jueves, 17 de abril de 2014

El reinicio cartesiano

Con Renatus Cartesius, más conocido como René Descartes (1596-1650), se reinicia la filosofía. El conocimiento se resetea, podemos decir también.

Ello se debe a que Descartes quiso pensar por sí mismo y rechazaba las verdades recibidas, especialmente las del escolasticismo que dominaba la actividad intelectual desde los tiempos de Tomás de Aquino (1224-1274). Recuerda que los escolásticos sostenían que cualquier verdad alcanzada por medio de la razón debía ser conciliable con la doctrina cristiana. En otras palabras, que la filosofía tenía que estar al servicio de la teología.

Antes de Descartes, el conocimiento venía a ser un tótum revolútum de hechos empíricos, fantasías, mitos, ocultismo, dogmas religiosos, astrología y alquimia. La autoridad intelectual descansaba sobre los escritos de Aristóteles (384-322 a.C.) convenientemente reinterpretados y asimilados en la escolática.

El filósofo de La Haye discrepaba del principio aristotélico y escolástico que afirmaba la existencia de una causa final como explicación del comportamiento de las cosas. Así, según Descartes:
«La tarea del científico consiste en investigar aquellas causas que anteceden a sus efectos y no en especular sobre poderes ocultos o finalidades últimas». (Robinson, 2008; 23)
El racionalismo o cartesianismo (por Cartesius) sostiene que el único conocimiento confiable es el que procede de nuestro uso de la razón pura. Los racionalistas desconfiaban del conocimiento obtenido a través de los sentidos. El propio Descartes recurrió a los espejismos o a los efectos ópticos para desprestigiar aquello que vemos con nuestros propios ojos.

Por todo lo expuesto hasta ahora, no te sorprenderá que los manuales de teoría del conocimiento empiecen, muy probablemente, explicando la oposición entre racionalistas y empiristas. De los segundos cabe destacar al inglés John Locke (1632-1704) para quien sólo podemos conocer aquello que nos llega a través de los sentidos. De Locke tenemos mucho que hablar, pero será en otra ocasión.

La obra más conocida de Descartes es la que escribió en 1637, en francés, y que tituló como 'Discours de la méthode pour bien conduire sa raison, et chercher la vérité dans les sciences' (Discurso del método sobre la forma adecuada de manejar la razón y buscar la verdad en las ciencias). Resumiendo mucho, podemos afirmar que dicho método consiste en dudar de todo, esto es, la duda cartesiana:
«Me percaté de que si quería establecer para las ciencias algo que fuese estable y duradero, era menester […] que demoliera todo por completo y empezara nuevamente desde los fundamentos». (Robinson, 2008; 39)
Él mismo utilizó un cesto repleto de manzanas para explicar su método. Quien quiera conservar el cesto sano deberá examinar minuciosamente cada manzana y eliminar de modo implacable aquellas que ofrezcan dudas de estar infectadas, pues una sola manzana podrida podría corromper el resto. El resultado final será algo garantizado e indudable.

Ya hemos dicho que Descartes desconfiaba de los sentidos, pero aún llevaría su duda cartesiana hasta el pensamiento matemático. Pues, ¿acaso no podría haber un genio maligno, un demonio invisible, que nos hipnotizara de continuo haciéndonos creer que dos más dos son cuatro?

Ay, si Platón (427-347 a.C.) o Pitágoras (569-475 a.C.) levantaran la cabeza.

Actuando como un escéptico radical lo que buscaba era algo de lo que ya no se pudiera ser escéptico. Descartando el contenido del cesto, Descartes llega a la última manzana. Hay algo de lo que jamás puedes dudar: del hecho de que estás dudando, es decir, pensando.

El pensamiento tiene que estar en algún sitio. Tiene pues que haber una mente o conciencia, de cuya existencia tampoco puedes dudar. De aquí su famosa frase:
«Cogito ergo sum». (Pienso, luego existo).
Si se te ocurre poner en duda el cogito, lo estarás confirmando: No podemos dudar de que dudamos.

La última manzana de Descartes será el punto que marca dónde termina la escolástica y dónde comienza la filosofía moderna.

Las manzanas dan mucho juego. Eso debieron pensar Adán y Eva, de haber existido.

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