miércoles, 19 de febrero de 2014

Humanistas y reformistas

Conviene aclarar, de entrada, que humanistas y reformistas no son lo mismo. Aunque en cierta manera son dos movimientos que coexisten y se complementan. Empecemos con los primeros.

El Humanismo

Se nos ha dicho que el humanismo fue un movimiento intelectual comprometido con la recuperación y comprensión de los autores de la Antigüedad, griegos y romanos, cuyo conocimiento se consideraba más puro que el del cristianismo que había imperado durante la Edad Media.

Aunque según Watson:
«El humanismo estaba menos interesado en el redescubrimiento de las ciencias de los antiguos que en restablecer un conjunto de valores paganos, esto es, la perspectiva secular de griegos y romanos, en la que el hombre era la medida de todas las cosas». (Watson, 2009; 629)
Que el hombre fuera la medida de todas las cosas suponía un avance respecto al dogmatismo que ponía a Dios como única explicación posible. Pero, como ocurría en el mundo clásico, al colocar al hombre como centro del mundo, la mujer quedaba, una vez más, relegada. La historia aún se reservaba muchos siglos de machismo. De hecho, aún no se ha llegado a la igualdad entre hombres y mujeres, pero de eso ya hablaremos otro día.

Volviendo al tema, a los humanistas del Renacimiento no les pasaba desapercibido el hecho de que los autores clásicos hubieran disfrutado de vidas plenas aún careciendo del beneficio de conocer las Sagradas Escrituras.

La imprenta de tipos móviles moderna, inventada por Johannes Gutenberg (c. 1398-1468), constituyó una revolución tecnológica pero sobre todo una revolución cultural. Desde 1450, libros y panfletos comenzaron a circular de una manera mucho más económica, llegando a mucha más gente, si bien, no a todos. Fue un fenómeno imparable, semejante a lo que ocurre con Internet en nuestros días.

Aparte de los primeros humanistas, Dante (1265-1321), Petrarca (1304-1374) y Boccaccio (1313-1375), hay que fijarse también en los que llegarían un siglo después. Uno de ellos fue Giovanni Pico della Mirandola (1463-1494), autor de las 'Conclusiones philosophicae, cabalisticae et theologicae', (1486) más conocidas como las '900 tesis'. Esta obra iba precedida de una introducción, que tituló como el 'Discurso sobre la dignidad del hombre', donde formulaba tres de los ideales del Renacimiento:
  1. El derecho inalienable a la discrepancia;
  2. El respeto por las diversidades culturales y religiosas;
  3. El derecho al crecimiento y enriquecimiento de la vida a partir de la diferencia.
En sus '900 tesis', el joven filósofo de Ferrara, que por aquel entonces sólo contaba con 21 años de edad, proponía un cierto ecumenismo universal con las otras ideologías o creencias de tal manera que todas ellas confluyeran en el cristianismo.

Y así se lo propuso a Roma. Cuando el papa Sixto IV (1414-1484) rechazó su trabajo, a Pico della Mirandola no se le ocurrió otra mejor idea que defender sus ideas por escrito, haciendo lo que llamamos una apología. Los doctores eclesiásticos consideraron tal reacción como un acto de soberbia y obstinación. Fue juzgado y condenado por herejía a la excomunión. Más tarde, sería otro de los papas de la era maquiavélica, Alejandro VI (1431-1503), quien le libró de ella, pero eso ya es otra historia.

Es muy posible que Pico, en sus tiempos de estudiante en la universidad de Bolonia, coincidiera con Pietro Pomponazzi (1462-1525). En su obra 'De incantationibus' (Sobre los encantamientos) Pomponazzi ofrecía explicaciones naturales a la astrología, un tema que Pico della Mirandola también abordó.

Para Pomponazzi, también los milagros pueden ser explicados como producto de causas naturales. Según él, la inmortalidad del alma es un acto de fe y no es demostrable por la razón. Y sostuvo, además, que el hombre es capaz de encontrar el sentido de su vida aun sin necesidad de creer en otra vida en el más allá.

Gracias a sus amistades en el clero, Pomponazzi pudo eludir la hoguera, pero sus libros no.

Apenas unos años más joven que Pomponazzi y Pico della Mirandola, aparece en Holanda la figura del humanista más importante: Erasmo de Rótterdam (1466-1536). Muchos estudiantes europeos disfrutan hoy de becas que llevan su nombre: las becas Erasmus.

El holandés fue un filósofo, filólogo y teólogo, autor de importantes obras escritas en latín. Era muy amigo de Tomás Moro (1478-1535), al que ya visitamos en nuestro 'Rumbo a Utopia'.

De Erasmo, o Erasmus si lo preferieres, se ha dicho que estuvo en constantes polémicas con la Iglesia y, en parte, es cierto. Pero lo que Erasmo quería es que la Iglesia permitiera una mayor libertad de pensamiento, más acorde a los nuevos tiempos del Renacimiento que dejaban obsoletos los criterios que rigieron durante la Edad Media.

La Iglesia se resistía a tales cambios y mantenía una represión violenta contra quienes podían suponer una amenaza contra el pensamiento único. Recordemos que Inocencio VIII (1434-1492) inició la caza de brujas por todo el continente, en 1486, cuando Erasmo apenas contaba con veinte años de edad.

 

La Reforma

La Reforma se inició en Wittenberg, en 1517, cuando un monje agustino de 24 años, llamado Martin Lutero (1483-1546), clavó sus '95 tesis' en la puerta de la iglesia del palacio de esa ciudad. Era una respuesta a la campaña de venta de indulgencias emprendida por el papa León X (1475-1521) para sufragar los gastos de la construcción de la basílica de san Pedro.

Y era también, un desafío nacionalista hacia el poder que los Estados Pontificios ejercían sobre los príncipes alemanes. Este es un aspecto importante que anticipo ahora, pero que desarrollaré en futuras entradas.

A partir de lo ocurrido en Wittenberg, Erasmo se vio atrapado en medio de dos fuegos, nunca mejor dicho. Mientras los católicos empezaron por quemar los escritos de Lutero, los protestantes replicaban chamuscando las bulas papales. Y ya sabemos que 'donde queman libros, quemarán personas'. Y eso fue lo que ocurrió. De hecho, ya dijimos que Savonarola (1452-1498) era un precedente del propio Lutero.

Ambos bandos, católicos y protestantes, se disputaron el apoyo del famoso intelectual. Pero Erasmo no se pronunció. Circula por ahí que la Iglesia y el de Rotterdam intercambiaron estas célebres frases:
- «Erasmo puso los huevos y Lutero los empolló».
- «Sí, pero yo esperaba un pollo de otra clase».
¿De qué clase era ese pollo? ¿Y a qué huevos se referían?

Lo veremos próximamente.

No hay comentarios:

Publicar un comentario