martes, 13 de mayo de 2014

Apuntes sobre la tolerancia y la libertad religiosa

Según José Antonio Marina (1939) la tolerancia hacia otras religiones depende de la posición relativa de éstas respecto al poder:
«Históricamente, todas las confesiones exigieron la libertad religiosa cuando estaban en minoría, y la negaron cuando llegaron al poder». (Marina, José Antonio: 'Dictamen sobre Dios'. Anagrama. 2001; 197)
Precisamente, el todavía eurodiputado Jaime Mayor Oreja (1951) acaba de recibir un premio por su defensa en favor de la libertad religiosa de manos de la fundación pontificia Ayuda a la Iglesia Necesitada. Al parecer se debe a que reclamó la presencia de crucifijos en las escuelas, su única propuesta en cuatro años, según 20minutos.es

Para despejar dudas sobre lo que entiende por tolerancia, el premiado no ha tardado en arremeter contra quienes él percibe como sus enemigos, que no duda en situarlos nada menos que dentro de la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Así recogen sus palabras en una red social ultracatólica:
«El relativismo tiene su máxima expresión en la ONU».
Es más, el eurodiputado cesante insiste en que:
«El fenómeno relativista se asienta en la mentira y necesita mantener vivo un proceso para destruir la institución que defienda la “verdad” como concepto; la institución no relativista por excelencia, que es la Iglesia». (Hazteoír, 05/05/2014)
Verdad, mentira, ¿y si nos aclaramos un poco? Esa “institución no relativista por excelencia” a la que se refiere es la misma que, durante siglos, cazaba brujas y herejes a quienes no dudaba en torturar y quemar en la hoguera. Lo que subyace en el mensaje de Mayor Oreja es la nostalgia de aquellos tiempos en los que la Iglesia era la que tenía todo el poder. De cuando ese poder daba miedo.
«Al miedo de un poder invisible, fingido por la mente o imaginado a partir de historias que han sido aceptadas por el público, lo llamamos religión; si no han sido aceptadas, superstición». (Wikiquote)
La frase es de Hobbes, Thomas Hobbes (1588-1679). Cuando hablamos de él, constatamos que el miedo tuvo gran importancia en sus teorías políticas. Aquellos españoles que llegaron a bordo de la Armada Invencible dispuestos a invadir las islas británicas lo hacían, entre otras cosas, para defender la versión más pura del cristianismo. Sólo cuatro años antes, el rey Felipe II (1527-1598) había firmado el Tratado de Joinville con la Ligue catholique. Su principal objetivo era imponer el catolicismo como única religión y eliminar el protestantismo.

A España le cabe el dudoso honor de haber liderado la Contrarreforma. Dicho movimiento desencadenó la Guerra de los Treinta Años, una guerra de religión que asoló a Europa desde 1618 a 1648. No deja de ser paradójico que quienes invocan a aquél que predicó el amor al prójimo sean los mismos que promueven las cruzadas.

Contrariamente a Hobbes, quien pensaba que la mejor solución pasaba por un soberano plenipotenciario aunque no divino, su compatriota John Locke (1632-1704) abogó por el parlamentarismo. Locke tuvo éxito. Hobbes, no.

No obstante, los puntos de vista de Hobbes y Locke eran coincidentes en cuanto a la necesidad de un poder soberano, ésto es, la de un órgano que ejerza o posea la autoridad suprema e independiente. Sin poder soberano no hay posesión. En cierta manera, Locke logró sustituir la idea hobbesiana de un monarca absoluto por la de una democracia liberal. Eso sí, limitada a aquellos que eran propietarios, blancos y varones. El poder pasaba así del monarca a una clase privilegiada, que lo ejercería atendiendo sólo a sus intereses, también, de una manera absoluta.

En la visión de Crawford Brough MacPherson (1911-1987), Locke estaría justificando un sistema político y económico basado en la teoría del individualismo posesivo. Un sistema que, con pocas variaciones, es el que padecemos ahora. Sus 'Dos tratados sobre el gobierno civil' se publicaron en 1689.

Así que, la próxima vez que oigas que el marxismo es algo viejo y pasado de moda, piensa que tuvieron que pasar ciento cincuenta y nueve años para que Karl Marx (1818-1883) y Friedrich Engels (1820-1895) publicaran su 'Manifiesto del Partido Comunista', en 1848. El liberalismo es mucho más rancio.

La 'Carta sobre la tolerancia', coincide con la publicación de los dos tratados lockeanos. El derecho a la libertad individual, por el que Locke abogaba, tenía la oposición tanto de la religión como del estado monárquico. Para Locke era fundamental evitar cualquier tipo de conflicto que pusiera en riesgo las posesiones más valiosas del individuo: la propiedad y la vida. Y ésto podía lograrse con la tolerancia religiosa. A Locke tenemos que agradecerle que se implantara la libertad de conciencia como un derecho.

Sin embargo, la tolerancia lockeana no era extensible a los ateos:
«[...] no han de ser tolerados en modo alguno aquellos que nieguen la existencia de Dios. Las promesas, los pactos y juramentos, que son los lazos que unen a la sociedad, no significan nada para el ateo. Al apartarse de Dios, aun en su espíritu, se disgrega todo. Asimismo, aquellos que no creen en nada, al socavar y destruir toda religión, no pueden tener pretexto religioso alguno para pretender el privilegio de la tolerancia». (Locke, John: 'Carta sobre la Tolerancia'. 1977; 33)
Extraña tolerancia la suya, ¿no te parece?

La hostilidad manifiesta de Locke para con los ateos podría llegar hasta la pena de muerte, dado el nivel de amenaza que, según él, éstos representaban para su sistema:
«Entiendo, pues, que el poder político consiste en el derecho de hacer leyes, con penas de muerte, –dice Locke– y por ende todas las penas menores, para la regulación y preservación de la propiedad; y de emplear la fuerza del común en la ejecución de tales leyes, y en la defensa de la nación contra el agravio extranjero: y todo ello sólo por el bien público».
Desde hace poco deambulo por el Facebook donde recibo el bombardeo diario de mensajes pseudocristianos en los que se nos dicen cosas tan sugerentes como ésta:
«¿Dónde está la gente linda que agradece a Dios por otro bello día? Escribe amén y comparte si necesitas a Dios durante esta semana».
Puede que no te sorprenda que más de treinta mil personas obedecieran a este mensaje. Son la gente linda. Pero ¿qué pasa con quienes no creen que haya un dios a quien agradecer cada bello día? ¿Acaso no son gente linda?

Evidentemente, no lo son para Locke. Tampoco para Mayor Oreja. Sí para mí. ¿Lo son para ti?

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