lunes, 29 de septiembre de 2014

Educación y democracia (2ª parte)

La aceptación del principio democrático debería obligarnos a educar a todos los ciudadanos por igual, pero es más que evidente que eso no es lo que se pretende.

Lo cual tiene su importancia política. El filósofo utilitarista de segunda generación John Stuart Mill (1806-1873) era muy partidario de la democracia y también de la educación. Aún así, Mill desconfiaba de la democracia. Advertía contra el peligro de “la tiranía de las mayorías” y proponía compensarlo con medidas tales como el voto plural para los instruidos, esto es otorgar más votos a las personas instruidas que a quienes carecen de formación. Incluso aventuró la conveniencia de retirar el voto a los analfabetos.

Huelga decir que el filósofo londinense es posterior a la declaración de independencia de los Estados Unidos en 1776 y a la revolución francesa de 1789. Entre ambas fechas, Thomas Jefferson (1743-1826) ya manifestó su desconfianza por el despotismo electo y su preocupación por limitar el poder el de las mayorías.

La preocupación por las mayorías ilimitadas existe desde tiempos antiguos. En su 'República' Platón (427-347 a.C.) proponía el gobierno de los reyes-filósofos. Mientras que en la Roma clásica, Marco Tulio Cicerón (106-43 a.C.) dejaría la siguiente frase para la posteridad:
«El imperio de la multitud no es menos tiránico que el de un hombre solo».
Al final todo se reduce a un juego de ecuaciones falsas donde:
51% = 100%
49% = 0%
Tanto a Mill como a Alexis de Tocqueville (1805-1859) les daba pánico que se produjera la nivelación por abajo. El plebeyismo era, para estos autores, una forma social homogénea y estúpida decidida a establecer la norma de igualdad en la mediocridad y no en la excelencia.

La huella platónica se aprecia en la siguiente frase, en clave individualista y de respeto hacia las élites instruidas:
«El poder de la mayoría es saludable en la medida en que es utilizado defensivamente, no ofensivamente; en la medida en que está moderado por un respeto hacia la personalidad del individuo y una deferencia hacia la superioridad de la inteligencia cultivada».
Según John Stuart Mill:
«La única libertad que merece este nombre es la de buscar nuestro propio bien, por nuestro camino propio, en tanto no privemos a los demás del suyo o les impidamos esforzarse por conseguirlo. Cada uno es el guardián natural de su propia salud, sea física, mental o espiritual. La humanidad sale más gananciosa consintiendo a cada cual vivir a su manera que obligándole a vivir a la manera de los demás». (Cajade Frías, Sonia: 'John Stuart Mill: un modelo ético y antropológico de democracia'. Universidad Complutense de Madrid/ UNED. (En PDF) Revista Iberoamericana de Estudios Utilitaristas 2006, XV/1: 53-86)
Podemos estar de acuerdo en ésto con Mill, pero cabe destacar que deliberadamente ignora que los ciudadanos no acceden en condiciones de justa igualdad a la educación y que en el camino de cada uno influirá de manera muy notable la fortuna que disponga de salida. Es decir, las élites políticas y económicas parten con ventaja sobre el resto de los ciudadanos, quienes en su gran mayoría dispondrán de pocas o ninguna posibilidad de desarrollar sus talentos.

Cuando gente ilustrada, como Mill y Tocqueville, rechazan la nivelación por abajo no es que estén proponiendo que nos nivelemos por arriba, sino que aceptan que haya desigualdad de clases.

Ambos daban por hecho que la igualdad llevaría a una “mediocridad colectiva” donde se produciría una desmoralización de los individuos como consecuencia de la pérdida del ideal de excelencia. Este discurso caló hasta el punto de que hoy lo defiende gente que ni siquiera oyeron hablar de Mill ni de Tocqueville. Gente que no necesariamente forma parte de la élite (o de la casta) pero que aspiran a pertenecer a ella. Algún día.

A fin de evitar el plebeyismo, Mill prefería una democracia limitada frente a una democracia pura o ilimitada. Esto es, una democracia con introducción de factores correctores que hicieran inviable que las mayorías impusieran su voluntad sobre las minorías. Que traducido viene a quedar así: evitar que las clases más desfavorecidas puedan hacerse con el poder democráticamente y limiten o reorienten las políticas que hasta ese momento favorecían sólo a las élites.

Otra de sus propuestas consistía en evitar que los políticos cobren por su trabajo. Su intención parece estar motivada en evitar que la política atraiga a individuos con intereses distintos del bien común. Pero, una vez más, con esta medida se atrae sólo a quienes forman parte de la élite y no necesitan de un sueldo para vivir. Esta medida haría más difícil, sino imposible, que un obrero pudiera abandonar su puesto de trabajo para dedicarse a defender los intereses de su clase.

