los huevos de Erasmo

Respecto de humanistas y reformistas, la Iglesia católica lo tenía claro:
«Erasmus posuit ova, Lutherus exclusit pullos» (Erasmo puso los huevos, Lutero los empolló).
Aún no existía la radio pero el clero ya disponía de ingeniosos locutores.

Como ya dijimos, Erasmo de Rotterdam (1466-1536) siempre negó cualquier responsabilidad en el auge del movimiento protestante que lideraba Martin Lutero (1483-1546). Aunque eso no evitó que se viera en serios apuros.

El teólogo holandés había traducido la 'Biblia', al latín, directamente de los textos griegos y hebreos de los que disponía. El resultado ponía en evidencia los errores que aparecían en la 'Vulgata', que era la versión autorizada de la 'Biblia' por la Santa Sede. La 'Vulgata' fue el texto de referencia desde el año 382, en que Jerónimo de Estridón (340-420) la tradujo del hebreo y el griego por encargo del papa Dámaso I (304-384). Tanto Jerónimo como Dámaso fueron posteriormente canonizados.

Con su traducción, Erasmo demostraba hasta qué punto dichos santos habían hecho mal un trabajo tan importante, pues, atención al dato: nadie cuestionó la autenticidad de la 'Vulgata' durante mil años. Casi nada.

Además, Erasmo no se paró ahí, sino que también tradujo los 'Nuevos Testamentos'.

Tales eran “los huevos” que Erasmo puso, según los propagandistas católicos.

Y, siguiendo su argumentación, esos mismos huevos fueron los que Lutero empolló, es decir, que los asimiló, los tradujo al alemán, su lengua vernácula, y los puso a disposición de las imprentas que pronto hicieron que circularan entre la población. Tal escenario era especialmente temido por la Iglesia católica de Roma, pues ahora los textos sagrados quedaban a expensas de la libre interpretación de cada uno y la gente empezaba a poner en duda el papel de intermediario que el clero se asignaba entre Dios y los hombres.

La emergencia de la Reforma pilló a Erasmo en la cúspide de la fama por sus importantes obras literarias. Ni Lutero ni León X acertaban a comprender que para el humanista, ponerse del lado de los unos o los otros le resultara igual de repugnante. El humanista valoraba en mucho su libertad de pensamiento y su independencia individual e intelectual y sabía que ambas se perderían de unirse a cualquiera de los bandos. Así que no tomó partido.

Tuvo, sin embargo, que dar muchas explicaciones por las críticas anteriormente vertidas contra las malas prácticas y los abusos que observaba en la Iglesia. Se vio obligado a manifestar públicamente que sus ataques no se dirigían ni contra la Iglesia como institución ni contra Dios como fuente de inteligencia y justicia, sino sólo contra los malos obispos y frailes que ganaban dinero ya fuera vendiendo el paraíso o practicando otros tipos de simonía, es decir, la compra o venta de lo espiritual por medio de bienes materiales. ¿Eran pecados o eran delitos?

Católicos y protestantes vieron en la negativa de Erasmo un acto de deslealtad o de cobardía, según el caso.

Al revés de lo que opinaba el holandés, para Lutero, la única manera de poder efectuar una reforma real y completa de la Iglesia pasaba por abandonar los libros y convertirse en el líder espiritual del pueblo. Los protestantes creían en la libertad individual, y decían que no hacía falta una Iglesia para alcanzar la salvación. Esos eran los pollos que Lutero incubó.

Cuando Erasmo dijo que él no esperaba un pollo de esa clase, se refería a que su lucha por cambiar los abusos que los católicos hacían de las ideas cristianas no incluía un cambio en las ideas mismas.

La intransigencia de cristianos católicos y cristianos protestantes pronto desembocó en la locura de una guerra si cuartel que llevó a algunos de sus amigos a manos del verdugo de turno.

En nombre del Dios del amor, uno y otro bando cometerían las peores atrocidades. La violencia reemplazaba a la razón. En cierta manera, las raíces cristianas se empeñaban en abortar toda posibilidad de desarrollar el humanismo.

