martes, 27 de mayo de 2014

Ética para terrícolas

 
Tal día como hoy, hace 107 años, nació la bióloga Rachel Louise Carson (1907-1964), autora de 'La primavera silenciosa' (1962), un libro que dio origen al movimiento ecologista. Es una coincidencia que me encuentre escribiendo sobre Hans Jonas (1903-1993) que, como veremos, propuso una ética medioambiental.

El filósofo de Mönchengladbach escribió 'El principio de responsabilidad' en 1979, en su lengua materna, tras años de haberlo hecho en inglés. Hay que decir que Jonas se exilió de Alemania en 1933, cuando su maestro Martin Heidegger (1889-1976) se afilió al partido nazi. Jonas era judío.

Si hacemos un repaso a la historia de la ética, tendremos que destacar otros dos autores: Aristóteles de Estagira (384-322 a.C.) e Immanuel Kant (1724-1804). Dos mil años separan la ética teleológica del primero de la ética deontológica del segundo. ¿Y cuál es la diferencia?, me preguntarás.
  • La ética teleológica deriva el deber de lo que es valioso como fin. En griego, tele quiere decir fin. Para Aristóteles, toda actividad humana tiende hacia algún bien. Dicho de otra manera: que nuestras acciones serán buenas o malas en función del resultado que pretendemos obtener;
  • Por el contrario, la ética deontológica está basada en el sentido del deber. Para Kant, la ética debe ser universal, esto es, que alcance a todos y cada unos de nosotros. Por eso, poco tendrá de contenido empírico ya que de la experiencia no se deriva conocimiento universal. La ley le viene dada a cada individuo desde dentro, no desde fuera. Los imperativos serán pues categóricos y no hipóteticos: es decir, que no están condicionados a que si queremos una cosa, un fin, debemos realizar tal otra para alcanzarlo.
El imperativo categórico enunciado por Kant decía así:
«Obra sólo según una máxima tal, que puedas querer al mismo tiempo que se torne en ley universal».
Observa que ambas éticas se dirigen a orientar nuestras acciones. Las acciones de cada uno. Tanto Aristóteles como Kant, apelaban a una ética individual.

Con Jonas, nos replanteamos el punto de vista ético en relación con el medio ambiente. Hasta entonces, ésta era la visión que prevalecía:
«La vida humana transcurría entre lo permanente y lo cambiante; lo permanente era la naturaleza; lo cambiante, sus propias obras». (Jonas, 1995; 28)
Las ciudades se construían para cercar, no para extenderse. Pero la ciencia y la técnica han cambiado la relación entre los humanos y el mundo. Actualmente las ciudades se expanden de manera ilimitada, mientras que nos vemos obligados a cercar, para proteger, los cada vez más escasos paisajes naturales.

No me resisto a citar éste otro párrafo donde Jonas nos sitúa en el punto de vista que tuvieron Aristóteles, Kant y prácticamente todos los filósofos que vivieron antes que él:
«Por mucho que el hombre hostigue año tras año a la tierra con su arado, la tierra permanece inalterable e inagotable; el hombre puede y tiene que confiar en la infinita paciencia de la tierra y ha de adaptarse a sus ciclos. Igualmente inalterable es el mar. Ningún expolio de sus frutos puede consumir su abundancia, ningún surcado con naves hacerle daño, nada que se lance a sus profundidades mancillarlo. Y por numerosas que sean las enfermedades a las que el hombre halle remedio, la muerte no se somete a sus artimañas». (Jonas, 1995; 26-27)
Gente como Rachel Carson, o el mismo Jonas, nos abrieron los ojos y actualmente nos preocupa lo que vertemos al mar. Los españoles, por ejemplo, vimos de cerca el hundimiento del Prestige en 2002 y el chapapote subsiguiente. Pero también nos preocupan enormemente las fugas radioactivas de la central nuclear de Fukushima tras el accidente ocurrido en 2011, justo al otro lado del globo terráqueo. Y nos parece mal la pesca abusiva, ya sea de atunes, de ballenas o de otras especies amenazadas.

En 1997, los países industrializados se comprometieron a reducir sus emisiones de gases de efecto invernadero, aunque no todos firmaron el protocolo de Kioto: el gobierno de los Estados Unidos lo firmó pero aún no lo ha ratificado, mientras que Canadá lo abandonó más tarde.

Cerca de casa, frente a la costa tarraconense, la plataforma Castor provoca terremotos en las poblaciones cercanas. De suspender su actividad, el estado español tendrá que indemnizar con más de 1.000 millones de euros a ACS, la empresa de Florentino Pérez (1947), que es a su vez presidente del Real Madrid. El motivo aducido: lucro cesante.