La presentación del libro de Charles Darwin (1809-1882), 'El origen de las especies' se produjo en 1859, cuando John Stuart Mill ya contaba 53 años. De hecho era sólo tres años mayor que el célebre biólogo. Mill era hijo de su tiempo y sin duda se vio influido por las ideas de su compatriota y quizás aún más por las del antropólogo Hebert Spencer (1820-1903) cuyos libros se empezaron a publicar una década antes.

Dice Sonia Cajade, que Mill era partidario de un cierto “intelectualismo moral”, esto es:
«El conocimiento del bien lleva necesariamente a actuar correctamente, mientras que la ignorancia constituye la principal causa de las malas acciones».
La formación es sin duda muy importante pero, ¿nos hace mejores? ¿Mejores en el sentido ético?

Piensa que la crisis económica de los últimos años no fue ideada por gente con pocas luces que vivían por encima de sus posibilidades, sino por reconocidos banqueros, economistas y prestigiosos políticos cuyos currículos resultaban impecables.

Aunque no así su virtud.



NOTA 1: Hablaremos más de Mill y de su concepto de libertad. Y también del feminismo: Mill escribió El sometimiento de la mujer / La esclavitud femenina que fue publicado en 1869.

NOTA 2: Me comentan que distraídos con Wert, Gallardón y ahora con Mill, nos hemos saltado a alguien mucho más importante. Locke nos espera.

viernes, 26 de septiembre de 2014

Marchar por la vida

Imagina por un momento que a Wert le sustituye Gallardón al timón del Aletheia. Afortunadamente, Alberto Ruiz Gallardón (1958) no apareció por aquí. Se marcha. Y con él su reforma de la ley del aborto.

Su gestión al frente de la Justicia española ha sido retrógrada en muchos sentidos: por la imposición de tasas, la criminalización de la protesta social y, sobre todo, por su apuesta de prohibir el aborto. Habría que añadir dos asuntos que pueden traer cola, como los indultos concedidos a amigos o simpatizantes, y la modificación del registro civil.

La fama de astuto que le precede no le dio para ver que así no contentaba ni a los suyos. Y no salía de su estupor cuando el presidente del gobierno, Mariano Rajoy (1955) optó por retirar la reforma de la ley del aborto. Dicen que buscando librarse del fracaso electoral que se barrunta.

Y es que los partidarios de prohibir el aborto no son tantos. El 21 de septiembre de 2014 hubo manifestaciones en algunas ciudades del país. En pocas ciudades, si miramos las crónicas. Y si es que hubo más de una crónica, pues atendiendo a lo publicado en varios diarios casi todos optaron por hacer un "copia y pega" de lo que se decía en la página web de HazteOír.org (HO), la organización convocante.

Sólo he encontrado datos concretos de asistencia para Mérida (400) y Sevilla (1.000). Nos dicen que hubo cientos de personas en Valladolid y Madrid, pero no se nos indica cuántos:
«Los antiabortistas toman las calles de varias ciudades para denunciar la 'traición' de Rajoy y Gallardón». (Segurola, María: «Los antiabortistas toman las calles de varias ciudades para denunciar la 'traición' de Rajoy y Gallardón». El Mundo, 22/09/2014)
Basta ver el vídeo que colgaron en HO para darse cuenta de que, al menos en Madrid, fueron más de mil. Pero el dato no lo dan, ¿por qué?

En Sevilla, llama la atención que el diario conservador ABC no se pregunte dónde estaba el resto de los votantes del partido del gobierno. En las pasadas elecciones al parlamento europeo fueron 146.668 por dicho municipio. O sea, que más de 150.000 no respaldaron a Gallardón, ¿por qué?

¿Cómo creer lo que nos dice La Razón cuando afirma que el 68% de los votantes de centro derecha estaban a favor de reformar la ley? (Rojo, A: «Un 68% de votantes de centro derecha quiere la reforma». La Razón, 21/09/2014)

Titular por titular, lo que La Razón destaca justo a continuación es que «El 80,7% de los catalanes no fue a la «V» de la Diada». Este tipo de argumentos son recurrente para el director de este diario Francisco Marhuenda (1961), pero sólo lo aplica a las manifestaciones que no le gustan. De hecho, a la manifestación de la Diada se calcula que fueron más de 1.200.000 personas. Por eso, de la de Marcha por la Vida de Madrid no nos dan datos. Porque, dada la forma en que Marhuenda los interpreta, demostrarían un desastre clamoroso.

