domingo, 30 de marzo de 2014

Desafiando la Reforma

No es de extrañar que las tesis que Martin Lutero (1483-1546) clavó sobre la puerta de la iglesia de Wittenberg fueran tan bien aceptadas en amplios sectores de la población hartos de los abusos de la Iglesia católica. No es de extrañar, tampoco, que obtuviera el apoyo de los príncipes alemanes que veían en la Reforma luterana una excusa para desembarazarse del caprichoso poder político que el papa de Roma ejercía sobre sus dominios.

Obtener al mismo tiempo el apoyo de los de abajo y de los de arriba es algo difícil de lograr. Luego veremos que su Reforma generó serias discrepancias, por ejemplo con Thomas Müntzer (1490-1525), que inicialmente había sido seguidor suyo.

Además de oponerse a la venta de indulgencias, Lutero negaba que la pertenencia a la Iglesia católica occidental, bajo la autoridad del papa, fuera necesaria para la salvación.

Para el monje agustino de Eisleben, sólo el bautismo y la eucaristía eran sacramentos mientras que negaba que lo fueran la confirmación, el matrimonio, el sacerdocio y la extremaunción. Según él, los dos primeros tienen un signo divino: el agua en el bautismo, y el pan y el vino en el caso de la eucaristía.

Sus ideas eran rápidamente transmitidas por todo el continente gracias a la imprenta.

Sus contrarios no tardaron en acusarlo de hereje y en compararlo con Jan Hus (1370-1415) que, como sabes, fue quemado en la hoguera. De hecho, ese era el final que la Iglesia tenía reservado para el líder protestante. Con estos datos, sería fácil sentir cierta simpatía por Lutero y su movimiento protestante.
Y, sin embargo, hay una sombra en Lutero. Muchos vieron en él una traición.

Recordemos que los campesinos centroeuropeos venían realizando revueltas desde el siglo xiv, todas ellas sofocadas de modo implacable por la nobleza. De ello ya hablamos en 'La hora de los husitas' o en 'El pastor de Niklashausen'.

Los campesinos percibían una profunda alianza de intereses entre los príncipes seculares y los príncipes eclesiásticos. Interpretaban que Lutero, al condenar a los segundos, estaba condenando también a los primeros. Gran error.

Es cierto que al principio, Lutero pareció apoyar las reivindicaciones campesinas. Sin el apoyo popular, sus ideas carecían de fuerza para emprender cambio alguno. También es cierto que su protección frente a las iras católicas dependía de los príncipes. De otro modo habría acabado en la hoguera.

En cierto modo, su Reforma iba a mantener los rasgos esenciales de la intolerancia católica contra los otros, ya fueran los judíos, las brujas o los herejes. Y de ningún modo estaba en su mente el alterar el orden social establecido. Cambió la Iglesia, pero ello no iba a suponer una mejora en la vida de los desfavorecidos.

Cuando las revueltas desembocaron en la guerra de los campesinos (1524-1525), Lutero escribió 'Contra las hordas asesinas y ladronas del campesinado'. En su opúsculo, el religioso instaba a los príncipes a castigar con rapidez y sin miramientos a los sublevados.

El líder de éstos no era otro que el anabaptista Thomas Müntzer.

En el plano religioso, los anabaptistas rechazaban el bautismo de niños y la figura de los padrinos. La validez de este sacramento, para ellos, estaba reservado para quienes antes creían. El predicador de Stolberg sostenía, además, que laicos y campesinos pobres veían con más claridad que los gobernantes desorientados por malos sacerdotes. En su 'Manifiesto de Praga' (1521) afirmaría que el pueblo pobre podía restaurar la Iglesia corrompida por la opulencia del clero.

Tres años después, sus críticas se dirigirían directamente contra la nobleza. El 13 de julio de 1524, en el castillo de Allsted, pronunció su célebre 'Sermón ante los Príncipes', donde hizo una interpretación revolucionaria de 'Romanos 13:1-7', destacando que cuando los poderosos no cumplen rectamente su papel pueden ser depuestos:
«La espada les será quitada». ('Daniel 7:26')
Aquello fue lo más parecido a una declaración de guerra.

Una guerra que tuvo su final en la batalla de Frankenhausen, el 15 de mayo de 1525, en la que murieron unos seis mil campesinos sublevados. Müntzer fue capturado, azotado, torturado, y decapitado.

