martes, 29 de abril de 2014

La lectura silenciosa

 
Dime, ¿qué haces justo en este momento?

Quizás tu atención se desvíe hacia esa taza de café o té que tienes en la mano; o a la lata de cerveza que acabas de abrir, o al vino con el que llenas tu copa; o estás engullendo unas galletas, una manzana, o un plato de paella. O tal vez me digas que estás a punto de entrar en el tren, de meterte en la cama, o que, de hecho, estás en el aseo.

Incluso puede ocurrir que lleves los auriculares puestos y que estés aislada o aislado del mundo.

En realidad, estás leyendo El náufrago del Aletheia. Y lo estás haciendo en silencio, ¿a que sí?

Hoy nos parece algo normal que cualquiera encienda su ordenador, su móvil, su tablet, y consulte en silencio el contenido de una web, un chat, o un PDF. Nos lo parece porque hubo una época en que leíamos libros. Muchas y muchos todavía lo hacen. Y lo hacen en silencio.

Me dirás que tú a veces lees en voz alta, pero reconoce que son excepciones.
Sin embargo, en la Antigüedad y durante la Edad Media, es decir, durante miles de años, la lectura era algo que se hacía en voz alta. Pocos eran los que sabían leer y pocos los libros que circulaban. Tener un libro, un solo libro, era como tener un tesoro.

En algunos lugares aún se practica lo de leer en público para una comunidad. Lo hacen, por ejemplo, los monjes de algunos monasterios, perpetuando así la tradición.

La introducción de libros impresos en la sociedad del Renacimiento, a partir de 1450, trajo como consecuencia la lectura silenciosa. Y con ello, la difusión del individualismo.

Hasta Gutenberg, la lectura ocurría en público. Uno leía, los otros escuchaban. Uno interpretaba y se aseguraba que el resto recibiera el mensaje en la forma, en el tono y en el idioma que a él le convenía. Pero:
«Tras la invención de la imprenta, el ascenso de las literaturas en lenguas vernáculas estimuló la diversidad en detrimento de la uniformidad».
Autores como Dante, Petrarca, Boccaccio, Pomponazzi, Pico della Mirandola, Maquiavelo, Erasmo, La Boétie, Montaigne, etc. escribieron, en sus lenguas vernáculas, sobre la libertad intelectual y la expresión individual. A menudo, sus textos reflejaban un cierto escepticismo hacia el mensaje cristiano, dice Watson. (Watson, 2009; 629)

Las autoridades eclesiásticas perseguían a muerte (literalmente) a quienes se saltaban la censura que imponían. Temían que el conocimiento se expandiera más allá de las élites. Temían que el latín dejara de ser la lengua que unía a todos los pueblos cristianos y que fuera sustituida por las lenguas nacionales que la gente no instruida sí podía llegar a entender. Temían que la lectura dejara de ser en voz alta, con un lector y muchos oyentes, y pasara a ser una lectura silenciosa. Temían que ahora los individuos pudieran pensar por sí mismos y sacar sus propias conclusiones.

Los huevos de Tyndale

El sacerdote católico William Tyndale (1494-1536), nacido en Slymbridge, destacó como estudiante, tanto en Oxford como en Cambridge, por su conocimiento del latín y el griego. Y desde 1520, aproximadamente, Tyndale deseaba traducir las Escrituras Griegas Cristianas o Nuevo Testamento al inglés.

Éste era un asunto delicado. Recuerda que muchos lolardos fueron quemados en la hoguera por haber distribuido la biblia de John Wickliffe (1320-1384), una versión en inglés de la 'Vulgata'. Ya hablamos de ello en 'El martirio de los lolardos'. Los tiempos de Tyndale eran de inquietud para la Iglesia Católica que veía la amenaza que significaba la Reforma que, liderada por Martin Lutero (1483-1546), dio comienzo en 1515. A Tyndale se le negó el permiso para editar la Biblia traducida directamente del griego.