Ni siquiera las juventudes del PP estaban a favor de la reforma. («Las juventudes del PP también critican la ley del aborto de Gallardón». El Periódico, 01/01/2014)

Me he enredado en darte estos datos para que reflexionemos sobre cómo marchamos por la vida.

Para los autodenominados “provida” la cosa está clara: el aborto es un “genocidio”. El obispo de Alcalá de Henares, Juan Antonio Reig Plà (1947), se atrevía a comparar a los partidarios de la actual ley con el tren de la muerte de Auschwitz y culpaba al feminismo radical de haber «infectado [tanto al PP] como el resto de los partidos políticos y sindicatos mayoritarios». («El obispo de Alcalá compara el aborto con el Holocausto». La Nueva España, 25/09/2014)

Lo cierto es que ha sido una victoria de las mujeres, sí. Hay alborozo en cubierta. Son muchas las mujeres que lo celebran. La mayoría son feministas, aunque no nos falta alguna beata que lamenta el fiasco.

Pero volvamos a esa derecha católica que arma tanto ruido a pesar de ser tan pocos. Detrás de HO dicen que está El Yunque, una secta violenta a la que también llaman “Bien Común”, aunque Ignacio Arsuaga (1975), director del ciberlobby, lo negase:
«La jueza estima que el informe “no ha supuesto ningún choque al derecho al honor de Hazte Oír” y califica como un “hecho contrastado y acreditado a tenor de la prueba documental y testifical la relación entre alguno de los miembros de Hazte Oír con El Yunque». (Garrido, José María: «La Justicia da por “acreditada” la relación de miembros de Hazte Oír con la sociedad secreta y paramilitar El Yunque». El Plural, 28/05/2014)
Antiguos simpatizantes de HO tratan ahora de tomar distancia con esta organización. Es tal vez por eso que los obispos no se dejaron ver en la Marcha por la Vida, pese a que estaban invitados y pese a haber criticado la reforma de Gallardón como insuficiente. Es decir, que coincidían con las quejas de los convocantes.

Desmarcarse de HO y de Derecho a Vivir viene a ser lo mismo que hacerlo de El Yunque. Esta secta nació en 1955, en México.
«El fin de estos sujetos, según el periodista de la revista Proceso, es la obtención total del poder en todas sus formas posibles, es decir, sin importar recurrir a la difamación, violencia y hasta el asesinato». (Maghandi, Lorenzo: «El Yunque: la ultraderecha en el poder». Machetearte. Consultado en 26/09/2014)
Entonces uno se pregunta por el sentido que le damos a marchar por la vida. Los provida, los antiabortistas, los ultracatólicos, dicen defender la vida de los más desprotegidos, pero no dudan en recurrir al asesinato.

Del mismo modo que la Iglesia católica dice defender el derecho a la vida, pero jamás condenó la pena de muerte ni la tortura. Y eso que según dicen, Jesús de Nazaret (0-33) fue torturado y ejecutado en la cruz. Debe resultar incómodo reconocer que, a lo largo de su historia, la Iglesia persiguió a miles por sus ideas, torturándoles y ejecutándoles mayormente en la hoguera.

Tampoco se entiende tanto interés en la vida de los no nacidos y tanta indiferencia y hasta crueldad con los ya nacidos. El mismo gobierno que pretendía legislar contra el aborto niega ayudas a dependientes, recorta medicinas a los enfermos, retira camas de los hospitales, encarece las matrículas en educación o elimina las becas.

Finalmente, son las mujeres las que han de decidir si quieren o no ser madres. Esta norma de sentido común fue defendida por algunos barones del PP. En palabras de José Antonio Monago (1966):
«Nadie puede negar a nadie su derecho a ser madre, como tampoco nadie puede obligar a nadie a serlo». («Monago, sobre la ley del aborto». ABC, 31/12/2013)
Y Gallardón se marcha. Se marcha por la vida.

Se acabó el mandar sobre el cuerpo de las mujeres.




viernes, 19 de septiembre de 2014

Educación y democracia (1ª parte)

Con Wert aferrado al timón del Aletheia nos aproximamos a la costa del Perú. Nunca habíamos llegado tan lejos, geográficamente hablando. Sin embargo, durante toda la travesía no hemos dejado de hablar sobre educación, política y democracia. A regañadientes, el ministro que no quería ser filósofo acaba de admitir que en 2013 redujo las becas para los estudiantes en 75 millones de euros. Hasta hace poco lo negaba. Afirmaba más bien lo contrario:
«Ningún gobierno de España ha dedicado tanto dinero a becas en la historia como éste». (El Diario, 15/09/2014)
No era cierto, tal como suponíamos. El modelo Wert es el de una educación sólo accesible para las élites. No es un modelo democrático. Es el modelo del sálvese quien pueda.