No sin cierto éxito.

miércoles, 19 de febrero de 2014

Humanistas y reformistas

Conviene aclarar, de entrada, que humanistas y reformistas no son lo mismo. Aunque en cierta manera son dos movimientos que coexisten y se complementan. Empecemos con los primeros.

El Humanismo

Se nos ha dicho que el humanismo fue un movimiento intelectual comprometido con la recuperación y comprensión de los autores de la Antigüedad, griegos y romanos, cuyo conocimiento se consideraba más puro que el del cristianismo que había imperado durante la Edad Media.

Aunque según Watson:
«El humanismo estaba menos interesado en el redescubrimiento de las ciencias de los antiguos que en restablecer un conjunto de valores paganos, esto es, la perspectiva secular de griegos y romanos, en la que el hombre era la medida de todas las cosas». (Watson, 2009; 629)
Que el hombre fuera la medida de todas las cosas suponía un avance respecto al dogmatismo que ponía a Dios como única explicación posible. Pero, como ocurría en el mundo clásico, al colocar al hombre como centro del mundo, la mujer quedaba, una vez más, relegada. La historia aún se reservaba muchos siglos de machismo. De hecho, aún no se ha llegado a la igualdad entre hombres y mujeres, pero de eso ya hablaremos otro día.

Volviendo al tema, a los humanistas del Renacimiento no les pasaba desapercibido el hecho de que los autores clásicos hubieran disfrutado de vidas plenas aún careciendo del beneficio de conocer las Sagradas Escrituras.

La imprenta de tipos móviles moderna, inventada por Johannes Gutenberg (c. 1398-1468), constituyó una revolución tecnológica pero sobre todo una revolución cultural. Desde 1450, libros y panfletos comenzaron a circular de una manera mucho más económica, llegando a mucha más gente, si bien, no a todos. Fue un fenómeno imparable, semejante a lo que ocurre con Internet en nuestros días.

Aparte de los primeros humanistas, Dante (1265-1321), Petrarca (1304-1374) y Boccaccio (1313-1375), hay que fijarse también en los que llegarían un siglo después. Uno de ellos fue Giovanni Pico della Mirandola (1463-1494), autor de las 'Conclusiones philosophicae, cabalisticae et theologicae', (1486) más conocidas como las '900 tesis'. Esta obra iba precedida de una introducción, que tituló como el 'Discurso sobre la dignidad del hombre', donde formulaba tres de los ideales del Renacimiento:
  1. El derecho inalienable a la discrepancia;
  2. El respeto por las diversidades culturales y religiosas;
  3. El derecho al crecimiento y enriquecimiento de la vida a partir de la diferencia.
En sus '900 tesis', el joven filósofo de Ferrara, que por aquel entonces sólo contaba con 21 años de edad, proponía un cierto ecumenismo universal con las otras ideologías o creencias de tal manera que todas ellas confluyeran en el cristianismo.

Y así se lo propuso a Roma. Cuando el papa Sixto IV (1414-1484) rechazó su trabajo, a Pico della Mirandola no se le ocurrió otra mejor idea que defender sus ideas por escrito, haciendo lo que llamamos una apología. Los doctores eclesiásticos consideraron tal reacción como un acto de soberbia y obstinación. Fue juzgado y condenado por herejía a la excomunión. Más tarde, sería otro de los papas de la era maquiavélica, Alejandro VI (1431-1503), quien le libró de ella, pero eso ya es otra historia.

Es muy posible que Pico, en sus tiempos de estudiante en la universidad de Bolonia, coincidiera con Pietro Pomponazzi (1462-1525). En su obra 'De incantationibus' (Sobre los encantamientos) Pomponazzi ofrecía explicaciones naturales a la astrología, un tema que Pico della Mirandola también abordó.

Para Pomponazzi, también los milagros pueden ser explicados como producto de causas naturales. Según él, la inmortalidad del alma es un acto de fe y no es demostrable por la razón. Y sostuvo, además, que el hombre es capaz de encontrar el sentido de su vida aun sin necesidad de creer en otra vida en el más allá.

Gracias a sus amistades en el clero, Pomponazzi pudo eludir la hoguera, pero sus libros no.