Como ves, la ética o la falta de ella condiciona la vida del planeta y afecta, por tanto, a las generaciones futuras. De poco o nada sirve una conducta ética limitada a lo individual si son nuestros gobiernos o las grandes empresas quienes generan daños irreparables al planeta.

Por eso, es necesario cambiar el imperativo categórico kantiano por el principio de responsabilidad enunciado por Jonas:
«Obra de tal modo que los efectos de tu acción sean compatibles con la permanencia de una vida humana auténtica en la Tierra».
El ser humano es el único ser, que sepamos, que tiene responsabilidad sobre la naturaleza ya que puede escoger libre y conscientemente entre varias alternativas de acción. Y dicha elección tiene consecuencias.

Con Jonas, la exigencia ética ha de ser colectiva.

miércoles, 21 de mayo de 2014

Bajo las plumas del Espíritu Santo

 
Tradicionalmente se le representa como un palomo, o una paloma, aunque luego veremos que nadie sabe definir claramente lo que es. Estoy hablando del Espíritu Santo.

Entre los siete dones atribuidos al Espíritu Santo están la sabiduría, el entendimiento, y la ciencia. (Los otros cuatro, por si te interesa saberlo, son el consejo, la piedad, la fortaleza y el temor de Dios).

Recordemos que la teoría del conocimiento, o el “conocimiento del conocimiento”, recibe el nombre de epistemología, que viene del griego: episteme (conocimiento) y logos (estudio). Conocimiento y entendimiento vienen a ser lo mismo, por ejemplo para John Locke (1632-1704). Por otra parte, lo que nos ocupa a quienes decidimos embarcarnos en el Aletheia, hace ya unos meses, es la filosofía. Por filosofía entendemos el amor por la sabiduría. Y por Aletheia designamos la verdad que se muestra al descorrer el velo de la ignorancia.

Dicho ésto podemos afirmar, con toda probabilidad, que el Espíritu Santo hace la travesía con nosotros, a bordo del Aletheia. Quizás ande por la cofa enredando con las gaviotas. Que conste que no lo digo con segundas.

Cuestión importante a destacar es que al don de la sabiduría se llega a través de otro de los dones del Espíritu Santo: el temor de Dios. El temor a ofender a Dios hace que los creyentes se aparten del “mal” y se dirijan hacia el “bien”. Dicho don es el que ha de salvarnos del orgullo una vez que aceptemos que todo se lo debemos a la misericordia divina. Pero de aceptar tal cosa, caeremos en la credulidad.
«La credulidad es un componente inexcusable del edificio de la fe. Ser crédulo significa ser menor de edad, abandonarse en las manos de otro, sacrificar la razón propia en el altar de la pereza y la desidia. No querer enfrentarse con los misterios de la vida, ni con las exigencias de la propia razón, que nos avisa del peligro de no llegar a la verdadera meta de la humanidad, con sus aldabonazos de advertencia: el enemigo de la comodidad te va a ganar la partida y a derribar la fortaleza de tu castillo intelectual. Bien arropados en su fe (sea cual sea) por esa credulidad infantil, la mayoría de la especie de primates autoproclamada homo sapiens con notoria ligereza y vanidad, se siente muy a gusto en sus creencias y considera que quienes se apartan del grupo de los creyentes, son poco menos que apestados de los que se debe huir y a quienes hay que compadecer». (Aguilar, Francisco: 'Reliquias II'. http://vandalio.blog.com.es/2007/05/21/reliquias_ii~2310488/)
Así que la “sabiduría” que graciosamente nos dona el Espíritu Santo poco tiene que ver con el verdadero amor por el conocimiento y la verdad. No es otra cosa que obediencia ciega a la máxima autoridad divina. Tampoco parece que el “don de la ciencia” otorgado por dicho espíritu tenga que ver con la definición de ciencia que nos da la Real Academia de la Lengua:
«[Ciencia es el] conjunto de conocimientos obtenidos mediante la observación y el razonamiento, sistemáticamente estructurados y de los que se deducen principios y leyes generales».
Me dicen que el pájaro ya voló. Pero los navegantes del Aletheia queremos saber más: ¿qué o quién es el Espíritu Santo? ¿Acaso lo saben quienes durante siglos nos obligaron a creer en él?

Pues va a ser que no. Que no lo saben. O que se contradicen.