Pero dejemos a Wert enredando con sus cosas y echemos una mirada hacia la costa.

Hace unos años, en Perú, Hilaria Supa (1957), se convirtió en una de las dos primeras mujeres de origen andino elegidas para el congreso. Tres años más tarde, en 2009, Supa sería objeto de una burla promovida por el Correo. Este diario publicó una foto en portada, en el más puro estilo de La Razón, donde se apreciaban los apuntes que ella tomaba durante una sesión del congreso: «¡Qué nivel!» decía el titular de la noticia. En tales anotaciones aparecían faltas ortográficas y gramaticales.

Decía el entonces director del Correo, Aldo Mariátegui (1964), estar muy preocupado porque «el bajo nivel intelectual del congreso dañe tanto a nuestra democracia».[1] Y añadía:
«[...] no se puede pagar más de S/. 20 mil al mes [algo más de 5.000 euros] y darle tanto poder y responsabilidades a quienes no están mínimamente iluminados por las luces de la cultura. Pues aquí lo que se pone realmente en debate es si es sano para el país que pueda acceder al Congreso alguien con un nivel cultural tan bajo, cuya ortografía y gramática revelan serias carencias y sin aparente ánimo de enmienda, porque no me digan que no es evidente que Supa rara vez agarra un libro, ya que está probado que la gente que lee poco es la que peor escribe al estar menos familiarizada con las reglas más elementales de redacción. Nadie pide que cada congresista sea una Martha Hildebrandt, pero, por Dios, tampoco pueden escribir peor que un niño de ocho años.».
Más de una vez hemos oído la queja de que los representantes políticos no están lo suficientemente preparados. Por ejemplo, pocos o ninguno de los últimos presidentes que tuvo el gobierno español pueden presumir de hablar idiomas: Suárez y González creo que nada; Zapatero, Aznar y su señora (ya como alcaldesa) balbucearon el inglés con muy poca fortuna; y Rajoy se lo toma con calma.

Sobre la cubierta del Aletheia no faltan voces que exigen titulaciones o hacer pasar por algún tipo de examen a nuestros representantes políticos. Alguna de ellas insinúa que también a los votantes. ¿Estás de acuerdo?

Los congresistas peruanos reaccionaron en defensa de Hilaria Supa, una mujer que, en efecto, no tuvo oportunidades de ir a la escuela y cuya lengua materna fue el quechua y no el castellano. Si hubiera tenido que pasar un examen o le hubieran exigido la presentación de un título, sus votantes habrían perdido a una de sus representantes, ya que sólo María Sumire (1951) podía exhibir su título de abogada.

¿Recuerdas la oposición que durante siglos mostraron los conservadores españoles a que en España se hable algo distinto del español? 

Pues María Sumire fue autora del proyecto de ley para la preservación y uso de las lenguas originarias del Perú. Allí también los derechistas, antiguos partidarios del polémico expresidente Alberto Fujimori (1938), se opusieron con furia a la aprobación de la citada ley. La oposición la lideró la ya citada Martha Hildebrandt (1925) desde el mismo momento en que Huma y Sumire tomaron posesión del cargo utilizando la lengua quechua. Esto ocurrió en agosto de 2006. Entonces, Hildebrandt pidió a la mesa del congreso que solamente se utilizase el español durante las sesiones del Pleno Parlamentario.

Otra vez: 'Inmersión, ¿o sumersión?' ¿Las lenguas han de servir para unir a los pueblos o para discriminarlos?

Personalmente simpatizo con las razones de las dos mujeres andinas y no entiendo ni apruebo la postura intransigente y elitista de Hildebrant, que decía:
«Yo soy lingüista y por eso respeto todas las lenguas. Pero, desde el punto de vista social, vale más la lengua que tiene muchos millones de hablantes que la lengua que se está extinguiendo». (Hildebrandt Pérez-Treviño, Martha: 'Diario de Debates del Congreso', 06/09/2007; 280-284)
Al leer el currículo de la fujimorista me quedo abrumado. Resumiendo: es lingüista, catedrática, y miembro de número de la Academia Peruana de la Lengua desde hace cuarenta años. Ha escrito y publicado al menos seis libros. A eso hay que añadir haber sido presidenta del congreso en los meses previos a la caída de Fujimori en 2000, y haber desempeñado algún cargo en la UNESCO.