Apenas unos años más joven que Pomponazzi y Pico della Mirandola, aparece en Holanda la figura del humanista más importante: Erasmo de Rótterdam (1466-1536). Muchos estudiantes europeos disfrutan hoy de becas que llevan su nombre: las becas Erasmus.

El holandés fue un filósofo, filólogo y teólogo, autor de importantes obras escritas en latín. Era muy amigo de Tomás Moro (1478-1535), al que ya visitamos en nuestro 'Rumbo a Utopia'.

De Erasmo, o Erasmus si lo preferieres, se ha dicho que estuvo en constantes polémicas con la Iglesia y, en parte, es cierto. Pero lo que Erasmo quería es que la Iglesia permitiera una mayor libertad de pensamiento, más acorde a los nuevos tiempos del Renacimiento que dejaban obsoletos los criterios que rigieron durante la Edad Media.

La Iglesia se resistía a tales cambios y mantenía una represión violenta contra quienes podían suponer una amenaza contra el pensamiento único. Recordemos que Inocencio VIII (1434-1492) inició la caza de brujas por todo el continente, en 1486, cuando Erasmo apenas contaba con veinte años de edad.

 

La Reforma

La Reforma se inició en Wittenberg, en 1517, cuando un monje agustino de 24 años, llamado Martin Lutero (1483-1546), clavó sus '95 tesis' en la puerta de la iglesia del palacio de esa ciudad. Era una respuesta a la campaña de venta de indulgencias emprendida por el papa León X (1475-1521) para sufragar los gastos de la construcción de la basílica de san Pedro.

Y era también, un desafío nacionalista hacia el poder que los Estados Pontificios ejercían sobre los príncipes alemanes. Este es un aspecto importante que anticipo ahora, pero que desarrollaré en futuras entradas.

A partir de lo ocurrido en Wittenberg, Erasmo se vio atrapado en medio de dos fuegos, nunca mejor dicho. Mientras los católicos empezaron por quemar los escritos de Lutero, los protestantes replicaban chamuscando las bulas papales. Y ya sabemos que 'donde queman libros, quemarán personas'. Y eso fue lo que ocurrió. De hecho, ya dijimos que Savonarola (1452-1498) era un precedente del propio Lutero.

Ambos bandos, católicos y protestantes, se disputaron el apoyo del famoso intelectual. Pero Erasmo no se pronunció. Circula por ahí que la Iglesia y el de Rotterdam intercambiaron estas célebres frases:
- «Erasmo puso los huevos y Lutero los empolló».
- «Sí, pero yo esperaba un pollo de otra clase».
¿De qué clase era ese pollo? ¿Y a qué huevos se referían?

Lo veremos próximamente.

martes, 18 de febrero de 2014

El príncipe de este mundo

Uno de los disfraces más utilizados por los apologetas del demonio, para vestirle, es el de príncipe de este mundo.

Destacan con ello su poder. Su tremendo poder. Su poder sobre nosotros.

Según ellos, la misión de Jesucristo al venir al mundo consistía, precisamente, en liberar a los seres humanos del poder del demonio. En 'Disfraces de Satanás' ya te anticipé que en el 'Nuevo Testamento' abundan los demonios, mientras que en el 'Antiguo', ocurre lo contrario.
«Los Padres [de la Iglesia] subrayan siempre la victoria de Cristo [sobre el demonio]», subraya a su vez José Antonio Sayés (1944).
Pero el escritor Giovanni Papini (1881-1956), que primero fue ateo y luego un converso radical del catolicismo, sostiene lo siguiente:
«Para quienes aún se acuerdan de que tienen un alma, lo que importa es, ante todo, el amor de Dios. Pero enseguida de ello es necesario el conocimiento de quien por voluntad de Dios nos posee y nos domina: el Diablo». (Wikiquote)
Así pues, no está nada claro que esa victoria de Cristo sobre el demonio fuese tan decisiva. Es más, al seguir advirtiéndonos del tremendo poder que el demonio sigue ejerciendo sobre nosotros es como si nos estuvieran diciendo que el que ganador hubiera sido él y no el Hijo de Dios.
«Al poder del demonio se aplica la misma dialéctica que al Reino: el ya sí, pero todavía no: vencido fundamentalmente, todavía aparece sobre el mundo su actividad». (Sayés, 2008; 43)
En palabras de san Jerónimo (340-420):
«Jesús mismo, nuestro jefe, tiene una espada y avanza siempre delante de nosotros y vence a los adversarios. Él es nuestro jefe: luchando él, vencemos nosotros».
Se nos dice por un lado que el diablo está vencido y, por otro, que la lucha continúa:
«Esta batalla con las potencias de las tinieblas que tuvo su origen en el comienzo del mundo, dura hasta el último día. El hombre todavía tiene que combatir en ella con la ayuda de la gracia». (Sayés, 2008; 83)
La batalla es pues de resultado incierto.