El de Slymbridge no se arrugó por eso. En cierta ocasión manifestó lo siguiente ante otros miembros del clero:
«Desafío al Papa y todas sus leyes. Si Dios me hace merced de seguir vivo, de aquí a no muchos años lograré que el muchacho que guía el arado sepa más de la Escritura que vos». (En la Wikiquote sobre Tyndale)
El caso es que, en 1521, Tyndale se embarcó para el continente y ya nunca más volvería a las islas. En tierras alemanas consiguió su propósito. La 'Biblia de Tyndale' invadió, de contrabando, su país de origen. Por ello, fue perseguido y finalmente atrapado en Amberes. Tras más de un año en prisión, Tyndale fue condenado por herejía y suspendido del sacerdocio. Y el 6 de septiembre de 1536 fue ejecutado por estrangulamiento y luego quemado en público.

Mediante la lectura silenciosa, en su lengua materna, los ingleses podían ahora percibir la esencia, el orden y el significado del 'Nuevo Testamento'. Era una vuelta de tuerca al camino iniciado por Erasmo de Rotterdam (1466-1536) en 1516, cuando tradujo del griego al latín las 'Escrituras', tal como leíste en 'Los huevos de Erasmo'.

Tanto Erasmo como Tyndale creían que poner el conocimiento a disposición del vulgo, tendría como consecuencia un mayor acercamiento a la verdad: más certezas.

 

A más conocimiento, ¿más incertidumbre?

Aparte de la lectura silenciosa, el descubrimiento de América contribuyó mucho a elevar los niveles de incertidumbre y a fomentar el escepticismo. Digamos también que el auge del escepticismo está relacionado con el descubrimiento de la obra de Sexto Empírico (c.160-c.210). Según Peter Watson, Michel de Montaigne (1533-1592) llegó a la conclusión, casi posmoderna, de que toda doctrina es una “invención humana”.
«No hay certezas porque todas las creencias son producto de la tradición o la costumbre, porque los sentidos pueden engañarnos y porque no hay modo de saber si los procesos de la mente humana se adecuan a la naturaleza». (Watson, 2009; 778)
No hay certezas. ¿O sí las hay? Contra el escepticismo de su época, René Descartes (1596-1650) opuso su “Cogito, ergo sum” (Pienso, luego existo) y con ello reinició la filosofía. Gracias a él, al menos de una cosa sí podemos tener una certeza: que pensamos.

No hay certezas. ¿O sí las hay? Esa es la pregunta.

Sigamos leyendo. En silencio.

jueves, 17 de abril de 2014

El reinicio cartesiano

Con Renatus Cartesius, más conocido como René Descartes (1596-1650), se reinicia la filosofía. El conocimiento se resetea, podemos decir también.

Ello se debe a que Descartes quiso pensar por sí mismo y rechazaba las verdades recibidas, especialmente las del escolasticismo que dominaba la actividad intelectual desde los tiempos de Tomás de Aquino (1224-1274). Recuerda que los escolásticos sostenían que cualquier verdad alcanzada por medio de la razón debía ser conciliable con la doctrina cristiana. En otras palabras, que la filosofía tenía que estar al servicio de la teología.

Antes de Descartes, el conocimiento venía a ser un tótum revolútum de hechos empíricos, fantasías, mitos, ocultismo, dogmas religiosos, astrología y alquimia. La autoridad intelectual descansaba sobre los escritos de Aristóteles (384-322 a.C.) convenientemente reinterpretados y asimilados en la escolática.

El filósofo de La Haye discrepaba del principio aristotélico y escolástico que afirmaba la existencia de una causa final como explicación del comportamiento de las cosas. Así, según Descartes:
«La tarea del científico consiste en investigar aquellas causas que anteceden a sus efectos y no en especular sobre poderes ocultos o finalidades últimas». (Robinson, 2008; 23)
El racionalismo o cartesianismo (por Cartesius) sostiene que el único conocimiento confiable es el que procede de nuestro uso de la razón pura. Los racionalistas desconfiaban del conocimiento obtenido a través de los sentidos. El propio Descartes recurrió a los espejismos o a los efectos ópticos para desprestigiar aquello que vemos con nuestros propios ojos.

Por todo lo expuesto hasta ahora, no te sorprenderá que los manuales de teoría del conocimiento empiecen, muy probablemente, explicando la oposición entre racionalistas y empiristas. De los segundos cabe destacar al inglés John Locke (1632-1704) para quien sólo podemos conocer aquello que nos llega a través de los sentidos. De Locke tenemos mucho que hablar, pero será en otra ocasión.

