lunes, 29 de septiembre de 2014

Educación y democracia (2ª parte)

La aceptación del principio democrático debería obligarnos a educar a todos los ciudadanos por igual, pero es más que evidente que eso no es lo que se pretende.

Lo cual tiene su importancia política. El filósofo utilitarista de segunda generación John Stuart Mill (1806-1873) era muy partidario de la democracia y también de la educación. Aún así, Mill desconfiaba de la democracia. Advertía contra el peligro de “la tiranía de las mayorías” y proponía compensarlo con medidas tales como el voto plural para los instruidos, esto es otorgar más votos a las personas instruidas que a quienes carecen de formación. Incluso aventuró la conveniencia de retirar el voto a los analfabetos.

Huelga decir que el filósofo londinense es posterior a la declaración de independencia de los Estados Unidos en 1776 y a la revolución francesa de 1789. Entre ambas fechas, Thomas Jefferson (1743-1826) ya manifestó su desconfianza por el despotismo electo y su preocupación por limitar el poder el de las mayorías.

La preocupación por las mayorías ilimitadas existe desde tiempos antiguos. En su 'República' Platón (427-347 a.C.) proponía el gobierno de los reyes-filósofos. Mientras que en la Roma clásica, Marco Tulio Cicerón (106-43 a.C.) dejaría la siguiente frase para la posteridad:
«El imperio de la multitud no es menos tiránico que el de un hombre solo».
Al final todo se reduce a un juego de ecuaciones falsas donde:
51% = 100%
49% = 0%
Tanto a Mill como a Alexis de Tocqueville (1805-1859) les daba pánico que se produjera la nivelación por abajo. El plebeyismo era, para estos autores, una forma social homogénea y estúpida decidida a establecer la norma de igualdad en la mediocridad y no en la excelencia.

La huella platónica se aprecia en la siguiente frase, en clave individualista y de respeto hacia las élites instruidas:
«El poder de la mayoría es saludable en la medida en que es utilizado defensivamente, no ofensivamente; en la medida en que está moderado por un respeto hacia la personalidad del individuo y una deferencia hacia la superioridad de la inteligencia cultivada».
Según John Stuart Mill:
«La única libertad que merece este nombre es la de buscar nuestro propio bien, por nuestro camino propio, en tanto no privemos a los demás del suyo o les impidamos esforzarse por conseguirlo. Cada uno es el guardián natural de su propia salud, sea física, mental o espiritual. La humanidad sale más gananciosa consintiendo a cada cual vivir a su manera que obligándole a vivir a la manera de los demás». (Cajade Frías, Sonia: 'John Stuart Mill: un modelo ético y antropológico de democracia'. Universidad Complutense de Madrid/ UNED. (En PDF) Revista Iberoamericana de Estudios Utilitaristas 2006, XV/1: 53-86)
Podemos estar de acuerdo en ésto con Mill, pero cabe destacar que deliberadamente ignora que los ciudadanos no acceden en condiciones de justa igualdad a la educación y que en el camino de cada uno influirá de manera muy notable la fortuna que disponga de salida. Es decir, las élites políticas y económicas parten con ventaja sobre el resto de los ciudadanos, quienes en su gran mayoría dispondrán de pocas o ninguna posibilidad de desarrollar sus talentos.

Cuando gente ilustrada, como Mill y Tocqueville, rechazan la nivelación por abajo no es que estén proponiendo que nos nivelemos por arriba, sino que aceptan que haya desigualdad de clases.

Ambos daban por hecho que la igualdad llevaría a una “mediocridad colectiva” donde se produciría una desmoralización de los individuos como consecuencia de la pérdida del ideal de excelencia. Este discurso caló hasta el punto de que hoy lo defiende gente que ni siquiera oyeron hablar de Mill ni de Tocqueville. Gente que no necesariamente forma parte de la élite (o de la casta) pero que aspiran a pertenecer a ella. Algún día.

A fin de evitar el plebeyismo, Mill prefería una democracia limitada frente a una democracia pura o ilimitada. Esto es, una democracia con introducción de factores correctores que hicieran inviable que las mayorías impusieran su voluntad sobre las minorías. Que traducido viene a quedar así: evitar que las clases más desfavorecidas puedan hacerse con el poder democráticamente y limiten o reorienten las políticas que hasta ese momento favorecían sólo a las élites.

Otra de sus propuestas consistía en evitar que los políticos cobren por su trabajo. Su intención parece estar motivada en evitar que la política atraiga a individuos con intereses distintos del bien común. Pero, una vez más, con esta medida se atrae sólo a quienes forman parte de la élite y no necesitan de un sueldo para vivir. Esta medida haría más difícil, sino imposible, que un obrero pudiera abandonar su puesto de trabajo para dedicarse a defender los intereses de su clase.

La presentación del libro de Charles Darwin (1809-1882), 'El origen de las especies' se produjo en 1859, cuando John Stuart Mill ya contaba 53 años. De hecho era sólo tres años mayor que el célebre biólogo. Mill era hijo de su tiempo y sin duda se vio influido por las ideas de su compatriota y quizás aún más por las del antropólogo Hebert Spencer (1820-1903) cuyos libros se empezaron a publicar una década antes.

Dice Sonia Cajade, que Mill era partidario de un cierto “intelectualismo moral”, esto es:
«El conocimiento del bien lleva necesariamente a actuar correctamente, mientras que la ignorancia constituye la principal causa de las malas acciones».
La formación es sin duda muy importante pero, ¿nos hace mejores? ¿Mejores en el sentido ético?

Piensa que la crisis económica de los últimos años no fue ideada por gente con pocas luces que vivían por encima de sus posibilidades, sino por reconocidos banqueros, economistas y prestigiosos políticos cuyos currículos resultaban impecables.

Aunque no así su virtud.



NOTA 1: Hablaremos más de Mill y de su concepto de libertad. Y también del feminismo: Mill escribió El sometimiento de la mujer / La esclavitud femenina que fue publicado en 1869.

NOTA 2: Me comentan que distraídos con Wert, Gallardón y ahora con Mill, nos hemos saltado a alguien mucho más importante. Locke nos espera.

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