En palabras del papa Pablo VI (1897-1978), pronunciadas el día 29 de junio de 1972, «el humo de Satanás» había entrado en el Vaticano. A pesar de las burlas -dice Sayés- el mismo pontífice volvería más tarde sobre el tema para sostener que:
«El mal no es sólo una deficiencia, sino una eficiencia, un ser vivo, espiritual, pervertido y pervertidor. Terrible realidad. Misteriosa y pavorosa».
Alguien externo a nosotros. Alguien con un enorme poder.

La presencia de la que hablaba Pablo VI me recuerda al discurso que Hugo Chávez (1954-2013) pronunció en Naciones Unidas cuando dijo, refiriéndose a George W. Bush (1946):
«El diablo está en casa. Ayer el diablo vino aquí. En este lugar aún huele a azufre». (Editorial: «Ayer el diablo estuvo aquí. Huele a azufre todavía». El País. 20/09/2006)
El humo y el olor a azufre delatan la presencia del príncipe de este mundo, ya sea dentro del Vaticano o en la sede de la ONU, en Roma o en Nueva York, respectivamente. Se podría decir que es el mal quien domina el mundo y no al revés. Los teólogos de la vieja escuela nos explican que la acción de Satanás «es permitida por la divina providencia [por Dios] que con fuerza y dulzura dirige la historia del hombre y del mundo». ¿Con “dulzura”?
«El que Dios permita la actividad diabólica es un gran misterio, pero “nosotros sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman”. (Rm 8, 28)» (CEC, 395). (Sayés, 2008; 93)
Que todo sea como muy misterioso significa que estamos ante algo extraño e inexplicable. Algo que es difícil o imposible de descubrir por lo oculto que está. Es pues lo contrario del conocimiento. Lo contrario de la verdad. Lo contrario del Aletheia.

Una teoría puede estar equivocada, pero nunca debe entrar en contradicción. Una creencia, como acabamos de ver, puede incurrir en continuas contradicciones sin que eso afecte al prestigio de quienes la sostienen.

Los cristianos más ortodoxos gustan de verse protegidos por la armadura de Dios y armados con el escudo de la fe y la espada de la verdad en lucha constante con el demonio, quien trata de introducirse en su cuerpo, en su mente o en su alma. En todo caso, dicen contar con aliados tales como las legiones de ángeles al mando de Jesucristo. Es una batalla sin cuartel que se plantea en los términos ya definidos por san Pablo en su carta a los romanos (Rm. 8, 31)
«Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?». [1]
No hay espacio para la neutralidad en esta guerra.

Al pedir ser liberados del Maligno, se infiere que quienes no lo hacen es porque prefieren seguir siendo aliados del demonio y por lo tanto son el enemigo: no pertenecen pues a la secta de los elegidos. En mi opinión, la religión sirve, sobre todo, para “separar”. Separar, ¿a quiénes? Pues a los “buenos” de los “malos”. (Recuerda que el significado de la palabra 'diabolo', en griego, significa precisamente eso: “separar”).

Y tal vez por ello resulte tan imprescindible “resucitar” a Satanás. Porque, ¿cómo podrían, si no, “demonizar” a los demás?


[1] Recordemos la amenaza lanzada al mundo por el presidente George W. Bush en respuesta a los atentados del 11-S: «Quien no está con nosotros, está contra nosotros». (González, Enric: «Bush advierte al mundo que “quien no está con nosotros está contra nosotros”». El País. 21/09/2001)

lunes, 17 de febrero de 2014

Disfraces de Satanás

Algunos teólogos de la vieja escuela, como José Antonio Sayés (1944), reclaman la creencia en el demonio de un modo insistente. Según constata Sayés, lo de «creer en la existencia del diablo va contra los postulados del talante secularizador de nuestro tiempo, que no acepta otro criterio de verdad que el de la verificación empírica».