No obstante, sus posiciones en defensa del prescriptivismo lingüístico y del buen uso del idioma son denunciadas como acientíficas y discriminadoras por sus colegas en la academia.

Finalmente, Hildebrandt no pudo evitar que la ley se aprobara en 2011 y que fueran los criterios de Sumire los que se tuvieran en cuenta para crear el Instituto de Lenguas Indígenas del Perú.

¿Sigues pensando que el ejercicio de la democracia debe condicionarse al grado de educación de la gente que vota o que es elegida como representante?

Pues, esta entrada no ha sido más que una introducción a las teorías de Mill, John Stuart Mill (1806-1973) de las que hablaremos próximamente. Quedas advertida. O advertido.



[1] En 2013, el periodista Mariátegui, fue objeto de burlas en las redes sociales al cometer, él también, una clamorosa falta de ortografía: escribió “supervizar” en su programa televisivo 'La Escuelita de Mariátegui'. Pero a diferencia de Hilaria Supa, Aldo Mariátegui sí es hispanohablante. (https://redaccion.lamula.pe/2013/02/11/la-ezcuelita-de-mariategui/paolososa/)

domingo, 14 de septiembre de 2014

Inmersión ¿o sumersión?


Hay lugares, como en Cataluña, donde se fomenta el bilingüismo. Siguen el método llamado de “inmersión lingüística” que consiste en utilizar la lengua local como vehicular para la mayoría de las asignaturas que se dan en las escuelas e institutos.

Lo contrario consiste en la “sumersión lingüística” que favorece el uso de la lengua dominante impidiendo y castigando el uso de la lengua propia de cada territorio. En geología, sumergir equivale a hundir o a hacer desaparecer un terreno bajo un manto de sedimentos.

Dada la educación que recibimos durante los cuarenta años de nacional-catolicismo y los otros cuarenta de santa-transición no es de extrañar que algunos individuos, como el ministro Wert, se obsesionen en impedir a toda costa que en su modelo de España se hable otra cosa que no sea el español, que ellos identifican con el idioma que se habla en Castilla, o sea, el castellano.

No hay más que observar cómo los sucesivos gobiernos de las Españas, desde tiempos del primer borbón, procuraron sin éxito acabar con el bilingüismo en los territorios conquistados para la corona. En Valencia casi lo consiguen pero en Cataluña están muy lejos de lograrlo.

Durante la guerra de sucesión, Felipe V de Borbón, el Animoso, (1683-1746) arrasó con furia las costas levantinas desde Xàtiva hasta Lleida. Ésto ocurrió al comienzo del siglo xviii. Sus decretos de Nueva Planta, fechados en 1715, recortaron los autogobiernos de Cataluña y Baleares castigaron el uso de la lengua catalana. Antes lo hizo en Valencia pero, salvo por un par de detalles, parece que muchos valencianos prefieren el olvido.

Más tarde, en 1848, el entonces idolatrado general Baldomero Espartero (1973-1879), siendo regente del trono, sofocó una revuelta en Barcelona a cañonazos. Suya es la célebre frase: «A Barcelona hay que bombardearla al menos una vez cada cincuenta años». De hecho, las fortalezas de Montjuïc y la Ciutadella tenían como misión la de amenazar con las bocas de sus cañones a quienes vivían en la ciudad. Una gente que seguía empeñada, precisamente, en que de sus bocas salieran voces en la lengua prohibida.

Los exabruptos de Espartero se habrían cumplido casi totalmente si en lugar de cincuenta años hubiera hablado de cien. Porque en 1938, otro militar, el fascista Francisco Franco (1892-1975) se encargó de repetir la “hazaña”. El “generalísimo” bombardeó la ciudad condal como hicieron Espartero y Felipe V unos cien y doscientos años atrás respectivamente. (Para ser exactos, fueron noventa en el caso del general y doscientos treinta y cuatro en el caso del borbón). Y de nuevo, persiguió el uso del catalán.

Pocos años antes, en 1923, el general Miguel Primo de Rivera (1870-1930), tras disolver las cortes y erigirse como dictador, dictó una de sus primeras medidas que fue, ¿cómo no? la de prohibir el uso de otra lengua que no fuera el castellano o el uso de símbolos tales como banderas vascas o catalanas. Es conveniente recordar que Primo contaba con el beneplácito del rey Alfonso XIII de Borbón (1886-1941), abuelo y bisabuelo de los dos que tenemos ahora.

