jueves, 3 de abril de 2014

Ptolomeo equivocado

 
Hay momentos en que la historia del pensamiento gira sobre sí misma. Uno de ellos es el que conocemos como el giro copernicano o la revolución copernicana.

A Nicolás Copérnico (1473-1543) se le tiene como el iniciador de un cambio de paradigma en la manera que los humanos tenemos de entender el mundo. Sin embargo, el autor de la teoría heliocéntrica era un conservador tímido, que difícilmente podía ser considerado como un revolucionario, según la descripción que de él hace Peter Watson (1943).

Este historiador de las ideas añade que, como astrónomo, Copérnico «no era en realidad muy hábil y sus observaciones son famosas por su inexactitud».

Su gran mérito reside en haberse propuesto simplificar la complicada explicación dada por Claudio Ptolomeo (100-170) que había servido para sostener el sistema geocéntrico durante dos mil años. Recordemos que un sistema geocéntrico es aquél que tiene en su centro a la tierra (geo) mientras que uno heliocéntrico coloca al sol (helios) como centro del mismo.

Cambiar del modelo geocéntrico al heliocéntrico equivalía a redefinir nuestro lugar en el mundo. Después de la revolución científica, que iba a iniciarse con Copérnico, el ser humano dejaría de ser el centro del universo. No obstante, aún se tardaría otros cien años en que el cambio de sistema se consolidara. Según Watson, hacia 1600, apenas había en el mundo unos diez partidarios del heliocentrismo. Me dicen que, todavía hoy, un buen número de gente afirmaría que el sol sigue girando alrededor de la tierra. Habrá que confirmar este dato.

El heliocentrismo venía a contradecir la concepción religiosa.
«En una sociedad religiosa, “el destino de la vida y de todo lo demás estaba vinculado al movimiento de los cielos: los cielos regían la tierra”.Una de las conclusiones de la revolución científica fue que los cielos no regían la tierra». (Watson, 2009; 753-754)
Lo que estaba en juego era la racionalidad austera, acumulativa y matemática de la Edad Moderna contra la especulación difusa, desordenada y sobrenatural de la Edad Media. Se trataba de un cambio de manera de pensar que se daba en todos los ámbitos: religioso, artístico, social y político. En el terreno de la política, Nicolás Maquiavelo (1469-1527) había expuesto sus teorías tan sólo veinte años antes.

También era la época de la Reforma. Pero los reformistas, tanto Martin Lutero (1483-1546) como Juan Calvino (1509-1564), despreciaban las ideas de Copérnico. El de Eisleben se expresaba así:
«La gente presta oídos a un astrólogo (sic) advenedizo que busca mostrar que es la tierra la que gira y no los cielos o el firmamento, el sol y la luna... Este tonto desea invertir por completo la ciencia de la astronomía, pero las Santas Escrituras nos dicen que Josué ordenó detenerse al sol, no a la tierra». (Watson, 2009; 819)
Un argumento de peso para quien no le importa pasarse de listo.

Ahora bien, «[...] por increíble que pueda parecernos, el argumento central del 'De revolutionibus' se ignoró en gran medida. Autores que aplaudían la erudición de Copérnico, tomaban prestados sus diagramas y citaban su determinación de la distancia entre la tierra y la luna, por lo general pasaban por alto la idea de que la tierra se movía o la rechazaban por considerarla absurda», nos dirá Thomas Kuhn (1922-1996) en su 'Copernican Revolution'. (Kuhn, 1957; 185)

Tal vez por ello, y contra todo pronóstico, la teoría copernicana logró una aceptación positiva por parte de las autoridades eclesiásticas. De hecho, el papa Clemente VII (1478-1534) tuvo conocimiento de ella ya en 1533.

Aunque Copérnico trabajó en su teoría durante veinticinco años, su 'De revolutionibus orbium coelestium' (Sobre las revoluciones de las esferas terrestres) no se publicaría hasta 1543, año de su fallecimiento. Corre la leyenda de que aún vio el primer ejemplar de su obra publicada en su lecho de muerte.

Que el astrónomo de Toruń temiera más a la comunidad científica que a la eclesiástica, sería uno de los supuestos. En todo caso, un siglo después sus libros serían prohibidos por la Inquisición, coincidiendo con el caso Galileo Galilei (1564-1642).

Y esa es otra historia.

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1 comentario:

  1. Felicidades por el blog, contendidos verdaderamente interesantes.

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