¿Qué sabemos de ese a quien, o de esos a quienes, denominamos como el demonio, el diablo, el maligno, Beelzebul, Satán o Satanás?

Tras lamentarse del poco interés que el tema del demonio suscita entre sus colegas, Sayés admite que:
«Sobre la jerarquía, los nombres y el número de demonios, la Iglesia sabe muy poco». (Sayés, 2008; 169)
Por no decir nada.

Y pese a ignorarlo todo, del demonio se ha escrito mucho. Lo cual no deja de ser asombroso.

Los que saben de estas cosas nunca explican cómo es que lo saben. Como mucho te dirán la manida frase: «está escrito». Pero, ¿escrito por quién?

Pongamos que hablamos del 'Génesis'. Allí se nos habla de lo acontecido cuando Dios creó el mundo. Y de un primer hombre y una primera mujer que habitaban el paraíso terrenal. Y del pecado original por ellos cometido, donde el demonio aparece por primera vez en la historia sagrada de tradición judeocristiana, sólo para tentarles. Y todo esto, ¿es real, o se trata de una fábula? Para Sayés el relato no es un mito:
«Podemos contestar diciendo que es una historia narrada con elementos imaginativos procedentes del ambiente cultural del entorno». (Sayés, 2008; 23)
Lo cual sirve perfectamente para definir lo que es un relato de ficción, o una fantasía.

El relato del 'Génesis' tiene una «clara intencionalidad histórica», insiste el teólogo de Peralta.

Pero con la intención no basta, añado yo.

En todo caso, nuestro teólogo señala algo interesante: apenas hay demonios en el 'Antiguo Testamento'. En él encontramos muchos ángeles, pero pocos demonios. Quien actúa, para bien o para mal, es Dios en persona.

En cambio, los demonios abundan en el 'Nuevo Testamento', como veremos en otro momento.

Del origen de los demonios

He comprobado que algunos piensan, y yo también, que el demonio “habita dentro de nosotros”, de “todos” y cada uno de los seres humanos. Es la forma en que denominamos nuestra capacidad para hacer el mal. Enlaza ésto con el ying y el yang del taoísmo. Y también nos lleva al dualismo.

Los cristianos "que saben", que saben lo que san Agustín o san Pablo establecieron como dogma, han atacado desde siempre el dualismo, o sus versiones posteriores como el maniqueísmo, el catarismo, o el priscilianismo.

¿Por qué?

Pues porque esta gente planteaba que el Bien y el Mal se oponían en igualdad de fuerzas. Y de ahí, a afirmar que el diablo fue malo desde el principio y no creado por Dios, hay poco trecho. Tal cosa sucedió con el obispo Prisciliano de Ávila (340-385) y fue por ello el primer sentenciado a muerte acusado de herejía, ejecutado en nombre de la Iglesia Católica.

Decir que el diablo es principio y causa del mal es anatema. Y, en cualquier caso, puede resultar muy peligroso.

En su libro sobre el demonio, Sayés nos insiste, por activa y por pasiva, que éste es una criatura de Dios. Según ésto, los demonios serían ángeles creados buenos que se rebelaron. Los motivos de tal rebelión no quedan nada claros. Todo son especulaciones, pero en teología éstas se admiten a trámite siempre que procedan de gente afín. A modo de ejemplo te diré que todos los que Sayés cita en dicho libro son personas que pertenecen a la iglesia, muchos de ellos jesuitas.

Cuando se refiere a algo que dijo Nietzsche o Marx, ni los nombra. Quizás porque el primero afirmó «la muerte de Dios» y el segundo desveló que «la religión es el opio del pueblo». Aunque lo que parece preocupar de verdad al teólogo navarro es que el demonio esté definitivamente muerto y que ya no asuste a nadie.