Y fíjate dónde estamos. El pasado 11 de septiembre, los catalanes exigieron su independencia de España una vez más, mientras que Wert empezaba el curso escolar repitiendo los mismos errores que cometieron fascistas y borbones. Es decir, optando por la sumersión en vez de por la inmersión.

Es evidente que la lengua es uno de los elementos esenciales que construyen la identidad de un pueblo. Y por eso, fascistas y borbones tratan de que sea el castellano y no el catalán el idioma que se hable en las escuelas. Todo por la unidad y la grandeza de España, nos dirań.
 
Pero el lema franquista de “Una, Grande y Libre” estaba mal planteado. No digo que fuera erróneo, pero entiendo que no resulta efectivo cuando trata de imponer una identidad, la castellana, sobre las otras. Además, no era más que una impostura: No se pretendía “Libre” pues el mismo Franco fue siempre contrario a la democracia, al tiempo que su autoproclamado patriotismo no le impedía plegarse a los intereses de la Alemania nazi y luego a los de los Estados Unidos.

Más recientemente hemos visto como nuestros “patriotas de hojalata”, del PP o del PSOE, ceden nuestra soberanía permitiendo la instalación de bases militares norteamericanas, nos incorporan a la OTAN u obedecen los dictados neoliberales de la Troika, cambiando la Constitución para que prevalezcan los intereses de las empresas sobre los de los ciudadanos. Todo lo cual, no hace una nación “Grande”, sino más bien lo contrario.

Y tampoco somos “Una” porque nuestros gobarnantes, lejos de atraer a los ciudadanos de la periferia haciendo más atractiva la idea de España, se han dedicado durante décadas a ningunearles, amenazarles e insultarles. No es extraño que quieran irse.

Si lo que realmente se pretende es la unidad, probemos con otras propuestas. Por ejemplo, la de lograr que todos los niños de España, en Toledo, en Cádiz, o en Orihuela del Tremedal, aprendieran una decena de palabras en las diversas lenguas oficiales del estado español. No es tan difícil, y puede resultar hasta divertido. Mira:
«Bon dia, egun on, si us plau, agur, gràcies, besiños, eskerrik asko, musuak, goiza ona, bo día, cervexa, garagardo, fins aviat, bakea, pau, mesedez, estou namorado por ti, pensat i fet, ardo bat, un got de vi,...»
Con este juego, nos acercamos e ignorándolas, nos alejamos. Pensemos que, casi sin darnos cuenta, aprendemos palabras extranjeras tales como:
«Good morning, bona sera, please, arrivederci, bon appétit, ciao-ciao, thank you, prego, this is my house, prêt-à-porter, my phone, ça va, bon weekend, faire l'amour et pas la guerre, yes we can, oktoberfest, pizza o spaguetti, yellow submarine,...»
Si jugamos con las palabras que nos vienen de fuera, ¿por qué no lo hacemos con los nuestras?

Es un cambio de rumbo, lo que propongo. No sé si el ministro Wert escuchó la propuesta. Sigue amarrado el timón y no lo suelta. Pero, ¿por cuánto tiempo?



miércoles, 10 de septiembre de 2014

El ministro que no quería ser filósofo


Empezamos a navegar y el rumbo nos lo marca Wert, José Ignacio Wert (1950). Nuestros escolares estrenan un curso que viene marcado por una ley, la suya, que ha denominado como “Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa” (LOMCE).

Eufemismos aparte, uno deduce que al ministro de educación y cultura no debe gustarle mucho el cargo que desempeña. Lo digo porque la filosofía se traduce como amor a la sabiduría y él ha reducido drásticamente las horas lectivas de dicha materia. Dicen que hasta en un 60%. Su fin no es otro que conseguir que nuestros jóvenes se dediquen más tiempo a las ciencias naturales, las matemáticas, los idiomas y... la religión. Lo que Wert persigue, en mi opinión, es crear técnicos que no se hagan preguntas, que se limiten a creer lo que se les dice y sobre todo que no piensen por sí mismos.

Bueno, ha hecho más cosas. Principalmente, ha eliminado la asignatura conocida como 'Educación para la ciudadanía', porque se lo pedía el alma y el cuerpo, esto es, la Iglesia y el Partido Popular (PP). Como dice Santiago Navajas:
«[...] si se les educa en el escepticismo y la crítica hacia los poderes establecidos, a lo mejor los jóvenes dejan de ir a misa los domingos y no votan al Partido Popular en su vida...». (Navajas, Santiago. Libertad Digital, 13/12/1013)
Este ex-alumno aplicado del colegio El Pilar se propuso recortar el presupuesto de enseñanza hasta dejarlo hecho unos zorros. El resultado es bien conocido: menos profesores y un aumento considerable del ratio de alumnos por aula. Todo ello, ya lo dijimos al principio, en aras de una mayor eficiencia.

