martes, 18 de marzo de 2014

El pastor de Niklashausen

A finales de mayo del año 1476, el conde Johann III de Wertheim y Diether von Isenburg (1412-1482), arzobispo de Maguncia (Mainz), conversaban a propósito de las masivas peregrinaciones que se dirigían hacia Niklashausen, no sin cierta preocupación.

Desde 1344, la pequeña iglesia de esta población estaba consagrada a la Virgen María. En 1355, el papa de Avignon le había concedido la carta de indulgencia y, en consecuencia, los peregrinos que allí acudieran a implorar la gracia de la virgen obtendrían el perdón de sus pecados. De todo tipo de pecados. Es decir, que las peregrinaciones eran deseadas por quienes ejercían el poder terrenal y el religioso.

Sin embargo, el flujo de peregrinos superaba todas las previsiones, pues su número rondaba entre los 40.000 y 70.000. Para hacernos una idea de lo que ésto significaba, consideremos que la ciudad de Wurzburgo (Würzburg), la más próxima a Niklashausen, tan sólo contaba con 5.000 habitantes por aquella época.

Evidentemente, no era la Virgen quien atraía a las masas, sino un joven predicador llamado Hans Böhm (1458-1476) que empezaba a ser conocido como “el santo jovenzuelo” o “el profeta”.

Sus ideas despertaban la simpatía de los campesinos y las antipatías tanto de los obispos como de los príncipes. Veamos en qué consistían éstas:
  1. Pronto, un tribunal divino castigará la avaricia de nobles y miembros del clero;
  2. Cada cual ha de ganar sus medios de subsistencia a través del trabajo manual. [Hay que aclarar aquí, que los nobles se habían prohibido a sí mismos realizar trabajos de esta índole];
  3. El fruto del trabajo hay que compartirlo de manera fraternal con los más necesitados;
  4. Se abolirán las diferencias entre los estamentos sociales. [Estos eran tres: los nobles, el clero, y los campesinos];
  5. No habrá rentas (ni servicios personales) que pagar a los señores (los nobles) ni a la Iglesia. [En la época feudal, sólo el campesinado estaba obligado a pagar rentas a la nobleza y al clero. En cambio, estos dos estamentos estaban libres de hacerlo];
  6. La propiedad privada y señorial de campos, praderas, bosques y aguas deben pasar a ser comunales, [esto es, de propiedad pública].
En cierto modo, podemos afirmar que el joven Böhm se erigía como un precedente del comunismo.

Al “profeta” le detuvieron e interrogaron de la manera al uso para casos de herejía. Las autoridades eclesiásticas y principescas quizás esperaban encontrarse con un tipo más duro y peligroso. Pero éste se reveló como un analfabeto que hasta entonces se había dedicado al pastoreo y poco más.

Sus ideas no contradecían para nada el mensaje de Jesús de Nazaret (0-33) sino que aún andaba más cerca de las ideas de éste que de las que adornaban a sus torturadores e interrogadores.

No obstante, debido al ruido que se armó tras su detención y a las propias mentiras que la propaganda eclesiástica había sembrado entre la gente para ponerles en contra del presunto profeta, se decidió proceder a su ejecución. Ésta tuvo lugar en la hoguera, costumbre de gran arraigo que, como sabes, hunde sus raíces en el cristianismo europeo.

Lo sorprendente fue que los peregrinos no dejaron, por ello, de llegar a Niklashausen tras la muerte de Böhm. El temor a haber creado un mártir popular llevó al arzobispo a demoler la iglesia en 1477, un año después del asesinato.

Con gran eficacia, los propagandistas difundieron una serie de canciones donde se hacía mofa del predicador, ahora convertido en tamborilero o flautista. Un flautista necio y risible. Un titiritero, dirían ahora. Del mismo modo, el antiguo pastor pasó a ser un porquero.

Cincuenta años más tarde, durante la guerra de los campesinos alemanes (1524-1525) ya nadie haría mención al joven de Helmstadt. Hubo que esperar hasta el siglo xix para recuperar su memoria.

A Hans Böhm se le ha comparado con el monje Girolamo Savonarola (1452-1498), apenas seis años mayor que el bávaro. Ambos se dedicaron a predicar y ambos recurrieron a las hogueras de las vanidades. Pero mientras que el de Ferrara es reclamado como un mártir por ciertos sectores fundamentalistas de la Iglesia, el de Helmstadt pronto quedó en el olvido. Además, Savonarola, era un predicador apocalíptico mientras que el mensaje de Böhm resultaba mucho más pragmático.

En efecto, el peligro de la utopía de Böhm reside en el hecho de que incitaba al pueblo a construir un nuevo reino de Dios aquí en la tierra. Es decir, un paraíso “entre dos paraísos”.

Y esto era (y por lo visto "es") algo terminantemente prohibido.

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