martes, 18 de febrero de 2014

El príncipe de este mundo

Uno de los disfraces más utilizados por los apologetas del demonio, para vestirle, es el de príncipe de este mundo.

Destacan con ello su poder. Su tremendo poder. Su poder sobre nosotros.

Según ellos, la misión de Jesucristo al venir al mundo consistía, precisamente, en liberar a los seres humanos del poder del demonio. En 'Disfraces de Satanás' ya te anticipé que en el 'Nuevo Testamento' abundan los demonios, mientras que en el 'Antiguo', ocurre lo contrario.
«Los Padres [de la Iglesia] subrayan siempre la victoria de Cristo [sobre el demonio]», subraya a su vez José Antonio Sayés (1944).
Pero el escritor Giovanni Papini (1881-1956), que primero fue ateo y luego un converso radical del catolicismo, sostiene lo siguiente:
«Para quienes aún se acuerdan de que tienen un alma, lo que importa es, ante todo, el amor de Dios. Pero enseguida de ello es necesario el conocimiento de quien por voluntad de Dios nos posee y nos domina: el Diablo». (Wikiquote)
Así pues, no está nada claro que esa victoria de Cristo sobre el demonio fuese tan decisiva. Es más, al seguir advirtiéndonos del tremendo poder que el demonio sigue ejerciendo sobre nosotros es como si nos estuvieran diciendo que el que ganador hubiera sido él y no el Hijo de Dios.
«Al poder del demonio se aplica la misma dialéctica que al Reino: el ya sí, pero todavía no: vencido fundamentalmente, todavía aparece sobre el mundo su actividad». (Sayés, 2008; 43)
En palabras de san Jerónimo (340-420):
«Jesús mismo, nuestro jefe, tiene una espada y avanza siempre delante de nosotros y vence a los adversarios. Él es nuestro jefe: luchando él, vencemos nosotros».
Se nos dice por un lado que el diablo está vencido y, por otro, que la lucha continúa:
«Esta batalla con las potencias de las tinieblas que tuvo su origen en el comienzo del mundo, dura hasta el último día. El hombre todavía tiene que combatir en ella con la ayuda de la gracia». (Sayés, 2008; 83)
La batalla es pues de resultado incierto.

En palabras del papa Pablo VI (1897-1978), pronunciadas el día 29 de junio de 1972, «el humo de Satanás» había entrado en el Vaticano. A pesar de las burlas -dice Sayés- el mismo pontífice volvería más tarde sobre el tema para sostener que:
«El mal no es sólo una deficiencia, sino una eficiencia, un ser vivo, espiritual, pervertido y pervertidor. Terrible realidad. Misteriosa y pavorosa».
Alguien externo a nosotros. Alguien con un enorme poder.

La presencia de la que hablaba Pablo VI me recuerda al discurso que Hugo Chávez (1954-2013) pronunció en Naciones Unidas cuando dijo, refiriéndose a George W. Bush (1946):
«El diablo está en casa. Ayer el diablo vino aquí. En este lugar aún huele a azufre». (Editorial: «Ayer el diablo estuvo aquí. Huele a azufre todavía». El País. 20/09/2006)
El humo y el olor a azufre delatan la presencia del príncipe de este mundo, ya sea dentro del Vaticano o en la sede de la ONU, en Roma o en Nueva York, respectivamente. Se podría decir que es el mal quien domina el mundo y no al revés. Los teólogos de la vieja escuela nos explican que la acción de Satanás «es permitida por la divina providencia [por Dios] que con fuerza y dulzura dirige la historia del hombre y del mundo». ¿Con “dulzura”?
«El que Dios permita la actividad diabólica es un gran misterio, pero “nosotros sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman”. (Rm 8, 28)» (CEC, 395). (Sayés, 2008; 93)
Que todo sea como muy misterioso significa que estamos ante algo extraño e inexplicable. Algo que es difícil o imposible de descubrir por lo oculto que está. Es pues lo contrario del conocimiento. Lo contrario de la verdad. Lo contrario del Aletheia.

Una teoría puede estar equivocada, pero nunca debe entrar en contradicción. Una creencia, como acabamos de ver, puede incurrir en continuas contradicciones sin que eso afecte al prestigio de quienes la sostienen.

Los cristianos más ortodoxos gustan de verse protegidos por la armadura de Dios y armados con el escudo de la fe y la espada de la verdad en lucha constante con el demonio, quien trata de introducirse en su cuerpo, en su mente o en su alma. En todo caso, dicen contar con aliados tales como las legiones de ángeles al mando de Jesucristo. Es una batalla sin cuartel que se plantea en los términos ya definidos por san Pablo en su carta a los romanos (Rm. 8, 31)
«Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?». [1]
No hay espacio para la neutralidad en esta guerra.

Al pedir ser liberados del Maligno, se infiere que quienes no lo hacen es porque prefieren seguir siendo aliados del demonio y por lo tanto son el enemigo: no pertenecen pues a la secta de los elegidos. En mi opinión, la religión sirve, sobre todo, para “separar”. Separar, ¿a quiénes? Pues a los “buenos” de los “malos”. (Recuerda que el significado de la palabra 'diabolo', en griego, significa precisamente eso: “separar”).

Y tal vez por ello resulte tan imprescindible “resucitar” a Satanás. Porque, ¿cómo podrían, si no, “demonizar” a los demás?


[1] Recordemos la amenaza lanzada al mundo por el presidente George W. Bush en respuesta a los atentados del 11-S: «Quien no está con nosotros, está contra nosotros». (González, Enric: «Bush advierte al mundo que “quien no está con nosotros está contra nosotros”». El País. 21/09/2001)

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