El pecado que supuestamente pudieron cometer los ángeles rebeldes estaría motivado por:
  1. La lujuria, pecado cometido con las hijas de los hombres. Este argumento tuvo éxito entre los primeros doctores de la Iglesia hasta que alguien se dio cuenta de la contradicción que esto suponía al ser los demonios anteriores a Adán y Eva, nuestros supuestos primeros padres;
  2. La envidia del hombre, pues rehusaron reconocer y reverenciar en él la imagen de Dios. Envidia que también se dirige contra el Hijo de Dios, o sea Jesucristo;
  3. La soberbia, al querer igualarse a Dios en la complacencia desordenada de su propia perfección.
Volveremos a retomar este tema del demonio o los demonios, que la cosa está que arde. Mientras tanto, te hago una pregunta:

¿Por qué querrían resucitar a Satanás?

miércoles, 12 de febrero de 2014

Esas raíces cristianas

Últimamente, esta bitácora deriva hacia el cristianismo. Si eres creyente puede que pienses que lo hago animado por esa corriente laicista que tanto te molesta. Si, por el contrario, estás más cerca de posturas agnósticas o incluso ateas, es probable que imagines que estoy a punto de proclamar mi compromiso con la fe.

Ocurre, más bien, que navegamos por una época, la que transcurre durante la Edad Media y el Renacimiento, donde el cristianismo tuvo un papel omnipresente y omnipotente en el continente europeo. Todo estaba regido por el poder de la Iglesia. La política, las normas sociales, el trabajo y la cultura. Reyes y emperadores se sometían al poder papal. Los campesinos pagaban sus diezmos a la Iglesia, esto es, el diez por ciento de sus cosechas. Los matrimonios, incluso los reales, eran válidos sólo si contaban con la aprobación del clero.

Tanto es así que, en tiempos recientes, los foros más activistas en pro de un cristianismo fundamentalista se hacían eco de las palabras del papa Benedicto XVI (1927) reclamando a la Unión Europea que certificara, en el preámbulo de su Constitución, que los valores en los que ésta se apoya hunden sus raíces en el cristianismo.

Y, es cierto. Nos guste más o nos guste menos, no podemos negar que nuestra historia está marcada por dicha ideología. Su poder fue totalitario desde el año 380, cuando Teodosio (347-395) proclama el cristianismo como la religión oficial del Imperio, hasta la firma de la Paz de Westfalia, en octubre de 1648. En total, 1268 años, nada menos.

Desde la óptica de los más creyentes, habría que hablar de las iglesias, catedrales, monasterios y conventos que salpican toda la geografía del viejo continente. También de haber promovido, a partir del año 1000, la creación de las primeras escuelas y universidades. Y de haber fomentado la unidad teocrática:
«[...] todos los países herederos de la vieja cultura europea, que dio a luz un Estado unitario cristiano, un Dios, un césar, una fe y un imperio, necesitan ser evangelizados de nuevo, porque tienen una gran avidez económica y muy poca sensibilidad para la justicia social». (García-Margallo, Francisco: 'Raíces cristianas de Europa'. Blogs de periodistadigital.com. 06/09/2013)
Toma nota que las críticas de García-Margallo, se dirigen a los estados y no las hace extensivas a la Iglesia a la que pertenece.

Desde un punto de vista más a ras de tierra, será preciso recordar la enorme represión ejercida sobre la población para que se ajustaran a esa forma de pensar única. El cristianismo necesitó del terror para imponerse, mediante persecuciones, torturas, hogueras y guerras. Por todas partes veía herejes, brujas y ateos a quienes procuraba atemorizar, confiscar o eliminar.

De los grandes pensadores nos cabe la duda de que al afirmar a Dios no lo hicieran sino como coartada para salvar el pellejo. Muchos de ellos se las tuvieron que ver con la Inquisición, y varios acabaron asesinados.

Así que, según se mire, no es una historia como para estar muy orgullosos.

Y, sin embargo, es fácil encontrar en Internet comentarios que se jactan de haber colado un gol a los europeos más laicos, al imponerles una bandera de clara simbología mariana.