Estamos en medio de la crisis, pero cambian de golpe todos los libros de texto. Las editoriales se frotan las manos y los padres tiemblan ante esta nueva embestida contra sus ya exiguos bolsillos.

Así mismo, con Wert desaparecen las becas al tiempo que aumenta el precio de las matrículas. Hoy, los alumnos que quieran acceder a la universidad tendrán que pagar mucho más. Sólo los privilegiados podrán acceder a ella. ¿Te suena lo de la lucha de clases? Pues es lo que tiene ir a colegios elitistas, que luego quieres repetir un modelo que fue bueno para ti aún a sabiendas de que perjudica a la inmensa mayoría de tus compatriotas. No resulta de mucho consuelo saber que no todos los ex-alumnos de El Pilar pensamos como Wert: el ministro es él.

Al madrileño le llegan críticas de todas partes. Incluso desde Libertad Digital, donde Santiago Navajas no puede ser más claro al titular su artículo:
«Wert nos quiere idiotas». (Navajas, Santiago. Libertad Digital, 13/12/1013)
Lo que sí parece bastante idiota es no haber logrado ni siquiera el apoyo de los suyos. Así se explica que sea el ministro peor valorado en la historia de la democracia. Lo cual no deja de ser paradójico siendo que él mismo estuvo, durante un tiempo, ocupando plaza entre los directivos del CIS. Lo que nos da otro titular:
«El cazador cazado». (Méndez, Julián. Sur.es, 11/09/12)
Entender mucho de sociología parece que no da para ser aceptado por la sociedad a la que ahora pretende educar.

Dicen de él, de Wert, que es un tipo brillante y que no te deja indiferente. Por si acaso, él mismo nos lo recuerda en una entrevista para Vanitatis:
«[...] porque yo era asquerosamente bueno, muy bueno, el mejor alumno, un empollón de libro». (de Diego, Sara. Vanitatis, 25/01/2013)
Y quizás por eso, porque era (y sigue siendo) “asquerosamente bueno”, subió el IVA a todos los espectáculos culturales menos a las corridas de toros. A estas últimas les dotó con cuantiosas subvenciones mientras recortaba la financiación en todas las demás áreas de cultura y educación.

Para él, como para los obispos, el gran peligro de la 'Educación para la ciudadanía' radica en el adoctrinamiento. Y para dotarse de argumentos en contra de la misma, no dudó en recurrir a citas sacadas del libro 'Educación para la ciudadanía. Democracia, capitalismo y estado de derecho'. No reparó, o no le interesó reparar, en que éste no era un libro de texto, sino un ensayo muy crítico contra la asignatura ya que, a juicio de su autor, Carlos Fernández Liria (1959), «el sistema de instrucción pública tiene por tarea la ilustración y debe rechazar, en general, el adoctrinamiento». Ni que decir que Wert y Fernández Liria están en las antípodas, ideológicamente hablando.

Para librar a los españolitos y españolitas, (juntos o por separado) de los peligros del adoctrinamiento, nuestro denostado ministro no sólo elimina 'Educación para la ciudadanía', sino también las asignaturas de 'Ética' e 'Historia de la filosofía'. Por supuesto, para reforzar la de 'Religión'. Pero, ¿es que son equiparables?:
«La filosofía nos enseña a pensar, la religión a obedecer. La filosofía nos educa en la racionalidad, la religión en la superstición. La filosofía nos hace más libres, la religión más fieles. La filosofía nos anima a ser críticos, la religión a ser ilusos. La filosofía nos instruye a comprender y amar la realidad, la religión a temer y amar a los fantasmas». (Garrido, Francisco. Diario-Octubre, 20/05/2013)
Entonces, ¿cuál es el rumbo? ¿Estamos acercándonos más a la sacristía que al ágora?

martes, 9 de septiembre de 2014

Memorias desde el dique seco


Los barcos, de vez en cuando, visitan el dique seco. Esto es, salen de su medio acuático para que su casco sea revisado y reparado. Estas operaciones reciben el nombre de “obra viva” o “carenado”.

La metáfora está servida. Los seres humanos, también de vez en cuando, salimos de nuestro medio y pasamos por revisiones físicas, médicas, mentales, laborales, financieras o sentimentales. Y algo de eso le ha pasado al autor de esta bitácora durante no ya semanas sino meses.

