miércoles, 12 de febrero de 2014

Esas raíces cristianas

Últimamente, esta bitácora deriva hacia el cristianismo. Si eres creyente puede que pienses que lo hago animado por esa corriente laicista que tanto te molesta. Si, por el contrario, estás más cerca de posturas agnósticas o incluso ateas, es probable que imagines que estoy a punto de proclamar mi compromiso con la fe.

Ocurre, más bien, que navegamos por una época, la que transcurre durante la Edad Media y el Renacimiento, donde el cristianismo tuvo un papel omnipresente y omnipotente en el continente europeo. Todo estaba regido por el poder de la Iglesia. La política, las normas sociales, el trabajo y la cultura. Reyes y emperadores se sometían al poder papal. Los campesinos pagaban sus diezmos a la Iglesia, esto es, el diez por ciento de sus cosechas. Los matrimonios, incluso los reales, eran válidos sólo si contaban con la aprobación del clero.

Tanto es así que, en tiempos recientes, los foros más activistas en pro de un cristianismo fundamentalista se hacían eco de las palabras del papa Benedicto XVI (1927) reclamando a la Unión Europea que certificara, en el preámbulo de su Constitución, que los valores en los que ésta se apoya hunden sus raíces en el cristianismo.

Y, es cierto. Nos guste más o nos guste menos, no podemos negar que nuestra historia está marcada por dicha ideología. Su poder fue totalitario desde el año 380, cuando Teodosio (347-395) proclama el cristianismo como la religión oficial del Imperio, hasta la firma de la Paz de Westfalia, en octubre de 1648. En total, 1268 años, nada menos.

Desde la óptica de los más creyentes, habría que hablar de las iglesias, catedrales, monasterios y conventos que salpican toda la geografía del viejo continente. También de haber promovido, a partir del año 1000, la creación de las primeras escuelas y universidades. Y de haber fomentado la unidad teocrática:
«[...] todos los países herederos de la vieja cultura europea, que dio a luz un Estado unitario cristiano, un Dios, un césar, una fe y un imperio, necesitan ser evangelizados de nuevo, porque tienen una gran avidez económica y muy poca sensibilidad para la justicia social». (García-Margallo, Francisco: 'Raíces cristianas de Europa'. Blogs de periodistadigital.com. 06/09/2013)
Toma nota que las críticas de García-Margallo, se dirigen a los estados y no las hace extensivas a la Iglesia a la que pertenece.

Desde un punto de vista más a ras de tierra, será preciso recordar la enorme represión ejercida sobre la población para que se ajustaran a esa forma de pensar única. El cristianismo necesitó del terror para imponerse, mediante persecuciones, torturas, hogueras y guerras. Por todas partes veía herejes, brujas y ateos a quienes procuraba atemorizar, confiscar o eliminar.

De los grandes pensadores nos cabe la duda de que al afirmar a Dios no lo hicieran sino como coartada para salvar el pellejo. Muchos de ellos se las tuvieron que ver con la Inquisición, y varios acabaron asesinados.

Así que, según se mire, no es una historia como para estar muy orgullosos.

Y, sin embargo, es fácil encontrar en Internet comentarios que se jactan de haber colado un gol a los europeos más laicos, al imponerles una bandera de clara simbología mariana.

No en vano, los “padres fundadores” [1] del proyecto europeo, muchos de ellos democristianos, encargaron el diseño de la bandera a Arsène Heitz (1908-1989) de quien hoy sabemos que era «un hombre profundamente religioso y devoto de la Virgen, a quien ni un solo día deja de rezar el Santo Rosario en compañía de su mujer. Y por todo ello [...] en su inspiración confluyen además de sus dotes de artista, esas voces silenciosas que el cielo siempre pronuncia sobre los hombres de buena voluntad, de los que sin duda Heitz forma parte». (Paredes, Javier: '¿La bandera de Europa es mariana?'. En catholic.net)

El círculo de las doce estrellas equivale, para algunos, a la corona duodecastelada que se menciona en el libro del 'Apocalipsis' (12, 1):
«Una gran señal apareció en el cielo: una Mujer, vestida del sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza».
Desde la Unión Europea se ha negado que exista una intención religiosa pero ahí queda eso. Tal vez nunca lleguemos a tener una Constitución respetuosa con los derechos humanos de los ciudadanos que se dicen europeos. Pero quizás sea hora de empezar a pensar en otro diseño para la bandera. ¿No te parece?

[1] Éstos fueron los alemanes Konrad Adenauer (1876-1967) y Walter Hallstein (1901-1982); los franceses Jean Monnet (1888-1979) y Robert Schuman (1886-1963); el británico Winston Churchill (1874-1965); los italianos Alcide de Gasperi (1881-1954) y Altiero Spinelli (1907-1986); y el belga Paul-Henri Spaak (1899-1972).

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