La obra más conocida de Descartes es la que escribió en 1637, en francés, y que tituló como 'Discours de la méthode pour bien conduire sa raison, et chercher la vérité dans les sciences' (Discurso del método sobre la forma adecuada de manejar la razón y buscar la verdad en las ciencias). Resumiendo mucho, podemos afirmar que dicho método consiste en dudar de todo, esto es, la duda cartesiana:
«Me percaté de que si quería establecer para las ciencias algo que fuese estable y duradero, era menester […] que demoliera todo por completo y empezara nuevamente desde los fundamentos». (Robinson, 2008; 39)
Él mismo utilizó un cesto repleto de manzanas para explicar su método. Quien quiera conservar el cesto sano deberá examinar minuciosamente cada manzana y eliminar de modo implacable aquellas que ofrezcan dudas de estar infectadas, pues una sola manzana podrida podría corromper el resto. El resultado final será algo garantizado e indudable.

Ya hemos dicho que Descartes desconfiaba de los sentidos, pero aún llevaría su duda cartesiana hasta el pensamiento matemático. Pues, ¿acaso no podría haber un genio maligno, un demonio invisible, que nos hipnotizara de continuo haciéndonos creer que dos más dos son cuatro?

Ay, si Platón (427-347 a.C.) o Pitágoras (569-475 a.C.) levantaran la cabeza.

Actuando como un escéptico radical lo que buscaba era algo de lo que ya no se pudiera ser escéptico. Descartando el contenido del cesto, Descartes llega a la última manzana. Hay algo de lo que jamás puedes dudar: del hecho de que estás dudando, es decir, pensando.

El pensamiento tiene que estar en algún sitio. Tiene pues que haber una mente o conciencia, de cuya existencia tampoco puedes dudar. De aquí su famosa frase:
«Cogito ergo sum». (Pienso, luego existo).
Si se te ocurre poner en duda el cogito, lo estarás confirmando: No podemos dudar de que dudamos.

La última manzana de Descartes será el punto que marca dónde termina la escolástica y dónde comienza la filosofía moderna.

Las manzanas dan mucho juego. Eso debieron pensar Adán y Eva, de haber existido.

sábado, 12 de abril de 2014

La alianza con Noé

Quién sabe si la abundancia de metáforas marineras tiene o no que ver con el mito del arca de Noé. La película 'Noé' (2014), recién estrenada, me sirve de excusa para abordar este tema. Te advierto desde ya que no haré una crítica de la misma, porque no la he visto. Y hasta puede que decida no verla. Lo que sí te propongo es que reflexionemos juntos sobre lo que puede haber de verdad o de mentira en el relato que nos hace la Biblia a propósito del diluvio universal y del rumbo que a partir de ahí tomó nuestra cultura occidental.

Dicho estreno, el de 'Noé', nos llega, no por casualidad, en vísperas de la Semana Santa.

Los españoles que fuimos educados bajo el nacional-catolicismo aún recordamos que, en aquellos días, tanto la televisión como el cine nos castigaban a ver películas cuyos argumentos se basaran exclusivamente en la Biblia o los Evangelios.

Quizás, el director Darren Aronofsky (1969) pretende recuperar aquel tiempo perdido. La suya viene a ser una superproducción cinematográfica que, además de contar con un gran elenco de actores y abundancia de efectos especiales, ha costado entre 130.000.000 y 140.000.000 dólares. O sea, algo más de cien millones de euros, mientras que el presupuesto de 'Ocho apellidos vascos' , también estrenada este año, no llega a tres millones, según The Huffington Post.

Desde uno de los blogs de Libertad Digital se sugiere que lo más sorprendente de esta película es su «mera existencia». Su autor sostiene que se trata de una obra fallida, si bien admite no saber determinar dónde está el fallo. Y aún así, apunta lo siguiente:
«'Noé' pertenece a una categoría de películas que merece la pena proteger». (González, Juan Manuel. «'Noé', con Russell Crowe». En el blog, 'Confesionesde un cinépata')
Merece la pena proteger, dice.

