martes, 27 de mayo de 2014

Ética para terrícolas

 
Tal día como hoy, hace 107 años, nació la bióloga Rachel Louise Carson (1907-1964), autora de 'La primavera silenciosa' (1962), un libro que dio origen al movimiento ecologista. Es una coincidencia que me encuentre escribiendo sobre Hans Jonas (1903-1993) que, como veremos, propuso una ética medioambiental.

El filósofo de Mönchengladbach escribió 'El principio de responsabilidad' en 1979, en su lengua materna, tras años de haberlo hecho en inglés. Hay que decir que Jonas se exilió de Alemania en 1933, cuando su maestro Martin Heidegger (1889-1976) se afilió al partido nazi. Jonas era judío.

Si hacemos un repaso a la historia de la ética, tendremos que destacar otros dos autores: Aristóteles de Estagira (384-322 a.C.) e Immanuel Kant (1724-1804). Dos mil años separan la ética teleológica del primero de la ética deontológica del segundo. ¿Y cuál es la diferencia?, me preguntarás.
  • La ética teleológica deriva el deber de lo que es valioso como fin. En griego, tele quiere decir fin. Para Aristóteles, toda actividad humana tiende hacia algún bien. Dicho de otra manera: que nuestras acciones serán buenas o malas en función del resultado que pretendemos obtener;
  • Por el contrario, la ética deontológica está basada en el sentido del deber. Para Kant, la ética debe ser universal, esto es, que alcance a todos y cada unos de nosotros. Por eso, poco tendrá de contenido empírico ya que de la experiencia no se deriva conocimiento universal. La ley le viene dada a cada individuo desde dentro, no desde fuera. Los imperativos serán pues categóricos y no hipóteticos: es decir, que no están condicionados a que si queremos una cosa, un fin, debemos realizar tal otra para alcanzarlo.
El imperativo categórico enunciado por Kant decía así:
«Obra sólo según una máxima tal, que puedas querer al mismo tiempo que se torne en ley universal».
Observa que ambas éticas se dirigen a orientar nuestras acciones. Las acciones de cada uno. Tanto Aristóteles como Kant, apelaban a una ética individual.

Con Jonas, nos replanteamos el punto de vista ético en relación con el medio ambiente. Hasta entonces, ésta era la visión que prevalecía:
«La vida humana transcurría entre lo permanente y lo cambiante; lo permanente era la naturaleza; lo cambiante, sus propias obras». (Jonas, 1995; 28)
Las ciudades se construían para cercar, no para extenderse. Pero la ciencia y la técnica han cambiado la relación entre los humanos y el mundo. Actualmente las ciudades se expanden de manera ilimitada, mientras que nos vemos obligados a cercar, para proteger, los cada vez más escasos paisajes naturales.

No me resisto a citar éste otro párrafo donde Jonas nos sitúa en el punto de vista que tuvieron Aristóteles, Kant y prácticamente todos los filósofos que vivieron antes que él:
«Por mucho que el hombre hostigue año tras año a la tierra con su arado, la tierra permanece inalterable e inagotable; el hombre puede y tiene que confiar en la infinita paciencia de la tierra y ha de adaptarse a sus ciclos. Igualmente inalterable es el mar. Ningún expolio de sus frutos puede consumir su abundancia, ningún surcado con naves hacerle daño, nada que se lance a sus profundidades mancillarlo. Y por numerosas que sean las enfermedades a las que el hombre halle remedio, la muerte no se somete a sus artimañas». (Jonas, 1995; 26-27)
Gente como Rachel Carson, o el mismo Jonas, nos abrieron los ojos y actualmente nos preocupa lo que vertemos al mar. Los españoles, por ejemplo, vimos de cerca el hundimiento del Prestige en 2002 y el chapapote subsiguiente. Pero también nos preocupan enormemente las fugas radioactivas de la central nuclear de Fukushima tras el accidente ocurrido en 2011, justo al otro lado del globo terráqueo. Y nos parece mal la pesca abusiva, ya sea de atunes, de ballenas o de otras especies amenazadas.

En 1997, los países industrializados se comprometieron a reducir sus emisiones de gases de efecto invernadero, aunque no todos firmaron el protocolo de Kioto: el gobierno de los Estados Unidos lo firmó pero aún no lo ha ratificado, mientras que Canadá lo abandonó más tarde.

Cerca de casa, frente a la costa tarraconense, la plataforma Castor provoca terremotos en las poblaciones cercanas. De suspender su actividad, el estado español tendrá que indemnizar con más de 1.000 millones de euros a ACS, la empresa de Florentino Pérez (1947), que es a su vez presidente del Real Madrid. El motivo aducido: lucro cesante.

Como ves, la ética o la falta de ella condiciona la vida del planeta y afecta, por tanto, a las generaciones futuras. De poco o nada sirve una conducta ética limitada a lo individual si son nuestros gobiernos o las grandes empresas quienes generan daños irreparables al planeta.

Por eso, es necesario cambiar el imperativo categórico kantiano por el principio de responsabilidad enunciado por Jonas:
«Obra de tal modo que los efectos de tu acción sean compatibles con la permanencia de una vida humana auténtica en la Tierra».
El ser humano es el único ser, que sepamos, que tiene responsabilidad sobre la naturaleza ya que puede escoger libre y conscientemente entre varias alternativas de acción. Y dicha elección tiene consecuencias.

Con Jonas, la exigencia ética ha de ser colectiva.

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