viernes, 2 de mayo de 2014

El cerebro en una cubeta

Decíamos que no hay certezas. ¿O sí las hay? Esa fue la pregunta con la que cerramos la entrada anterior. Y poco antes hablamos de un genio diabólico que nos engañaba continuamente haciéndonos creer lo que no era.

El genio diabólico de Descartes fue retomado por Jonathan Dancy (1946) y luego popularizado por Hilary Putman (1926). Tanto el filósofo británico como el matemático de Chicago nos lo presentan reconvertido en un científico loco dedicado a experimentar con un cerebro en una cubeta. Como hipótesis, no está mal. Así lo contaba Dancy:
«Usted no sabe que no es un cerebro, suspendido en una cubeta llena de líquido en un laboratorio, y conectada a un computador que lo alimenta con sus experiencias actuales bajo el control de algún ingenioso científico técnico (benévolo o maligno, de acuerdo a su gusto). Puesto que, si usted fuera un cerebro así, asumiendo que el científico es exitoso, nada dentro de sus experiencias podría revelar que usted lo es; ya que sus experiencias son, según la hipótesis, idénticas con las de algo que no es un cerebro en la cubeta. Como usted sólo tiene sus propias experiencias para saberlo, y esas experiencias son las mismas en cualquier situación, nada podría mostrarle cuál de las dos situaciones es la real». (Dancy, Jonathan: 'Introducción a la Epistemología Contemporánea')
Mientras que Putman da un paso más allá al proponer lo siguiente:
«En lugar de imaginar un sólo cerebro sometido a esa reclusión, podríamos suponer que todos los cerebros humanos, y por añadidura, los de los seres pensantes en general, podrían ser cerebros encerrados en sus cápsulas. ¿Existiría alguien vigilando? ¿O el universo podría estar compuesto de cadenas interminables de estos cerebros, en una especie de gran fábrica de emociones? Todos unidos en una ilusión colectiva». (Wikipedia)
Si viste 'Matrix' (1999) sabrás de que está hablando. En la película, Neo descubre que el mundo que conocemos y aceptamos como real no es más que una simulación virtual que nos llega por medio de un cable enchufado a nuestro cerebro. En el campo de la narrativa de ciencia-ficción, autores como Stanislaw Lem (1921-2006) e Isaac Asimov (1920-1992) ya recurrieron a esa idea.

Puede que te sorprenda este repentino interés hacia las fantasías de la ciencia, así que retomo el tema de la filosofía donde lo dejamos.

El escepticismo aparentemente radical de René Descartes (1596-1650) consistía en dudar de todo hasta quedarnos con algo de lo que ya no pudiéramos dudar. Recuerda las manzanas del cesto que éste eliminaba hasta quedarse con una que fuera la buena. El reinicio cartesiano llevaba la duda metodológica incluso hasta el terreno de las matemáticas y la geometría. El genio diabólico imaginado por Descartes podría hacernos creer que tales leyes se cumplen aunque no fuera así.

Para erradicar esa amenaza, Descartes introdujo a Dios en la escena. Pensó que necesitábamos un Dios que no nos engañase. Un Dios que nos asegurase que cualquier idea clara y definida que tengamos, sería verdadera.

El filósofo francés, tenía una idea de Dios acorde con las tradiciones vigentes en su época. Esto es, la idea de un ser perfecto, infinito, inmutable y permanente. Para Descartes, algo tenía que haber causado que dicha idea de Dios estuviera en nuestra mente; y, según él, una causa debe tener tanta realidad como su efecto. Ésto es lo que decía Descartes:
«La causa de la idea de Dios debe ser más real que la idea misma de Dios. Por lo tanto, Dios tiene que existir».
Éste es el denominado “argumento de la marca registrada” que, expresado en sus propias palabras, suena así:
«Cuando Dios nos crea, estampa en nuestra mente la idea innata que tenemos de él». (Robinson, 2008; 64-65)
Y éste es un aspecto muy importante del pensamiento cartesiano. Descartes y sus seguidores, sostenían que tenemos ideas innatas. Esto es, que venimos al mundo con ideas previas sobre las matemáticas, sobre el alma y sobre Dios. A esto se opusieron los empiristas, como John Locke (1632-1704) para quien somos, al nacer, algo así como una tabula rasa o papel en blanco donde la experiencia escribe lo que ha de ser nuestro entendimiento, nuestro conocimiento.

El dualismo cartesiano consiste en la separación entre las sustancias corpóreas y las pensantes: res extensa y res cogitans. O dicho de otro modo: Descartes pensaba que cuerpo y alma son realidades independientes. Recordemos que Platón (427-247 a.C.) se refería al cuerpo como cárcel del alma, y desvalorizaba el mundo de la materia frente al mundo de las Ideas. Luego, el cristianismo hará suya la idea del alma separada del cuerpo. Así pues, platonismo, cristianismo y cartesianismo sustentaron la idea, que muchos aún mantienen, de una mente separada del cuerpo: para ellos, somos nuestra mente, no nuestro cuerpo.

Esta idea tiene sus detractores, ya que por un lado no responde a la pregunta de cómo nuestra mente (o alma, o cogito) interactúa con nuestro cuerpo. Y por otro, obvia que las perturbaciones en nuestro cerebro alteran la manera en que nos comportamos, sean éstas debidas a accidentes, tumores, enfermedades, o drogas. Bastaría señalar que no actuamos igual cuando llevamos unas copas de más para darnos cuenta de ello.

El neurólogo António Damásio (1944) ha venido a sacar a Descartes del error de imaginar un alma separada del cuerpo. Para el portugués:
«No es sólo la separación entre mente y cerebro la que es mítica: la separación entre mente y cuerpo es, probablemente, igual de ficticia. La mente forma parte del cuerpo tanto como del cerebro». (Capote, Carlos: http://www.carloscapote.com/critica/elerrordedescartes/)
Con una mente separada del cuerpo podíamos albergar la esperanza de que algún día llegaríamos a comprender la realidad desde un punto de vista totalmente objetivo. Pero ¿acaso podemos llegar a tener tal clase de conocimiento? ¿Existe un vacío entre cómo los seres humanos concebimos el mundo y cómo es el mundo realmente?

Para Putman plantearse tal cosa resulta absurdo. El estadounidense sostiene que nuestra visión no alcanza el punto de vista del “ojo de Dios”. Los seres humanos estamos limitados a nuestra forma particular de entender la realidad.

No hay certezas, ¿o sí las hay?

La realidad existe y es objetiva –afirma Mario Bunge (1919)–, aunque sea falible, aunque el conocimiento del mundo sea provisional e incierto.

Pero eso mismo pensaría un cerebro que estuviese en una cubeta. ¿O no?

No hay comentarios:

Publicar un comentario