lunes, 5 de mayo de 2014

La guerra de todos contra todos

A Thomas Hobbes (1588-1679) le gustaba señalar que su nacimiento fue prematuro debido al terror que sufrió su madre ante la inminencia de la llegada de los españoles. En efecto, la Armada Invencible estaba a punto de naufragar en una tormenta junto a las islas británicas, pero ella no podía saberlo.
«El miedo y yo nacimos gemelos» –decía Hobbes.
Repasando las circunstancias de su vida, pienso que tal vez debió reescribirla en el sentido de que el miedo y él crecieron juntos. Su época estuvo marcada por sucesivos acontecimientos bélicos pero sobre todo por el enfrentamiento entre monárquicos y parlamentaristas. Los primeros defendían la monarquía absoluta legitimada por Dios, mientras que sus oponentes pretendían que la soberanía fuera compartida entre el rey y el pueblo. No, no eran republicanos. De haberlo sido habrían afirmado que la soberanía reside en el pueblo y que el rey era tan solo un ciudadano más.

Y, sin embargo, ya cumplidos los sesenta y un años, el propio Hobbes sería testigo de una Inglaterra republicana. Eran los tiempos de Oliver Cromwell (1599-1658). La Commonwealth of England duró desde el año 1649 hasta el 1660, en el que se restauró la monarquía. Atrás quedaba una guerra civil y el regicidio de Carlos I (1600-1649). Decapitar al rey no es un acontecimiento trivial, sino que establece un precedente histórico de primer orden como se vería en Francia ciento cuarenta y cuatro años después, cuando decapitaron a Luis XVI (1754-1793). Ni Francia ni Inglaterra volvieron a ser las mismas.

Para Hobbes los hombres somos violentos por naturaleza. Estaba convencido que de no existir la ley y el orden nos sumiríamos en una guerra de todos contra todos, en un bellum omnium contra omnes. Y así lo refleja su obra más importante, 'Leviatán' (1651), donde aparece la célebre frase:
«Homo homini lupus» (El hombre es un lobo para el hombre).
Al igual que Hobbes, yo mismo recuerdo una anécdota de los miedos de mi niñez. Andábamos mi padre y yo en medio del bosque y a mi cabeza venían imágenes de terribles fieras al acecho. Entonces se me ocurrió preguntar:
– ¿Cuál es el animal más peligroso para el hombre?
Mi padre no tardó en responder:
– El hombre.
Quedé perplejo. Ni leones, ni tigres, cocodrilos o serpientes, sino el hombre. Mi padre murió poco después, así que me quedé con las ganas de preguntarle si es que había leído a Hobbes. Aunque pienso que sí. Además, él también fue testigo de una guerra civil y de una mundial.

La frase que normalmente le atribuimos a Hobbes es mucho más antigua. Su autor fue el comediógrafo Tito Macio Plauto (254-184 a.C.) y dice así:
«Lupus est homo homini, non homo, quom qualis sit non novit». (Lobo es el hombre para el hombre, y no hombre, cuando desconoce quién es el otro). (En 'Asinaria', o la comedia de los asnos)
Tanto Plauto como Hobbes estaban convencidos de que los humanos somos egoístas hasta el punto de buscar la desgracia de los demás miembros de nuestra especie. ¿De verdad, lo somos?

La solución hobbesiana nos viene dada en el 'Leviatán'. ¿Te fijaste en que lo escribió durante la época republicana? Hobbes no confiaba en el buen gobierno del pueblo. Era abiertamente antidemocrático. Propone, en cambio, la figura de un soberano con poder absoluto. La novedad es que su legitimación no provendrá de Dios, sino del pueblo. Es aquí donde introduce una idea que iba a hacer fortuna: el contrato social. Al “firmar” dicho contrato abandonamos por propia voluntad el estado de naturaleza, donde según él:
«Cada hombre es enemigo de cada hombre; los hombres viven sin otra seguridad que sus propias fuerzas y su propio ingenio debe proveerlos de lo necesario. En tal condición no hay lugar para la industria, pues sus productos son inciertos; y, por tanto, no se cultiva la tierra, ni se navega, ni se usan las mercancías que puedan importarse por mar, ni hay cómodos edificios, ni instrumentos para mover aquellas cosas que requieran gran fuerza o conocimiento de la faz de la tierra ni medida del tiempo, ni artes, ni letras, ni sociedad; y lo que es peor que nada, hay un constante temor y peligro de muerte violenta, y la vida del hombre es solitaria, pobre, grosera, brutal y mezquina». (Bodelón González, Encarna; Zino Torrazza, Julio: «El contrato social». 'Historia del Pensamiento Criminológico'. Universitat de Barcelona)
Cabe señalar que la propuesta de Hobbes nos convierte en súbditos, no en ciudadanos.

Varios autores, como John Locke (1632-1704) o Jean-Jacques Rousseau (1712-1778) retomarían la idea del contrato social. Te adelanto ahora que Locke atacaría la parte poscontractual de la teoría hobbesiana proponiendo que la soberanía descansara en el parlamento y no en un monarca absoluto, mientras que Rousseau pondría patas arriba la parte precontractual. Para el filósofo ginebrino, los hombres éramos mejores en el estado de naturaleza y es a partir de que nos “civilizamos” cuando nos volvemos peligrosos para nosotros mismos. Guantánamo, Abu Ghraib o los ataques con drones son inventos de este siglo. Pertenecen al más moderno y civilizado Leviatán, convertido ahora en una superpotencia militar, ¿más lockeana que hobbesiana, o viceversa?

Cuando nos encontramos en Florencia con Nicolás Maquiavelo (1469-1527) hicimos “algo más que contarnos batallitas”. Entonces ya nos planteamos una cuestión clave a la que los filósofos tenemos que enfrentarnos. Te la formulo de nuevo:
«¿Hemos nacido para matarnos o estamos diseñados para colaborar los unos con los otros?»
Por cierto que Hobbes sí leyó a Maquiavelo.

Pero ni el uno ni el otro pudieron leer la teoría evolucionista de Charles Darwin (1809-1882).

Nosotros sí.

1 comentario:

  1. Introduzco a Darwin porque marcó un antes y un después en la historia del conocimiento. Y elos tuvo consecuencias, positivas y negativas, en la forma en que los humanos (occidentales) vimos el mundo y sobre todo en lo que respecta al comportamiento social.

    Estoy anticipando el darwinismo social, pero quizás me adelanto demasiado. Pasará algún tiempo antes de volver sobre el tema.

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