Hay varias corrientes dentro del cristianismo que tratan de explicarlo, sin mucho éxito. Unas afirman que no es “algo” sino “alguien”. Otras dicen lo contrario. Veamos:
  1. Para los modalistas se trata de una fuerza o cualidad divina que tiene que ver con la sabiduría, la belleza, el amor o la bondad. Habrás oído decir de alguien “que está tocado por el Espíritu Santo”. En el modalismo, Dios es definido como un espíritu único e indivisible, que se manifiesta al hombre de diversos modos, por ejemplo bajo la forma de un palomo;
  2. Los unitaristas comparten más o menos la visión modalista de un ser impersonal aunque insisten en que se trata de la fuerza activa de Dios mismo. El unitarismo afirma la unicidad de Dios y rechaza el dogma de la trinidad;
  3. Según el pensamiento arriano, el Espíritu Santo es una entidad espiritual. Tiene naturaleza angélica de carácter casi divino, pero no llega a ser un dios por su condición de criatura: es un ser creado, no increado. El arrianismo sostenía que Jesús era hijo de Dios, pero no Dios mismo y por eso fueron perseguidos a muerte como herejes;
  4. Por triteístas identificamos aquellas interpretaciones que afirman que el Espíritu Santo es “otro Dios” increado, aunque posiblemente de un carácter inferior al Dios principal;
  5. Finalmente, los trinitarios consideran que el Espíritu Santo es una “persona divina”, a pesar de lo cual se mantiene dentro de la unicidad del principio divino donde Dios es un ser único que existe simultáneamente como tres personas distintas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Ésta es la doctrina que mantienen cristianos católicos y ortodoxos, y también algunas iglesias protestantes. Bastante confuso, ¿verdad?
A lo largo de los siglos, teólogos y no teólogos han discurrido sobre estas cuestiones. Piensa que aquellos que dijeron no entenderlas o quienes las pusieron en duda, acabaron excomulgados o quemados en la hoguera. No, no es una cuestión baladí.

Sobre la cubierta del Aletheia revolotea una pluma. Los biólogos de a bordo sostienen que no es de gaviota, sino de palomo. Una de las paganillas de a bordo sugiere que la llevemos hasta Maguncia (Mainz), donde, según dice, las plumas y los huevos del Espíritu Santo aún se veneran como reliquias.

Pero, ¿es que un espíritu pone huevos o tiene plumas? En caso afirmativo, será un ser material. Y si es material, no podrá ser un espíritu. ¿O sí?

martes, 13 de mayo de 2014

Apuntes sobre la tolerancia y la libertad religiosa

Según José Antonio Marina (1939) la tolerancia hacia otras religiones depende de la posición relativa de éstas respecto al poder:
«Históricamente, todas las confesiones exigieron la libertad religiosa cuando estaban en minoría, y la negaron cuando llegaron al poder». (Marina, José Antonio: 'Dictamen sobre Dios'. Anagrama. 2001; 197)
Precisamente, el todavía eurodiputado Jaime Mayor Oreja (1951) acaba de recibir un premio por su defensa en favor de la libertad religiosa de manos de la fundación pontificia Ayuda a la Iglesia Necesitada. Al parecer se debe a que reclamó la presencia de crucifijos en las escuelas, su única propuesta en cuatro años, según 20minutos.es

Para despejar dudas sobre lo que entiende por tolerancia, el premiado no ha tardado en arremeter contra quienes él percibe como sus enemigos, que no duda en situarlos nada menos que dentro de la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Así recogen sus palabras en una red social ultracatólica:
«El relativismo tiene su máxima expresión en la ONU».
Es más, el eurodiputado cesante insiste en que:
«El fenómeno relativista se asienta en la mentira y necesita mantener vivo un proceso para destruir la institución que defienda la “verdad” como concepto; la institución no relativista por excelencia, que es la Iglesia». (Hazteoír, 05/05/2014)
Verdad, mentira, ¿y si nos aclaramos un poco? Esa “institución no relativista por excelencia” a la que se refiere es la misma que, durante siglos, cazaba brujas y herejes a quienes no dudaba en torturar y quemar en la hoguera. Lo que subyace en el mensaje de Mayor Oreja es la nostalgia de aquellos tiempos en los que la Iglesia era la que tenía todo el poder. De cuando ese poder daba miedo.
«Al miedo de un poder invisible, fingido por la mente o imaginado a partir de historias que han sido aceptadas por el público, lo llamamos religión; si no han sido aceptadas, superstición». (Wikiquote)
La frase es de Hobbes, Thomas Hobbes (1588-1679). Cuando hablamos de él, constatamos que el miedo tuvo gran importancia en sus teorías políticas. Aquellos españoles que llegaron a bordo de la Armada Invencible dispuestos a invadir las islas británicas lo hacían, entre otras cosas, para defender la versión más pura del cristianismo. Sólo cuatro años antes, el rey Felipe II (1527-1598) había firmado el Tratado de Joinville con la Ligue catholique. Su principal objetivo era imponer el catolicismo como única religión y eliminar el protestantismo.