Hago un inciso para resaltar que los neoliberales suelen atacar, puede que de boquilla, todo intento de proteccionismo en defensa del fundamentalismo del mercado libre y la libre competencia. En lo que respecta al cine, 'Noé' entra dentro de sus excepciones y se puede proteger. Un producto estadounidense, caro, y de contenido religioso-conservador. De “proteger” el cine patrio, ni hablar. El patriotismo de nuestros cinépatas neoliberales es como muy hollywoodiense, me temo.

El caso es que el relato original que aparece en el 'Génesis' aparece también en otras tradiciones religiosas. Este “libro sagrado” viene a ser un remake (un refrito) del poema babilónico 'Enûma Elish' (669 a.C.-627 a.C.). Y, concretamente, el episodio del diluvio se encontraba narrado de manera muy similar en el 'Poema de Gilgamesh'.

De cualquier forma, la historia del diluvio universal rebosa incongruencias. Muy resumidamente, todo empieza el día en que Dios se percata de que su obra va a la deriva y decide exterminar “toda carne que se arrastre sobre la tierra”, incluidos los pájaros. De los que habitan las aguas, peces, moluscos, crustáceos y mamíferos acuáticos, no dice nada. Para llevar a cabo dicho genocidio se servirá de un diluvio que será universal. Pero antes, encargará a su amigo Noé que construya un arca siguiendo unas instrucciones muy precisas en cuanto a las medidas y el diseño que ha de tener. La familia de Noé ha de embarcar llevando consigo un número de parejas muy determinado de cada especie de los animales que habitan sobre la tierra.

Y Noé encuentra fuerzas para ello pese a su avanzada edad: tenía 600 años, según se lee en el 'Génesis'.

A pesar de su brevedad, el relato abunda en detalles. No explica, sin embargo, cómo se las apañó Noé y sus tres hijos para hacerse con una pareja de osos polares, u otras de jaguares, tapires, koalas, canguros u ornitorrincos. En aquella época, tales animales no eran conocidos pero ya existían, eso sí, en lugares muy distantes ¿Cómo es que se salvaron del diluvio siendo que éste fue universal?

Por otra parte, ya te habrás dado cuenta de que el mito del diluvio universal lleva implícito la aceptación por parte del mismísimo Dios de haber cometido una chapuza al crear el mundo. Su omnipotencia queda en entredicho cuando se reconoce impotente para arreglarlo a su gusto. Lejos de introducir mejoras, lo único que se le ocurre es destruirlo. Pero luego cambia de opinión y decide resetearlo (o reiniciarlo), reconvirtiendo a Noé en el patriarca de referencia de la especie humana.

Pasado el diluvio, Dios sellará una alianza con Noé y los suyos. Un pacto en el que los humanos no pronuncian palabra:
«Ved aquí la señal del pacto que establezco entre yo [Dios] y vosotros, y cuantos vivientes están con vosotros, por generaciones sempiternas: Pongo mi arco [iris] en las nubes para señal de mi pacto con la tierra, y cuando cubriere yo de nubes la tierra, aparecerá el arco».
E insiste una y otra vez en lo siguiente:
«Estará el arco en las nubes, y yo lo veré, para acordarme de mi pacto eterno entre Dios y toda alma viviente y toda carne que hay sobre la tierra». (Crumb, Robert: 'Génesis'. La Cúpula. Barcelona, 2009)
No deja de resultar sorprendente que el símbolo del arco iris sea utilizado hoy por las parejas homosexuales mientras que el arca de Noé sea el referente por excelencia de las parejas heterosexuales.

Finalmente, de poco sirvió resetear el mundo. El Creador incurrió, de nuevo, en una chapuza. Basta ver cómo los seres humanos nos las hemos arreglado para inventarnos guerras, torturas, miserias y calamidades, que la religión no ha querido atajar, sino más bien fomentar.

Por otra parte, también es cierto que los humanos hemos avanzado en el arte de fabricar naves: échale un vistazo a nuestro Aletheia. Poco tiene que envidiar al arca de Noé, ¿o no?

De la verdad conocemos ahora más cosas que las que el propio Noé supo. Por no saber, o por no querer saber, ni siquiera alzó la voz para preguntar de qué iba todo ésto. Piénsalo: si tuvieras a Dios en línea directa ¿no le cuestionarías por sus motivos para crearnos, destruirnos, o mortificarnos?