No en vano, los “padres fundadores” [1] del proyecto europeo, muchos de ellos democristianos, encargaron el diseño de la bandera a Arsène Heitz (1908-1989) de quien hoy sabemos que era «un hombre profundamente religioso y devoto de la Virgen, a quien ni un solo día deja de rezar el Santo Rosario en compañía de su mujer. Y por todo ello [...] en su inspiración confluyen además de sus dotes de artista, esas voces silenciosas que el cielo siempre pronuncia sobre los hombres de buena voluntad, de los que sin duda Heitz forma parte». (Paredes, Javier: '¿La bandera de Europa es mariana?'. En catholic.net)

El círculo de las doce estrellas equivale, para algunos, a la corona duodecastelada que se menciona en el libro del 'Apocalipsis' (12, 1):
«Una gran señal apareció en el cielo: una Mujer, vestida del sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza».
Desde la Unión Europea se ha negado que exista una intención religiosa pero ahí queda eso. Tal vez nunca lleguemos a tener una Constitución respetuosa con los derechos humanos de los ciudadanos que se dicen europeos. Pero quizás sea hora de empezar a pensar en otro diseño para la bandera. ¿No te parece?

[1] Éstos fueron los alemanes Konrad Adenauer (1876-1967) y Walter Hallstein (1901-1982); los franceses Jean Monnet (1888-1979) y Robert Schuman (1886-1963); el británico Winston Churchill (1874-1965); los italianos Alcide de Gasperi (1881-1954) y Altiero Spinelli (1907-1986); y el belga Paul-Henri Spaak (1899-1972).

jueves, 6 de febrero de 2014

Imagina

 
Navegando entre dos paraísos acabamos atrapados por la voz y la música de 'Imagine' (Imagina).

Quizás sea ésta la canción más conocida de John Lennon (1940-1980). De este himno a la paz y la armonía muchos reconocen la música pero pocos recuerdan lo que realmente dice. El propio Lennon dijo de ella que era antireligiosa, antinacionalista, anticonvencional, anticapitalista, pero que a la gente le gustaba por su dulzura.

Pero, ¿qué es lo que dice 'Imagine'?

Voy a hacerte una traducción comentada:
«Imagine there's no Heaven / It's easy if you try / No Hell below us / Above us only sky».
Imagina que no existe el Cielo (con mayúsculas), es decir, el Paraíso prometido. Es fácil, si lo intentas. No hay infierno bajo nuestros pies, y por encima de nuestras cabezas sólo está el cielo (con minúscula), es decir, el cosmos.
«Imagine all the people / Living for today».
Imagina a toda la gente viviendo el ahora, el aquí y ahora. (En contraposición a pensar en una vida en el más allá).
«Imagine there's no country / It isn't hard to do / Nothing to kill or die for / And no religion too».
Imagina que no hubiera naciones, no es algo tan difícil. Nada por lo que matar o por lo que morir. Y que no existiera la religión, tampoco.
«Imagine all the people / Living life in peace».
Imagina a todo el mundo viviendo en paz.

A continuación, el estribillo
«You may say I'm a dreamer / But I'm not the only one / I hope someday you will join us / And the world will be as one».
Puedes decir que soy un soñador, pero no soy el único. Espero que algún día te unas a nosotros. Y el mundo será uno solo.
«Imagine no posessions / I wonder if you can / No need for greed or hunger / A brotherhood of Man».
Imagina que no hay posesiones. Me pregunto si puedes. Sin necesidad para la gula o el hambre. Una hermandad de todos los seres humanos.
«Imagine all the people / Sharing all the world».
Imagina a todo la gente compartiendo el mundo entero.

Y acaba repitiendo el estribillo.
«You may say that I'm a dreamer / But I'm not the only one / I hope someday you will join us / And the world will be as one».
Puedes decir que soy un soñador... ¿Pero es que acaso tú no sueñas?

¿Con qué mundo sueñas?

¿Cuál es tu utopía?



miércoles, 5 de febrero de 2014

Atrapados entre dos paraísos

El discurso religioso judeocristiano es que vivimos atrapados entre dos paraísos: el paraíso primigenio, de donde salieron nuestros presuntos primeros padres Adán y Eva; y el paraíso prometido, donde disfrutaremos eternamente. Entre medio, nuestra vida trascurre por un valle de lágrimas, condenados al sufrimiento y encadenados al miedo constante de ser víctimas del dolor o la muerte sin haber hecho méritos suficientes para obtener el salvoconducto que nos envíe para allá.