A España le cabe el dudoso honor de haber liderado la Contrarreforma. Dicho movimiento desencadenó la Guerra de los Treinta Años, una guerra de religión que asoló a Europa desde 1618 a 1648. No deja de ser paradójico que quienes invocan a aquél que predicó el amor al prójimo sean los mismos que promueven las cruzadas.

Contrariamente a Hobbes, quien pensaba que la mejor solución pasaba por un soberano plenipotenciario aunque no divino, su compatriota John Locke (1632-1704) abogó por el parlamentarismo. Locke tuvo éxito. Hobbes, no.

No obstante, los puntos de vista de Hobbes y Locke eran coincidentes en cuanto a la necesidad de un poder soberano, ésto es, la de un órgano que ejerza o posea la autoridad suprema e independiente. Sin poder soberano no hay posesión. En cierta manera, Locke logró sustituir la idea hobbesiana de un monarca absoluto por la de una democracia liberal. Eso sí, limitada a aquellos que eran propietarios, blancos y varones. El poder pasaba así del monarca a una clase privilegiada, que lo ejercería atendiendo sólo a sus intereses, también, de una manera absoluta.

En la visión de Crawford Brough MacPherson (1911-1987), Locke estaría justificando un sistema político y económico basado en la teoría del individualismo posesivo. Un sistema que, con pocas variaciones, es el que padecemos ahora. Sus 'Dos tratados sobre el gobierno civil' se publicaron en 1689.

Así que, la próxima vez que oigas que el marxismo es algo viejo y pasado de moda, piensa que tuvieron que pasar ciento cincuenta y nueve años para que Karl Marx (1818-1883) y Friedrich Engels (1820-1895) publicaran su 'Manifiesto del Partido Comunista', en 1848. El liberalismo es mucho más rancio.

La 'Carta sobre la tolerancia', coincide con la publicación de los dos tratados lockeanos. El derecho a la libertad individual, por el que Locke abogaba, tenía la oposición tanto de la religión como del estado monárquico. Para Locke era fundamental evitar cualquier tipo de conflicto que pusiera en riesgo las posesiones más valiosas del individuo: la propiedad y la vida. Y ésto podía lograrse con la tolerancia religiosa. A Locke tenemos que agradecerle que se implantara la libertad de conciencia como un derecho.

Sin embargo, la tolerancia lockeana no era extensible a los ateos:
«[...] no han de ser tolerados en modo alguno aquellos que nieguen la existencia de Dios. Las promesas, los pactos y juramentos, que son los lazos que unen a la sociedad, no significan nada para el ateo. Al apartarse de Dios, aun en su espíritu, se disgrega todo. Asimismo, aquellos que no creen en nada, al socavar y destruir toda religión, no pueden tener pretexto religioso alguno para pretender el privilegio de la tolerancia». (Locke, John: 'Carta sobre la Tolerancia'. 1977; 33)
Extraña tolerancia la suya, ¿no te parece?

La hostilidad manifiesta de Locke para con los ateos podría llegar hasta la pena de muerte, dado el nivel de amenaza que, según él, éstos representaban para su sistema:
«Entiendo, pues, que el poder político consiste en el derecho de hacer leyes, con penas de muerte, –dice Locke– y por ende todas las penas menores, para la regulación y preservación de la propiedad; y de emplear la fuerza del común en la ejecución de tales leyes, y en la defensa de la nación contra el agravio extranjero: y todo ello sólo por el bien público».
Desde hace poco deambulo por el Facebook donde recibo el bombardeo diario de mensajes pseudocristianos en los que se nos dicen cosas tan sugerentes como ésta:
«¿Dónde está la gente linda que agradece a Dios por otro bello día? Escribe amén y comparte si necesitas a Dios durante esta semana».
Puede que no te sorprenda que más de treinta mil personas obedecieran a este mensaje. Son la gente linda. Pero ¿qué pasa con quienes no creen que haya un dios a quien agradecer cada bello día? ¿Acaso no son gente linda?

Evidentemente, no lo son para Locke. Tampoco para Mayor Oreja. Sí para mí. ¿Lo son para ti?

martes, 6 de mayo de 2014

Europa bajo otra bandera

Continuamos dentro del campo de la filosofía política.