De Müntzer nos quedan sus palabras:
«Mira, los señores y los potentados están en el origen de cada usura, de cada apropiación indebida y cada robo; ellos toman de todos lados: de los peces del agua, de las aves del aire, de los árboles de la tierra (Isaías 5,8 - 'Ayes sobre los malvados'). Y luego hacen divulgar entre los pobres el mandamiento de Dios: “No robar”. Pero esto no vale para ellos. Reducen en miseria a todos los hombres, a perezosos y cocineros habilidosos, a campesinos y artesanos, y a cada ser vivo (Miqueas 3,2-4 - 'Acusación contra los dirigentes de Israel'). Y para ellos, la más pequeña falta justifica el ahorcamiento». (Müntzer, Thomas: 'Confutazione ben fondata', 1524)
Casi cinco siglos después, tales palabras suenan terriblemente actuales, ¿no te parece?

martes, 18 de marzo de 2014

El pastor de Niklashausen

A finales de mayo del año 1476, el conde Johann III de Wertheim y Diether von Isenburg (1412-1482), arzobispo de Maguncia (Mainz), conversaban a propósito de las masivas peregrinaciones que se dirigían hacia Niklashausen, no sin cierta preocupación.

Desde 1344, la pequeña iglesia de esta población estaba consagrada a la Virgen María. En 1355, el papa de Avignon le había concedido la carta de indulgencia y, en consecuencia, los peregrinos que allí acudieran a implorar la gracia de la virgen obtendrían el perdón de sus pecados. De todo tipo de pecados. Es decir, que las peregrinaciones eran deseadas por quienes ejercían el poder terrenal y el religioso.

Sin embargo, el flujo de peregrinos superaba todas las previsiones, pues su número rondaba entre los 40.000 y 70.000. Para hacernos una idea de lo que ésto significaba, consideremos que la ciudad de Wurzburgo (Würzburg), la más próxima a Niklashausen, tan sólo contaba con 5.000 habitantes por aquella época.

Evidentemente, no era la Virgen quien atraía a las masas, sino un joven predicador llamado Hans Böhm (1458-1476) que empezaba a ser conocido como “el santo jovenzuelo” o “el profeta”.

Sus ideas despertaban la simpatía de los campesinos y las antipatías tanto de los obispos como de los príncipes. Veamos en qué consistían éstas:
  1. Pronto, un tribunal divino castigará la avaricia de nobles y miembros del clero;
  2. Cada cual ha de ganar sus medios de subsistencia a través del trabajo manual. [Hay que aclarar aquí, que los nobles se habían prohibido a sí mismos realizar trabajos de esta índole];
  3. El fruto del trabajo hay que compartirlo de manera fraternal con los más necesitados;
  4. Se abolirán las diferencias entre los estamentos sociales. [Estos eran tres: los nobles, el clero, y los campesinos];
  5. No habrá rentas (ni servicios personales) que pagar a los señores (los nobles) ni a la Iglesia. [En la época feudal, sólo el campesinado estaba obligado a pagar rentas a la nobleza y al clero. En cambio, estos dos estamentos estaban libres de hacerlo];
  6. La propiedad privada y señorial de campos, praderas, bosques y aguas deben pasar a ser comunales, [esto es, de propiedad pública].
En cierto modo, podemos afirmar que el joven Böhm se erigía como un precedente del comunismo.

Al “profeta” le detuvieron e interrogaron de la manera al uso para casos de herejía. Las autoridades eclesiásticas y principescas quizás esperaban encontrarse con un tipo más duro y peligroso. Pero éste se reveló como un analfabeto que hasta entonces se había dedicado al pastoreo y poco más.

Sus ideas no contradecían para nada el mensaje de Jesús de Nazaret (0-33) sino que aún andaba más cerca de las ideas de éste que de las que adornaban a sus torturadores e interrogadores.

No obstante, debido al ruido que se armó tras su detención y a las propias mentiras que la propaganda eclesiástica había sembrado entre la gente para ponerles en contra del presunto profeta, se decidió proceder a su ejecución. Ésta tuvo lugar en la hoguera, costumbre de gran arraigo que, como sabes, hunde sus raíces en el cristianismo europeo.

Lo sorprendente fue que los peregrinos no dejaron, por ello, de llegar a Niklashausen tras la muerte de Böhm. El temor a haber creado un mártir popular llevó al arzobispo a demoler la iglesia en 1477, un año después del asesinato.

Con gran eficacia, los propagandistas difundieron una serie de canciones donde se hacía mofa del predicador, ahora convertido en tamborilero o flautista. Un flautista necio y risible. Un titiritero, dirían ahora. Del mismo modo, el antiguo pastor pasó a ser un porquero.

Cincuenta años más tarde, durante la guerra de los campesinos alemanes (1524-1525) ya nadie haría mención al joven de Helmstadt. Hubo que esperar hasta el siglo xix para recuperar su memoria.