Una de las oraciones cristianas más populares, la 'Salve', dice así:
«A ti clamamos los desterrados hijos de Eva. / A ti suspiramos gimiendo y llorando / en este valle de lágrimas».
Desterrados. Naufragados. Caídos. Perdidos. Doloridos. Aterrorizados.

Nuestra misión se limitaría, pues, a caminar, o navegar, de un paraíso a otro. Desafiando incendios, terremotos o maremotos. Padeciendo guerras, torturas o violaciones. Afrontando humillaciones, robos o engaños. Soportando crisis, tiranías, o corrupción.

Lo que se nos pide desde la religión, y desde el poder, es conformismo. Que aceptemos el orden establecido, e inevitable, según el cual unos hacen el viaje en primera mientras los demás ocupan el lugar que Dios quiera.
«El que expulsó de la Historia a la felicidad, hubo de hacer rentable para esa misma Historia el sufrimiento. Quien viene dando sentido al sufrimiento se hace marcadamente sospechoso de traer por secreto cometido el de impedir que el sufriente se rebele. Los hombres están siempre dispuestos a creer a muchos que les dicen “vuestro dolor será fecundo”, cuando, por el contrario, deberían confiar en quien les dice “vuestro dolor es absolutamente inútil, gratuito, irreparable”». (Ruescas Juárez, Juan Antonio: «Religión e historia en los ensayos de Rafael Sánchez Ferlosio». Isegoría. Revista de Filosofía Moral y Política. N. 47, julio-diciembre, 2012, 541-558)
El párrafo citado es de Rafael Sánchez Ferlosio (1927) y no tiene desperdicio. Este pensador nos invita a invertir el orden en el que las ideas sobre el sufrimiento y la divinidad se han instalado en nuestras mentes, al señalar que:
«En el principio no fueron, ciertamente, los dioses de los cielos los que impusieron sacrificios a los hombres en la tierra, sino los sacrificios de los hombres de la tierra los que pusieron dioses en el cielo».
En su ensayo, Ruescas Juárez destaca la idea ferlosiana de que la esencia de la religiosidad no reside tanto en la promesa de otra vida en el más allá, sino en mantener una actitud caracterizada, según el autor, por.
  1. El desacato al principio de realidad (u “obstinación contra la facticidad”);
  2. Tener una representación positiva del bien (solo una representación, no un programa instrumental o una voluntad de realización histórica);
  3. La universalidad (entendida, bien como “mantenimiento de una idea de bondad desvinculada de toda relatividad de pertenencia”, bien como voluntad de “vivir entre los hombres”).
Algún día volveré sobre estas ideas de Sánchez-Ferlosio.

El mensaje que las religiones nos transmiten es claro: este espacio entre paraísos que es nuestro mundo es el que es, y mejorarlo es imposible.

Aunque leyendo a Jorge Luis Borges (1899-1986) no parece algo tan difícil de alcanzar:
«Al cabo de los años he observado que la belleza, como la felicidad, es frecuente. No pasa un día en que no estemos, un instante, en el paraíso».
Pensar en hacer de este mundo un lugar más cercano al paraíso es construir una utopía.

Pero date cuenta que los paraísos, ya sea el terrestre o el celestial, también son utopías, por mucho que nos las presenten como reales. Algunos eruditos de la 'Biblia' han querido ver el río Gihón, el que surca el Paraíso terrenal, unas veces como el Éufrates, otras como el Nilo.

Mucho más precisos intentarían ser James Ussher (1581-1656) por un lado, y John Ligthfoot (1602-1675) por el otro, al proponerse datar el primer día de la Creación. Para el arzobispo de Armagh, ésto ocurrió en la víspera del 23 de octubre del año 4004 antes de Cristo, a las 9 horas de la mañana. Mientras que el vicerector de la Universidad de Cambridge lo situó algo más cerca de nosotros, en el otoño del año 3929 a.C.

Vivimos atrapados entre dos utopías. Dos utopías fantásticas que nos impiden pensar en una utopía real: la de que otro mundo es posible, aquí y ahora.

¿Te lo imaginas?