Cuando en 2002, Rem Koolhaas (1944) diseñó la bandera de Europa no se inspiró en el 'Apocalipsis', como sí hizo Arsène Heitz (1908-1989) en 1955, sino en las nuevas tecnologías. Fue como si el de Rotterdam pasara un escaner por nuestra geografía y le diera como resultado un código de barras que todos los europeos pudiéramos leer e identificar como nuestra bandera. 

En el diseño de Koolhaas vemos representados los colores de todas y cada una de las enseñas de los países miembros de la Unión Europea. Se trata de una sucesión de bandas verticales que se lee de izquierda a derecha, en un barrido que va desde el país más occidental al más oriental. Repito, como si fuera un código de barras. Tal cual una radiografía multinacional.

El encargo le vino de Romano Prodi (1939) y Guy Verhofstadt (1953), presidente de la Comisión Europea y primer ministro de Bélgica respectivamente. Las conversaciones tuvieron lugar en Bruxelas dentro del marco de un estudio más amplio sobre las necesidades que ha de reunir una capital europea.

El proyecto estaba encaminado a resaltar la diversidad y la unidad”, y Koolhaas propuso un nuevo lenguaje visual que incluía la nueva bandera: la barcode (código de barras).

El diseño propuesto por el arquitecto holandés tiene la ventaja de que se pueden añadir nuevos países sin apenas variar el aspecto general de la misma. Esto ocurrió tan sólo dos años después, y se procedió a un rediseño que incluyera los diez nuevos países que se sumaban a los quince ya existentes en 2002.

Por el contrario, el número de estrellas que aparecen en la actual bandera está limitado a doce. En 1975, Liam Cosgrave (1920), el entonces presidente del Consejo de Europa, hizo la siguiente aclaración:
«El Consejo de Europa será representado en este símbolo bajo la forma de un círculo cerrado de estrellas. Estas estrellas no representan ni países, ni estados, ni razas. Su número será invariable: doce es el símbolo de la perfección y la plenitud, como la unión de los pueblos deberá ser». (Bichet, Robert: 'Le Drapeau de l'Europe'. 1985)
Lo que Cosgrave no nos dijo es que esa docena de estrellas son las mismas que coronan a la virgen en esa visión apocalíptica a la que antes me refería cuando recordaba a Arsène Heitz. No representan ni países, ni estados, ni razas, pero sí a una religión muy concreta. Encontrarás más información en 'Esas raíces cristianas'.

Pocas, muy pocas veces, se ha utilizado la bandera de Koolhaas de modo oficial. Nada más hacerse pública suscitó grandes críticas por parte de los sectores más reaccionarios en el parlamento europeo: leáse populares y cristiano-demócratas. Desde que Prodi dejara la presidencia, la barcode ha quedado en stand-by. O en el olvido, más bien.

La iniciativa de Koolhaas sirvió para que imagináramos Europa bajo otra bandera. ¿Significa eso también que otra Europa sería posible? Es difícil, ¿verdad? Bueno, tal vez puedas hacer algo en las elecciones europeas que se celebran el próximo 25 de mayo. Piensa que aunque pases de la política, la política no pasa de ti. En otras palabras, te estoy diciendo que no te abstengas.

Si te abstienes, dejas el campo libre a los europarlamentarios que se disponen a cerrar el Tratado de Libre Comercio (TTIP) con los Estados Unidos. Como dicen Ortiz y Urtasun, esto representa «un sueño neoliberal y una pesadilla democrática». (Ortiz, Laia; Urtasun, Ernest: «Tratado de Libre Comercio UE-EEUU: un sueño neoliberal, una pesadilla democrática». eldiario.es en 04/05/2014)

No es sólo que la Troika gobierna contra nosotros, los ciudadanos: pronto pasaremos a ser meros súbditos, no ya de Europa sino de los Estados Unidos: estamos ante la americanización de Europa.

Con estas políticas, no es extraño que el número de euro-escépticos crezca escandalosamente. 

Los pactos que conlleva el TTIP se mantienen en la más absoluta clandestinidad. Desde los Estados Unidos nos llega la voz crítica del profesor Joseph Stiglitz (1943) que dice:
«No se entiende tanto secretismo, a no ser que lo que están tramando sea realmente malo». (Ortiz, Laia; Urtasun, Ernest. 04/05/2014)
Te hago notar que el que fuera premio nobel de economía en 2001 suele acertar en sus diagnósticos, al contrario que lo que ocurre con los economistas que ocupan nuestras tertulias radiofónicas y televisivas.

