lunes, 9 de junio de 2014

Es de humanos guardar secretos y trazar planes

El compositor John Lennon (1940-1980) decía algo que su asesino vendría a confirmarle:
«La vida es esa cosa que ocurre mientras hacemos otros planes». (Sampedro, Javier: «Lo que esconde la mente». El País. Madrid, 16/02/2013)
Los humanos trazamos planes, que se cumplen o no, y guardamos secretos, que se desvelan o no. No siempre controlamos la situación. Al parecer, ni siquiera tenemos un control tan real sobre lo que nuestro propio cerebro hace o deja de hacer. Al menos, eso es lo que dicen hoy los neurocientíficos. Tal es el caso de David Eagleman (1971).

En esta bitácora, definimos la epistemología como la teoría del conocimiento. Con ella estudiamos la manera en que conocemos el conocimiento. O el entendimiento.

La herramienta que nos permite conocer es el cerebro. Para algunos se trata de una máquina de la que poco sabemos respecto a su funcionamiento. Para otros es cosa de magia, del alma, y, por lo tanto, de Dios.

En todo caso, menos sabían antes. Cuando digo antes, me refiero a los tiempos en los que apareció el genio maligno, el imaginado por René Descartes (1596-1650), o la tábula rasa ideada por John Locke (1632-1704). Me refiero también a esos interminables debates sobre el alma y el cuerpo y la presunta separación de ambos. Debates que ya tenían lugar en la época de Platón (427-347 a.C.), como bien sabes.

La visión materialista llegó de la mano de Julien Offray de La Mettrie (1709-1751), que es el autor de 'La historia natural del alma' y de 'El hombre máquina'.

Hoy sabemos mucho más sobre el cerebro y podemos afirmar que las cosas no son tan sencillas como se pensaron en el pasado. La mente sería como un gran iceberg donde la parte que sobresale equivale tan solo a la parte racional mientras que lo que queda oculto bajo la superficie vendría a ser el inconsciente, aquella parte del cerebro que no controlamos.

Según Javier Sampedro:
«La perplejidad que nos produce la inmensidad del cosmos es comprensible, pero también suele resultar engañosa. En un solo centímetro cúbico de nuestro cerebro hay tantas sinapsis –nexos entre neuronas– como estrellas en nuestra galaxia, la Vía Láctea, que en la práctica supone casi todo ese majestuoso espectáculo que nos ofrece el cielo nocturno».
Esta es una de las ideas que aparecen al principio de 'Incógnito: Las vidas secretas del cerebro', escrito por David Eagleman en 2011. ¿Sabías que los dos hemisferios de nuestro cerebro actúan como un equipo de rivales? ¿Que podríamos funcionar con uno solo, (aunque con un comportamiento diferente)? El estadounidense apunta también a que hay más de una manera de almacenar la memoria:
«No estamos hablando del recuerdo de diferentes sucesos, sino de múltiples recuerdos del mismo suceso, como si dos periodistas con diferentes personalidades tomaran notas de la misma historia». (Eagleman, 2013; 154)
Los empiristas, con Locke a la cabeza, mantenían que todo lo que conocemos nos llega sólo a través de los sentidos, a medida que lo experimentamos. Ahora, Eagleman nos dice que «las facciones nerviosas a menudo se ponen de acuerdo acerca de lo que hay ahí fuera, en el mundo, pero no siempre». Según el neurocientífico, en diferentes partes del cerebro se ponen en práctica estrategias diferentes.
«La biología nunca da por solucionado un problema y lo abandona. Reinventa soluciones continuamente. El producto final de ese enfoque es un sistema de soluciones que se solapan enormemente: la condición necesaria para una arquitectura tipo “equipo de rivales”». (Eagleman, 2013; 156)
Reinventamos soluciones. Y reinventamos la realidad. Por miedo o por pereza, por no afrontar la realidad, muchos se refugian en sus mundos paralelos, ya sean éstos religiosos, deportivos o pseudocientíficos. Ya los encontremos en la televisión, en los videojuegos, en los centros de ocio o en los templos.

Los seres humanos decimos querer saber la verdad, pero ¿dónde está la verdad? Si resulta que somos maestros en guardar secretos o en desvelarlos. En desvelar la verdad, pero también en ocultarla. En mentir, si es que se tercia, o en hacer trampas si es que conviene.

Por mucho que trabajáramos en construir el cerebro de un robot, –piensa en un HAL9000 o en un C3PO– nunca conseguiríamos destrezas semejantes a las de un ser humano. ¿Por qué?