A Noé no se le ocurrió.

jueves, 3 de abril de 2014

Ptolomeo equivocado

 
Hay momentos en que la historia del pensamiento gira sobre sí misma. Uno de ellos es el que conocemos como el giro copernicano o la revolución copernicana.

A Nicolás Copérnico (1473-1543) se le tiene como el iniciador de un cambio de paradigma en la manera que los humanos tenemos de entender el mundo. Sin embargo, el autor de la teoría heliocéntrica era un conservador tímido, que difícilmente podía ser considerado como un revolucionario, según la descripción que de él hace Peter Watson (1943).

Este historiador de las ideas añade que, como astrónomo, Copérnico «no era en realidad muy hábil y sus observaciones son famosas por su inexactitud».

Su gran mérito reside en haberse propuesto simplificar la complicada explicación dada por Claudio Ptolomeo (100-170) que había servido para sostener el sistema geocéntrico durante dos mil años. Recordemos que un sistema geocéntrico es aquél que tiene en su centro a la tierra (geo) mientras que uno heliocéntrico coloca al sol (helios) como centro del mismo.

Cambiar del modelo geocéntrico al heliocéntrico equivalía a redefinir nuestro lugar en el mundo. Después de la revolución científica, que iba a iniciarse con Copérnico, el ser humano dejaría de ser el centro del universo. No obstante, aún se tardaría otros cien años en que el cambio de sistema se consolidara. Según Watson, hacia 1600, apenas había en el mundo unos diez partidarios del heliocentrismo. Me dicen que, todavía hoy, un buen número de gente afirmaría que el sol sigue girando alrededor de la tierra. Habrá que confirmar este dato.

El heliocentrismo venía a contradecir la concepción religiosa.
«En una sociedad religiosa, “el destino de la vida y de todo lo demás estaba vinculado al movimiento de los cielos: los cielos regían la tierra”.Una de las conclusiones de la revolución científica fue que los cielos no regían la tierra». (Watson, 2009; 753-754)
Lo que estaba en juego era la racionalidad austera, acumulativa y matemática de la Edad Moderna contra la especulación difusa, desordenada y sobrenatural de la Edad Media. Se trataba de un cambio de manera de pensar que se daba en todos los ámbitos: religioso, artístico, social y político. En el terreno de la política, Nicolás Maquiavelo (1469-1527) había expuesto sus teorías tan sólo veinte años antes.

También era la época de la Reforma. Pero los reformistas, tanto Martin Lutero (1483-1546) como Juan Calvino (1509-1564), despreciaban las ideas de Copérnico. El de Eisleben se expresaba así:
«La gente presta oídos a un astrólogo (sic) advenedizo que busca mostrar que es la tierra la que gira y no los cielos o el firmamento, el sol y la luna... Este tonto desea invertir por completo la ciencia de la astronomía, pero las Santas Escrituras nos dicen que Josué ordenó detenerse al sol, no a la tierra». (Watson, 2009; 819)
Un argumento de peso para quien no le importa pasarse de listo.

Ahora bien, «[...] por increíble que pueda parecernos, el argumento central del 'De revolutionibus' se ignoró en gran medida. Autores que aplaudían la erudición de Copérnico, tomaban prestados sus diagramas y citaban su determinación de la distancia entre la tierra y la luna, por lo general pasaban por alto la idea de que la tierra se movía o la rechazaban por considerarla absurda», nos dirá Thomas Kuhn (1922-1996) en su 'Copernican Revolution'. (Kuhn, 1957; 185)

Tal vez por ello, y contra todo pronóstico, la teoría copernicana logró una aceptación positiva por parte de las autoridades eclesiásticas. De hecho, el papa Clemente VII (1478-1534) tuvo conocimiento de ella ya en 1533.

Aunque Copérnico trabajó en su teoría durante veinticinco años, su 'De revolutionibus orbium coelestium' (Sobre las revoluciones de las esferas terrestres) no se publicaría hasta 1543, año de su fallecimiento. Corre la leyenda de que aún vio el primer ejemplar de su obra publicada en su lecho de muerte.

Que el astrónomo de Toruń temiera más a la comunidad científica que a la eclesiástica, sería uno de los supuestos. En todo caso, un siglo después sus libros serían prohibidos por la Inquisición, coincidiendo con el caso Galileo Galilei (1564-1642).

Y esa es otra historia.

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