También desde el otro lado del Atlántico pero un poco más al norte, en la Universidad de Toronto, el profesor David Schneiderman sostiene que estamos ante un “Nuevo Constitucionalismo”. Según Schneiderman:
«[El TTIP] garantiza derechos a los inversores por encima de los derechos de los ciudadanos». (Ortiz, Laia; Urtasun, Ernest. 04/05/2014)
Así que poco, o nada, queda de aquél sueño europeo en el que muchos llegamos a creer. Ésta es la Europa de los especuladores. Hoy, populares, socialistas y liberales actúan como títeres que, manejados por los bancos y las grandes corporaciones, se dedican a hacernos creer que vivimos en el mejor de los mundos posibles y que, además, estamos en una democracia.

¿De verdad piensas que estamos en una democracia real? Pongámosla a prueba. Pensemos una Europa distinta. Una Europa de los pueblos. Una Europa de los ciudadanos. Una Europa bajo otra bandera.

Podemos.


lunes, 5 de mayo de 2014

La guerra de todos contra todos

A Thomas Hobbes (1588-1679) le gustaba señalar que su nacimiento fue prematuro debido al terror que sufrió su madre ante la inminencia de la llegada de los españoles. En efecto, la Armada Invencible estaba a punto de naufragar en una tormenta junto a las islas británicas, pero ella no podía saberlo.
«El miedo y yo nacimos gemelos» –decía Hobbes.
Repasando las circunstancias de su vida, pienso que tal vez debió reescribirla en el sentido de que el miedo y él crecieron juntos. Su época estuvo marcada por sucesivos acontecimientos bélicos pero sobre todo por el enfrentamiento entre monárquicos y parlamentaristas. Los primeros defendían la monarquía absoluta legitimada por Dios, mientras que sus oponentes pretendían que la soberanía fuera compartida entre el rey y el pueblo. No, no eran republicanos. De haberlo sido habrían afirmado que la soberanía reside en el pueblo y que el rey era tan solo un ciudadano más.

Y, sin embargo, ya cumplidos los sesenta y un años, el propio Hobbes sería testigo de una Inglaterra republicana. Eran los tiempos de Oliver Cromwell (1599-1658). La Commonwealth of England duró desde el año 1649 hasta el 1660, en el que se restauró la monarquía. Atrás quedaba una guerra civil y el regicidio de Carlos I (1600-1649). Decapitar al rey no es un acontecimiento trivial, sino que establece un precedente histórico de primer orden como se vería en Francia ciento cuarenta y cuatro años después, cuando decapitaron a Luis XVI (1754-1793). Ni Francia ni Inglaterra volvieron a ser las mismas.

Para Hobbes los hombres somos violentos por naturaleza. Estaba convencido que de no existir la ley y el orden nos sumiríamos en una guerra de todos contra todos, en un bellum omnium contra omnes. Y así lo refleja su obra más importante, 'Leviatán' (1651), donde aparece la célebre frase:
«Homo homini lupus» (El hombre es un lobo para el hombre).
Al igual que Hobbes, yo mismo recuerdo una anécdota de los miedos de mi niñez. Andábamos mi padre y yo en medio del bosque y a mi cabeza venían imágenes de terribles fieras al acecho. Entonces se me ocurrió preguntar:
– ¿Cuál es el animal más peligroso para el hombre?
Mi padre no tardó en responder:
– El hombre.
Quedé perplejo. Ni leones, ni tigres, cocodrilos o serpientes, sino el hombre. Mi padre murió poco después, así que me quedé con las ganas de preguntarle si es que había leído a Hobbes. Aunque pienso que sí. Además, él también fue testigo de una guerra civil y de una mundial.

La frase que normalmente le atribuimos a Hobbes es mucho más antigua. Su autor fue el comediógrafo Tito Macio Plauto (254-184 a.C.) y dice así:
«Lupus est homo homini, non homo, quom qualis sit non novit». (Lobo es el hombre para el hombre, y no hombre, cuando desconoce quién es el otro). (En 'Asinaria', o la comedia de los asnos)
Tanto Plauto como Hobbes estaban convencidos de que los humanos somos egoístas hasta el punto de buscar la desgracia de los demás miembros de nuestra especie. ¿De verdad, lo somos?