Te propongo que antes de hacernos de nuevo a la mar repasemos juntos lo que ha sido nuestra travesía hasta ahora. Una travesía que fue larga e intensa, que cuenta con más de ochenta entradas a día de hoy.

El viaje lo iniciamos a finales de septiembre de 2013, partiendo desde Königsberg (la actual Kaliningrado) motivados por llevar la contraria a quienes siempre empiezan la historia de la filosofía en Atenas, o más concretamente en Mileto.

Aunque ciertamente pronto pusimos rumbo al mar Egeo para enfrentarnos a la pregunta que se hicieron Tales y los presocráticos:
«¿Cuál es el elemento básico del cosmos?»
Luego recorreríamos el espacio que hay entre Heráclito y Parménides, pues el primero sostenía que todo fluye mientras que el segundo aseguraba que todo permanece. Esta dicotomía subyace en cualquier problema que nos hayamos planteado a lo largo de la historia del pensamiento.

Vimos como la idea de que el mundo está formado por átomos ya nos la anticipó Demócrito unos cuatrocientos años antes de nuestra era. Por otra parte, los cálculos de Eratóstenes resultaron ser muy exactos en lo referente al tamaño de la tierra. Los hizo, por cierto, doscientos años antes de Cristo.

Más tarde abordaríamos a los filósofos de Atenas: Sócrates, Platón y Aristóteles. Así supimos del método mayeútico (o socrático); del mundo de las Ideas; del mito de la caverna; del alma tripartita; de la gran cadena del ser; de la bóveda de las estrellas fijas. Temas muy sesudos que otros, como Diógenes, ponían ya en serios aprietos con sus ocurrencias y su estilo de vida.

Y no nos olvidamos de hablar de Epicuro. La historia de la filosofía tradicional tiende a obviar el pensamiento de los filósofos del Jardín. Por la influencia cristiana, evidentemente. Decíamos entonces que la ataraxia de los epicúreos supone lograr una total independencia de nuestro mundo interior frente a las amenazas que nos vienen de fuera. Es decir, que nos da las claves para no tener miedo:
«No tenemos nada que temer de ellos [de los dioses], pero tampoco nada que esperar». (Hersch, 2010; 71)
Al igual que los epicúreos, los estoicos también buscaban la felicidad. Pero la clave de la felicidad para los filósofos del Pórtico, consiste en la aceptación del destino, y no en el hedonismo.

Tocamos otros temas, como el relativismo o el zen. Y las ideas de Agustín de Hipona y Pablo de Tarso, que reintroducían el miedo a lo divino con el que marcaron el pensamiento de la Edad Media.

Recuerda que la Edad Media duró unos 1.000 años, casi nada. Te digo, desde el año 476, el de la caída del imperio de Roma, hasta 1492, año del descubrimiento de América. Algunos adelantan esta última fecha al 1453, cuando cae Constantinopla, la capital bizantina del imperio romano de oriente. O bien la hacen coincidir con la invención de la imprenta, de unos años antes.

Del periodo medieval destacamos la aparición de universidades alrededor del año 1000. Era como salir de un largo túnel donde el catolicismo dominaba todos los aspectos de la vida de los individuos.

Llegados al Renacimiento nos detuvimos a conversar con Maquiavelo. Supimos también de La Boétie, de Erasmo de Rotherdam, y de los humanistas. Con ellos, el hombre volvía a ser la medida de todas las cosas.

A principios de la Edad Moderna se quemaban libros, y personas. Todo en nombre de aquel Jesús que predicó sobre el amor al prójimo. La invención del demonio resultó fundamental para justificar ese proceder.

Fue en 1515 cuando Lutero clavó sus tesis protestantes en la puerta de la iglesia de Wittenberg. La intransigencia de los unos y los otros asolaron Europa con sus guerras de religión.

Dijimos que desde la óptica cristiana, nuestra vida trascurre entre dos paraísos. El de Adán y Eva, y el que dicen que nos espera en el más allá siempre y cuando seamos obedientes con quienes detentan el poder. Lo importante es que nos quede claro que no es posible (y tampoco se nos permite) construir un paraíso aquí en la tierra. Según ellos, vivimos en un valle de lágrimas. ¿O acaso te imaginas que otro mundo es posible, como cantaba John Lennon?

Y finalizamos esta primera fase planteando el racionalismo de Descartes:
«Pienso luego existo». 
Para terminar hablando de cómo funciona nuestro cerebro, cuando funciona.
Así que pongamos en marcha nuestros cerebros e izemos velas.

Locke nos espera.