miércoles, 21 de mayo de 2014

Bajo las plumas del Espíritu Santo

 
Tradicionalmente se le representa como un palomo, o una paloma, aunque luego veremos que nadie sabe definir claramente lo que es. Estoy hablando del Espíritu Santo.

Entre los siete dones atribuidos al Espíritu Santo están la sabiduría, el entendimiento, y la ciencia. (Los otros cuatro, por si te interesa saberlo, son el consejo, la piedad, la fortaleza y el temor de Dios).

Recordemos que la teoría del conocimiento, o el “conocimiento del conocimiento”, recibe el nombre de epistemología, que viene del griego: episteme (conocimiento) y logos (estudio). Conocimiento y entendimiento vienen a ser lo mismo, por ejemplo para John Locke (1632-1704). Por otra parte, lo que nos ocupa a quienes decidimos embarcarnos en el Aletheia, hace ya unos meses, es la filosofía. Por filosofía entendemos el amor por la sabiduría. Y por Aletheia designamos la verdad que se muestra al descorrer el velo de la ignorancia.

Dicho ésto podemos afirmar, con toda probabilidad, que el Espíritu Santo hace la travesía con nosotros, a bordo del Aletheia. Quizás ande por la cofa enredando con las gaviotas. Que conste que no lo digo con segundas.

Cuestión importante a destacar es que al don de la sabiduría se llega a través de otro de los dones del Espíritu Santo: el temor de Dios. El temor a ofender a Dios hace que los creyentes se aparten del “mal” y se dirijan hacia el “bien”. Dicho don es el que ha de salvarnos del orgullo una vez que aceptemos que todo se lo debemos a la misericordia divina. Pero de aceptar tal cosa, caeremos en la credulidad.
«La credulidad es un componente inexcusable del edificio de la fe. Ser crédulo significa ser menor de edad, abandonarse en las manos de otro, sacrificar la razón propia en el altar de la pereza y la desidia. No querer enfrentarse con los misterios de la vida, ni con las exigencias de la propia razón, que nos avisa del peligro de no llegar a la verdadera meta de la humanidad, con sus aldabonazos de advertencia: el enemigo de la comodidad te va a ganar la partida y a derribar la fortaleza de tu castillo intelectual. Bien arropados en su fe (sea cual sea) por esa credulidad infantil, la mayoría de la especie de primates autoproclamada homo sapiens con notoria ligereza y vanidad, se siente muy a gusto en sus creencias y considera que quienes se apartan del grupo de los creyentes, son poco menos que apestados de los que se debe huir y a quienes hay que compadecer». (Aguilar, Francisco: 'Reliquias II'. http://vandalio.blog.com.es/2007/05/21/reliquias_ii~2310488/)
Así que la “sabiduría” que graciosamente nos dona el Espíritu Santo poco tiene que ver con el verdadero amor por el conocimiento y la verdad. No es otra cosa que obediencia ciega a la máxima autoridad divina. Tampoco parece que el “don de la ciencia” otorgado por dicho espíritu tenga que ver con la definición de ciencia que nos da la Real Academia de la Lengua:
«[Ciencia es el] conjunto de conocimientos obtenidos mediante la observación y el razonamiento, sistemáticamente estructurados y de los que se deducen principios y leyes generales».
Me dicen que el pájaro ya voló. Pero los navegantes del Aletheia queremos saber más: ¿qué o quién es el Espíritu Santo? ¿Acaso lo saben quienes durante siglos nos obligaron a creer en él?

Pues va a ser que no. Que no lo saben. O que se contradicen.

Hay varias corrientes dentro del cristianismo que tratan de explicarlo, sin mucho éxito. Unas afirman que no es “algo” sino “alguien”. Otras dicen lo contrario. Veamos:
  1. Para los modalistas se trata de una fuerza o cualidad divina que tiene que ver con la sabiduría, la belleza, el amor o la bondad. Habrás oído decir de alguien “que está tocado por el Espíritu Santo”. En el modalismo, Dios es definido como un espíritu único e indivisible, que se manifiesta al hombre de diversos modos, por ejemplo bajo la forma de un palomo;
  2. Los unitaristas comparten más o menos la visión modalista de un ser impersonal aunque insisten en que se trata de la fuerza activa de Dios mismo. El unitarismo afirma la unicidad de Dios y rechaza el dogma de la trinidad;
  3. Según el pensamiento arriano, el Espíritu Santo es una entidad espiritual. Tiene naturaleza angélica de carácter casi divino, pero no llega a ser un dios por su condición de criatura: es un ser creado, no increado. El arrianismo sostenía que Jesús era hijo de Dios, pero no Dios mismo y por eso fueron perseguidos a muerte como herejes;
  4. Por triteístas identificamos aquellas interpretaciones que afirman que el Espíritu Santo es “otro Dios” increado, aunque posiblemente de un carácter inferior al Dios principal;
  5. Finalmente, los trinitarios consideran que el Espíritu Santo es una “persona divina”, a pesar de lo cual se mantiene dentro de la unicidad del principio divino donde Dios es un ser único que existe simultáneamente como tres personas distintas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Ésta es la doctrina que mantienen cristianos católicos y ortodoxos, y también algunas iglesias protestantes. Bastante confuso, ¿verdad?
A lo largo de los siglos, teólogos y no teólogos han discurrido sobre estas cuestiones. Piensa que aquellos que dijeron no entenderlas o quienes las pusieron en duda, acabaron excomulgados o quemados en la hoguera. No, no es una cuestión baladí.

Sobre la cubierta del Aletheia revolotea una pluma. Los biólogos de a bordo sostienen que no es de gaviota, sino de palomo. Una de las paganillas de a bordo sugiere que la llevemos hasta Maguncia (Mainz), donde, según dice, las plumas y los huevos del Espíritu Santo aún se veneran como reliquias.

Pero, ¿es que un espíritu pone huevos o tiene plumas? En caso afirmativo, será un ser material. Y si es material, no podrá ser un espíritu. ¿O sí?

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