La solución hobbesiana nos viene dada en el 'Leviatán'. ¿Te fijaste en que lo escribió durante la época republicana? Hobbes no confiaba en el buen gobierno del pueblo. Era abiertamente antidemocrático. Propone, en cambio, la figura de un soberano con poder absoluto. La novedad es que su legitimación no provendrá de Dios, sino del pueblo. Es aquí donde introduce una idea que iba a hacer fortuna: el contrato social. Al “firmar” dicho contrato abandonamos por propia voluntad el estado de naturaleza, donde según él:
«Cada hombre es enemigo de cada hombre; los hombres viven sin otra seguridad que sus propias fuerzas y su propio ingenio debe proveerlos de lo necesario. En tal condición no hay lugar para la industria, pues sus productos son inciertos; y, por tanto, no se cultiva la tierra, ni se navega, ni se usan las mercancías que puedan importarse por mar, ni hay cómodos edificios, ni instrumentos para mover aquellas cosas que requieran gran fuerza o conocimiento de la faz de la tierra ni medida del tiempo, ni artes, ni letras, ni sociedad; y lo que es peor que nada, hay un constante temor y peligro de muerte violenta, y la vida del hombre es solitaria, pobre, grosera, brutal y mezquina». (Bodelón González, Encarna; Zino Torrazza, Julio: «El contrato social». 'Historia del Pensamiento Criminológico'. Universitat de Barcelona)
Cabe señalar que la propuesta de Hobbes nos convierte en súbditos, no en ciudadanos.

Varios autores, como John Locke (1632-1704) o Jean-Jacques Rousseau (1712-1778) retomarían la idea del contrato social. Te adelanto ahora que Locke atacaría la parte poscontractual de la teoría hobbesiana proponiendo que la soberanía descansara en el parlamento y no en un monarca absoluto, mientras que Rousseau pondría patas arriba la parte precontractual. Para el filósofo ginebrino, los hombres éramos mejores en el estado de naturaleza y es a partir de que nos “civilizamos” cuando nos volvemos peligrosos para nosotros mismos. Guantánamo, Abu Ghraib o los ataques con drones son inventos de este siglo. Pertenecen al más moderno y civilizado Leviatán, convertido ahora en una superpotencia militar, ¿más lockeana que hobbesiana, o viceversa?

Cuando nos encontramos en Florencia con Nicolás Maquiavelo (1469-1527) hicimos “algo más que contarnos batallitas”. Entonces ya nos planteamos una cuestión clave a la que los filósofos tenemos que enfrentarnos. Te la formulo de nuevo:
«¿Hemos nacido para matarnos o estamos diseñados para colaborar los unos con los otros?»
Por cierto que Hobbes sí leyó a Maquiavelo.

Pero ni el uno ni el otro pudieron leer la teoría evolucionista de Charles Darwin (1809-1882).

Nosotros sí.

viernes, 2 de mayo de 2014

El cerebro en una cubeta

Decíamos que no hay certezas. ¿O sí las hay? Esa fue la pregunta con la que cerramos la entrada anterior. Y poco antes hablamos de un genio diabólico que nos engañaba continuamente haciéndonos creer lo que no era.

El genio diabólico de Descartes fue retomado por Jonathan Dancy (1946) y luego popularizado por Hilary Putman (1926). Tanto el filósofo británico como el matemático de Chicago nos lo presentan reconvertido en un científico loco dedicado a experimentar con un cerebro en una cubeta. Como hipótesis, no está mal. Así lo contaba Dancy:
«Usted no sabe que no es un cerebro, suspendido en una cubeta llena de líquido en un laboratorio, y conectada a un computador que lo alimenta con sus experiencias actuales bajo el control de algún ingenioso científico técnico (benévolo o maligno, de acuerdo a su gusto). Puesto que, si usted fuera un cerebro así, asumiendo que el científico es exitoso, nada dentro de sus experiencias podría revelar que usted lo es; ya que sus experiencias son, según la hipótesis, idénticas con las de algo que no es un cerebro en la cubeta. Como usted sólo tiene sus propias experiencias para saberlo, y esas experiencias son las mismas en cualquier situación, nada podría mostrarle cuál de las dos situaciones es la real». (Dancy, Jonathan: 'Introducción a la Epistemología Contemporánea')
Mientras que Putman da un paso más allá al proponer lo siguiente:
«En lugar de imaginar un sólo cerebro sometido a esa reclusión, podríamos suponer que todos los cerebros humanos, y por añadidura, los de los seres pensantes en general, podrían ser cerebros encerrados en sus cápsulas. ¿Existiría alguien vigilando? ¿O el universo podría estar compuesto de cadenas interminables de estos cerebros, en una especie de gran fábrica de emociones? Todos unidos en una ilusión colectiva». (Wikipedia)
Si viste 'Matrix' (1999) sabrás de que está hablando. En la película, Neo descubre que el mundo que conocemos y aceptamos como real no es más que una simulación virtual que nos llega por medio de un cable enchufado a nuestro cerebro. En el campo de la narrativa de ciencia-ficción, autores como Stanislaw Lem (1921-2006) e Isaac Asimov (1920-1992) ya recurrieron a esa idea.