A Hans Böhm se le ha comparado con el monje Girolamo Savonarola (1452-1498), apenas seis años mayor que el bávaro. Ambos se dedicaron a predicar y ambos recurrieron a las hogueras de las vanidades. Pero mientras que el de Ferrara es reclamado como un mártir por ciertos sectores fundamentalistas de la Iglesia, el de Helmstadt pronto quedó en el olvido. Además, Savonarola, era un predicador apocalíptico mientras que el mensaje de Böhm resultaba mucho más pragmático.

En efecto, el peligro de la utopía de Böhm reside en el hecho de que incitaba al pueblo a construir un nuevo reino de Dios aquí en la tierra. Es decir, un paraíso “entre dos paraísos”.

Y esto era (y por lo visto "es") algo terminantemente prohibido.

martes, 4 de marzo de 2014

La hora de los husitas

A finales de julio del año 1419, siete miembros del consejo de la ciudad fueron asesinados en Praga por el procedimiento de lanzarlos por la ventana. Según caían a la calle eran rematados por una turba enfurecida. Este hecho marcó el comienzo de las guerras husitas que se prolongarían hasta el año 1436, es decir, durante diecisiete años.

El origen de esta defenestración se debió a una piedra que alguien lanzó desde el ayuntamiento contra el husita Jan Želivský (1380-1422), alcanzándole. Este sacerdote de la iglesia de Nuestra Señora de las Nieves fue quien había organizado la procesión que ese día recorría las calles de Praga. Se trataba de protestar contra la negativa de los consejeros a un intercambio de prisioneros con los husitas.

Los husitas eran seguidores de Jan Hus (1370-1415). Fue condenado a muerte por Segismundo (1368-1437), rey de Hungría y emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Hus había rehusado retractarse de sus tesis ante el concilio de Costanza. Moriría quemado en la hoguera. La ejecución tuvo lugar a principios del mes de julio del año 1415, cuatro años antes de los hechos que hemos relatado en los párrafos anteriores.

Dicen que las últimas palabras de Hus sonaron a profecía:
«Vas a asar un ganso, pero dentro de un siglo te encontrarás con un cisne que no podrás asar».
La palabra hus en checo significa “ganso”. Por otra parte, Martin Lutero (1483-1546) clavaría sus '95 tesis' en la puerta del palacio de Wittenberg en 1517, ciento dos años después, dando origen a la Reforma protestante. Además, Lutero usaba la figura de un cisne en su escudo de armas.

La muerte de Hus tuvo como consecuencia la escalada del conflicto por parte de sus seguidores, hasta desembocar en las guerras a las que antes nos referíamos. Pero no voy a contarte esa historia. Tan sólo te diré que los husitas formaron dos bandos, utraquistas y taboristas, que acabaron enfrentados entre sí. Los primeros recibían apoyo entre la baja nobleza y los burgueses y se consideraban moderados. Los segundos, más radicales, eran campesinos o pobres.

Los utraquistas, que no compartían con los taboristas su negativa radical a reconocer autoridad alguna, se aliaron finalmente con el emperador y de esta manera el movimiento husita fue vencido y aniquilado. Como suele ocurrir en estos casos, las capas menos favorecidas fueron las más perjudicadas con la firma del tratado de paz.

Pero, ¿cuál era el pensamiento de Jan Hus?

Hus criticaba, como antes lo hicieran Pierre Valdo (1140-1205) en Francia, o John Wycliffe (1320-1384) en Inglaterra, la corrupción moral de la Iglesia, sus abusos y la riqueza que acaparaba. El religioso checo quería una iglesia más basada en los Evangelios, y por ello apostaba por una Iglesia más cercana a los pobres. Se oponía a la venta de indulgencias, esto es, a la venta de las parcelas del Paraíso que el papa publicitaba con sus bulas. También él, como Wycliffe, estaba convencido de que el papa era la encarnación del Anticristo. Por todo ello, animaba a desobedecer a la Iglesia católica.

Además, predicaba en checo. La utilización de las lenguas vernáculas, como el inglés, francés, checo o alemán, tenía dos componentes: uno de carácter nacionalista que era apoyado por la aristocracia y la burguesía emergente; y otro más democrático, ya que permitía a la plebe, que no sabía latín, escuchar y entender las sagradas escrituras.

Para Hus y sus seguidores, era importante la defensa de la comunión bajo las dos especies, esto es, que los comulgantes debían comer la hostia y beber el vino. En latín, sub utraque specie, significa “en ambas especies” y es de ahí de donde viene el término “utraquismo”.

Los husitas exigían la libertad de predicación. Y la pobreza de los eclesiásticos.
Y querían que el castigo de los pecados mortales se aplicara sin distinciones de rango o nacimiento. O, dicho de otra manera, que la justicia fuera igual para todos, algo inaudito en la Edad Media.

Valdenses, lolardos y husitas anticiparon la Reforma de Lutero.