Puede que te sorprenda este repentino interés hacia las fantasías de la ciencia, así que retomo el tema de la filosofía donde lo dejamos.

El escepticismo aparentemente radical de René Descartes (1596-1650) consistía en dudar de todo hasta quedarnos con algo de lo que ya no pudiéramos dudar. Recuerda las manzanas del cesto que éste eliminaba hasta quedarse con una que fuera la buena. El reinicio cartesiano llevaba la duda metodológica incluso hasta el terreno de las matemáticas y la geometría. El genio diabólico imaginado por Descartes podría hacernos creer que tales leyes se cumplen aunque no fuera así.

Para erradicar esa amenaza, Descartes introdujo a Dios en la escena. Pensó que necesitábamos un Dios que no nos engañase. Un Dios que nos asegurase que cualquier idea clara y definida que tengamos, sería verdadera.

El filósofo francés, tenía una idea de Dios acorde con las tradiciones vigentes en su época. Esto es, la idea de un ser perfecto, infinito, inmutable y permanente. Para Descartes, algo tenía que haber causado que dicha idea de Dios estuviera en nuestra mente; y, según él, una causa debe tener tanta realidad como su efecto. Ésto es lo que decía Descartes:
«La causa de la idea de Dios debe ser más real que la idea misma de Dios. Por lo tanto, Dios tiene que existir».
Éste es el denominado “argumento de la marca registrada” que, expresado en sus propias palabras, suena así:
«Cuando Dios nos crea, estampa en nuestra mente la idea innata que tenemos de él». (Robinson, 2008; 64-65)
Y éste es un aspecto muy importante del pensamiento cartesiano. Descartes y sus seguidores, sostenían que tenemos ideas innatas. Esto es, que venimos al mundo con ideas previas sobre las matemáticas, sobre el alma y sobre Dios. A esto se opusieron los empiristas, como John Locke (1632-1704) para quien somos, al nacer, algo así como una tabula rasa o papel en blanco donde la experiencia escribe lo que ha de ser nuestro entendimiento, nuestro conocimiento.

El dualismo cartesiano consiste en la separación entre las sustancias corpóreas y las pensantes: res extensa y res cogitans. O dicho de otro modo: Descartes pensaba que cuerpo y alma son realidades independientes. Recordemos que Platón (427-247 a.C.) se refería al cuerpo como cárcel del alma, y desvalorizaba el mundo de la materia frente al mundo de las Ideas. Luego, el cristianismo hará suya la idea del alma separada del cuerpo. Así pues, platonismo, cristianismo y cartesianismo sustentaron la idea, que muchos aún mantienen, de una mente separada del cuerpo: para ellos, somos nuestra mente, no nuestro cuerpo.

Esta idea tiene sus detractores, ya que por un lado no responde a la pregunta de cómo nuestra mente (o alma, o cogito) interactúa con nuestro cuerpo. Y por otro, obvia que las perturbaciones en nuestro cerebro alteran la manera en que nos comportamos, sean éstas debidas a accidentes, tumores, enfermedades, o drogas. Bastaría señalar que no actuamos igual cuando llevamos unas copas de más para darnos cuenta de ello.

El neurólogo António Damásio (1944) ha venido a sacar a Descartes del error de imaginar un alma separada del cuerpo. Para el portugués:
«No es sólo la separación entre mente y cerebro la que es mítica: la separación entre mente y cuerpo es, probablemente, igual de ficticia. La mente forma parte del cuerpo tanto como del cerebro». (Capote, Carlos: http://www.carloscapote.com/critica/elerrordedescartes/)
Con una mente separada del cuerpo podíamos albergar la esperanza de que algún día llegaríamos a comprender la realidad desde un punto de vista totalmente objetivo. Pero ¿acaso podemos llegar a tener tal clase de conocimiento? ¿Existe un vacío entre cómo los seres humanos concebimos el mundo y cómo es el mundo realmente?

Para Putman plantearse tal cosa resulta absurdo. El estadounidense sostiene que nuestra visión no alcanza el punto de vista del “ojo de Dios”. Los seres humanos estamos limitados a nuestra forma particular de entender la realidad.

No hay certezas, ¿o sí las hay?

La realidad existe y es objetiva –afirma Mario Bunge (1919)–, aunque sea falible, aunque el conocimiento del mundo sea provisional e incierto.

Pero eso mismo pensaría un cerebro que estuviese en una cubeta. ¿O no?